MARÍA DE MOLINA (c.1260 – VALLADOLID, 1321)
María Teresa García PardoDoctora en Historia del Arte |
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MARÍA DE MOLINA (c.1260 – VALLADOLID, 1321)Reina de Castilla y León. Esposa de Sancho IV. |
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María Alfonso de Meneses, conocida como María de Molina, haciendo referencia a que fue titular del señorío de Molina, fue hija del infante Alfonso de Molina, hermano del rey Fernando III y nieta de Alfonso IX de León y de la reina Berenguela. Su madre fue Mayor Alfonso de Meneses, tercera mujer del infante Alfonso de Molina. Apenas se tienen datos de su vida antes de contraer matrimonio con el rey Sancho. Su infancia se sitúa en el entorno del monasterio de Palazuelos, Valladolid, vinculado a la casa de Meneses y donde estaba enterrada su madre.
En 1270, Alfonso X El Sabio, formalizó la boda de su hijo, el infante Sancho, en contra de su voluntad y antes de cumplir los 13 años, con Guillerma de Moncada, descrita en las crónicas de la época como “rica, fea y brava”, pero era hija del vizconde de Bearne, personaje muy rico y de importantes contactos políticos, emparentado con los señores de Vizcaya. Este matrimonio no fue consumado pero tenía efectos jurídicos y canónicos, lo que supuso un problema notable cuando quiso contraer matrimonio con María. En 1282 se llevó a cabo el matrimonio en Toledo entre María de Molina y el infante Sancho, en pleno proceso de distanciamiento entre éste y su padre, el Rey Alfonso X. La reacción del Papa fue fulminante en contra de la legitimidad de esta boda, tanto por el matrimonio preexistente, como por la propia consanguinidad de los contrayentes, por lo que el papado calificó este matrimonio como incestuoso y de infamia pública. El enfrentamiento de Sancho con su padre, la reacción vengativa de Gastón de Béarn en favor de su hija, junto con la impugnación del matrimonio manifestada por el Papa, pusieron de manifiesto las dificultades que se habrían de superar para alcanzar la legalización de este enlace que, se vio seguido por la guerra civil que, en 1284, llevaría a Sancho al trono, tras la muerte de su padre Alfonso X. Desde la boda, María formó parte del grupo de los consejeros íntimos del infante y luego rey Sancho IV, aunque su presencia tuviera que superar las reticencias de otros consejeros. Ejerció un papel decisivo en algunos momentos de este reinado, incrementándose su valor político a partir de la prematura muerte de su marido, convirtiéndose en un personaje clave de la política castellana durante las minorías de Fernando IV y Alfonso XI. En las distintas ceremonias que tuvieron lugar con motivo del acceso de Sancho IV al trono, el Rey tuvo especial empeño en que se pusiera de manifiesto el papel que María había de ejercer junto a él como reina, lo que dio lugar a que, tanto en las ceremonias de entronización de Ávila, como en las que tuvieron lugar en Toledo en 1284, la reina fuera objeto de expreso acatamiento junto al Rey. Este ceremonial no aplacaba la inquietud de los Monarcas con relación a la legitimación de su matrimonio, que se convirtió en su flanco más débil de cara a la pacificación del reinando en el que eran muchos los partidarios y los aliados de los infantes de la Cerda que siguieron reivindicando por mucho tiempo sus derechos al trono, haciendo alusión a la falta de legitimidad jurídica y canónica del matrimonio de Sancho y María. Tras el nacimiento de Isabel, su primera hija, el 6 de diciembre de 1285, nació en Sevilla el primer hijo varón, el futuro Fernando IV, causando gran satisfacción en Sancho que estaba en Badajoz. Ante la inestabilidad política, se aceleraron los trámites para reconocer los derechos de Fernando al trono, por lo que fue jurado heredero del reinando, en Zamora en enero de 1286. El príncipe permaneció en Zamora, bajo los cuidados de Fernán Pérez Ponce, hijo de una hija natural de Alfonso IX, mientras María seguía a su esposo Sancho en los largos desplazamientos que sucedieron. En 1286 se intensificaron las negociaciones con Francia, cuya alianza era necesaria para Castilla para poder asegurar la paz frente al partido de los infantes de la Cerda, y, sobre todo, para alcanzar la deseada bula de legitimación matrimonial. El abad de Valladolid, Gómez García de Toledo, era el agente principal del Rey en las negociaciones con el rey francés, Felipe IV. El rey de Francia quería que se anulara el matrimonio con María de Molina para concertar un matrimonio con una princesa francesa, que actuase como garantía de la nueva alianza franco-castellana, ya que el monarca francés tenía gran influencia sobre el Papa. El abad de Valladolid conocía la radical oposición de Sancho a cualquier acuerdo que exigiera la anulación de su matrimonio. A pesar de todo aceptó tal condición, actuando en secreto para llevar a buen fin el acuerdo que había negociado, sin pleno conocimiento de todos los detalles por parte del rey castellano. Cuando Sancho se encontraba en San Sebastián y el rey francés cerca de Bayona para celebrar la entrevista definitiva que hiciera efectiva la alianza, el rey conoció la condición matrimonial pactada, lo que dio lugar a que tal entrevista entre los Monarcas no llegase a producirse. Este asunto aceleró la caída política de este privado real, cuyos días en la Corte terminaron tras una pesquisa en la que se concluyó que había tomado una importante cantidad de dinero del Rey bajo el móvil de utilizarlo en la Corte pontificia para la dispensa matrimonial. Este problema fue políticamente determinante de múltiples circunstancias políticas, entre ellas la caída del primer privado de Sancho IV. Tras la desaparición de la Corte regia del abad de Valladolid, fue elegido Lope Díaz de Haro, casado con Juana, hermana de la reina María. Sin embargo, éste fue uno de los momentos más delicados del reinando de Sancho IV para María de Molina, dada la enemistad que mantenía con Lope, que hizo todo lo posible para fomentar el alejamiento entre la pareja, puesto que Lope siempre se había mostrado partidario de la ruptura matrimonial para favorecer el compromiso del Rey con Guillerma de Moncada. Las disensiones con Sancho IV llevaron al famoso incidente de Alfaro, en 1288, en donde, tras la muerte de Lope y de Diego López de Campos, la intervención personal de la reina salvó la vida del infante Juan, hermano del Rey, cuando éste se disponía a matarle. Desde que en 1288 fue nombrado Papa, Nicolás IV, de procedencia franciscana, parecieron abrirse nuevas expectativas para la legitimación matrimonial, por los signos de entendimiento entre el Pontífice y el Monarca castellano. En 1289, se envió una embajada de la Corte castellana al Papa, en la que el asunto preferente era la dispensa matrimonial. El 4 de noviembre de 1289 el Papa comunicaba al Rey la imposibilidad de acceder a dicha dispensa, por la multiplicidad de razones canónicas que concurrían en el caso; sin embargo, no se cerraba la puerta a una reconsideración posterior, en un tono que evidenciaba los deseos pontificios de mantener buenas relaciones con la Monarquía castellana. Mediante la bula Proposita nobis, de 25 de marzo de 1292, poco antes de la muerte de Nicolás IV, Sancho IV y María pudieron avalar la plena legitimidad de su matrimonio gracias a esta bula de dispensa matrimonial. Sin embargo, cinco años más tarde, siendo ya papa Bonifacio VIII, se supo que, en realidad, se trataba de una falsificación. Pero mientras tanto, este texto falsificado permitió acallar durante el resto del reinado el tema del matrimonio ilegítimo. Desde 1291, la participación directa de la reina en los asuntos políticos de la Corte con su marido se hizo especialmente intensa. Dentro de esta actividad de colaboración, marcó un hito especialmente importante la intervención personal de la reina en la preparación de la campaña para la conquista de Tarifa en 1292. Tras haberse trasladado la reina a fines de mayo a Sevilla, donde nació en los días siguientes el infante Felipe, se implicó de lleno en todas las actividades relacionadas con la organización y la intendencia de la campaña contra los meriníes, participación que se hizo aún más intensa cuando el Rey estaba presente sobre Tarifa, y Sevilla se convirtió durante todo el verano en la base de aprovisionamiento del ejército bajo el mando de María, hasta que llegó la noticia en septiembre de la toma de la plaza. Fue a partir de 1293 cuando cabe referirse con propiedad a María de Molina por ser entonces cuando recibió dicho señorío. Tras la muerte de Isabel, esposa de Juan Núñez el Mozo e hija de Blanca, hermanastra de María, Sancho consiguió de ésta la promesa de recibir el señorío de Molina, lo que quedó reflejado en su testamento, dado el 10 de mayo de 1293. A la muerte de Blanca, aquel mismo mes de mayo, el Rey transfirió dicho señorío a María, que tomó posesión inmediatamente del señorío que incluía la villa y alcázar de Molina, en los confines de la frontera de Castilla con el reino de Aragón. Pasando a la historia como María de Molina. En 1294 la salud del Sancho IV se iba deteriorando y siendo consciente de que no le quedaba mucho de vida, a pesar de tener 36 años, en los meses finales del reinado el protagonismo de la reina en la Corte se hizo cada vez más intenso. La propia reina, en ausencia del Rey, recibió el proyecto de Juan Mathe de Luna de preparar una campaña para tomar Algeciras y así asegurar la reciente conquista de Tarifa, que garantizase definitivamente el control del estrecho de Gibraltar por los castellanos. En los comienzos de 1295 la Corte se encontraba en Alcalá de Henares, habiendo de ser su último itinerario el que va de Alcalá a Guadalajara, luego a Madrid, donde residió algunos días junto a los dominicos de Santo Domingo el Real, y, finalmente, a Toledo, en cuya catedral el Rey tenía previsto que se ubicase su sepultura. El agravamiento del Rey durante su estancia en Alcalá de Henares, le llevó a dictar su testamento en presencia de toda la Corte, con el arzobispo de Toledo al frente. En él se encargaba a María la tutoría del futuro Rey, todavía niño, lo que la situaba en la primera escena política, posición que, con breves intervalos, hubo de mantener hasta los momentos finales de su vida. La situación de María de Molina tras la muerte de su esposo era muy delicada:
Hasta la mayoría de edad de Fernando, María debió hacer frente a una situación de casi continuada confrontación bélica con quienes querían impedir la llegada de su hijo al trono. El compromiso de Jaime II de Aragón con Alfonso de la Cerda condujo a una larga guerra, cuyo desarrollo se concentró en el territorio murciano. Por otra parte, el infante Juan, el mismo que había salvado la vida en Alfaro gracias a la intervención de María, fue uno de los rivales más peligrosos a los que debía hacer frente para conservar el trono de su hijo. Con el apoyo de un ejército granadino, se proclamó en León, en 1296, rey de León, Galicia y Sevilla, mientras que Alfonso de la Cerda se proclamó en Sahagún (León) rey de Castilla, Toledo, Córdoba, Murcia y Jaén. En septiembre de 1297 se alcanzó el acuerdo matrimonial definitivo por el que se habían de unir Fernando IV y Constanza de Portugal, pero Dionís exigió algunas concesiones territoriales castellanas. El importante acuerdo firmado el 5 de septiembre de 1297 suponía la aceptación de los siguientes puntos:
En las Cortes convocadas por María de Molina en Valladolid, en 1298, se trató de hacer frente a los múltiples problemas del reinado, y quedó evidente que la reina basaba la mayor parte de su fuerza contra sus oponentes en el respaldo que recibía de los concejos y de sus activas hermandades. Volvió a convocar Cortes en 1299 para atender a las demandas de los concejos y conseguir el apoyo de éstos para el necesario pago de soldadas. Las Hermandades en la Edad Media eran las reuniones de personas, ciudades o entidades sociales, ligadas por un juramento de fidelidad y ayuda mutua en defensa de unos intereses comunes. Surgían por iniciativa de los estamentos nobles, eclesiásticos o de las ciudades y su unión se constituía sin la autorización real, en ocasiones incluso contra su voluntad, aunque generalmente eran toleradas e incluso promovidas por los propios monarcas. El 26 de junio 1300 se consiguió la reconciliación con el infante Juan en Valladolid, siendo el contexto más favorable desde la muerte de Sancho IV en el camino hacia el trono de su hijo Fernando y estando más reforzada su posición como tutora. La situación más conflictiva era la presencia del ejército aragonés en Murcia, en su apoyo a Alfonso de la Cerda, lo que situaba al reino de Murcia bajo el control aragonés, mediante la alianza entre Jaime II y el rey granadino Muhammad II. Esta situación se mantuvo hasta el tratado de Torrellas (Zaragoza), en 1304. Las nuevas Cortes convocadas en Burgos y Zamora en 1301 daban testimonio de las continuas necesidades financieras de la reina. Además se preocupaba por la legitimación de su matrimonio, pensando que pudiera afectar a la legitimación de su hijo Fernando en el momento de acceder al trono. Tras conseguir la ayuda económica de las Cortes, la reina demandó la legitimación pontificia después de que Bonifacio VIII hubiera declarado el 21 de marzo de 1297 el carácter de falsificación de la dispensa obtenida de Nicolás IV. El 6 de septiembre de 1301 fue concedida la bula mediante la que Bonifacio VIII legitimó la descendencia del matrimonio entre Sancho IV y María de Molina, a la vez que en otra bula, diez días posterior, el Papa manifestaba su voluntad de mediar en la reconciliación entre Fernando y Alfonso de la Cerda, nombrando como mediadores al obispo de Sigüenza y al arzobispo de Toledo. El arzobispo de Toledo, Gonzalo Díaz Palomeque, fue el personaje decisivo para obtener la bula de legitimación, justo antes del reconocimiento de la mayoría de edad del príncipe Fernando. El 6 de diciembre de 1301 Fernando IV, cumplidos los dieciséis años, era proclamado mayor de edad, mientras los nobles más influyentes tomaron posiciones en la Corte, influyendo sobre el nuevo Rey para apartarlo de su madre. A María de Molina se le pidieron cuentas de su período como tutora y se le obligó a entregar las joyas recibidas de su marido. El joven Fernando, al acceder a estas exigencias de los nobles, mostró gran debilidad y ningún reconocimiento hacia su madre por conservarle el trono, durante su difícil minoría de edad. María tuvo una gran talla política al actuar como conciliadora entre todos los intereses, propiciando la celebración de las Cortes de Medina del Campo, como instrumento de concordia en el inicio de reinado. María hasta el año 1304 fue el nexo de negociación entre Castilla, Aragón y Portugal y los intereses de los principales grupos nobiliarios y de las hermandades concejiles. En 1308, la salud de María se deterioró y decidió hacer testamento con numerosas disposiciones espirituales y materiales. Pero superó la enfermedad, teniendo que hacer frente a la muerte de su propio hijo, el Rey, que tuvo lugar el 7 de septiembre de 1312, y un año después falleció, su nuera, la reina Constanza, el 18 -11 – 1313. El problema de la tutoría se planteó de nuevo, como sucediera a la muerte de Sancho IV, dando lugar a nuevas divisiones nobiliarias y a la toma de posición de los concejos. Además de María de Molina, fueron personajes decisivos en este contexto el infante Juan, don Juan Manuel, Juan Núñez de Lara y el propio hijo de Sancho IV y María, el infante Pedro, que se situó próximo a la posición de su madre frente al resto de los personajes. María de Molina intentó actuar como pacificadora en un nuevo contexto de conspiración nobiliaria al que tuvo que volver a hacer frente. Siguiendo las Siete Partidas, se debía encontrar una fórmula, con uno, tres o cinco tutores, que permitiese desbloquear la situación. Para ello se reunieron las Cortes en Palencia en abril de 1313. Sin embargo, el resultado fue la división. Mientras, los concejos de Castilla, León, Galicia y Asturias favorecían la opción encabezada por el infante Juan; Toledo y Andalucía, se mostraron proclives al infante Pedro y a María. La inesperada muerte de la reina Constanza, con cuya posición contaban los partidarios del infante Juan, obligó a nuevas negociaciones. El resultado de estas negociaciones fue el convenio de Palazuelos, en agosto de 1314, donde se definía la función de tutor a favor de los infantes Pedro, Juan y la propia María, a quien se le daba especial reconocimiento sobre el cuidado personal de su nieto. En septiembre de 1314 el obispo de Ávila le entregó al rey Alfonso a María, que se estableció con su nieto en Toro. La situación era complicada. Las Cortes se reunieron en Burgos en 1315 dando lugar a la constitución de una hermandad formada por 96 villas y 99 higaldos, para ponerse a salvo de posibles excesos de los tutores. En las Cortes de Carrión de 1317, se haría especial alusión al cuidado del Rey, tratando de garantizar la presencia junto al Rey de representantes de las ciudades y de los hidalgos, lo que limitaba la función de María en la educación de su nieto Alfonso. La muerte de los infantes Pedro y Juan en plena campaña contra los moros de Granada en el verano de 1319 hacía planear la sombra de la anarquía sobre el reino castellano-leonés. El hijo del infante Juan, Juan el Tuerto, don Juan Manuel, y Felipe, hijo de María y Sancho IV, aspiraban a la tutoría y María de nuevo tuvo que apaciguar las ambiciones de estos personajes. Las mediaciones de María con unos y otros fracasaron, teniendo lugar en la primavera de 1320 distintos enfrentamientos entre los partidarios de los tres aspirantes al control del reino que, a su vez, trazaron sus propias alianzas dentro y fuera del reino. Ante tal caos, María fue reconocida por todos como tutora legítima. La situación era incontrolable y recurrió a la mediación pontificia, a la vez que convocó Cortes. María recibió en Valladolid al enviado pontificio, el cardenal de Santa Sabina, a principios de 1321. La salud de la reina tutora estaba muy mermada, por lo que dio testamento el 29 de junio de 1321, ante el escribano de Valladolid y falleciendo el 1 de julio. Su nieto, el futuro Alfonso XI, contaba diez años. Fue enterrada, de acuerdo con sus designios, en Santa María la Real, también conocido como Las Huelgas de Valladolid, monasterio cisterciense que había fundado ella misma. María de Molina y Sancho IV tuvieron siete hijos:
María de Molina fue la reina que reinó tres veces:
Fue la reina conciliadora y una figura clave en la historia de Castila y León. Se la recordará como la reina que fue muy amada por su esposo, Sancho IV, y que supo buscar soluciones a los conflictos a través de la mediación y el acuerdo, aún en los contextos de máxima confrontación.
MARÍA DE MOLINA PRESENTA A SU HIJO FERNANDO IVÓleo sobre lienzo. 1863. Congreso de los Diputados, Madrid.Antonio Gisbert Pérez (Alcoy, 1834 – París, 27-11-1901) fue un pintor español que trabajó la temática histórica, en la época de transición entre el romanticismo y el realismo. Estudió en la Real Academia de Bellas Artes de San Fernando de Madrid y, posteriormente, en las ciudades de Roma y París. Fue director del Museo del Prado entre los años 1868 y 1873 y representa una tendencia pictórica de la segunda mitad del siglo XIX. Es la pintura de Historia, que pretende representar con realismo hechos del pasado histórico nacional. El cuadro le fue encargado a Antonio Gisbert a finales de diciembre de 1860 o principios de 1861 por el gobierno español para decorar la cabecera del Salón de Sesiones del Congreso de los Diputados Al mismo tiempo se encargaba a José Casado del Alisal el lienzo titulado El juramento de las Cortes de Cádiz de 1810, destinado a decorar el mismo lugar. En 1863 el Estado español adquirió el lienzo de Gisbert y para recompensarle por su trabajo fue nombrado comendador de número de la Orden de Isabel la Católica por Real Orden de 13 de noviembre de 1863, al igual que Casado del Alisal, que también lo fue dos días antes que Gisbert. Esta pintura narra un hecho histórico de gran trascendencia, ya que el 25 de abril de 1295 falleció el rey Sancho IV de Castilla y León en la ciudad de Toledo y fue sepultado en la Catedral de Toledo, dejando como heredero del trono a su hijo el infante Fernando. María de Molina fue la encargada de ejercer la tutoría de su hijo, que sólo contaba con nueve años de edad. La ilegitimidad de Fernando IV, debida al matrimonio sin bula pontificia de sus padres, hizo que la reina tuviera que afrontar numerosos problemas para conseguir la permaneciera de su hijo en el trono de Castilla y León. En las Cortes de Valladolid de 1295, el infante Enrique de Castilla fue nombrado tutor del rey, pero la reina María de Molina consiguió mediante el apoyo de las ciudades con voto en Cortes que la custodia de su hijo le fuera confiada a ella. Mientras se celebraban las Cortes de Valladolid de 1295, el infante Juan de Castilla presionó al rey Dionisio I de Portugal para que declarase la guerra a la Corona de Castilla y, al mismo tiempo, para que apoyase sus pretensiones al trono castellano. En esta pintura, María de Molina presenta a su hijo Fernando IV como legítimo heredero en las Cortes de Valladolid de 1295. En el verano de 1295, concluidas las Cortes de Valladolid, la reina y el infante Enrique se entrevistaron en Ciudad Rodrigo con el rey Don Dionís de Portugal, al que la reina entregó varias plazas situadas junto a la frontera portuguesa. En la entrevista de Ciudad Rodrigo se acordó que Fernando IV contraería matrimonio con la infanta Constanza de Portugal, hija del rey de Portugal, y que la infanta Beatriz de Castilla, hermana de Fernando IV, se casaría con el infante Alfonso, heredero del trono portugués. A Diego López de Haro se le confirmó el señorío de Vizcaya, y al infante Juan, que aceptó como soberano a Fernando IV se le restituyeron sus propiedades. Poco después, Jaime II de Aragón devolvió a la infanta Isabel a la Corte castellana, sin haberse desposado con ella, y declaró la guerra al reino de Castilla y León.
BIBLIOGRAFÍA Real Academia de la Historia turismocastillayleon.com Bibl.: E. Flórez, Memorias de las reynas católicas, II, Madrid, Antonio Marín, 1761, págs. 534-567 y 586-591; M. Gaibrois de Ballesteros, Tarifa y la política de Sancho IV de Castilla, Madrid, Real Academia de la Historia, 1920 (tirada aparte del Boletín de la Real Academia de la Historia, vols. LXXIV a LXXVII); Historia del reinado de Sancho IV de Castilla, Madrid, Espasa Calpe, 1922-1928, 3 vols.; E. Jaffe y H. Finke, “La dispensa de matrimonio falsificada para el rey Sancho IV y María de Molina”, en Anuario de Historia del Derecho Español, IV (1927), págs. 298-318; M. Gaibrois de Ballesteros, María de Molina, tres veces reina, Madrid, Espasa Calpe, 1936; J. M. Nieto Soria, Iglesia y poder real en Castilla. El episcopado (1250-1350), Madrid, Universidad Complutense, 1988; J. Sánchez-Arcilla Bernal, Alfonso XI, Madrid, Palencia, Diputación Provincial, La Olmeda, 1995; R. del Valle Curieses, María de Molina: el soberano ejercicio de la concordia, 1260-1321, Madrid, Alderabán, 2000; A. Arteaga y del Alcázar, Tres coronas medievales, Madrid, 2004; “Historia Azul: María de Molina: La mujer que reinó tres veces”, en Clío Revista de Historia, 2004, págs. 64- Fotografías de la pintura de Gisbert tomadas de Internet. |
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Berenguela de Castilla (1180 – 1246)
María Teresa García PardoDoctora en Historia del Arte |
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BERENGUELA DE CASTILLA(1180 – 1246) |
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INVASIÓN MUSULMANA, 711La invasión musulmana en la península Ibérica se inició en el año 711, cuando las tropas árabes y bereberes derrotaron al ejército visigodo del rey don Rodrigo, víctima de la traición de sus allegados, entre los que destacaba el arzobispo de Sevilla. Don Rodrigo resultó derrotado en la batalla a orillas del río Guadalete, en Cádiz, a finales de julio del año 711, precedida de diversos escarceos durante varios días y muriendo en ella o inmediatamente después el propio rey Rodrigo y los nobles que permanecieron junto al rey. Entre el 711 y el 722, se consuma lo que la historiografía española denomina la pérdida de España, pero también la reacción que se inició en Asturias contra los conquistadores, capitaneada por el noble visigodo D. Pelayo, que obtuvo una gran victoria en la batalla de Covadonga, en el año 722. El historiador D. Claudio Sánchez Albornoz explica la pérdida de España por la discordia crónica entre los visigodos, que permitió con facilidad la invasión. Todo ello se explica y queda reflejado en su importante obra “El reino de Asturias, con el antetítulo Orígenes de la nación española”. El apoyo de los judíos de Toledo y Granada fue decisivo para el éxito de las campañas islámicas en la península, vengándose así de la prolongada e injusta persecución a que les habían sometido los reyes y concilios de los visigodos, y generando el posterior antisemitismo. El sistema de pactos concebido por los invasores musulmanes, en el que se garantizaban ciertos derechos a los vencidos, contribuyó a minar el espíritu de resistencia y a dulcificar la situación. Según D. Claudio Sánchez Albornoz había pactos de dos clases: 1. El que se concertó con Teodomiro en Murcia con una autonomía política considerable y 2. El otorgado a Mérida, que imponía el respeto a las vidas y los bienes, aunque confiscaba las propiedades de la Iglesia y las de los huidos al norte.
LA BATALLA DE LAS NAVAS DE TOLOSA, 1212 (JAÉN)En el siglo XIII, nos encontramos con una Península Ibérica dividida y enfrentada en cinco reinos cristianos:
Estos reinos, en continúa disputa por los territorios, descuidaron la Reconquista, ya que no consiguieron unirse hasta el siglo XIII. Frente a estos reinos cristianos, desunidos y enfrentados, se encontraba el Imperio Almohade, con su califa Yusuf Al-Mansur a la cabeza, sucedido por su hijo Mohamed Al-Nasir en 1199. Los almohades se dirigieron al Algarve, y después a Sevilla, ciudad que se erigió como capital del Imperio en Al-Ándalus. Los almohades arrinconaron a los reinos cristianos, sometiendo a los andalusíes, apartando las costumbres relajadas de los almorávides e imponiendo el Islam. El Imperio Almohade ocupaba al principio del siglo XIII la mitad meridional de la Península Ibérica y el norte de África hasta Trípoli (Libia). La derrota en Alarcos (1195) de Alfonso VIII de Castilla frente al califa almohade Yusuf Al-Mansur fue decisiva. Alfonso VIII no quiso esperar refuerzos que otros reinos cristianos y los jinetes arqueros musulmanes masacraron a la caballería castellana, teniendo que retroceder hasta Toledo. Los musulmanes tras la victoria de Alarcos decidieron pasar al ataque. Sin embargo, la repentina muerte del califa Yusuf Al-Mansur (1199) y la proclamación de su hijo retrasaron los planes ofensivos. Alfonso VIII buscó el apoyo del Papa Inocencio III, quien puso en marcha una bula de cruzada que garantizó la protección de Castilla, la cual no podría ser atacada por ninguno de sus reinos vecinos bajo pena de excomunión. La amenaza musulmana y la bula de cruzada lograron cierta unidad entre los reinos cristianos de Aragón, Castilla y Navarra. Mapa de la península en Las Navas de Tolosa (1212) La batalla de las Navas de Tolosa fue el mayor enfrentamiento bélico de la época. El contingente armado cristiano abandonó Toledo en mayo de 1212 y avanzó hacia el sur. Almohades y cristianos se encontraron el 13 de julio de 1212, separados únicamente por la llanura de las Navas de Tolosa (Jaén). Alfonso VIII decidió cambiar la estrategia empleada en Alarcos, en esta ocasión el ejército cruzado se dispuso en tres líneas, la primera ocupada por varias milicias castellanas y numerosos caballeros, todos ellos liderados por Diego López de Haro, señor de Vizcaya. La segunda albergaba a más milicianos, a los aragoneses, a los navarros, a los portugueses y a las órdenes militares y la tercera, en retaguardia, fue el lugar escogido para los tres monarcas cristianos, Alfonso VIII de Castilla, Pedro II de Aragón y Sancho VII de Navarra. Los cruzados estuvieron a punto de ser vencidos. Pero, Alfonso VIII, no volvería a Castilla otra vez derrotado y se lanzó a la carga, siendo seguido por los monarcas de Aragón y Navarra, produciéndose la famosa carga de los tres reyes. Con los almohades derrotados, los cristianos tomaron el campamento musulmán y la tienda roja del califa. Quien había estado toda la batalla encerrado leyendo el Corán. En la batalla de las Navas de Tolosa fue fundamental el cambio de estrategia. Se decidió que Sancho VII de Navarra no entraría con su caballería en la primera cabalgada, lo que fue decisivo ya que cuando los almohades empezaron a envolver a la caballería cristina, Sancho VII entró en juego con sus tropas, junto a Alfonso VIII y Pedro II, arrasando las defensas almohades y decantando la batalla del lado cristiano. Sin embargo, a pesar de la contundente victoria cristiana las bajas fueron numerosas para ambos bandos. Consecuencia inmediata de la victoria fue la toma de Úbeda y Baeza. La victoria habría sido mucho más efectiva si no se hubiera desencadenado una hambruna que ralentizó la Reconquista y se prolongó hasta 1225. Por primera vez desde el año 711 la frontera castellana se restableció en la línea de Sierra Morena. El poder musulmán comenzó su declive y la Reconquista tomó un impulso que produjo en los siguientes cuarenta años el avance de los reinos cristianos, que conquistaron casi todos los territorios del sur bajo poder musulmán. Castilla, que aportó 2 tercios de las tropas y fue impulsora de la empresa bélica, fue la mayor beneficiada con la victoria. Sus fronteras se fortalecieron y se posicionó como el reino peninsular predominante, impulsando la conquista del sur peninsular. Este proyecto alcanzó su máximo esplendor tras la unión de los reinos de Castilla y León bajo el reinado de Fernando III el Santo, quien logró tomar: Córdoba en 1236, Murcia en 1243, Jaén en 1245 y Sevilla en 1248. A lo largo del siglo XIII la presencia musulmana en la Península fue difuminándose. Erigiéndose como único bastión musulmán el reino Nazarí de Granada, vasallo del rey de Castilla, cuya conquista no planteaba prisa, ya que pagaba importantes tributos de oro a la Corona. En 1492, durante el reinado de los Reyes Católicos, se conquistó Granada, poniendo fin a la Reconquista. Herencia cultural, gastronómica y lingüística árabe La conquista no solo tuvo consecuencias políticas y económicas, sino que existió un fuerte impacto cultural y lingüístico. Diversas tecnologías fueron traídas a la península por los musulmanes, además parte del pensamiento griego que había sido asimilado por los musulmanes en Mesopotamia (de pensadores y traductores árabes cristianos) y llegó a la península y de aquí paso a Europa. Adoptaron el arco de herradura visigodo en la arquitectura musulmana, como queda de manifiesto en la Mezquita de Córdoba o en la Alhambra de Granada. En el ámbito lingüístico se introdujeron muchos términos árabes. Se calcula que en el español, el componente léxico árabe es el componente más numeroso tras el léxico de origen latino, usadas todavía en español moderno: almohada, algarabía, acequia, aljibe, algodón, alcohol, algoritmo, álgebra, etc. que tiene su origen en esta etapa y que se han ido consolidando hasta nuestros días. También es notable la influencia árabe en la toponimia y en los apellidos: Aznar, Alcázar, Alcolea, Alcántara, Alcocebre, Benicásim, Benalmádena, etc. Un efecto inesperado de la invasión del reino visigodo fue la huida de gran número de eruditos, nobles, religiosos y obispos visigodos. Con ellos se llevaron buen número de libros clásicos, romanos y griegos, que estaban en la antigua Hispania y que habían sido conservados o copiados por los visigodos. Con ellos se llevaron obras visigodas, como las Etimologías del San Isidoro, obispo de Sevilla, obra monumental que recopilaba buena parte del saber de entonces, y que fue para esa época y los primeros siglos de la Edad Media La Enciclopedia en la Ilustración. Por ello, algunos autores destacan el importante papel de los emigrados visigodos en el renacimiento carolingio del siglo VIII. Los árabes influyeron en nuestra gastronomía de distintas maneras: introdujeron nuevas técnicas en la agricultura; nuevos productos y cosechas hasta entonces inexistentes en la península; introdujeron un nuevo ceremonial de mesa y novedosas recetas mezclando distintos ingredientes, recetas que continúan formando parte de nuestra gastronomía. Con la llegada de los árabes, empieza la “revolución agrícola. Los productos e ingredientes introducidos más importantes fueron: el arroz, azafrán, azúcar, frutas cítricas (naranjas y limones), frutos secos. Fue un gran impacto el que causaron en la gastronomía, cambiando desde los ingredientes hasta el ceremonial de la mesa con la introducción de un orden en el servicio: primero los entrantes, luego los platos fuertes y para finalizar los postres.
Frutas y verduras Se produjeron nuevas introducciones: la alcachofa, el espárrago y la berenjena, las naranjas (de origen Chino), los dátiles y los cocos. En la España romana, estos alimentos eran consumidos como un plato principal, no formaban parte de los guisos o de un plato con varios ingredientes. Los árabes inculcaron la mezcla de los diferentes ingredientes, como puede ser el caso de las ensaladas de lechuga a las que añadieron hierbas, aceite de oliva y aceitunas. También introdujeron el método de secado de frutas como los higos, ciruelos, albaricoques y uvas. Integraron el uso de las frutas en varias recetas que todavía hoy perduran en nuestra cultura gastronómica, como son los sorbetes y los zumos.
La miel y el Islam El Corán afirma sobre la miel que es una “curación para la humanidad”. Es el oro líquido. La miel ofrece extraordinarias propiedades antisépticas, antioxidantes y estimulantes del sistema inmunológico para la salud. No solo combate la infección y ayuda a la cicatrización de tejidos, sino que también ayuda a reducir la inflamación y a menudo es utilizada para tratar problemas estomacales, como la indigestión, úlceras y gastroenteritis. Investigadores de todo el mundo están investigando sobre los beneficios de la miel y otros elementos de curación producidos en la colmena, como el propóleo, la jalea real y el polen de abejas. Los beneficios de la miel dependen de su calidad. La miel pura proviene directamente del panal. Esta miel sin procesar tiende a cristalizarse y al baño María regresa a su estado líquido. Cuando la miel es procesada mantiene una vida útil más larga, pero las vitaminas y minerales que benefician al sistema inmunitario son destruidos en su mayor parte durante el proceso. Por lo tanto, no es tan nutritiva como la miel cruda. La miel ámbar y oscura posee las mejores propiedades medicinales. Además de carbohidratos, la miel contiene proteínas (incluyendo enzimas) y aminoácidos, y es rica en vitaminas: B6, tiamina, niacina, riboflavina, ácido pantoténico y aminoácidos. Los minerales incluyen calcio, cobre, hierro, magnesio, manganeso, fósforo, potasio, sodio y zinc. El contenido de 18 aminoácidos presentes en la miel es único y varía según la fuente floral. También posee polifenoles que actúan como antioxidantes y limpian el cuerpo de radicales libres y de compuestos reactivos que ayudan en enfermedades como el cáncer y las enfermedades del corazón. La miel contiene una gama similar de antioxidantes a la encontrada en vegetales verdes, como el brócoli y las espinacas, y en frutas como las manzanas, naranjas y fresas. La miel pura se utiliza para ayudar a aliviar la tos nocturna y mejorar el sueño. En relación al cuidado de heridas, la Revista Estadounidense de Dermatología, dice que la miel aplicada de forma tópica a una herida puede promover su curación tan bien o mejor que las pomadas convencionales. Sus propiedades antinflamatorias reducen la inflamación y el dolor, mientras que sus propiedades antibacterianas previenen la infección. La glucosa contenida en la miel se absorbe rápidamente por el organismo, dando un impulso energético inmediato, mientras que su contenido de fructosa es absorbido más lentamente, proporcionando energía sostenida. La miel mantiene los niveles de azúcar en la sangre y es una fuente de carbohidratos suave en comparación con otros carbohidratos. Conclusión:
Los árabes poseen una de las grandes reposterías del mundo y utilizaban la miel en muchos de los platos desde el medievo, especialmente en los postres, dotándoles de una suavidad que se fue imponiendo con el paso de los siglos hasta que se popularizó el azúcar. La miel y los frutos secos son característicos de la repostería árabe. Introdujeron frutos secos partidos, enteros o machacados en panes dulces y postres. Avellanas, pistachos, piñones, nueces y almendras formaban parte de sus principales dulces.
Las especias Con ellos llegaron especias como la canela, el azafrán, el sésamo, el jengibre, el anís y la nuez moscada, entre muchas más. No sólo fue una aportación a la gastronomía sino también a la economía, ya que con la llegada de los árabes se promovió la exportación al resto de Europa, enriqueciendo y dando color a los platos europeos.
Los cereales Los árabes mejoraron el cultivo de los cereales e introdujeron otros nuevos como el arroz. Era la base de la elaboración pucheros y dulces. Uno de los postres de la alta cocina árabe más apreciados era el arroz cocido con leche, manteca y azúcar; más conocido como “arroz con leche”, un postre que forma parte del extenso recetario de nuestra cocina. Existen estudios que apuntan a que el origen de la famosa paella se remonta a esta época.
Repostería y dulces Además del arroz con leche, la gran mayoría de recetas que incluyen como ingrediente la almendra y los dulces hechos con azúcar fino, tienen su origen en esta época. Los dulces principalmente se consumían fritos y horneados. Entre los fritos encontramos los famosos buñuelos y las almojábanas (tortas de queso fritas). Con respecto a los horneados destacan los bollos o pasteles maimones. No nos podemos olvidar de los dulces más típicos de la navidad que no faltan en ninguna mesa española: los turrones y los mazapanes, el origen de ambos se remonta a la época Islámica.
BERENGUELA DE CASTILLA (1180 – 1246)Reina de León (1197-1204) y Reina de Castilla (1217-1246) Esposa de Alfonso IX de León y madre de Fernando III. El Santo Se desconocen el lugar y la fecha exacta de su nacimiento, aunque parece que debió de ser en los primeros meses del año 1180, probablemente en Burgos, siendo la primogénita de los reyes de Castilla, Alfonso VIII y Leonor de Inglaterra, y como tal reconocida como heredera del reino, hasta el día que nació su hermano varón Sancho, el 5 de abril de 1181, que adquirió como varón la condición de infante heredero. El fallecimiento del infante, el mismo verano de 1181, hizo recobrar a la infanta Berenguela su rango de heredera, y como tal fue reconocida y jurada hasta el día en que volviera a nacer otro hermano varón. La infanta Berenguela, cuando apenas contaba ocho años de edad, fue prometida en matrimonio al príncipe alemán Conrado, duque de Rotenburch, por el tratado suscrito el 23 de abril de 1188 en Seligenstadt por los padres de los esposos, Alfonso VIII de Castilla y Federico I de Alemania. Según este tratado, Berenguela era la heredera del reino de Castilla, siempre subordinada a la posibilidad del nacimiento de un hermano varón, que la precedería en sus derechos al trono. Conrado y Berenguela fueron jurados en la curia de Carrión en junio de 1188 como herederos, si los reyes al morir careciesen de descendencia masculina. Con este acuerdo matrimonial, el emperador Federico I había buscado un trono para su tercer hijo, Conrado; por eso, cuando el 29 de noviembre de 1189 nacía en Castilla el infante Fernando, el príncipe alemán, desestimó el compromiso contraído, ya que el derecho sucesorio de Berenguela se postergaba al del infante Fernando. Este compromiso, ante el incumplimiento por parte del príncipe Conrado, fue anulado por el legado pontificio, el cardenal Gregorio de Sant Angelo, que ejerció su legación entre los años 1192 y 1194. Cuando doña Berenguela se liberó del compromiso, su padre, Alfonso VIII, acordó su matrimonio con el rey de León, Alfonso IX para finalizar la guerra entre ambos monarcas cristianos. Alfonso VIII, preveía las dificultades que iban a encontrar por razón de parentesco ambos contrayentes. Alfonso VIII y Alfonso IX eran primos carnales, nietos los dos de Alfonso VII. Pero el enlace era la mejor alternativa para instaurar una sólida paz entre Castilla y León. El matrimonio se celebró en la iglesia de Santa María de Valladolid en el otoño de 1197 con el apoyo de los prelados de los reinos de Castilla y de León, con la esperanza de la futura dispensa pontificia del impedimento de consanguinidad, dada la importancia de la unión para asentar la paz entre príncipes cristianos. El papa Celestino III no autorizó el enlace, aunque no mostró ninguna oposición al mismo, pero falleció el 8 de enero de 1198, antes de haberse pronunciado sobre la viabilidad del matrimonio, sucediéndole Inocencio III, muy opuesto a los matrimonios entre consanguíneos. Inocencio III mostró su oposición al matrimonio y una negativa resuelta a la concesión de cualquier dispensa, ordenando el 16 de abril de 1198 a su legado el cardenal Rainiero, que motivara a los reyes de Castilla y de León a deshacer esa unión ilícita y, si se negaren, que procediera a la excomunión de ambos monarcas y a decretar el interdicto (juicio sumarísimo) sobre ambos reinos, hasta que los mandatos pontificios fueran obedecidos. La excomunión es la expulsión, permanente o temporal, de una persona de una confesión religiosa. Durante el período de la excomunión, el afectado sigue formando parte de la comunidad, pero debe cumplir sentencia. En los casos más severos, pierde la facultad de concurrir al culto normalmente y de tomar parte en las ceremonias religiosas. Las diversas iglesias cristianas cuentan con normas para la excomunión o el trato con los excomulgados El 21 de abril de 1198, cinco días después, una carta del Papa concedía al legado facultades para proceder a levantar las penas anteriores si los interesados prestaban garantías suficientes de acatar la decisión pontificia. Las órdenes de Inocencio III fueron ejecutadas por el legado pontificio, que decretó la excomunión e impuso el interdicto sobre el reino leonés, no en el reino castellano, ya que Alfonso VIII se declaró dispuesto a recibir a su hija, si le fuere devuelta. Los reyes de Castilla y de León intentaron mejorar la situación con generosas dádivas en favor de la Iglesia. También enviaron a Roma una comisión para informar al Papa y tratar de alcanzar la dispensa del impedimento. Esa comisión estuvo compuesta por los obispos de Toledo, Zamora y Palencia, en señal de la concordia con que procedían ambos monarcas. El Papa no cedió y el 25 de mayo de 1199 ordenaba al arzobispo de Compostela y a los obispos del reino de León observar la sentencia impuesta sobre dicho reino. Autorizaba la celebración de los sacramentos y oficios eclesiásticos, pero mantenía la prohibición de sepultura para todos los fieles, excepto los clérigos, la excomunión del rey, de la reina y de sus principales consejeros, así como el más riguroso interdicto en los lugares donde moraren. A los reyes de Castilla les exigía que prestasen juramento de que contribuirían a la disolución del matrimonio; si no lo hicieren, también incurrirían en la pena de excomunión y en interdicto los lugares donde morasen. En cuanto a los lugares dados a Berenguela como dote, que según el pacto matrimonial debían seguir siendo suyos, aun en el caso de disolverse el matrimonio, el Papa declaró la nulidad de tal donación. Las medidas fueron tremendas, pero la situación siguió inalterable en 1199, 1200, 1201 y 1202, hasta que el 5 de mayo de 1203 Inocencio III se dirigió directamente al rey de Castilla, Alfonso VIII. El Papa le dice que ha engañado y ha atrapado de tal forma al rey de León que éste, aunque quisiera, no podía romper el matrimonio con Berenguela, pues en ese caso perdería la mayor parte y las mejores fortalezas de su reino, que seguirían gobernadas y retenidas en manos de Alfonso VIII. Inocencio III declaró a los hijos de esa unión incestuosa privados de cualquier derecho de sucesión en los bienes paternos, aunque el rey de Castilla había logrado que a esa descendencia se le jurara como propio casi todo el reino leonés. Inocencio III considera que Alfonso VIII tiene aprisionado al reino leonés, disponiendo de él como del suyo propio, y le ordena que ponga fin a esos lazos y llame de una vez a su hija, so pena de proceder contra él. Con esta carta Inocencio III, tras cuatro años, había dado con la clave de la solución, la voluntad de Alfonso VIII. El rey de Castilla con los pactos firmados y los castillos dados como dote a Berenguela tenía atrapado a Alfonso IX. Tras la carta papal, llegó la solución. Se reunieron en Valladolid los obispos de Castilla, durante los meses de abril y mayo de 1204, y se dirigieron por medio del obispo de Burgos al Papa solicitando levantase la pena de excomunión a Berenguela, previa promesa de abandonar la corte leonesa. El Papa, para terminar con este problema iniciado seis años y medio antes, comisionó el 22 de mayo de 1204 a los obispos de Toledo, Burgos y Zamora para que absolviesen a Berenguela, previo alejamiento del esposo, promesa de no volver a vivir con él y de cumplir los mandatos apostólicos. Cinco fueron los hijos nacidos durante los seis años y medio que duró el matrimonio entre Alfonso IX y Berenguela:
Berenguela regresó a Burgos junto a sus padres, consagrada a la educación de sus hijos. Cuando Berenguela llegó a Burgos, acababa de nacer, el 14 de abril de 1204, el último de los hijos de Alfonso VIII y Leonor, el infante Enrique. Con este nacimiento, Berenguela pasaba a ocupar el tercer lugar en el orden sucesorio, tras sus dos hermanos varones, Fernando y Enrique. El 14 de octubre de 1211 fallecía en Madrid el infante Fernando, a punto cumplir veintidós años; su cadáver fue llevado a las Huelgas Reales de Burgos. Sólo separaba a doña Berenguela del trono de Castilla su hermano Enrique, de siete años de edad. La noche del 5 al 6 de octubre de 1214 moría en el camino de Burgos a Plasencia, en aldea de Arévalo, el vencedor de la batalla de las Navas, el rey Alfonso VIII de Castilla. Le acompañaban su esposa, la reina Leonor, su hija Berenguela, sus hijos Enrique y Leonor, y los hijos de Berenguela, Fernando y Alfonso. Sus restos mortales fueron trasladados a Burgos, donde recibieron sepultura en el panteón de las Huelgas Reales de Burgos. Unos días después, el 31 de ese mismo mes de octubre, falleció su esposa Leonor. Acabadas las exequias de Alfonso VIII, fue proclamado rey de Castilla su hijo Enrique, de once años de edad. Al morir sus padres, casi al mismo tiempo, Berenguela se convirtió en tutora del pequeño rey y en la regente y gobernadora del reino. Berenguela obró con gran prudencia, pero las intrigas de algunos nobles, especialmente, los condes Fernando, Álvaro y Gonzalo, hijos del conde Nuño Pérez de Lara, el último tutor de Alfonso VIII, consiguieron que el ayo designado por Berenguela para guardar al nuevo rey entregara al joven monarca a Álvaro Núñez de Lara. Con el rey en su poder, Álvaro consiguió que Berenguela le entregase la regencia del reino pero con algunas limitaciones, pues le hizo jurar que sin su consejo no consentiría lo siguiente:
Pronto Álvaro comenzó a atropellar a los nobles que no eran sus partidarios. Éstos se quejaron a Berenguela, lo que provocó represalias de Álvaro contra la reina, que buscó refugió en el castillo de Autillo, que era del mayordomo real Gonzalo Rodríguez, mientras enviaba a su hijo Fernando junto a su padre a León. En abril de 1217 Álvaro inició el ataque armado contra los partidarios de Berenguela en Tierra de Campos, llegando incluso a sitiarla en su residencia de Autillo de Campos, mientras dejaba al rey Enrique en Palencia en el palacio episcopal. Aquí, durante un juego infantil, una teja alcanzó al niño rey en la cabeza, que gravemente herido falleció a los pocos días. Berenguela, al conocer la noticia, hizo venir a su hijo desde Toro. Con sus partidarios se dirigieron a Palencia, abandonada por Álvaro; luego por Dueñas fue a instalarse en Valladolid, desde donde dirigió todas las negociaciones que conducirían a que los concejos la reconocieran como legítima heredera y reina de Castilla, con el ruego de que entregase el reino a su hijo. Esta proclamación de Berenguela y de su hijo Fernando como reina y rey de Castilla tuvo lugar en la plaza del mercado de Valladolid entre el 2 y el 3 de julio de 1217. Casi treinta años duró esta alianza entre madre e hijo. Fernando será el rey de Castilla y gobernará con plenos poderes, pero el consejo prudente de su madre estará presente en todas las decisiones de Fernando III. Los diplomas se expiden siempre a nombre de Fernando, pero éste consignará en todos ellos que lo hace “con el beneplácito de la reina doña Berenguela”. Entre madre e hijo siempre hubo diálogo y prudencia. En 1224, Fernando inicia sus conquistas por Andalucía y su madre se queda en Castilla, casi siempre en Burgos, gobernando el reino con prudencia y apoyando las campañas de su hijo. Aconsejó a Fernando en la elección de sus dos esposas y en dialogar con los nobles, consiguiendo el perdón y reconciliación de los hombres alzados. Berenguela contribuyó con su prudencia a que Fernando III sucediera de forma pacífica a su padre en el reino de León. Berenguela murió el 8 de noviembre de 1246, con merecida fama de mujer y de gobernante prudente y discreta. Sus restos mortales fueron depositados en las Huelgas de Burgos junto a sus padres. Castillo de Doña Berenguela, Bolaños de Calatrava (Ciudad Real)Su actual Torre del Homenaje es lo que conservamos de la originaria construcción árabe. Fue conquistado por los cristianos. Perdido tras la batalla de Alarcos y vuelto a recuperar en 1212 definitivamente. La reina Berenguela lo donó a la Orden de Calatrava, para que defendiera su campo de los continuos ataques musulmanes. La Orden se mantuvo allí hasta 1544, momento en que lo abandonó. De planta rectangular, estuvo rodeado de un foso que actualmente está recuperado en dos de las cuatro murallas. Tiene dos torres, la del Homenaje y la Torre Prieta, con muros rematados por almenas. La Torre Prieta es una mole de piedra de forma rectangular, sin almenas, y en la que apenas pueden apreciarse vanos o elementos decorativos. Está compuesta por tres pisos y sus dimensiones son mayores que las de la Torre del Homenaje. Uno de los aspectos significativos del edificio es su escudo, en el que pueden apreciarse dos partes bien diferenciadas: un castillo de oro, en el que aparece representada la vecindad y una espada que atraviesa el pan, que representa el impuesto que se pagaba a la orden de la que dependía su defensa.
Castillo de Doña Berenguela. Bolaños de Calatrava
Foto de Portada: Dª Berenguela, Reina de Castilla1850. Óleo sobre lienzo, 224 x 140 cm. Museo del Prado. No expuesto En 1847, José de Madrazo, como director del Real Museo, recibió el encargo de Isabel II de realizar una genealogía iconográfica de todos sus antepasados reales. El proyecto tenía un evidente sentido político de legitimación de los derechos de la Soberana, en un período caracterizado por una incesante lucha contra el poder femenino. Se implicó en la ejecución del encargo a un considerable número de artistas contemporáneos, tanto reconocidos como noveles, pero casi todos asociados al círculo protector de José de Madrazo. En mayo de 1850 se encarga la pintura a Francisco Prats y Velasco, «haga el retrato de la Reyna de Castilla Doña Berenguela… Pagado».
BIBLIOGRAFÍA R. Jiménez de Rada, “De rebus Hispaniae”, y L. de Tuy, “Chronicon mundi”, en A. Schott (ed.), Hispania Illustrata, Frankfurt, 1608, t. II, págs. 25-194 y t. III, págs. 1-116, respect.; A. Lupián Zapata, Epítome de la vida y muerte de la reina doña Berenguela […], Madrid, Nogués, 1665; M. de Manuel Rodríguez, Memorias para la vida del Santo Rey don Fernando III, Madrid, 1800; G. Martínez Díez, Fernando III (1217-1252), Burgos, La Olmeda, 1993 (col. Reyes de España). Real Academia de la Historia museodelprado.es http://www.verema.com (Gastronomía) http://www.turismocastillalamancha.es (Castillo de doña Berenguela) Imágenes tomadas de Wikipedia |
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