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MARÍA DE MOLINA (c.1260 – VALLADOLID, 1321)

María Teresa García Pardo

Doctora en Historia del Arte

MARÍA DE MOLINA (c.1260 – VALLADOLID, 1321)

Reina de Castilla y León. Esposa de Sancho IV.

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María Alfonso de Meneses, conocida como María de Molina, haciendo referencia a que fue titular del señorío de Molina, fue hija del infante Alfonso de Molina, hermano del rey Fernando III y nieta de Alfonso IX de León y de la reina Berenguela.

Su madre fue Mayor Alfonso de Meneses, tercera mujer del infante Alfonso de Molina. Apenas se tienen datos de su vida antes de contraer matrimonio con el rey Sancho. Su infancia se sitúa en el entorno del monasterio de Palazuelos, Valladolid, vinculado a la casa de Meneses y donde estaba enterrada su madre.

 

En 1270, Alfonso X El Sabio, formalizó la boda de su hijo, el infante Sancho, en contra de su voluntad y antes de cumplir los 13 años, con Guillerma de Moncada, descrita en las crónicas de la época como “rica, fea y brava”, pero era hija del vizconde de Bearne, personaje muy rico y de importantes contactos políticos, emparentado con los señores de Vizcaya. Este matrimonio no fue consumado pero tenía efectos jurídicos y canónicos, lo que supuso un problema notable cuando quiso contraer matrimonio con María.

En 1282 se llevó a cabo el matrimonio en Toledo entre María de Molina y el infante Sancho, en pleno proceso de distanciamiento entre éste y su padre, el Rey Alfonso X. La reacción del Papa fue fulminante en contra de la legitimidad de esta boda, tanto por el matrimonio preexistente, como por la propia consanguinidad de los contrayentes, por lo que el papado calificó este matrimonio como incestuoso y de infamia pública.

El enfrentamiento de Sancho con su padre, la reacción vengativa de Gastón de Béarn en favor de su hija, junto con la impugnación del matrimonio manifestada por el Papa, pusieron de manifiesto las dificultades que se habrían de superar para alcanzar la legalización de este enlace que, se vio seguido por la guerra civil que, en 1284, llevaría a Sancho al trono, tras la muerte de su padre Alfonso X.

Desde la boda, María formó parte del grupo de los consejeros íntimos del infante y luego rey Sancho IV, aunque su presencia tuviera que superar las reticencias de otros consejeros. Ejerció un papel decisivo en algunos momentos de este reinado, incrementándose su valor político a partir de la prematura muerte de su marido, convirtiéndose en un personaje clave de la política castellana durante las minorías de Fernando IV y Alfonso XI.

En las distintas ceremonias que tuvieron lugar con motivo del acceso de Sancho IV al trono, el Rey tuvo especial empeño en que se pusiera de manifiesto el papel que María había de ejercer junto a él como reina, lo que dio lugar a que, tanto en las ceremonias de entronización de Ávila, como en las que tuvieron lugar en Toledo en 1284, la reina fuera objeto de expreso acatamiento junto al Rey.

Este ceremonial no aplacaba la inquietud de los Monarcas con relación a la legitimación de su matrimonio, que se convirtió en su flanco más débil de cara a la pacificación del reinando en el que eran muchos los partidarios y los aliados de los infantes de la Cerda que siguieron reivindicando por mucho tiempo sus derechos al trono, haciendo alusión a la falta de legitimidad jurídica y canónica del matrimonio de Sancho y María.

Tras el nacimiento de Isabel, su primera hija, el 6 de diciembre de 1285, nació en Sevilla el primer hijo varón, el futuro Fernando IV, causando gran satisfacción en Sancho que estaba en Badajoz. Ante la inestabilidad política, se aceleraron los trámites para reconocer los derechos de Fernando al trono, por lo que fue jurado heredero del reinando, en Zamora en enero de 1286. El príncipe permaneció en Zamora, bajo los cuidados de Fernán Pérez Ponce, hijo de una hija natural de Alfonso IX, mientras María seguía a su esposo Sancho en los largos desplazamientos que sucedieron.

En 1286 se intensificaron las negociaciones con Francia, cuya alianza era necesaria para Castilla para poder asegurar la paz frente al partido de los infantes de la Cerda, y, sobre todo, para alcanzar la deseada bula de legitimación matrimonial.

El abad de Valladolid, Gómez García de Toledo, era el agente principal del Rey en las negociaciones con el rey francés, Felipe IV. El rey de Francia quería que se anulara el matrimonio con María de Molina para concertar un matrimonio con una princesa francesa, que actuase como garantía de la nueva alianza franco-castellana, ya que el monarca francés tenía gran influencia sobre el Papa.

El abad de Valladolid conocía la radical oposición de Sancho a cualquier acuerdo que exigiera la anulación de su matrimonio. A pesar de todo aceptó tal condición, actuando en secreto para llevar a buen fin el acuerdo que había negociado, sin pleno conocimiento de todos los detalles por parte del rey castellano. Cuando Sancho se encontraba en San Sebastián y el rey francés cerca de Bayona para celebrar la entrevista definitiva que hiciera efectiva la alianza, el rey conoció la condición matrimonial pactada, lo que dio lugar a que tal entrevista entre los Monarcas no llegase a producirse.

Este asunto aceleró la caída política de este privado real, cuyos días en la Corte terminaron tras una pesquisa en la que se concluyó que había tomado una importante cantidad de dinero del Rey bajo el móvil de utilizarlo en la Corte pontificia para la dispensa matrimonial. Este problema fue políticamente determinante de múltiples circunstancias políticas, entre ellas la caída del primer privado de Sancho IV.

Tras la desaparición de la Corte regia del abad de Valladolid, fue elegido Lope Díaz de Haro, casado con Juana, hermana de la reina María. Sin embargo, éste fue uno de los momentos más delicados del reinando de Sancho IV para María de Molina, dada la enemistad que mantenía con Lope, que hizo todo lo posible para fomentar el alejamiento entre la pareja, puesto que Lope siempre se había mostrado partidario de la ruptura matrimonial para favorecer el compromiso del Rey con Guillerma de Moncada. Las disensiones con Sancho IV llevaron al famoso incidente de Alfaro, en 1288, en donde, tras la muerte de Lope y de Diego López de Campos, la intervención personal de la reina salvó la vida del infante Juan, hermano del Rey, cuando éste se disponía a matarle.

Desde que en 1288 fue nombrado Papa, Nicolás IV, de procedencia franciscana, parecieron abrirse nuevas expectativas para la legitimación matrimonial, por los signos de entendimiento entre el Pontífice y el Monarca castellano. En 1289, se envió una embajada de la Corte castellana al Papa, en la que el asunto preferente era la dispensa matrimonial. El 4 de noviembre de 1289 el Papa comunicaba al Rey la imposibilidad de acceder a dicha dispensa, por la multiplicidad de razones canónicas que concurrían en el caso; sin embargo, no se cerraba la puerta a una reconsideración posterior, en un tono que evidenciaba los deseos pontificios de mantener buenas relaciones con la Monarquía castellana.

Mediante la bula Proposita nobis, de 25 de marzo de 1292, poco antes de la muerte de Nicolás IV, Sancho IV y María pudieron avalar la plena legitimidad de su matrimonio gracias a esta bula de dispensa matrimonial. Sin embargo, cinco años más tarde, siendo ya papa Bonifacio VIII, se supo que, en realidad, se trataba de una falsificación. Pero mientras tanto, este texto falsificado permitió acallar durante el resto del reinado el tema del matrimonio ilegítimo.

Desde 1291, la participación directa de la reina en los asuntos políticos de la Corte con su marido se hizo especialmente intensa. Dentro de esta actividad de colaboración, marcó un hito especialmente importante la intervención personal de la reina en la preparación de la campaña para la conquista de Tarifa en 1292.

Tras haberse trasladado la reina a fines de mayo a Sevilla, donde nació en los días siguientes el infante Felipe, se implicó de lleno en todas las actividades relacionadas con la organización y la intendencia de la campaña contra los meriníes, participación que se hizo aún más intensa cuando el Rey estaba presente sobre Tarifa, y Sevilla se convirtió durante todo el verano en la base de aprovisionamiento del ejército bajo el mando de María, hasta que llegó la noticia en septiembre de la toma de la plaza.

Fue a partir de 1293 cuando cabe referirse con propiedad a María de Molina por ser entonces cuando recibió dicho señorío. Tras la muerte de Isabel, esposa de Juan Núñez el Mozo e hija de Blanca, hermanastra de María, Sancho consiguió de ésta la promesa de recibir el señorío de Molina, lo que quedó reflejado en su testamento, dado el 10 de mayo de 1293. A la muerte de Blanca, aquel mismo mes de mayo, el Rey transfirió dicho señorío a María, que tomó posesión inmediatamente del señorío que incluía la villa y alcázar de Molina, en los confines de la frontera de Castilla con el reino de Aragón. Pasando a la historia como María de Molina.

En 1294 la salud del Sancho IV se iba deteriorando y siendo consciente de que no le quedaba mucho de vida, a pesar de tener 36 años, en los meses finales del reinado el protagonismo de la reina en la Corte se hizo cada vez más intenso. La propia reina, en ausencia del Rey, recibió el proyecto de Juan Mathe de Luna de preparar una campaña para tomar Algeciras y así asegurar la reciente conquista de Tarifa, que garantizase definitivamente el control del estrecho de Gibraltar por los castellanos.

En los comienzos de 1295 la Corte se encontraba en Alcalá de Henares, habiendo de ser su último itinerario el que va de Alcalá a Guadalajara, luego a Madrid, donde residió algunos días junto a los dominicos de Santo Domingo el Real, y, finalmente, a Toledo, en cuya catedral el Rey tenía previsto que se ubicase su sepultura.

El agravamiento del Rey durante su estancia en Alcalá de Henares, le llevó a dictar su testamento en presencia de toda la Corte, con el arzobispo de Toledo al frente. En él se encargaba a María la tutoría del futuro Rey, todavía niño, lo que la situaba en la primera escena política, posición que, con breves intervalos, hubo de mantener hasta los momentos finales de su vida.

La situación de María de Molina tras la muerte de su esposo era muy delicada:

  • 1. Debía tutelar a su hijo, de sólo nueve años, tratando de garantizarle el trono, en un contexto propicio para que los partidarios de los de la Cerda reivindicasen sus derechos al trono con el apoyo de un importante conjunto de la nobleza castellana y con unas ciudades que acaban de tomar una opción política definida y coordinada.
  • 2. La falta de legalización de su enlace matrimonial con Sancho seguía utilizándose para restar legitimidad a Fernando para que se convirtiera en sucesor de su padre.
  • 3. Conocedora de las conspiraciones de algunos de los grandes nobles del reino, María apostó desde comienzos del reinado por atraerse el apoyo de los concejos, lo que fundamentaba la confirmación de los fueros y privilegios concejiles y la supresión de la sisa, cantidad pequeña de dinero que una persona toma para sí al manejar el dinero de otra persona.
  • 4. Tomó la iniciativa de convocar las Cortes, que tuvieron lugar en el mismo año de 1295 en Valladolid.
  • 5. El apoyo de las ciudades no era por sí mismo suficiente, por lo que tuvo que llevar a cabo negociaciones con algunos de los personajes más influyentes de la nobleza.
  • 6. Recabó el apoyo de Diego López de Haro, Juan Núñez de Lara y Nuño González, que prestaron homenaje a Fernando en Valladolid, aunque para ello exigieron el pago de 300.000 maravedís, lo que da idea de la inestabilidad de la alianza.
  • 7. Ante la declaración de guerra de Portugal, María promueve la negociación con el rey portugués Dionís, lo que acabó originando el acuerdo de matrimonio entre Constanza de Portugal y Fernando, pero sin que Dionís dejase de pactar con los enemigos de su futuro yerno.
  • 8. Alfonso de la Cerda obtuvo una alianza con Jaime II de Aragón que apoyó en la guerra contra Castilla. Para evitar este enfrentamiento con Aragón se le propuso a la reina María que se casase con el infante Pedro de Aragón, pero ella lo rechazó.
  • 9. Felipe IV de Francia también hizo declaración formal de guerra contra Castilla.

Hasta la mayoría de edad de Fernando, María debió hacer frente a una situación de casi continuada confrontación bélica con quienes querían impedir la llegada de su hijo al trono. El compromiso de Jaime II de Aragón con Alfonso de la Cerda condujo a una larga guerra, cuyo desarrollo se concentró en el territorio murciano.

Por otra parte, el infante Juan, el mismo que había salvado la vida en Alfaro gracias a la intervención de María, fue uno de los rivales más peligrosos a los que debía hacer frente para conservar el trono de su hijo. Con el apoyo de un ejército granadino, se proclamó en León, en 1296, rey de León, Galicia y Sevilla, mientras que Alfonso de la Cerda se proclamó en Sahagún (León) rey de Castilla, Toledo, Córdoba, Murcia y Jaén.

En septiembre de 1297 se alcanzó el acuerdo matrimonial definitivo por el que se habían de unir Fernando IV y Constanza de Portugal, pero Dionís exigió algunas concesiones territoriales castellanas. El importante acuerdo firmado el 5 de septiembre de 1297 suponía la aceptación de los siguientes puntos:

  • 1. Confirmación del compromiso entre Constanza y Fernando,
  • 2. Compromiso de Beatriz, con el príncipe Alfonso, heredero de Portugal,
  • 3. Entrega por parte de Castilla de un gran número de villas y fortalezas fronterizas, recibiendo a cambio las de Arocena y Aroche (Huelva).
  • 4. Compromiso de carácter eclesiástico, por el que se establecía un convenio de mutuo apoyo entre las Iglesias de Castilla y Portugal para la defensa de sus derechos y libertades.

En las Cortes convocadas por María de Molina en Valladolid, en 1298, se trató de hacer frente a los múltiples problemas del reinado, y quedó evidente que la reina basaba la mayor parte de su fuerza contra sus oponentes en el respaldo que recibía de los concejos y de sus activas hermandades. Volvió a convocar Cortes en 1299 para atender a las demandas de los concejos y conseguir el apoyo de éstos para el necesario pago de soldadas.

Las Hermandades en la Edad Media eran las reuniones de personas, ciudades o entidades sociales, ligadas por un juramento de fidelidad y ayuda mutua en defensa de unos intereses comunes. Surgían por iniciativa de los estamentos nobles, eclesiásticos o de las ciudades y su unión se constituía sin la autorización real, en ocasiones incluso contra su voluntad, aunque generalmente eran toleradas e incluso promovidas por los propios monarcas.

El 26 de junio 1300 se consiguió la reconciliación con el infante Juan en Valladolid, siendo el contexto más favorable desde la muerte de Sancho IV en el camino hacia el trono de su hijo Fernando y estando más reforzada su posición como tutora.

La situación más conflictiva era la presencia del ejército aragonés en Murcia, en su apoyo a Alfonso de la Cerda, lo que situaba al reino de Murcia bajo el control aragonés, mediante la alianza entre Jaime II y el rey granadino Muhammad II. Esta situación se mantuvo hasta el tratado de Torrellas (Zaragoza), en 1304.

Las nuevas Cortes convocadas en Burgos y Zamora en 1301 daban testimonio de las continuas necesidades financieras de la reina. Además se preocupaba por la legitimación de su matrimonio, pensando que pudiera afectar a la legitimación de su hijo Fernando en el momento de acceder al trono. Tras conseguir la ayuda económica de las Cortes, la reina demandó la legitimación pontificia después de que Bonifacio VIII hubiera declarado el 21 de marzo de 1297 el carácter de falsificación de la dispensa obtenida de Nicolás IV.

El 6 de septiembre de 1301 fue concedida la bula mediante la que Bonifacio VIII legitimó la descendencia del matrimonio entre Sancho IV y María de Molina, a la vez que en otra bula, diez días posterior, el Papa manifestaba su voluntad de mediar en la reconciliación entre Fernando y Alfonso de la Cerda, nombrando como mediadores al obispo de Sigüenza y al arzobispo de Toledo. El arzobispo de Toledo, Gonzalo Díaz Palomeque, fue el personaje decisivo para obtener la bula de legitimación, justo antes del reconocimiento de la mayoría de edad del príncipe Fernando.

El 6 de diciembre de 1301 Fernando IV, cumplidos los dieciséis años, era proclamado mayor de edad, mientras los nobles más influyentes tomaron posiciones en la Corte, influyendo sobre el nuevo Rey para apartarlo de su madre. A María de Molina se le pidieron cuentas de su período como tutora y se le obligó a entregar las joyas recibidas de su marido. El joven Fernando, al acceder a estas exigencias de los nobles, mostró gran debilidad y ningún reconocimiento hacia su madre por conservarle el trono, durante su difícil minoría de edad.

María tuvo una gran talla política al actuar como conciliadora entre todos los intereses, propiciando la celebración de las Cortes de Medina del Campo, como instrumento de concordia en el inicio de reinado. María hasta el año 1304 fue el nexo de negociación entre Castilla, Aragón y Portugal y los intereses de los principales grupos nobiliarios y de las hermandades concejiles.

En 1308, la salud de María se deterioró y decidió hacer testamento con numerosas disposiciones espirituales y materiales. Pero superó la enfermedad, teniendo que hacer frente a la muerte de su propio hijo, el Rey, que tuvo lugar el 7 de septiembre de 1312, y un año después falleció, su nuera, la reina Constanza, el 18 -11 – 1313.

El problema de la tutoría se planteó de nuevo, como sucediera a la muerte de Sancho IV, dando lugar a nuevas divisiones nobiliarias y a la toma de posición de los concejos. Además de María de Molina, fueron personajes decisivos en este contexto el infante Juan, don Juan Manuel, Juan Núñez de Lara y el propio hijo de Sancho IV y María, el infante Pedro, que se situó próximo a la posición de su madre frente al resto de los personajes. María de Molina intentó actuar como pacificadora en un nuevo contexto de conspiración nobiliaria al que tuvo que volver a hacer frente.

Siguiendo las Siete Partidas, se debía encontrar una fórmula, con uno, tres o cinco tutores, que permitiese desbloquear la situación. Para ello se reunieron las Cortes en Palencia en abril de 1313. Sin embargo, el resultado fue la división. Mientras, los concejos de Castilla, León, Galicia y Asturias favorecían la opción encabezada por el infante Juan; Toledo y Andalucía, se mostraron proclives al infante Pedro y a María. La inesperada muerte de la reina Constanza, con cuya posición contaban los partidarios del infante Juan, obligó a nuevas negociaciones.

El resultado de estas negociaciones fue el convenio de Palazuelos, en agosto de 1314, donde se definía la función de tutor a favor de los infantes Pedro, Juan y la propia María, a quien se le daba especial reconocimiento sobre el cuidado personal de su nieto. En septiembre de 1314 el obispo de Ávila le entregó al rey Alfonso a María, que se estableció con su nieto en Toro.

La situación era complicada. Las Cortes se reunieron en Burgos en 1315 dando lugar a la constitución de una hermandad formada por 96 villas y 99 higaldos, para ponerse a salvo de posibles excesos de los tutores. En las Cortes de Carrión de 1317, se haría especial alusión al cuidado del Rey, tratando de garantizar la presencia junto al Rey de representantes de las ciudades y de los hidalgos, lo que limitaba la función de María en la educación de su nieto Alfonso.

La muerte de los infantes Pedro y Juan en plena campaña contra los moros de Granada en el verano de 1319 hacía planear la sombra de la anarquía sobre el reino castellano-leonés.

El hijo del infante Juan, Juan el Tuerto, don Juan Manuel, y Felipe, hijo de María y Sancho IV, aspiraban a la tutoría y María de nuevo tuvo que apaciguar las ambiciones de estos personajes. Las mediaciones de María con unos y otros fracasaron, teniendo lugar en la primavera de 1320 distintos enfrentamientos entre los partidarios de los tres aspirantes al control del reino que, a su vez, trazaron sus propias alianzas dentro y fuera del reino.

Ante tal caos, María fue reconocida por todos como tutora legítima. La situación era incontrolable y recurrió a la mediación pontificia, a la vez que convocó Cortes. María recibió en Valladolid al enviado pontificio, el cardenal de Santa Sabina, a principios de 1321. La salud de la reina tutora estaba muy mermada, por lo que dio testamento el 29 de junio de 1321, ante el escribano de Valladolid y falleciendo el 1 de julio. Su nieto, el futuro Alfonso XI, contaba diez años. Fue enterrada, de acuerdo con sus designios, en Santa María la Real, también conocido como Las Huelgas de Valladolid, monasterio cisterciense que había fundado ella misma.

María de Molina y Sancho IV tuvieron siete hijos:

1. Isabel,

2. Fernando IV

3. Alfonso (muerto a los cinco años),

4. Enrique (muerto a los once años),

5. Pedro,

6. Felipe y

7. Beatriz

María de Molina fue la reina que reinó tres veces:

1. Reina consorte, con Sancho IV

2. Reina-madre tutora, con Fernando IV

3. Reina-abuela tutora, con Alfonso XI

Fue la reina conciliadora y una figura clave en la historia de Castila y León. Se la recordará como la reina que fue muy amada por su esposo, Sancho IV, y que supo buscar soluciones a los conflictos a través de la mediación y el acuerdo, aún en los contextos de máxima confrontación.

 

MARÍA DE MOLINA PRESENTA A SU HIJO FERNANDO IV

Óleo sobre lienzo. 1863. Congreso de los Diputados, Madrid.

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Antonio Gisbert Pérez (Alcoy, 1834 – París, 27-11-1901) fue un pintor español que trabajó la temática histórica, en la época de transición entre el romanticismo y el realismo.

Estudió en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid y, posteriormente, en las ciudades de Roma y París. Fue director del Museo del Prado entre los años 1868 y 1873 y representa una tendencia pictórica de la segunda mitad del siglo XIX. Es la pintura de Historia, que pretende representar con realismo hechos del pasado histórico nacional.

El cuadro le fue encargado a Antonio Gisbert a finales de diciembre de 1860 o principios de 1861 por el gobierno español para decorar la cabecera del Salón de Sesiones del Congreso de los Diputados Al mismo tiempo se encargaba a José Casado del Alisal el lienzo titulado El juramento de las Cortes de Cádiz de 1810, destinado a decorar el mismo lugar.

En 1863 el Estado español adquirió el lienzo de Gisbert y para recompensarle por su trabajo fue nombrado comendador de número de la Orden de Isabel la Católica por Real Orden de 13 de noviembre de 1863, al igual que Casado del Alisal, que también lo fue dos días antes que Gisbert.

Esta pintura narra un hecho histórico de gran trascendencia, ya que el 25 de abril de 1295 falleció el rey Sancho IV de Castilla y León en la ciudad de Toledo y fue sepultado en la Catedral de Toledo, dejando como heredero del trono a su hijo el infante Fernando.

María de Molina fue la encargada de ejercer la tutoría de su hijo, que sólo contaba con nueve años de edad. La ilegitimidad de Fernando IV, debida al matrimonio sin bula pontificia de sus padres, hizo que la reina tuviera que afrontar numerosos problemas para conseguir la permaneciera de su hijo en el trono de Castilla y León.

En las Cortes de Valladolid de 1295, el infante Enrique de Castilla fue nombrado tutor del rey, pero la reina María de Molina consiguió mediante el apoyo de las ciudades con voto en Cortes que la custodia de su hijo le fuera confiada a ella. Mientras se celebraban las Cortes de Valladolid de 1295, el infante Juan de Castilla presionó al rey Dionisio I de Portugal para que declarase la guerra a la Corona de Castilla y, al mismo tiempo, para que apoyase sus pretensiones al trono castellano.

En esta pintura, María de Molina presenta a su hijo Fernando IV como legítimo heredero en las Cortes de Valladolid de 1295. En el verano de 1295, concluidas las Cortes de Valladolid, la reina y el infante Enrique se entrevistaron en Ciudad Rodrigo con el rey Don Dionís de Portugal, al que la reina entregó varias plazas situadas junto a la frontera portuguesa. En la entrevista de Ciudad Rodrigo se acordó que Fernando IV contraería matrimonio con la infanta Constanza de Portugal, hija del rey de Portugal, y que la infanta Beatriz de Castilla, hermana de Fernando IV, se casaría con el infante Alfonso, heredero del trono portugués.

A Diego López de Haro se le confirmó el señorío de Vizcaya, y al infante Juan, que aceptó como soberano a Fernando IV se le restituyeron sus propiedades. Poco después, Jaime II de Aragón devolvió a la infanta Isabel a la Corte castellana, sin haberse desposado con ella, y declaró la guerra al reino de Castilla y León.

 

BIBLIOGRAFÍA

Real Academia de la Historia

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Bibl.: E. Flórez, Memorias de las reynas católicas, II, Madrid, Antonio Marín, 1761, págs. 534-567 y 586-591;

M. Gaibrois de Ballesteros, Tarifa y la política de Sancho IV de Castilla, Madrid, Real Academia de la Historia, 1920 (tirada aparte del Boletín de la Real Academia de la Historia, vols. LXXIV a LXXVII);

Historia del reinado de Sancho IV de Castilla, Madrid, Espasa Calpe, 1922-1928, 3 vols.;

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A. Arteaga y del Alcázar, Tres coronas medievales, Madrid, 2004;

“Historia Azul: María de Molina: La mujer que reinó tres veces”, en Clío Revista de Historia, 2004, págs. 64-

Fotografías de la pintura de Gisbert tomadas de Internet.

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