Juan II de Aragón y Navarra
María Teresa García PardoDoctora en Historia del Arte |
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JUAN II DE ARAGÓN Y NAVARRA(1398 -1479) |
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JUAN II DE ARAGÓN Y NAVARRA (1398 -1479)
(Medina del Campo, Valladolid, 29.VI.1398 – Barcelona, 19.I.1479)
Rey de Navarra (1425- 1479)
Rey de Aragón (1458-1479)
Nacido del matrimonio formado por Fernando I de Antequera, rey de Aragón (1412-1416), y Leonor, condesa de Alburquerque y la mujer más rica de Castilla, fue el segundo de sus hijos varones.
Por nacimiento pertenecía a la rama menor de la dinastía castellana de los Trastámara, linaje muy enriquecido gracias a su abuelo, el monarca Juan I de Castilla.
Criado y educado en su residencia natal de Medina del Campo, en una auténtica Corte principesca, sobre la cabeza del infante D. Juan recayeron las Coronas de Navarra y, años después, de Aragón.
Recibió, como sus hermanos, una formación adecuada, siguiendo el modelo aristocrático, con destreza en el ejercicio de las armas y de la caza, que se verían completadas con una buena preparación literaria.
Como todos los grandes personajes, su biografía arroja un balance de luces y sombras según las distintas aproximaciones historiográficas que se han realizado sobre su figura, ya que mientras unos lo tachan de ‘castellanista’, como a todos los reyes aragoneses de la dinastía Trastámara, otros le atribuyen un ‘feroz absolutismo’, radicalmente antagónico de quienes le califican de ‘monarca liberal’ por apoyar a los campesinos catalanes.
Juan II de Aragón y de Navarra dada su longevidad (vivió 80 años) y los cargos desempeñados, fue actor principal de buena parte de los acontecimientos políticos acaecidos a lo largo del siglo XV e intentó por todos los medios afirmar su autoridad monárquica y trazar un ambicioso proyecto para él y su dinastía que se hicieron realidad en la figura de su hijo y sucesor, Fernando el católico.
Tras el Compromiso de Caspe de 1412, se instauró en Aragón un nuevo linaje, el de los Trastámara castellanos, llevando al trono de la Corona a Fernando I que, no obstante, no renunciaba a la regencia de Castilla.
El 11 de febrero de 1414 el infante Juan, junto con sus hermanos, participó activamente en la solemne ceremonia de coronación de su padre, Fernando I de Trastámara, como rey de Aragón en la Seo de Zaragoza, portando el cetro de oro.
En la misma ceremonia, y una vez coronado, el nuevo Monarca designaba al infante Alfonso, su primogénito varón, como príncipe de Gerona y heredero de sus estados, mientras que Juan recibía el ducado de Peñafiel que, junto con el título de señor de Castrogeriz, le iba a proporcionar un importante patrimonio con unas elevadas rentas señoriales.
El título le obligaba, además, a ejercer la jefatura de la rama menor de los Trastámara, a la que el infante no renunció durante muchos años; de ahí que se viera involucrado en la política interna castellana como uno de sus principales actores, teniendo que intervenir en continuadas acciones bélicas, alguna de las cuales ocasionaron la pérdida de una parte sustancial de la herencia castellana.
Su padre, Fernando I de Trastámara, proyectó, como todos los monarcas de la época, una compleja estrategia de dominio político peninsular en la que sus hijos jugaban un destacado papel en las relaciones exteriores y así negociaba para emparentarlos con otras casas reinantes.
En dicha estrategia, el infante Juan era una pieza fundamental para consolidar el dominio aragonés en el Mediterráneo occidental. Para conseguir este objetivo recibió de su padre un primer cometido político de gran envergadura. En febrero de 1414 era nombrado lugarteniente real y gobernador general de Cerdeña y Sicilia, proyectando que se hiciera cargo de Sicilia como virrey, en un régimen autónomo de gobierno, e incluso que llegara a dominar sobre Nápoles, preparando para ello la boda del joven infante, de apenas diecisiete años, con la reina Juana II de Nápoles, viuda ya entrada en años, pactada en escritura pública en Valencia en enero de 1415, aunque dicho acuerdo no llegó a cumplirse.
En marzo de ese mismo año, el infante, acompañado de una importante escuadra, se hacía a la mar, llegando a Palermo (Sicilia) el 6 de abril de 1415.
En la isla, además de dedicarse “a la caza y al juego de dados”, empezó a fraguarse su personalidad política, ya que tuvo que contemporizar con el partido autonomista, que quería erigir una Monarquía independiente y separada de la aragonesa y nombrar al infante D. Juan como Rey, intentando enemistarle así con su propio padre que había declarado solemnemente que Sicilia quedaba indisolublemente unida a la Corona de Aragón (1414).
El infante conoció también en tierras insulares a Blanca, princesa de Navarra, y viuda desde 1409 de Martín el Joven, que había ejercido durante algún tiempo como lugarteniente real en Sicilia y que regresaba a Navarra en los primeros días de septiembre de 1415 como heredera del reino.
También vio cómo se rompía definitivamente su acuerdo matrimonial con la reina Juana de Nápoles, que se casó con el conde de la Marca, Jaime de Borbón, del linaje de los Anjou.
Los esfuerzos paternos por situar al infante en Nápoles fracasaron, y dirigió ahora sus miras hacia Castilla para ocuparse de los intereses familiares, mezclados en una verdadera maraña de asuntos políticos y económicos que el linaje quería imponer para alcanzar el control del reino castellano.
El 2 de abril de 1416 fallecía en Igualada el rey de Aragón, Fernando I. En su testamento dejaba como heredero del trono a su primogénito Alfonso V el Magnánimo, que se hizo cargo del gobierno de la Corona de Aragón.
El infante Juan, como segundogénito, recibió un buen número de títulos y propiedades en Castilla: el ducado de Peñafiel, el condado de Mayorga, el señorío de las villas de Alba de Tormes, Castrogeriz, Medina del Campo, Olmedo, Cuéllar, El Colmenar, Paredes de Nava, Villalón, Haro, Belorado, Briones, Cerezo y Roa, además del título catalán de duque de Montblanc.
El infante regresó a la Península en enero de 1418, siguiendo instrucciones de su hermano Alfonso, el nuevo titular de la Corona, que optó por encabezar él mismo la estrategia mediterránea.
El nuevo rey de Aragón y sus hermanos, los “infantes de Aragón”, tenían puestos sus intereses en toda la Península y participaban en la política interna de Castilla, en la que estaban fuertemente imbricados.
Alfonso V se había casado en 1415 con su prima María, hermana de Juan II de Castilla, mientras que sus restantes hermanos varones controlaban las dignidades más importantes:
· Enrique, conde de Alburquerque y marqués de Villena, alcanzaba la dignidad de maestre de la Orden de Santiago, y en 1420 se casó con Catalina, la otra hermana del rey de Castilla;
· Sancho, murió muy pronto;
· Pedro, quedaba a la expectativa de ser nombrado maestre de Calatrava; de esta forma, los “infantes de Aragón” lideraban, desde distintos cargos de responsabilidad, la nobleza castellana;
· En 1418, tenían lugar los esponsales de su hermana María con el propio Rey de Castilla, y la hermana menor, Leonor, fue reina de Portugal al casarse con el rey Duarte (1433-1438).
La siguiente estrategia de la rama menor de los Trastámara, ahora llamados los “infantes de Aragón”, se dirigía hacia Navarra y a dicho fin se iniciaron negociaciones matrimoniales entre el infante Juan, duque de Peñafiel, y Blanca de Navarra, hija del rey Carlos III el Noble (1387-1425) e infanta heredera de Navarra, que culminaron en las capitulaciones firmadas en Olite (Navarra), el 5 de noviembre de 1419.
Las bodas se celebraron en Pamplona, el 18 de febrero de 1420. Los acuerdos establecían que el primogénito habido de la pareja, fuera hombre o mujer, heredaría el reino de Navarra y las propiedades territoriales que el infante Juan tuviera en Castilla y en Aragón.
El 29 de mayo de 1421 nacía, en Peñafiel, el príncipe Carlos, que fue jurado como heredero de Navarra por las Cortes reunidas en Olite el 11 de junio de 1422. Recibía también el título de príncipe de Viana (Navarra), creado para él por su abuelo Carlos III. Otros hijos del matrimonio fueron la infanta Blanca, nacida en Olite el 7 de junio de 1424, y la infanta Leonor, nacida el 2 de febrero de 1426.
El interés dinástico y personal del infante Juan seguía centrado, no obstante, en Castilla. Juntamente con sus hermanos, los infantes Enrique y Pedro, intervino desde 1419 decisivamente en los asuntos castellanos, primero apoyando la causa del valido Álvaro de Luna, y desde 1425 luchando en su contra.
El 8 de septiembre de 1425 murió Carlos III, y Juan fue proclamado rey de Navarra en su propio campamento militar instalado en Tarazona (Zaragoza), mientras que su esposa Blanca era proclamada reina en el palacio real de Olite, donde residía.
Juan II, como rey de Navarra, actuó únicamente como rey consorte, sin intervenir directamente en los asuntos de gobierno, que quedaban en manos de su esposa. Utilizó la dignidad real, en cambio, para sus continuas intervenciones militares en Castilla.
Coincidiendo con su elevación al trono navarro, y junto con su cuñada María, la reina de Aragón abandonada por Alfonso V, Juan II de Navarra asumió las responsabilidades de gobierno encargadas por su hermano y, sobre todo, ejerció la jefatura de la familia en las operaciones castellanas en un momento en que la Corona se vio inmersa en una serie de guerras y conflictos internos que le conducían a una situación de caos y desorden político, alimentados por las ambiciones de los “infantes de Aragón” y sus partidarios para controlar al rey Juan II de Castilla.
Los intereses y alianzas fueron tan complejos que llevaron al enfrentamiento entre Juan, rey de Navarra, aliado circunstancialmente con Álvaro de Luna, y su propio hermano, el infante Enrique, que fue hecho prisionero.
Las luchas se prolongaron durante los años 1425 a 1429, estando a punto el rey Alfonso V y su hermano Juan II de Navarra de invadir Castilla en este año y derrotar a don Álvaro, ahora en el bando contrario.
La sangría en hombres y en dinero que tenían que sufragar aragoneses y catalanes sin obtener ningún beneficio, sólo se justificaba por los intereses del propio linaje familiar, de los “infantes de Aragón”.
En 1430, los infantes de Aragón, debían retirarse de Castilla, con los graves perjuicios que de ello se derivaban. La tregua debe interpretarse como la renuncia del monarca aragonés a seguir defendiendo sus intereses dinásticos en Castilla y los extensos dominios señoriales de los Trastámara ‘aragoneses’ para dedicarse, en exclusividad a la política italiana.
En junio de 1434, Juan II embarcaba desde Valencia con destino a Palermo para apoyar militarmente a su hermano Alfonso V en la empresa napolitana. Combatió en el sitio de Gaeta y, junto a sus hermanos, Alfonso y Enrique, fue hecho prisionero por los genoveses tras la derrota naval de la isla italiana de Ponza, el 5 de agosto de 1435, y conducido a Milán.
Obtuvo su libertad después de cuatro meses de prisión, con el encargo de trasladarse a Aragón y solicitar allí de las Cortes una fuerte suma para el rescate de Alfonso V y tras pactar con el duque Felipe María Visconti el reparto de las zonas de influencias en Italia.
Íñigo López de Mendoza, más conocido como el marqués de Santillana, en su obra “La comedieta de Ponza” exalta los valores aristocráticos representados por los infantes de Aragón y sus seguidores, un centenar de caballeros que también fueron hechos prisioneros, entre los que se encontraba el propio escritor.
A fines de 1435, Juan II era designado por su hermano Alfonso V, que ya no regresó a la Península, lugarteniente real de Aragón, Valencia y Mallorca, ocupando desde entonces un destacado papel en la gobernación de los territorios peninsulares de la Corona, en cuyas tareas alternó con su cuñada doña María, reina consorte que tenía amplios poderes delegados por su esposo.
El alejamiento definitivo de Alfonso V y la falta de descendencia, hicieron recaer en Juan II la categoría de heredero, por lo que en la práctica pudo actuar en el reino de Aragón como auténtico soberano.
Al igual que en Navarra, Juan II desarrolló en Aragón una política en la que primaron sus intereses dinásticos en Castilla. La Corona de Aragón se vio inmersa en un conflicto que le exigía una aportación continuada de dinero y de hombres, además de sufrir las zonas lindantes con Castilla los devastadores efectos de la guerra.
En 1436, Juan II presidió las Cortes aragonesas que se celebraron en Alcañiz (Teruel) y, tres años después, convocó Cortes en Zaragoza, ante la amenaza francesa en la frontera catalana.
De nuevo, en 1441, Juan II reunió Cortes en Alcañiz (Teruel) que prosiguieron luego en Zaragoza.
El 1 de mayo de 1441 moría en el monasterio de Santa María de Nieva (Segovia) Blanca I de Navarra.
La muerte de la Reina se producía mientras su marido, Juan, seguía inmerso en los intereses castellanos, capitaneando la liga de nobles castellanos que, aliada circunstancialmente con los “infantes de Aragón”, conseguía desterrar del reino al valido Álvaro de Luna y capturar al rey de Castilla en Medina del Campo. Durante los dos años y medio siguientes, Juan de Navarra pudo actuar como señor de Castilla.
Tras el fallecimiento de su esposa, Juan II quedaba en una complicada situación política: de un lado, la sucesión al reino de Navarra iba a generar un prolongado enfrentamiento entre dos bandos irreconciliables; de otro, los distintos estados de la Corona de Aragón se negaban en Cortes a seguir suministrando ayuda económica a su lugarteniente para la guerra frente a Castilla.
En Navarra el gobierno quedaba en manos del príncipe de Viana que, por ley, debía ser coronado, ya que, según el testamento de doña Blanca (17 de febrero de 1439), el primogénito Carlos quedaba como heredero universal de sus bienes, aunque le instaba a no tomar el título real sin contar con su padre.
El viudo rey consorte, no tenía intención de perder su cargo, y, ocupado en los asuntos castellanos, dejaba momentáneamente el gobierno de Navarra en manos de su hijo, al que nombraba lugarteniente general.
Basándose precisamente en el testamento, Juan II conservó el gobierno de Navarra como usufructuario de su esposa, argumento sin valor legal, ya que su hijo era mayor de edad (tenía 20 años). Las aspiraciones del Monarca le llevaron a un enfrentamiento con su propio hijo, el príncipe Carlos, con el que nunca llegó a entenderse.
La situación de Juan II en Navarra se agudizó cuando decidió apartar del trono a su hijo, coincidiendo además con la negociación de su nuevo matrimonio, situación que, según el Fuero General, invalidaba el alegato de usufructo.
Juan II era perseverante y tenía una postura inflexible, agravada por la firma de las capitulaciones matrimoniales en septiembre de 1443 con Juana Enríquez, hija de Fadrique Enríquez, almirante de Castilla.
Las bodas se celebraron en Calatayud el 13 de julio de 1447, y de este segundo matrimonio nacieron cuatro hijos:
· Fernando, el futuro Rey Católico,
· las infantas Leonor y María (muertas con corta edad) y
· Juana, que se casó con su primo Fernando o Ferrante, rey de Nápoles e hijo natural de Alfonso V.
Además de sus hijos legítimos, Juan II tuvo varios hijos naturales: Alonso de Aragón, que fue maestre de Calatrava y después conde de Ribagorza; Juan de Aragón, que fue arzobispo de Zaragoza, y Leonor de Aragón, que se casó con el condestable de Navarra, Luis de Beaumont, conde de Lerín.
Tras su definitiva derrota en la batalla de Olmedo (1445), alejado de los temas de Castilla, Juan II decidió en 1450 instalarse, junto con su nueva familia, en la Corte navarra, agravando así la crisis sucesoria.
Entonces tomó las riendas del gobierno y organizó la Corte navarra de acuerdo con modelos castellanos. Pasó de ser rey consorte, a rey efectivo, en detrimento de su primogénito y legítimo heredero.
La destitución de su hijo, el príncipe de Viana, del cargo de lugarteniente, se completó con el ascenso político de los partidarios de Juan II, culminando así la ruptura entre padre e hijo, que arrastró al reino de Navarra a una situación de guerra civil.
Desde 1450 el príncipe Carlos, despojado de poder, tuvo que huir del reino y entrar en negociaciones con Castilla en los pactos de Puente la Reina y Pamplona firmados en septiembre de 1451, que sirvieron de argumento principal para ser acusado por su padre de alta traición. El enfrentamiento civil se saldó con la derrota de Aybar, el 23 de octubre de 1451, en la que el propio príncipe fue hecho prisionero.
Tras unos años en los que nombró a Juana Enríquez, su segunda mujer, como gobernadora de Navarra, Juan II negoció, el 3 de diciembre de 1455 en Barcelona, la sucesión al trono navarro, desheredando para ello al primogénito Carlos, Príncipe de Viana, y a su hermana Blanca, en beneficio de su hija menor Leonor, casada con Gastón IV de Foix, a quienes nombró como lugarteniente general. El tratado fue definido por el historiador Jerónimo Zurita como “la más infame negociación” realizada por el monarca aragonés.
El príncipe Carlos, derrotado en Navarra, buscó apoyos exteriores, y acudió a Nápoles, donde fue bien acogido por su tío Alfonso V. Se instaló en Sicilia (1457), donde el Parlamento vio en él la bandera del independentismo y solicitó a Juan II que nombrara a Carlos como virrey, lo que generó nuevos recelos entre padre e hijo, quien exigió heredar el trono navarro.
La muerte del rey Alfonso V de Aragón, en 1458, modificó esta conflictiva situación, ya que Juan heredó el trono aragonés y su hijo Carlos se convirtió en el príncipe heredero de la Corona. Navarra desde entonces ocupó un lugar secundario en el desarrollo del conflicto por la sucesión entre padre e hijo.
Cuando el 27 de junio de 1458 murió Alfonso V, en Nápoles, dejó a Ferrante, su hijo natural, el reino de Nápoles, mientras que su hermano Juan, rey de Navarra, fue reconocido como rey de Aragón y heredero de los diversos estados de la Corona: Sicilia, Cerdeña, Córcega, Rosellón, Cerdaña, Aragón, Cataluña, Valencia y Mallorca, que quedaban bajo dominio del nuevo monarca.
Juan II de Aragón y de Navarra era un hombre de avanzada edad (61 años), pero tenía una amplia experiencia política, ya que había intervenido en buena parte de los acontecimientos más destacados.
En julio de 1458 aceptó su compromiso como rey de Aragón en la Seo de Zaragoza y juró los Fueros ante el Justicia de Aragón.
En aquel acto solemne encumbró a su hijo Fernando, habido de su segundo matrimonio con Juana Enríquez, con los títulos de duque de Montblanc, conde de Ribagorza y señor de Balaguer, que, según las capitulaciones matrimoniales con Blanca I de Navarra, deberían haber pasado al primogénito Carlos y, de acuerdo con la tradición, sucesor y heredero de los bienes paternos.
Tanto las Cortes de Aragón, como las catalanas, exigieron a Juan II que designara a su primogénito Carlos de Viana como príncipe heredero y futuro rey de la Corona de Aragón.
El monarca aragonés decidió firmar la Concordia de Barcelona, en enero de 1460, por la que perdonaba a su hijo Carlos y resolvía la crisis sucesoria navarra, mientras que la sucesión aragonesa no se abordaba.
El acercamiento entre padre e hijo duró poco tiempo ya que el príncipe Carlos, desde Barcelona, negoció con Enrique IV de Castilla su boda con Isabel de Castilla.
Estos contactos, a espaldas de su padre, sirvieron de justificación para que Juan II ordenara la detención de su propio hijo en diciembre de 1460.
Las consecuencias mostraron que fue un grave error político, no sólo en Navarra, donde se iniciaba una nueva fase de la guerra civil, sino en Aragón y en Cataluña, donde surgieron movimientos populares en favor de la liberación del heredero, D. Carlos.
Los parlamentarios aragoneses, reunidos en Calatayud (1461), exigieron que el príncipe de Viana fuera nombrado también príncipe de Gerona, sucesor de la Corona y heredero universal.
Los catalanes optaron por un pronunciamiento a favor del príncipe, el 7 de febrero, ante la respuesta negativa del Rey de declarar a su primogénito como heredero universal. El Consejo de Cataluña proclamaba heredero al príncipe de Viana, que aceptaba y asumía, por tanto, la lugartenencia real, convirtiéndose en el jefe del poder ejecutivo.
El Rey se vio obligado a capitular, y en febrero de 1461 liberó a su hijo Carlos. De forma inesperada, el 23 de septiembre de 1461 murió de tuberculosis el príncipe D. Carlos, en extrañas circunstancias, urdiéndose desde entonces una leyenda en torno a su persona.
El 28 de mayo de 1462 el Monarca rompió la Capitulación y entró con sus tropas en el Principado. Era el comienzo de la guerra civil, que ha sido definida por Jaime Vicens y la historiografía catalana como una verdadera revolución o levantamiento frente a Juan II, apoyada por los dirigentes eclesiásticos.
Fue una cruenta guerra civil que supuso la crisis política y social más grave de la Corona de Aragón. La Diputación de Cataluña, aglutinando al pueblo en su entorno, declaró la guerra al Monarca.
Las hostilidades comenzaron con el sitio de Gerona. La guerra civil movía a los contendientes a solicitar ayudas internacionales. Juan II logró, en mayo de 1462, el apoyo del monarca francés Luis XI, que colaboró con setecientas lanzas y otro material de guerra a cambio de recibir 200.000 escudos de oro y, como garantía del pago, el monarca aragonés entregó a Luis XI los condados del Rosellón y la Cerdaña.
Juan II obtenía victorias militares y éxitos diplomáticos, ya que en octubre de 1469 negociaba el matrimonio de su hijo Fernando con Isabel de Castilla, y conseguía la ayuda de Inglaterra y de Borgoña para luchar contra Francia que, de nuevo, amenazaba con invadir el Principado.
Barcelona se rendía, tras un largo asedio, firmándose la Capitulación de Pedralbes (24 de octubre de 1472). El Monarca, en una decisión política, se mostraba generoso con los rebeldes y se comprometía a no ejercer represalias, excepto con Hugo Roger III, conde de Pallars, y jefe de las tropas de la Generalitat.
Los graves problemas siguieron en los años siguientes con un Principado en estado deplorable y sumido en la miseria, situación que se detecta también en los restantes reinos de la Corona, como en Valencia o en Aragón, donde se dibujaba un panorama de anarquía casi absoluta.
En 1478 Cerdeña se sometía definitivamente a la Corona de Aragón. Fue el último éxito del anciano Monarca, en los últimos meses de su vida.
Juan II, aquejado de gota en su etapa final, murió en Barcelona el día 19 de enero de 1479, a los 80 años de edad, dejando como único heredero a su hijo Fernando, del que se despidió por medio de una carta recogida por su fiel secretario Juan de Coloma, en la que afirmaba que únicamente podía salvarle el “Creador y Redentor del mundo, en cuyas manos estamos”, y le recomendaba que se dejara regir por la justicia para conservar en paz “los regnos e súbditos […] evitando quanto el mundo podays todas guerras y discusiones”.
Las exequias fúnebres fueron muy costosas, hasta el punto de que hubo que empeñar una parte de las joyas del Monarca y vender oro y plata de la cámara real. Fue enterrado en el real monasterio de Poblet.
Su hijo, Fernando el Católico, le sucedía como rey de Aragón y de los restantes reinos y estados de la Corona, y representó el triunfo monárquico y el tránsito a la Modernidad.
Su hija Leonor, habida con su primera esposa Blanca, le sucedió en el reino de Navarra.
BIBLIOGRAFÍA
N. Baranda Leturio, “Una crónica desconocida de Juan II de Aragón (Valencia, 1541)”, Cuadernos de Filología Hispánica, 7 (1988), págs. 267-288.
M.ª I. Falcón Pérez, “Juan II”, en Los reyes de Aragón, Zaragoza, Caja Inmaculada, 1993, págs. 157-162.
I. Ostolaza Elizondo, “D. Juan de Aragón y Navarra, un verdadero príncipe Trastámara”, en Aragón en la Edad Media (Zaragoza), XVI (2000), págs. 591-610.
L. M. Sánchez Aragonés, Las Cortes de la Corona de Aragón durante el reinado de Juan II (1458-1479). Monarquía, ciudades y relaciones entre el poder y los súbditos, Zaragoza, Institución Fernando el católico, 2004.
REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA
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FOTOGRAFIAS
Portada. Archivo en Wikipedia
Descripción: Retrato imaginario del rey Juan II de Aragón (1398-1479) Segunda mitad del siglo XVI.
Fuente: Palacio Ducal, Pedrola (Zaragoza), procedente del Palacio de Villahermosa (hoy Museo Thyssen), Madrid
Autor: Roland de Mois (1520–1592)
Entierro. Archivo en Wikipedia
Descripción: Tumbas de Juan II y de la reina Juana Enríquez en el Monasterio de Poblet.
De © José Luiz Bernardes Ribeiro, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=37183944
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ALFONSO V. EL MAGNÁNIMO (1396-1458)
María Teresa García PardoDoctora en Historia del Arte |
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ALFONSO V. EL MAGNÁNIMO(1396-1458) |
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Valladolid, 1396 – Nápoles, 27.VI.1458Monarca de la Corona de Aragón (1416- 1458) Rey de Nápoles (1442-1458)
Hijo primogénito de Fernando I de Antequera y de Leonor de Alburquerque. Creció en Medina del Campo (Valladolid) junto a sus hermanos pequeños, especialmente Juan, que después serán conocidos en Castilla como los infantes de Aragón, siendo educado en las artes marciales y los libros. La riqueza de su madre, a la que pronto se añadió la fortuna de su padre, hizo que el infante creciera en un ambiente de magnificencia, lujo y refinamiento. Era un gran aficionado a la caza y también en el mundo de las letras y de las artes. Gustó de vestir bien y de seguir la moda, especialmente la francesa. Todo ello hacía de Alfonso un hombre moderno y con gran atractivo. Como primogénito de la rama menor de los Trastámara le fue impuesto, desde muy joven, en 1406, el casamiento con su prima hermana María de Castilla, hija de Enrique III. La boda se celebró en 1415 en la ciudad de Valencia. El inicio de su reinado en 1416 a la muerte de su padre Fernando I, no fue fácil, ya que en Castilla comenzaba a quebrarse el bloque de sus partidarios, que se denominaba como “aragonés”. En el Mediterráneo, Génova, amenazaba una vez más con infiltrarse en los asuntos de Cerdeña. Mientras que Sicilia aumentaba sus exigencias. En Cataluña quisieron aprovechar los primeros actos de gobierno del joven monarca, con la finalidad de imponer sus reivindicaciones políticas, administrativas, sociales y jurídicas, que no habían sido atendidas por Fernando I en las Cortes celebradas en Montblanc en 1414 y que finalizaron súbitamente por decisión real. Algunos nobles catalanes decidieron desafiar al rey en las Cortes que se convocaron en Barcelona en el otoño de 1416. Esta actitud contó con un hecho favorable, el discurso que el nuevo Rey hizo en castellano, que, aunque redactado en términos heroicos y favorable a los intereses de Cataluña, ya que solicitaba una ayuda para luchar contra dicha república de Génova, se interpretó como una afrenta a las libertades, privilegios y prerrogativas de Cataluña. En esta situación los estamentos de las Cortes designaron una comisión de 14 personas encargadas de obtener del Monarca la convocatoria de una nueva legislatura donde se discutiría la reforma, que venían arrastrando desde 1414. Era la continuación de la ofensiva pactista iniciada ya a finales del siglo XIV. La Comisión de los Catorce comenzó a actuar en 1417 e intervino públicamente cuando se supo el propósito del rey, que se encontraba en Valencia, de armar una flota para ir a Cerdeña y Sicilia. La Comisión envió una embajada a Valencia para exigir al rey la reforma del Gobierno y la expulsión de los extranjeros de la Corte y del Consejo Real. La situación se complicó para el soberano, ya que las ciudades de Valencia y Zaragoza estaban de acuerdo con las exigencias de la delegación catalana. Alfonso V, el Magnánimo, hizo gala de una gran diplomacia cuando intentó dividir a los miembros de la delegación asegurando que atendería las peticiones de Cataluña, pero en cambio defendió a sus servidores castellanos aduciendo que eran antiguos servidores. La situación se complicó en el Principado e hizo necesario que el Rey se trasladase nuevamente a Cataluña. El 21 de marzo de 1419 se convocaban las Cortes catalanas desde Barcelona, que se reunieron en San Cugat del Vallés, de donde se trasladaron más tarde a Tortosa, Tarragona, alargándose hasta 1420. En esta ocasión el Rey leyó la proposición en catalán. A pesar de ello el enfrentamiento entre el Monarca y los estamentos privilegiados catalanes fue muy duro, precisamente cuando Alfonso tenía una única idea, partir hacia Italia. En primer lugar, se llegó a un principio de acuerdo cuando se publicó un convenio con el brazo eclesiástico, entre cuyos acuerdos figuraba el que los no catalanes no pudiesen obtener beneficios eclesiásticos en Cataluña, a la vez que se aprobó el nombramiento de una comisión para resolver los agravios que tenían desde siempre. A cambio de todo ellos las Cortes avanzaron un donativo de 50.000 florines al Rey para su empresa mediterránea. La realidad del choque entre el Rey y las Cortes catalanas no fue por la excusa inicial de los servidores castellanos del Monarca, sino por la divergencia en la manera de contemplar el mecanismo político del Principado. Finalmente, el 10 de mayo de 1420, Alfonso V se embarcaba en el puerto de los Alfaques (Tarragona), al mando de una escuadra de 23 galeras y 50 velas, destino Mallorca para ir a Cerdeña, con la finalidad de frenar a los genoveses con una intervención en Córcega, isla que pertenecía a la Corona de Aragón desde el reinado de Jaime II. Alfonso con el inicio de su aventura mediterránea enlazaba con la más pura tradición de la política catalana y proseguía su expansión iniciada en 1282. En Cerdeña afirmó la presencia catalana merced a un acuerdo definitivo con el vizconde Guillermo III de Narbona, por el cual se comprometió a entregarle 100.000 florines de oro a cambio de todas las tierras que poseía dicho noble en la isla. El fracaso del asedio de la ciudad corsa de Bonifacio se debió a la ayuda que los genoveses prestaron a los sitiados, así como a la mala mar imperante en la zona. La imposibilidad de dominar a los corsos fue una de las causas que hizo a Alfonso dirigir sus ambiciones hacia el Reino de Nápoles, en donde la debilidad de la Monarquía era bien patente frente a los poderosos barones y los condotieros, en los que se apoyaba la realeza napolitana para hacer frente a los primeros. Los condotieros eran mercenarios al servicio de las ciudades-estado italianas desde finales de la Edad Media hasta mediados del siglo XVI. La palabra condottiero deriva de condotta (conducta), término que designaba al contrato entre el capitán de mercenarios y el gobierno que alquilaba sus servicios. Los condotieros consideraban la guerra como un verdadero arte. Sin embargo, sus intereses no eran siempre los mismos que los de los Estados a cuyo servicio estaban. Buscaban riqueza, fama y tierras para sí, y no estaban ligados por lazos patrióticos a la causa por la que luchaban. Eran célebres por su falta de escrúpulos: podían cambiar de bando si encontraban un mejor postor antes o incluso durante la batalla. Conscientes de su poder, en ocasiones eran ellos los que imponían condiciones a sus supuestos patronos. Los primeros condotieros fueron mercenarios extranjeros, sobre todo alemanes, pero ya en el siglo XV casi todos los profesionales de las armas eran italianos. Este siglo supuso la verdadera edad de oro de los condotieros, con grandes figuras como el condotiero Gattamelata y el condotiero Colleoni. En Padua, delante de la basílica de San Antonio, tenemos la escultura ecuestre del condotiero Erasmo de Narni, conocido como Gattamelata, de Donatello, realizada en 1453. La estatua ecuestre de Bartolomeo Colleoni está ubicada ante la iglesia de San Giovanni e San Paolo de Venecia, obra de Andrea del Verrocchio creada entre 1480 y 1488 con casi 4 metros de altura. La reina de Nápoles, Juana II, conservaba su corona gracias a Sforza el Viejo. La falta de herederos directos de la soberana llevó a que el Sforza se inclinase por Alfonso V de Aragón. Por otro lado, éste contaba con el apoyo de los mercaderes catalanes, así como una serie de nobles napolitanos que le habían hecho llegar que la conquista de dicho reino sería cosa muy fácil. En 1421 Juana II de Nápoles estaba sitiada por Luis de Anjou, por lo que pidió ayuda a Alfonso V de Aragón, adoptándolo como hijo y heredero y nombrándole duque de Calabria. Alfonso el Magnánimo aceptó la propuesta que a su vez le permitía combatir a Luis de Anjou, aliado de Génova. El 25 de junio de 1421 entraba en Nápoles, donde fue recibido por la Reina como un verdadero libertador. Pero la reina de Nápoles, ante el temor de la fuerte personalidad de su nuevo heredero revocó el prohijamiento y llamó contra él a sus rivales. Derrotado por Sforza cerca de Nápoles, Alfonso con sus tropas se hizo fuerte en los castillos Nuevo (Castel Nuovo) y del Huevo (Ovo), en donde esperó los refuerzos navales catalanes que le permitieron nuevamente apoderarse de la ciudad. Juana II revocó la adopción hecha en favor de Alfonso V, nombrando nuevo heredero a Luis de Anjou el 21 de junio de 1424. Alfonso de Aragón, decepcionado y despechado, volvió a sus reinos ibéricos, en donde permaneció nueve años, iniciándose un entreacto peninsular, en la trayectoria vital del Monarca. De regreso a Cataluña su escuadra saqueó la ciudad de Marsella, llevándose como botín las cadenas, que impedían el acceso a dicho puerto, y el cuerpo de san Luis, obispo de Toulouse. En esta primera intervención en Italia, Alfonso, aprendió como era la realidad política italiana. Ya que después de haber vencido a los genoveses; de haber conseguido del pontífice Martín V una bula que le confirmaba como heredero del Reino de Nápoles. Hubo un levantamiento del pueblo napolitano contra él, teniendo que abandonar la ciudad. Con todo el balance de esta primera etapa itálica tuvo connotaciones favorables, ya que supuso la pacificación de Cerdeña y Sicilia; a la vez que proporcionó dos importantes bases navales a la marina de la Corona aragonesa, a cambio de la renuncia a la isla de Córcega, teóricamente de la Corona de Aragón, aunque en la práctica nunca se había dominado. Los nueve años que estuvo el monarca en la Península es el período de las luchas de la rama aragonesa de los Trastámara contra la castellana, y más concretamente, contra don Álvaro de Luna. En 1429 las tropas de Alfonso V, unidas a las de su hermano Juan de Navarra, penetraron en Castilla por Ariza (Zaragoza), llegando hasta cerca de Jadraque (Guadalajara) y Cogolludo (Guadalajara). Las hostilidades con Castilla continuaron hasta julio de 1430, en que se acordó una tregua de cinco años, firmándose la paz el 23 de septiembre de 1436. A la vez que la política castellana centraba sus preocupaciones, empezaron a sentirse los primeros efectos de la crisis económica que dejaban su huella en Cataluña, apareciendo las primeras disensiones internas graves en el Principado. Las Cortes de 1431 son un fiel reflejo de la angustia y preocupación que tenían los distintos estamentos representados en ellas. Ante el movimiento de liberación de los campesinos, la nobleza, los eclesiásticos y los nobles instaron al rey a que los campesinos remensas no pudieran reunirse para solicitar liberarse de sus servidumbres, bajo pena de prisión perpetua. Con el término remensa, del latín redimentia, se designaba en el Principado de Cataluña, en la Edad Media, el pago que en concepto de rescate habían de dar los campesinos o payeses a su señor para abandonar la tierra. En esta complicada situación, Alfonso, abandonó Cataluña el 29 de mayo de 1432, dejando a su esposa, la reina María, la complicada misión de buscar una solución a este grave problema, porque Nápoles volvía a ser el objetivo. Llamado por sus partidarios napolitanos, a cuyo frente había dejado a su hermano Pedro, como lugarteniente de dicho reino, Alfonso recuperó el sueño de Italia, que siempre estuvo en su mente. Esta nueva partida fue definitiva, ya que nunca más volvió a la Península Ibérica. Primero se dirigió a Sicilia, donde se preparó para atacar Nápoles. Durante su estancia en los reinos peninsulares, los genoveses se habían apoderado de Nápoles, hecho que hizo que el 4 de abril de 1433 la reina Juana II protegiese nuevamente a Alfonso de Aragón. Este nuevo cambio en la actitud de la reina hizo que se formase una coalición formada inicialmente por el papa Eugenio IV, a la que se añadieron Florencia, Venecia y el duque de Milán. La envergadura de los enemigos hizo que Alfonso postergase sus planes y firmase una tregua por diez años con la reina Juana en julio de 1433. Pero la muerte de su rival Luis de Anjou, el 12 de noviembre de 1434, y poco después de la reina de Nápoles, el 2 de febrero de 1435, le hizo poner sitio a la ciudad de Gaeta, en la región del Lacio. La escuadra genovesa mandada en ayuda de los sitiados derrotó a la catalano-aragonesa frente a la isla de Ponza, en el Mar Tirreno, en la zona del Lacio, cayendo prisioneros el propio rey Alfonso y sus hermanos Juan y Enrique. Esta derrota, y sus graves consecuencias, desconcertó a la Corona de Aragón, situación que fue salvada gracias a la prudencia de la reina María, que firmó treguas con Castilla, y convocó Cortes generales en Zaragoza para tratar la delicada situación en Cerdeña y en Sicilia. La situación comenzó a cambiar cuando Juan, rey de Navarra, fue liberado por el duque de Milán y nombrado lugarteniente de los reinos de Aragón, Mallorca y Valencia, mientras que la reina María quedaba como responsable del Principado de Cataluña, desde donde continuó enviando naves y soldados para la empresa napolitana. Alfonso V se ganó la amistad del duque de Milán, que le liberó y firmó con él una alianza para poder apoderarse del Reino de Nápoles. En 1436 las tropas del Magnánimo se apoderaron de casi todo el reino, únicamente quedaban fuera de su control Calabria y la capital, Nápoles fiel a Renato de Anjou. Durante el sitio de Nápoles, a finales de 1438, murió el infante don Pedro, hermano del rey. Dominado ya todo el reino, Alfonso puso sitio a Nápoles el 17 de noviembre de 1441 hasta el 2 de junio de 1442 en que cayó en su poder. Alfonso el Magnánimo entró solemnemente en la ciudad de Nápoles el 23 de febrero de 1443, al estilo de los antiguos césares, como quedó inmortalizado en el famoso arco triunfal que se colocó sobre la puerta del castillo Nuevo. Cinco días después de su entrada en la capital reunió el Parlamento, haciendo jurar como heredero a su hijo natural, Fernando, duque de Calabria. Para consolidar su conquista firmó la paz con el papa Eugenio IV, al que reconoció como pontífice legítimo, recibiendo por ello la investidura del Reino de Nápoles, en el momento que Amadeo, duque de Saboya, había sido proclamado también Papa por sus partidarios con el nombre de Félix V. El reconocimiento mutuo entre Eugenio IV y Alfonso V como rey de Nápoles comportó la ayuda de Alfonso al Papa para recuperar la región de las Marcas en donde fue derrotado Francisco Sforza. Las Marcas es una región del este de Italia ubicada entre los montes Apeninos y el mar Adriático, próxima a San Marino y Rávena. Los dos primeros años, como rey de Nápoles, fueron difíciles tanto en el plano internacional como en el interno, ya que tuvo que vencer en Calabria una revuelta. A pesar de todo, su posición se consolidó al firmar un tratado de paz en 1444 con Génova. Esta segunda campaña de Alfonso en la península itálica fue aprovechada por el conde de Foix y compañías francesas para amenazar el Rosellón, llegando a algunos núcleos cerca de su capital, Perpiñán. El Rosellón es una región histórica de Francia que corresponde al antiguo condado de Rosellón y parte del condado de Cerdaña. Ambos fueron parte de España hasta el Tratado de los Pirineos (1659), con el que se dio fin a las hostilidades desde 1635 entre España y Francia, durante la guerra de los Treinta Años. Ante esta invasión, el hermano de Alfonso V, el infante don Juan, como lugarteniente, convocó Cortes Generales en Zaragoza en 1439 y reclamó la presencia de su hermano, el rey, en los territorios peninsulares. Alfonso el Magnánimo no atendió dicha solicitud, excusándose por la importancia de los asuntos italianos. Esta ausencia afectó también al orden interno de Cataluña por las continuas reivindicaciones de los payeses de remensa, que pretendían la abolición de los estos llamados “malos usos”. Alfonso, consolidado en el Trono de Nápoles, ejerció como un mecenas renacentista, rodeándose de una Corte con importantes hombres de letras y artistas. El rey se preocupó por las instituciones universitarias. En su etapa napolitana fundó tres nuevos Estudios Generales: los de Catania (1445), Gerona (1446) y Barcelona (1450). Aunque durante su reinado únicamente llegó a funcionar el de Catania, retrasándose la puesta en marcha de los otros dos por problemas económicos. Alfonso tuvo una intensa vida amorosa fuera del matrimonio, su relación con Lucrecia de Alagno, es responsable para muchos historiadores de su definitiva permanencia en Nápoles. Fruto de unos amores anteriores con una dama valenciana, nació en Valencia, en 1423, Fernando, que sería rey de Nápoles de 1458 a 1494. La política oriental de Alfonso el Magnánimo hizo que los príncipes y reyes balcánicos amenazados por los turcos otomanos vieran en él un posible protector. El caudillo albanés Jorge Castriota inició negociaciones con Alfonso el Magnánimo para que le enviase ayuda para defenderse de los turcos por una parte y de los venecianos por otra. Eran unos momentos muy críticos para el Mediterráneo oriental especialmente por la presión otomana sobre Constantinopla y demás restos del Imperio Bizantino. Alfonso realizó varios intentos por salvar Constantinopla por iniciativa del pontífice Nicolás V. Pero los intereses de Génova y de Venecia, malograron dichos intentos. Después de la conquista de Constantinopla por los turcos en 1453, Alfonso el Magnánimo murió el 27 de junio de 1458 en el castillo del Ovo en Nápoles. Sus restos fueron enterrados en la iglesia de Santo Domingo de esta ciudad, siendo en 1671 trasladados al monasterio de Poblet. En su último testamento dejó el reino de Nápoles para su hijo legitimado Fernando, duque de Calabria, mientras que a su hermano Juan, rey de Navarra, todos los demás reinos y territorios. Además, tuvo dos hijas bastardas: Leonor, que se casó con Mariano Marzano, príncipe de Rossano y duque de Sessa, y María, casada con Leonelo de Este, marqués de Ferrara.
Medalla de ALFONSO V DE ARAGÓN, EL MAGNÁNIMO, en el Museo Arqueológico Nacional de España, en Madrid. Realizado por Antonio di Puccio (Pisanello) y fundido en plata en 1449. En 1557, el pintor valenciano, Juan de Juanes, realizó un retrato de Alfonso V de Aragón en óleo sobre tabla (115 x 91 cm), que fue adquirida por compra del Gobierno de Aragón en 2006, procedente de una colección particular de Madrid, y se conserva en el Museo de Zaragoza. En el alféizar de la ventana aparece la leyenda “ALFONSVS QVIN/TUS ARAGONUM REX” (Alfonso V rey de Aragón). El retrato fue encargado por la Ciudad de Valencia a Juan de Juanes. Es una imagen idealizada del monarca, ya que Alfonso V falleció un siglo antes, en 1458. Juan de Juanes se basó en una medalla conmemorativa de Pisanello de 1449, en la que se representa al rey aragonés con cincuenta y dos años. Alfonso V de Aragón viste una armadura anacrónica, de época de Carlos I de España. Su rostro manifiesta la serenidad típica del Renacimiento y la cortina ofrece solemnidad a la escena. En primer término, sobre la mesa, aparece la corona ornamentada con piedras preciosas, símbolo de prosperidad y alusiva a su condición real; el yelmo alude a su labor como conquistador del Reino de Nápoles y un libro abierto bajo la corona que revela su título y autor: “DE BELLO CIVILI LIB. I y C. IVLI. CAESARIS” (La guerra civil de Julio César). El libro abierto es una de las divisas personales y más antiguas de este monarca. La pintura representar al rey con los atributos clásicos del poder y del ideal renacentista, como hombre formado en las armas y las letras, (triunfador y pacífico), como figura en la medalla de Pisanello. EL CASTEL DELL’OVO (CASTILLO DEL HUEVO)El castillo se encuentra sobre el islote de tufo de Megaride, prolongación natural del Monte Echia, que estaba unido a la tierra por un sutil istmo de roca. Construido en 1128 en un islote junto a la costa de Nápoles, el Castillo del Huevo es una imponente fortificación que a lo largo de su historia ha funcionado como elemento defensivo, cárcel, residencia real y actualmente es centro de eventos y exposiciones. Cuenta la leyenda que Virgilio escondió un huevo mágico bajo los cimientos de la fortaleza y, que, si éste llegara a romperse, la ciudad sufriría una enorme catástrofe. De esta leyenda surgió el nombre del Castillo del Huevo (Castel dell’Ovo). Actualmente el Castillo del Huevo se encuentra prácticamente vacío, pero aún es posible rememorar la antigua majestuosidad de la austera fortaleza y recorrer sus rampas y sus terrazas disfrutando de las vistas, o bien pasear por los túneles excavados en la roca. El Castillo del Huevo ofrece excelentes vistas de la bahía de Nápoles y del Monte Vesubio desde sus terrazas. La visita es gratuita y es una de las principales atracciones de la ciudad. El rey Carlos I de Anjou trasladó al Castel Nuovo la corte, pero mantuvo en el Castel dell’Ovo, los bienes que se debían custodiar en el lugar mejor fortificado. Fue residencia de la familia real, realizando con este objetivo numerosas restauraciones y modificaciones, y mantuvo allí el tesoro real. También fue prisión de estado. Alfonso V de Aragón, iniciador de la dominación aragonesa de Nápoles, enriqueciendo el palacio real, restaurando el muelle, potenciando las estructuras defensivas y bajando las torres. Después le sucedió en el trono su hijo Fernando I. En 1503, el asedio de Fernando el Católico derribó definitivamente lo que quedaba de las torres. Posteriormente el castillo fue remodelado de nuevo profundamente, asumiendo así la forma que vemos en la actualidad. Como consecuencia de la evolución de los sistemas de armamento, se reconstruyeron las torres octogonales, se engrosaron los muros y las estructuras defensivas se orientaron hacia tierra en lugar de hacia el mar. Derrotados los franceses dos veces, en Cerignola y en el Garigliano, se produjo la completa conquista de todo el Reino de Nápoles a favor de Aragón. Durante el reinado de los virreyes españoles y posteriormente de los Borbones, el castillo fue fortificado más con dos puentes levadizos. La estructura perdió completamente la función de residencia real y desde el siglo XVIII fue dedicado a puesto avanzado y a prisión.
CASTEL NUOVO DE NÁPOLESLa construcción de Castel Nuovo comenzó en 1279 por encargo de Carlos I de Anjou después de que derrotara a los Hohenstaufen y ascendiera al trono de Sicilia y decidiera hacer de Nápoles la capital. El Castel Nuovo fue diseñado por dos arquitectos franceses. Es de estilo gótico y tiene forma de rectángulo irregular, rodeado por cuatro torres defensivas y una gran puerta con puente levadizo. El Castillo se llamó «Castel Nuovo» (Castillo Nuevo) desde el principio, para distinguirlo de Castel dell’Ovo. Este castillo fue construido para proteger la ciudad de Nápoles y, de hecho, tiene el mismo sistema defensivo que el Castel dell’Ovo, considerado uno de los mejores, y está situado en una posición muy estratégica. Fue mandado construir por el rey Carlos I, pero éste nunca vivió en él ya que las obras terminaron en 1285, año de su muerte. El primer rey que consiguió instalarse en esta residencia fue Carlos II, conocido como el Cojo. Eligió ampliar este castillo y decorarlo al igual que sus sucesores. A lo largo de los siglos, el Castel Nuovo sufrió muchas restauraciones y se enriqueció con obras de arte. Actualmente, tras el pago de la entrada accedemos al interior, donde se conserva el Museo Cívico y se puede subir a la terraza para contemplar las vistas de la ciudad.
La Capilla Palatina Fue construida en 1307. Tuvo que ser parcialmente reconstruida en 1456 a causa de un terremoto que destruyó parte de ella. Está lleno de pinturas de artistas como Maso di Banco y esculturas de Domenico Gagini, alumno de Donatello y Brunelleschi.
La Ermita de San Francisco De Paola Consagrada en 1668 y construida en estilo barroco.
Sala de los Barones También conocida como Sala Maior, es la sala principal del castillo y fue creada como sala del trono y originalmente decorada con frescos de Giotto que, lamentablemente, se perdieron a lo largo de los siglos.
Las leyendas de las prisiones y el foso del cocodrilo La ciudad de Nápoles está llena de leyendas que se transmiten de generación en generación. Una leyenda muy particular sobre Castel Nuovo que probablemente se te quedará grabada es la de sus prisiones. Justo debajo de la Capilla Palatina, puedes encontrar dos salas que solían ser prisiones: la Prisión Millet y la Prisión de los Barones. La prisión de Millet se utilizó principalmente para albergar a los presos que debían recibir fuertes castigos. Sin embargo, a lo largo de los años, los prisioneros habían comenzado a desaparecer. más tarde cuando descubrieron que un cocodrilo había penetrado en el edificio a través de una abertura y arrastrado a los prisioneros al mar.
FACHADA Y ARCO TRIUNFAL Entre las torres occidentales se encaja un arco de triunfo de mármol blanco de 35 metros de altura, construido en 1470, que conmemora la entrada de Alfonso V de Aragón en Nápoles en 1443. La entrada está flanqueada por columnas, mientras que la escultura de primer nivel representa una cuadriga triunfal que conduce Alfonso en el desfile, como si fuera un emperador de Roma. El centro tiene un escudo con los símbolos del rey de Aragón.
BIBLIOGRAFÍA A. Giménez Soler, Retrato histórico de Alfonso V de Aragón, Madrid, 1952. VV. AA., Estudios sobre Alfonso el Magnánimo con motivo del quinto centenario de su muerte: Curso de conferencias (mayo de 1959), Barcelona, Universidad de Barcelona, 1960. L. Suárez Fernández, “Los Trastámara y los Reyes Católicos”, en Historia de España, 7 (1985). S. Claramunt, “La política universitaria di Alfonso il Magnánimo”, en VV. AA., XVI Congresso Internazionale di Storia della Corona d’Aragona, vol. II, Nápoles, Paparo Edizione, 2000, págs. 1335-1351. El cuadro en el Museo: Alfonso V el Magnánimo, rey de Aragón, pintado por Juan de Juanes hacia 1577, Hoja de Sala, Zaragoza. 2006. REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA maitearte.wordpress.com
FOTOS: – Eduardo Benito viajes de 2015 y 2019 – Fotos Alfonso V y medalla: De Juan de Juanes – [1], Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=1506984 |
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FERNANDO I. EL DE ANTEQUERA (1379 – 1416)
María Teresa García PardoDoctora en Historia del Arte |
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FERNANDO I. EL DE ANTEQUERA(1379 – 1416) |
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FERNANDO I. EL DE ANTEQUERA (1379 – 1416)Medina del Campo (Valladolid), 1379 – Igualada (Barcelona), 1.IV.1416.Regente de Castilla y rey de Aragón.Fue el segundo hijo de Juan I de Castilla y Leonor de Aragón, hija de Pedro IV el Ceremonioso. Se educó en la Corte de su hermano Enrique III y a la muerte de éste, en diciembre de 1406, fue nombrado regente de su sobrino, el príncipe Juan, en unión de la reina viuda Catalina de Lancaster. Se iniciaba una larga minoría de edad, porque el pequeño príncipe Juan no contaba ni tan siquiera dos años, que estuvo plagada de dificultades superadas gracias a la diplomacia del infante. En el momento en que don Fernando tomó posesión del cargo de regente, el 15 de enero de 1407, su poder en la Península era indiscutible. Su padre le había nombrado duque de Peñafiel (Valladolid) y conde de Mayorga (Valladolid) en las Cortes de Guadalajara de 1390. En esas mismas Cortes se concertó su matrimonio, celebrado unos años después, con su tía Leonor de Alburquerque, hija del conde Sancho de Castilla, y heredera de fértiles tierras en La Rioja, Castilla y Extremadura. Además de duque de Peñafiel, era señor de Lara, separada ésta definitivamente de Vizcaya, y tenía en sus manos algunos de los puntos clave del reino: Medina del Campo (Valladolid), Olmedo (Valladolid), Cuéllar (Segovia), San Esteban de Gormaz (Soria), Villalón (Valladolid), Urueña (Valladolid), etc. Por su matrimonio con su tía Leonor de Alburquerque, un condado con tres núcleos de tierra en torno a Haro (La Rioja), Ledesma (Salamanca) y Alburquerque (Badajoz). Medina del Campo, Olmedo, Cuéllar y Villalón constituían los puntos centrales de la vida económica de Castilla: Lana, trigo y cuero. El comercio era la base del crecimiento económico castellano, potenciado por la recuperación demográfica. Las ferias de Medina del Campo, fundadas y organizadas por don Fernando no fueron ajenas a este proceso. Tampoco Cuéllar con ferias desde 1390, año en que había sido cedida al infante, o Lerma (Burgos), con celebraciones feriales desde 1409. Don Fernando hizo brillar el espejismo de la guerra musulmana, como respuesta a la derrota en la batalla de Collejeras por los granadinos a las tropas cristianas de Enrique III en 1406. A partir de entonces, y durante toda la regencia, la guerra fue la gran empresa del infante que espera convertirse en defensor de la cristiandad, y obtener ventajas políticas. Algunas fueron inmediatas. La dirección de las operaciones le proporcionó la administración de una gran cantidad de dinero que las Cortes habían votado, y un reparto en el gobierno del reino con la reina viuda, previsto ya en el testamento de Enrique III. Al infante D. Fernando le correspondía gobernar la mitad meridional de Castilla, contando desde los puertos de Guadarrama, incluyendo todos lo señoríos que a él como duque de Peñafiel, conde de Alburquerque y señor de Lara correspondían, además de Alba de Tormes (Salamanca) y Ayllón (Segovia). Todos sus señoríos, menos Alburquerque, en Badajoz, estaban enclavados en la mitad norte de la Península. En su zona de gobierno se hallaban los núcleos principales de las órdenes militares de Alcántara y de Santiago, a cuyos maestrazgos aspiraba en beneficio de sus hijos. El infante llevó a cabo dos grandes campañas contra los musulmanes. La desarrollada en 1407 y la de 1410, que culminó con la toma de Antequera (Málaga), lugar de gran interés estratégico, y que le granjeó el sobrenombre con que ha pasado a la Historia. En la primera, tomó Zahara (Cádiz) pero, en contra de su voluntad, tuvo que ordenar la retirada y mostrarse como vencido cuando el 10 de noviembre hacía su entrada en Sevilla. Su posición política se debilitó enormemente. Sus fracasos en la guerra hicieron que la oposición reiniciara sus ataques, y don Fernando tuvo que enfrentarse a la rebeldía de un importante sector de la nobleza, auspiciado, por la propia reina viuda Catalina de Lancaster. Fue una etapa muy difícil pero que se cerró con un saldo positivo. Las negociaciones fueron fructíferas y sus mayores adversarios colaboraron desde entonces con el fiel Sancho de Rojas en todas las empresas de D. Fernando. Paralelamente, diseña un plan para hacerse con el control de los maestrazgos de las órdenes militares que afectaría a la de Alcántara y a la de Santiago, cuyas máximas dignidades quedaron vacantes por fallecimiento de los titulares. En la de Alcántara, la muerte del maestre Fernando Rodríguez de Villalobos en 1408, daba paso a un enfrentamiento por el poder. D. Fernando presentó la candidatura de su hijo, el infante Sancho, de apenas ocho años de edad. Con esta candidatura se justificó que se ponía fin a la discordia en la Orden y se atendía un sagrado deber cristiano, ya que las rentas del maestrazgo se destinarían, hasta la mayoría de edad de don Sancho, a la guerra contra los infieles. Los comendadores no presentaron resistencia y, tras la licencia por razón de edad, don Sancho fue elegido maestre en el monasterio de San Pablo de Valladolid, en presencia del rey y de la Corte. Un año después, en 1409, moría el maestre de la Orden de Santiago. Don Fernando hizo elegir como maestre a otro de sus hijos, Enrique, también menor, pero en este caso tuvo que vencer la resistencia mediante la entrega de 500.000 maravedís. Todo parecía en orden para reanudar las hostilidades. Y así, se preparó la segunda y decisiva gran campaña protagonizada por don Fernando que culminó con la conquista de Antequera el 16 de septiembre de 1410. El regente rodeó la victoria de gran solemnidad y quiso hacer presente la tradición reconquistadora castellana ordenando traer de León el histórico pendón de las Navas, custodiado en la colegiata de San Isidoro. La victoria había sido rotunda y su rentabilidad política también. La victoria de las Navas de Tolosa, que tuvo lugar en Jaén, el 16 de julio de 1212, fue un punto de inflexión en la Reconquista. La muerte sin sucesión del monarca aragonés Martín el Humano, el 31 de mayo 1410, conocida por el infante cuando sitiaba Antequera, abría la posibilidad de que su familia ostentase la hegemonía en la península. En calidad de hijo de Juan I de Castilla y Leonor de Aragón y como nieto de Pedro el Ceremonioso, don Fernando se dispuso a hacer valer sus derechos al Trono. Castilla, en las Cortes de Valladolid, apoyó su candidatura al Trono aragonés y se aceptó, tras mediación expresa de la reina viuda Catalina que se planteaba la posibilidad de una regencia única. Los 45.000.000 de maravedís, votados para la guerra de Granada, se destinaron a los gastos de su elección, considerada muy conveniente. Las tres líneas de acción esbozadas por el infante D. Fernando cuando asumió la regencia:
Castilla había entrado en el siglo XV apoyada en los siguientes pilares:
Castilla valoró conseguir la corona aragonesa, al tratar de cumplir la última voluntad del rey Martín, muerto sin sucesión: “determinar en justicia al sucesor”. En un primer momento fueron cinco los candidatos: Jaime, conde de Urgell, bisnieto de Alfonso IV; Luis de Anjou, duque de Calabria, nieto de Violante de Bar, viuda de Juan I; Alfonso, duque de Gandía, bisnieto de Jaime II; Fernando de Castilla, nieto de Pedro IV y sobrino del rey Martín por vía femenina; y Fadrique, nieto directo del rey Martín, pero pronto descartado por la ilegitimidad de su nacimiento, ya que era hijo de Martín I, el Joven, y una siciliana. Fernando de Castilla fue el candidato más apoyado porque supo conjugar los intereses de algunos protagonistas a título particular. Benedicto XIII, el papa Luna, veía en Fernando un firme apoyo en la cuestión del cisma al asegurar la mayoría peninsular hacia su causa; o el futuro san Vicente Ferrer, quien encontró en él, como regente castellano y después como monarca aragonés a un colaborador en sus planteamientos antisemitas. La decisión fue bien recibida en Aragón, no tanto en Valencia y mucho menos en Cataluña. Pero satisfacía, a la mayoría y evitaba el enfrentamiento, a excepción del candidato desestimado Jaime de Urgell, que obligó al nuevo rey Fernando I (1412-1416) a combatirle hasta sitiarlo a lo largo de 1413 y desterrarlo, con el consentimiento casi generalizado de las fuerzas sociales y políticas de la Corona. El Compromiso de Caspe fue una decisión equilibrada, que supo conjugar los intereses aragoneses, valencianos y una parte de los catalanes. Los aragoneses aspiraban a un protagonismo mayor, perdido con los últimos monarcas de la Casa de Barcelona. Los valencianos deseaban escalar una posición equiparable a la de los otros reinos en el conjunto de la Corona; y los intereses catalanes con una nobleza más dinámica y una burguesía barcelonesa que controlase las finanzas. Pero D. Fernando era un Trastámara castellano y Castilla superaba en territorio y población a la Corona de Aragón (4.000.000 de hombres frente a 800.000 y esto causaba un gran recelo. Cuando en 1412 llegó al Trono de Aragón la nueva dinastía Trastámara castellana, el monarca se vio obligado, en primer lugar, a jurar los Fueros, Usos, Costumbres y Libertades del país, que sus súbditos guardaban celosamente. Fernando I los juró con gran solemnidad en la Seo de Zaragoza el 3 de septiembre de 1412, sobre la Cruz y los Evangelios sostenidos por el prelado de mayor dignidad del reino, el obispo de Huesca al estar vacante Zaragoza, y ante la mirada del justicia de Aragón, la más alta magistratura del Reino. A continuación, los procuradores o representantes de los cuatro estamentos parlamentarios, prestaron juramento al rey según el formulario habitual. Cuatro días más tarde, el primogénito don Alfonso, futuro Alfonso V, fue jurado como heredero legítimo, después de que él mismo jurase los fueros igual que su padre. Tras estas ceremonias, las primeras Cortes se celebraron en Zaragoza en el breve plazo de los cuatro años de reinado. Su finalidad primordial era:
Para la coronación se recuperó el rito tradicional de la Corte aragonesa. Fiestas, torneos, representaciones teatrales y una rememoración alegórica del sitio del castillo de Balaguer, último bastión del conde de Urgell. La ocasión era la más propicia para el acercamiento popular y la contemplación personal del séquito real. Antes de estas ceremonias, Fernando I pasó una larga estancia en Barcelona, reuniendo Cortes, en las que demostró, una vez más, su voluntad negociadora. Los nobles aparecieron ante él como representación auténtica de Cataluña y con ellos pactó una política que anunciaba la que más adelante fue preconizada por la Biga. Las concesiones indicaban un retroceso hacia posiciones conservadoras:
La tónica general del reinado fue de apuros financieros. De estas penurias hablan todas las Cortes convocadas por Fernando I y las medidas tomadas por la Administración. La crisis se debía más a la anormalidad imperante en el control de los recursos del país, a la no administración del patrimonio regio y a la ilimitación del gasto público, desorden que intentó corregir el Monarca desde su acceso al Trono. Quiso conocer desde el primer momento las rentas que le pertenecían y expresó su deseo de anular aquellas que habían provocado una disminución en los recursos. Sanear la Hacienda y la política fiscal, constituyó la gran preocupación del primer Trastámara aragonés, que en cuatro años obtuvo más logros que los monarcas precedentes y los que le siguieron en el Trono. En política exterior, Fernando I intentó acceder a los deseos de los súbditos que confiaban en que el restablecimiento de la hegemonía mediterránea produjera un alivio en las dificultades económicas. Realizó una activa política en ese mar. Mantuvo la isla de Sicilia que se hallaba en guerra civil permanente desde la muerte de Martín el Joven. En Cerdeña, isla siempre rebelde a la soberanía aragonesa de acuerdo con Génova, compró al vizconde de Narbona, que había sido proclamado monarca y envió a la isla una expedición para que volviese a su obediencia. A la vez, había firmado una tregua con Génova por cinco años. Todo ello más los tratados con Egipto y Fez, permitieron un cierto respiro al comercio catalán por la ruta de las islas hasta Alejandría, cuyo consulado se restableció. Se consiguió una cierta estabilidad mediterránea. También se mantuvieron buenas relaciones con Francia e Inglaterra, y en general, con todas las potencias occidentales, incluido el Imperio alemán, con el que Fernando I tuvo que relacionarse por la cuestión del cisma de Occidente. La solución de este conflicto le llevó a una ruptura con Benedicto XIII, al que tanto debía. Siguiendo los acuerdos del concilio de Constanza, intentó, en vano, convencer al Pontífice para que renunciase a la tiara. Como éste no aceptó, tras el último intento de Perpiñán, Fernando I se apartó de su obediencia, el 6 de enero de 1416, poco antes de su muerte. La prematura muerte de Fernando I, tan sólo cuatro años de reinado, hace que se considere éste como un paso más en el largo período de transformaciones profundas que arranca en los años precedentes y culmina en el reinado de Fernando el Católico. Los importantes intereses en Castilla de la dinastía Trastámara hizo que en Aragón repercutieran en la trayectoria política de los dos primeros Trastámara aragoneses: Fernando I y su hijo Alfonso V el Magnánimo (1396-1458). De su matrimonio con su tía Leonor de Alburquerque (Badajoz) tuvo los varios hijos:
Tanto la Crónica de Juan II, de Alvar García de Santa María, como la de Lorenzo Valla, Historia de Fernando de Aragón, inspirada en gran parte en la primera, exaltan la gloriosa fidelidad del regente. Alvar García de Santa María recoge con admiración la escena en que algunos nobles aconsejan a Fernando, muerto Enrique III, que tome la Corona. Él rechaza la idea y es el primero en jurar al pequeño rey, futuro Juan II de Castilla. La escena la repite el cronista italiano en la obra que sobre su padre le encomendó Alfonso V de Aragón. Valla justifica el proceder de Fernando I como ejemplo de virtud. También El Romancero, en su serie de romances sobre la toma de Antequera, contribuye a forjar el mito de Antequera y a idealizar la mentalidad caballeresca de su héroe: Fernando el de Antequera. BIBLIOGRAFÍA:F. López Estrada, “La conquista de Antequera en el Romancero y en la épica de los siglos de oro”, en Anales de la Universidad Hispalense (Sevilla), vol. XVI (1955), págs. 133- 192; J. Vicens Vives, “Evolución de la economía catalana durante la primera mitad del siglo XV”, en IV Congreso de Historia de la Corona de Aragón, Mallorca, 1955, folleto de 27 págs., ponencia 3; L. Suárez Fernández, Á. Canellas López y J. Vicens Vives, Los Trastámara de Castilla y Aragón en el siglo XV, intr. de R. Menéndez Pidal, en J. M.ª Jover (dir.), Historia de España de Menéndez Pidal, t. XV, Madrid, Espasa Calpe, 1964, págs. 3-318; F. López Estrada, La toma de Antequera, Antequera-Sevilla, F. Vives, 1964; E. Sarasa Sánchez, “Fernando I y Zaragoza. La Coronación de 1414”, en Cuadernos de Zaragoza, 10 (1977); E. Sarasa Sánchez, Aragón en el reinado de Fernando I (1412-1416). Gobierno y Administración. Constitución política. Hacienda Real, Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 1986; REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA |
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Pedro IV. El Ceremonioso (1319 – 1387)
María Teresa García PardoDoctora en Historia del Arte |
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Pedro IV. El Ceremonioso (1319 – 1387) |
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Pedro IV de Aragón. El Ceremonioso, el del puñalet. Balaguer (Lérida), 5.IX.1319 – Barcelona, 5.I.1387. Rey de Aragón (1336-1387), rey de Valencia (Pedro II), conde de Barcelona (Pedro III). Fue el hijo segundo de IV el Benigno y Teresa de Entenza. La muerte, al año de su nacimiento, de su hermano primogénito, el infante Alfonso, convirtió a Pedro en el heredero de la Corona, y como tal jurado como sucesor de su padre. La muerte de su madre en 1327 y el nuevo casamiento de su padre dos años después con Leonor de Castilla, cambió la vida del heredero al Trono. En pocos años Leonor consiguió un importantísimo patrimonio para sus dos hijos. Logró que su primogénito, el infante Fernando, fuese nombrado marqués de Tortosa, convirtiéndose en el señor más importante de todos los reinos. Esta política de su madrastra y la debilidad de su padre generaron en él el odio hacia Leonor de Castilla; especialmente cuando intentó suprimirle junto con su hermano el conde de Urgell. Los dos infantes se refugiaron en Zaragoza, donde fueron protegidos por diversos nobles aragoneses. Fue educado en Aragón, mientras su madrastra vivía entre Valencia y Barcelona. Esta enemistad produjo en el joven Pedro hostilidad hacia Castilla. Con la excusa de su matrimonio con la hija del rey de Navarra, envió 500 hombres a caballo en ayuda de los navarros contra los invasores castellanos, pero fueron derrotados y hechos prisioneros. Fue el preludio de las largas guerras que tuvo después con Castilla. La reina regresó a Castilla con sus dos hijos y se alejó del rey cuando estaba muy enfermo por temor a su hijastro Pedro. La muerte de Alfonso IV el Benigno en Barcelona, en enero de 1336, dejó a los distintos reinos en una difícil situación. Tres facciones se disputaban el poder:
Para el nuevo rey Pedro IV el Ceremonioso, que acababa de cumplir los 17 años, se iniciaba un duro período. La coronación celebrada en Zaragoza, el domingo de Pascua de Pentecostés de 1336, fue un acto esplendoroso, donde el joven rey demostró su amor por las ceremonias y los símbolos de poder. Pedro el Ceremonioso heredó de su padre la guerra de Génova, que él cerró el mismo año en que empezó a reinar. En 1338, Pedro el Ceremonioso contrajo matrimonio con María de Navarra, hija del rey de Navarra y emparentada con el rey de Francia. Tuvieron cuatro hijos, de los cuales sólo sobrevivieron dos hijas: Constanza y Juana. La muerte al poco de nacer de una tercera hija, en 1345, indujo al monarca a cambiar el sistema de transmisión de la Corona a favor de su hija Constanza. En su Crónica, Pedro el Ceremonioso justifica la decisión que le enfrentó a la nobleza aragonesa y valenciana, pero muy especialmente con su hermano Jaime de Urgell. En abril de 1347, la reina tuvo en Valencia un hijo varón, Pedro, que murió a las pocas horas de nacer. La consternación fue importante en la Corte y se acrecentó cuando cinco días después murió la reina María de Navarra a consecuencia del parto. La complicada situación política hizo que pronto se iniciaron las negociaciones para encontrar una segunda esposa; la elegida fue Leonor, hija del rey Alfonso IV de Portugal, de diecinueve años. La boda se celebró en Barcelona en noviembre de 1347, después de haberse visto obligado el rey pocos meses antes en Zaragoza, a ceder a todas las pretensiones de los nobles aragoneses, habiendo quedado prácticamente prisioneros de ellos, obligándole a revocar el nombramiento de heredera a favor de su hija Constanza. Gracias a las negociaciones del vizconde Bernardo II de Cabrera, se pudo romper el frente nobiliario y obtener algunas adhesiones para el rey, que pudo huir de Aragón e instalarse en Barcelona. En esta inestable situación, el monarca y su nueva esposa, sufrieron humillaciones en la primavera de 1348 en Valencia, quedando un tiempo a merced del pueblo, tal como cuenta en su propia Crónica. El estallido de la “peste negra” en Valencia y la propagación por los restantes territorios de la Corona ayudaron a olvidar los graves problemas internos. Pocos meses después, el 21 de julio de 1348, el rey venció a sus detractores. La victoria de Épila fue seguida de una dura represión en todo el Reino de Aragón, así como en el de Valencia, donde el alzamiento había tomado un importante carácter social. El rey victorioso entró en Zaragoza el 7 de agosto, castigando a rebeldes y restituyendo lugares a sus antiguos señores. Ante el pueblo zaragozano rasgó con un puñal el Privilegio de los Unionistas, por lo que fue llamado Pedro “el del Puñalet”. Poco después, la reina Leonor de Portugal, murió víctima de la peste, antes de llevar un año de casada y sin haber tenido descendencia. Su entierro no tuvo solemnes ceremonias; las únicas preocupaciones del rey eran alejarse de las áreas infectadas por la peste y liquidar los restos de la rebelión nobiliaria valenciana, lo que sucedió el 10 de diciembre del mismo año con la victoria de Mislata sobre los unionistas valencianos. El rey castigó a los culpables de la rebelión, especialmente en Valencia, en donde la represión fue muy dura. En su misma Crónica, cuenta el monarca que hizo fundir la campana que llamaba a consejo, e hizo beber el metal a los jefes más destacados. En agosto de 1349, Pedro el Ceremonioso se casó por tercera vez, ahora con su prima segunda, Leonor de Sicilia, en Valencia. Hija de Pedro II de Sicilia y Leonor de Carintia, fue una mujer decidida, llamada por sus súbditos catalanes la “reina grossa” en comparación con sus dos predecesoras. Leonor de Sicilia fue una mujer vehemente y vengativa, que coincidía plenamente en estos planteamientos con su esposo, al que substituyó brillantemente en numerosos actos oficiales, llegando a presidir Cortes y a tener su propia cancillería. Leonor dio al rey tres hijos varones, dos de los cuales se ciñeron la Corona de Aragón, y una hija, Leonor, que sería reina de Castilla como esposa de Juan I, y sería madre de futuros reyes de Castilla y Aragón. El 27 de diciembre de 1350, nacía en Perpiñán, el primer hijo varón que sobreviviría al rey Pedro, el infante Juan. Un mes después su padre le creaba, como título y señorío, el ducado de Gerona, que desde entonces irá siempre adscrito al primogénito y heredero de la Corona de Aragón. Pedro el Ceremonioso, con la creación del ducado de Gerona, rompió toda la base jurídica de las antiguas entidades nobiliarias catalanas. Hasta entonces el fundamento de los antiguos títulos nobiliarios del principado se basó en la división en condados y vizcondados de la Alta Edad Media. A partir de ahora el propio rey, actuando como soberano de todo el conjunto, creó nuevas entidades con finalidad de dotar a los miembros de la Familia Real o de reconocer personajes muy allegados a su entorno. Esta actuación iniciada por Pedro el Ceremonioso comportó la aceptación del monarca como verdadero señor superior de Cataluña. Es el rey de Aragón y conde de Barcelona, pero cuando actuaba como señor de toda Cataluña podía otorgar cualquier tipo de títulos superiores, por encima de la misma categoría condal, como eran los títulos de duque o marqués. La reina Leonor de Sicilia murió en 1375, después de haber la ansiada descendencia masculina, a la vez que introdujo los refinamientos de la Corte palermitana. En 1338, ante la noticia de que en el norte de África se preparaba un gran Ejército para pasar a la Península en socorro del sultanato de Granada, ayudó a Castilla ante el peligro común. Por el pacto de Madrid de 1339, una flota catalana fue enviada al estrecho bajo el mando de Jofre Gilabert, quien, al morir en Algeciras, fue substituido por Pedro de Moncada. Esta flota patrulló el estrecho de 1342 a 1344 y supuso una importante ayuda para Alfonso XI de Castilla en la campaña de Algeciras. A pesar de la tregua de diez años solicitada por los granadinos, durante el sitio de Gibraltar en 1349, Pedro el Ceremonioso colaboró con el envío de algunas naves, hasta que desistió de dicho asedio el rey castellano-leonés. Mientras esto sucedía en el Sur, Pedro el Ceremonioso fue acumulando agravios y pruebas contra su vasallo y cuñado, el rey Jaime III de Mallorca, con la intención de desposeerlo del Reino. Tales agravios fueron: la incomparecencia del rey de Mallorca en la Corte de Barcelona de 1341, haber acuñado moneda barcelonesa en Perpiñán y la circulación por el Rosellón de moneda francesa. La presentación en 1343 de Jaime III en Barcelona ante su cuñado todavía complicó más las cosas, al acusar al rey Pedro de haber intentado secuestrarle. Jaime III, de regreso a Mallorca, sin su mujer y sus hijos, retenidos por el Ceremonioso, rompió el vasallaje. El mismo año, el rey de Mallorca fue declarado culpable en un proceso y desposeído de sus bienes y estados. En cumplimiento de dicha sentencia Mallorca fue invadida y las tropas de Jaime III derrotadas en Santa Ponsa, teniendo que huir al Rosellón. El archipiélago balear fue sometido rápidamente, mientras que dos campañas, separadas por una tregua, en 1343 y 1344, permitieron a Pedro el Ceremonioso dominar el Rosellón y la Cerdaña, a la vez que Jaime III se rendía en el mes de julio de 1344, poniendo como únicas condiciones que se le respetara la vida, la libertad y el señorío de Montpellier. La Baja Cerdaña es una comarca española, situada en las provincias de Gerona y Lérida. Limita al norte con Andorra y la comarca histórica de la Alta Cerdaña (Francia), al este con el Ripollés, al sur con el Bergadá y al oeste con el Alto Urgel. Forma junto a la Alta Cerdaña el territorio histórico del Condado de Cerdaña, dividido a favor de Francia como consecuencia del Tratado de los Pirineos de 1659. La práctica totalidad de las iglesias de la zona están construidas siguiendo el arte románico. A pesar de todo, Jaime III no perdió la esperanza de recuperar su Reino por la intercesión del rey de Francia y del Papa, pero todo fue inútil. Sus intentos desesperados en incursiones con sus partidarios fueron un fracaso. Su último intento en 1349 fue desembarcar en Mallorca, que fue un gran desastre al ser derrotado y morir en la batalla de Llucmajor, mientras su hijo Jaime era hecho prisionero. Pedro el Ceremonioso incorporaba a su Corona el Reino de Mallorca sin gran resistencia popular y prometiendo que nunca más se separaría de la Corona. Pedro el Ceremonioso entró en 1351 en la guerra que desde 1350 mantenían Venecia y Génova, a favor de Venecia. La Serenísima República de Venecia defendía frente a Génova sus posiciones en el Imperio Bizantino, mientras que la Corona de Aragón defendía las suyas frente a Génova en el Mediterráneo Occidental, y cuyo epicentro era el control de la isla de Cerdeña. Una flota catalano-véneta se enfrentó a la genovesa en 1352, con resultado desastroso para ambos bandos. En las campañas posteriores, la flota de la Corona de Aragón se limitó a actuar en torno a Cerdeña. En 1353, mandada por Bernardo II de Cabrera, venció a los genoveses en una batalla naval frente a Alghero, ciudad que los Doria acababan de ceder a Génova. En 1354, una nueva flota catalana, a cuyo frente estaba el propio rey, se apoderó definitivamente de Alghero, que fue repoblada por catalanes, pasándose a denominar Alguer, mientras que por tierra la lucha continuó contra los rebeldes. Alguer (en italiano, Alghero) es una ciudad situada en el noroeste de la isla de Cerdeña (Italia). En la actualidad todavía se la conoce como la Barceloneta sarda. La ciudad conserva el uso de la lengua catalana, reconocida como un valor a proteger por la región de Cerdeña, bajo el nombre de dialecto alguerés. El casco antiguo muestra muchos rasgos arquitectónicos de las ciudades medievales de la Corona de Aragón. Las murallas y torres, donde se han conservado, son muy características de la ciudad. El inicio de la guerra con Castilla, en 1356, obligó a Pedro el Ceremonioso a concentrar todos sus esfuerzos en este nuevo conflicto. El final de la guerra con Génova se dejó en manos de un arbitraje del duque de Montferrato, que no fue aceptado por el rey Pedro, ya que se estipulaba la devolución de la ciudad de Alguer a los genoveses, por lo que la guerra continuó con continuos ataques por ambas partes, hasta una paz acordada en 1378, pero que fue continuamente rota hasta su renovación en 1386. Si el conflicto casi permanente con Génova fue causado por su intervención en Cerdeña, el enfrentamiento de las facciones existentes en dicha isla marcó su inestable equilibrio interior. El papa Urbano V quería infeudar la isla de Cerdeña en 1360, si Pedro el Ceremonioso no pagaba el tributo debido a la Santa Sede por el feudo de Cerdeña, lo que puso en serio peligro el dominio catalán en la isla. El rey Pedro tuvo que pagar el tributo al Pontífice para evitar un nuevo peligro. La compleja situación de Cerdeña mejoró para la Corona de Aragón cuando se firmó la paz con Génova en 1378. La causa principal del alargamiento del conflicto fue la Guerra de los Dos Pedros, entre Pedro el Ceremonioso y Pedro el Cruel de Castilla (1356-1369). Las principales áreas de enfrentamiento fueron las tierras aragonesas y valencianas. Castilla quiso recuperar la zona de Orihuela, que había pasado a la Corona de Aragón durante el reinado de Jaime II, mientras que Pedro el Ceremonioso, aprovechando el conflicto familiar entre Pedro el Cruel y su hermanastro Enrique de Trastámara, reivindicaba territorios en el Reino de Murcia. La ayuda prestada a éste y el incumplimiento de las compensaciones territoriales que Enrique Trastámara había prometido al Ceremonioso, en caso de ocupar el Trono de Castilla, hicieron que las hostilidades se prolongasen entre el nuevo rey Enrique II y Pedro IV, para obtener compensaciones del monarca castellano. Por los Tratados de Almazán de 1374 y de Lérida de 1375, se llegó a un acuerdo definitivo con Castilla. Pedro el Ceremonioso cedió Molina, además de Murcia, a cambio de una indemnización de 180.000 florines y de la integridad territorial de los Reinos de Aragón y Valencia. También se acordó que la infanta Leonor de Aragón se casase con el infante Juan, hijo de Enrique II. Estas guerras supusieron un grave deterioro para la economía de la Corona de Aragón, por la destrucción de cosechas y de poblaciones, a la vez que obligó al Ceremonioso a enormes dispendios para fortificar muchas de sus ciudades ante el temor de la invasión de Ejércitos castellanos. Si a ello se añaden los gastos en la guerra contra Génova, las calamidades naturales como la mala cosecha de 1346, la epidemia de peste negra a partir de 1348, la mortalidad en 1351, 1362-1363, 1371 y 1381, una plaga de langosta en 1358, sequías y el gran terremoto de 1373, así como la inflación durante la segunda mitad del siglo XIV, se explica que la Monarquía se encuentre completamente empobrecida, por lo que el rey insistió en la insuficiencia de las fuentes tradicionales de ingresos, que le obligó a pedir varias ayudas extraordinarias entre 1359 y 1365, a la vez que tendió a crear un verdadero sistema fiscal. Las relaciones entre el Rey y los estamentos reunidos en las Cortes fueron muy tensas, ya que las Cortes aspiraban a compartir el gobierno, imponiendo incluso la obligación de una periodicidad en las convocatorias, que nunca se respetó. En las Cortes celebradas en Cervera en 1359 se creó la Diputación del General de Cataluña o Generalitat, como un organismo permanente de las Cortes encargado inicialmente de establecer un constante control de las sumas cedidas al monarca, y que pronto evolucionó hacia una institución representativa de los estamentos del Principado de Cataluña. Este ejemplo fue pronto seguido por los reinos de Aragón y Valencia, en donde aparecieron la Diputación General de Aragón y la Generalidad de Valencia. Ante el grave conflicto religioso que supuso el Cisma de Occidente en 1378, Pedro el Ceremonioso, que tenía múltiples problemas, optó por una indiferencia o neutralidad. También tuvo de ocuparse de la situación de Sicilia a la muerte de Federico III, ya que se le presentó la ocasión de reincorporar el reino, como había hecho con el de Mallorca, o hacer valer sus derechos a dicho Trono, como heredero por línea masculina de Federico II de Sicilia. La situación económica y los conflictos mantenidos impidieron la materialización del envío de una escuadra, optándose por el matrimonio de la nieta del Ceremonioso, la reina María de Sicilia, con el hijo del infante Martín (después rey Martín el Humano), Martín el Joven. En los últimos años de su reinado, Pedro IV tuvo amores con Sibila de Fortiá, dama recién enviudada, que a finales de 1375, el mismo año en que murió la reina Leonor de Sicilia, se convirtió en su amante y un año después le dio una hija, Isabel. Sibila consiguió casarse con el rey en 1377, en el momento que esperaba un segundo hijo. Los favores dispensados por la nueva reina a sus familiares y su falta de categoría social y cultural le granjeó la enemistad de sus hijastros, especialmente del heredero de la Corona, el infante Juan, duque de Gerona. Este cuarto matrimonio dividió a la Corte entre un grupo aristocrático, en torno al heredero Juan y su esposa Violante de Bar, y otro más popular en torno a Sibila de Fortiá. Cuando en 1386 el monarca estaba gravemente enfermo, Sibila, temerosa de la venganza del futuro rey, huyó y se encerró en el castillo de San Martín de Sarroca. Asediada, tuvo que rendirse, siendo acusada de lesa majestad por abandonar al rey enfermo, así como también de robos en Palacio. Estas luchas familiares coincidieron con la llamada guerra del Ampurdán contra el conde Juan I de Ampurias, que se inició en 1384 y acabó ya en el reinado de Juan I en 1388. Pedro el Ceremonioso llevó una política interna que favoreció a la pequeña nobleza contra los grandes barones, sobre todo, después de su matrimonio con Sibila de Fortiá, y protegió a los estamentos de las ciudades, especialmente a Barcelona y Valencia, que querían tener acceso al gobierno municipal, y que el rey facilitó mediante una reforma en el sistema electivo de los cargos. A pesar de todas las crisis, Pedro el Ceremonioso impulsó una gran obra constructora como: · Las murallas de Valencia, Morella y Montblanc, · La construcción de las Atarazanas de Barcelona y de su nuevo recinto amurallado, etc. · Las Atarazanas son instalaciones militares o civiles donde se construyen, reparan y conservan embarcaciones. · Su gusto por las ceremonias y la pompa le hicieron construir los sepulcros reales de Poblet, a imitación de los de Francia en Saint Denis, · Organizó con gran detalle el funcionamiento de su Corte, de la Cancillería y del Tribunal Real. Protector de las artes y de las letras, se le atribuye la redacción de un Tratado de caballería. Su preocupación por la enseñanza superior le llevó a la fundación del Estudio General de Perpiñán en 1349, una vez que Montpellier ya no estaba dentro de la Corona de Aragón, por haber vendido dicha ciudad al rey de Francia Felipe VI, el último rey soberano de Mallorca, Jaime III. También fundó el Estudio General de Huesca en 1354, con los mismos privilegios que gozaban los de Tolosa, Montpellier y Lérida. Con estas fundaciones, el rey rompió con el monopolio educativo de nivel superior que tenía la ciudad de Lérida, desde que Jaime II fundó en 1300 su Estudio General. Hizo redactar su famosa Crónica en catalán, a imitación de la de Jaime I y también para justificar sus acciones. Escrita en forma autobiográfica, comprende su vida, excepto sus últimos años, y la de su padre. Pedro IV el Ceremonioso fue un rey calculador, cruel y sin escrúpulos, que se empeñó en recuperar los Reinos que formaban la Corona de Aragón, como fueron los casos de Mallorca y Sicilia. Su reinado de cincuenta y un años, solamente superado por el de Jaime I, no es solamente uno de los más largos de la historia de la Corona de Aragón, sino también uno de los más conflictivos e interesantes. HISTORIA DE SANT DENISConstruida sobre la tumba de San Dionisio, obispo misionero fallecido hacia el año 250, la abadía real de Saint-Denis acoge desde la muerte del rey Dagoberto en 639 y hasta el siglo XIX las sepulturas de 43 reyes, 32 reinas y 10 servidores de la monarquía. Es la última morada de los reyes y las reinas de Francia. En 1966 la basílica fue consagrada como catedral. Un museo de escultura. Con más de 70 esculturas yacentes medievales y tumbas monumentales del Renacimiento, la basílica alberga en su interior el conjunto más importante de escultura funeraria entre los siglos XII a XVI. El nacimiento del arte gótico. Diseñada por el abad Suger, consejero del rey, entre 1135 a 1144, y terminada en el siglo XIII, bajo el reinado de San Luis, es la primera iglesia del arte gótico. Con esta iglesia la luz se convierte en lo fundamental, como símbolo de lo divino en la arquitectura religiosa, frente a la oscuridad y el recogimiento del románico. MONASTERIO DE POBLET (TARRAGONA)Los monjes de Poblet, que Ramón Berenguer IV fue a buscar al monasterio de Fontfroide (Languedoc) hacia 1150, pertenecen a una larga tradición, que se remonta a san Benito de Nursia, pasa por el Cister y san Bernardo de Claraval, y llega hasta nuestros días. Poblet sólo se puede comprender como parte de la comunidad monástica. Poblet se fundó en 1150, y al finalizar el siglo XII, estaban construidos: la iglesia, el refectorio de los monjes, una parte del claustro y la enfermería con el claustro y la capilla de San Esteban. Durante el siglo XIII se finaliza, en su práctica totalidad, el conjunto monumental, con todas las estancias que los monjes necesitan para su vida regular: la sala capitular, los dormitorios, el claustro, la cocina, el scriptorium y el refectorio; el hospital para los pobres y peregrinos, con la capilla de Santa Catalina. Durante los siglos posteriores se añadirán otros elementos, que no podemos considerar indispensables para la vida de los monjes: el cimborrio y las murallas, el panteón y otras construcciones reales, como la capilla de San Jorge. A lo largo de los siglos XIV y XV se realiza el campanario. El retablo es del siglo XVI. La nueva sacristía y las casas nuevas, del siglo XVIII, entre otras construcciones, funcionales o decorativas, que responden a diversas vicisitudes históricas, así como a las circunstancias económicas de cada época. SEPULCROS REALESJaime I el Conquistador fue uno de los benefactores del monasterio y se hizo enterrar aquí. Pedro IV el Ceremonioso ordenó la construcción del panteón real porque sus predecesores ya estaban enterrados en este recinto monástico. Los sepulcros reales del monasterio de Poblet (Tarragona), construidos en el siglo XIV, y ubicados en el crucero de la iglesia del monasterio, constituyeron el grupo escultórico funerario más importante de cuantos fueron elaborados en la Cataluña gótica. E El conjunto llegó a conocerse como Capilla Real, un panteón de reyes, creado por iniciativa de Pedro IV el Ceremonioso que llegó a cobijar, sobre las arcadas, seis tumbas de los reyes de la Corona de Aragón acompañados de seis de sus esposas. Además, fuera de las arcadas se sitúan las tumbas de dos reyes más, así como la de otros príncipes y personas reales. La Capilla Real al principio tuvo sólo tres enterramientos: · Alfonso II (el Casto) (1196) · Jaime I (el Conquistador) (1276) · Pedro IV (el Ceremonioso) (1387), con sus tres esposas: María de Navarra, Leonor de Portugal y Leonor de Sicilia. Más tarde se fueron añadiendo siguientes enterramientos: · Juan I (el Cazador) (1396) con sus dos esposas Marta de Armagnac y Violante de Bar. · Fernando I (de Antequera) (1416) y su mujer Leonor. · Juan II (el grande) (1479) y su segunda mujer Juana Enríquez En total debieron estar bajo los doseletes de madera, 16 yacentes, tal y como lo describe el padre Jaime Finestres y de Monsalvo en su Historia del Real Monasterio de Poblet en el siglo XVIII. Se conoce el aspecto de aquella estructura gracias al grabado que se conserva del escritor del siglo XIX Alexandre de Laborde, incluido en su obra Voyage pittoresque et historique de l’Espagne, París 1806-1820. BIBLIOGRAFÍA:A. Canellas, “El reino de Aragón en el siglo XIV”, en Anuario de Estudios Medievales, Barcelona, VII (1970-1971), págs. 119-152; E. Sarasa, Sociedad y conflictos sociales en Aragón. Siglos XIII-XV, Madrid, Siglo XXI de España, 1981; S. Claramunt, “La política matrimonial de la casa condal de Barcelona y real de Aragón desde 1213 hasta Fernando el Católico”, en Acta Historica et Archaeologica Mediaevalia, 23-24 (2003), págs. 196-235. REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA poblet.cat/es |
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