FERNANDO I. EL DE ANTEQUERA (1379 – 1416)
María Teresa García PardoDoctora en Historia del Arte |
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FERNANDO I. EL DE ANTEQUERA(1379 – 1416) |
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FERNANDO I. EL DE ANTEQUERA (1379 – 1416)Medina del Campo (Valladolid), 1379 – Igualada (Barcelona), 1.IV.1416.Regente de Castilla y rey de Aragón.Fue el segundo hijo de Juan I de Castilla y Leonor de Aragón, hija de Pedro IV el Ceremonioso. Se educó en la Corte de su hermano Enrique III y a la muerte de éste, en diciembre de 1406, fue nombrado regente de su sobrino, el príncipe Juan, en unión de la reina viuda Catalina de Lancaster. Se iniciaba una larga minoría de edad, porque el pequeño príncipe Juan no contaba ni tan siquiera dos años, que estuvo plagada de dificultades superadas gracias a la diplomacia del infante. En el momento en que don Fernando tomó posesión del cargo de regente, el 15 de enero de 1407, su poder en la Península era indiscutible. Su padre le había nombrado duque de Peñafiel (Valladolid) y conde de Mayorga (Valladolid) en las Cortes de Guadalajara de 1390. En esas mismas Cortes se concertó su matrimonio, celebrado unos años después, con su tía Leonor de Alburquerque, hija del conde Sancho de Castilla, y heredera de fértiles tierras en La Rioja, Castilla y Extremadura. Además de duque de Peñafiel, era señor de Lara, separada ésta definitivamente de Vizcaya, y tenía en sus manos algunos de los puntos clave del reino: Medina del Campo (Valladolid), Olmedo (Valladolid), Cuéllar (Segovia), San Esteban de Gormaz (Soria), Villalón (Valladolid), Urueña (Valladolid), etc. Por su matrimonio con su tía Leonor de Alburquerque, un condado con tres núcleos de tierra en torno a Haro (La Rioja), Ledesma (Salamanca) y Alburquerque (Badajoz). Medina del Campo, Olmedo, Cuéllar y Villalón constituían los puntos centrales de la vida económica de Castilla: Lana, trigo y cuero. El comercio era la base del crecimiento económico castellano, potenciado por la recuperación demográfica. Las ferias de Medina del Campo, fundadas y organizadas por don Fernando no fueron ajenas a este proceso. Tampoco Cuéllar con ferias desde 1390, año en que había sido cedida al infante, o Lerma (Burgos), con celebraciones feriales desde 1409. Don Fernando hizo brillar el espejismo de la guerra musulmana, como respuesta a la derrota en la batalla de Collejeras por los granadinos a las tropas cristianas de Enrique III en 1406. A partir de entonces, y durante toda la regencia, la guerra fue la gran empresa del infante que espera convertirse en defensor de la cristiandad, y obtener ventajas políticas. Algunas fueron inmediatas. La dirección de las operaciones le proporcionó la administración de una gran cantidad de dinero que las Cortes habían votado, y un reparto en el gobierno del reino con la reina viuda, previsto ya en el testamento de Enrique III. Al infante D. Fernando le correspondía gobernar la mitad meridional de Castilla, contando desde los puertos de Guadarrama, incluyendo todos lo señoríos que a él como duque de Peñafiel, conde de Alburquerque y señor de Lara correspondían, además de Alba de Tormes (Salamanca) y Ayllón (Segovia). Todos sus señoríos, menos Alburquerque, en Badajoz, estaban enclavados en la mitad norte de la Península. En su zona de gobierno se hallaban los núcleos principales de las órdenes militares de Alcántara y de Santiago, a cuyos maestrazgos aspiraba en beneficio de sus hijos. El infante llevó a cabo dos grandes campañas contra los musulmanes. La desarrollada en 1407 y la de 1410, que culminó con la toma de Antequera (Málaga), lugar de gran interés estratégico, y que le granjeó el sobrenombre con que ha pasado a la Historia. En la primera, tomó Zahara (Cádiz) pero, en contra de su voluntad, tuvo que ordenar la retirada y mostrarse como vencido cuando el 10 de noviembre hacía su entrada en Sevilla. Su posición política se debilitó enormemente. Sus fracasos en la guerra hicieron que la oposición reiniciara sus ataques, y don Fernando tuvo que enfrentarse a la rebeldía de un importante sector de la nobleza, auspiciado, por la propia reina viuda Catalina de Lancaster. Fue una etapa muy difícil pero que se cerró con un saldo positivo. Las negociaciones fueron fructíferas y sus mayores adversarios colaboraron desde entonces con el fiel Sancho de Rojas en todas las empresas de D. Fernando. Paralelamente, diseña un plan para hacerse con el control de los maestrazgos de las órdenes militares que afectaría a la de Alcántara y a la de Santiago, cuyas máximas dignidades quedaron vacantes por fallecimiento de los titulares. En la de Alcántara, la muerte del maestre Fernando Rodríguez de Villalobos en 1408, daba paso a un enfrentamiento por el poder. D. Fernando presentó la candidatura de su hijo, el infante Sancho, de apenas ocho años de edad. Con esta candidatura se justificó que se ponía fin a la discordia en la Orden y se atendía un sagrado deber cristiano, ya que las rentas del maestrazgo se destinarían, hasta la mayoría de edad de don Sancho, a la guerra contra los infieles. Los comendadores no presentaron resistencia y, tras la licencia por razón de edad, don Sancho fue elegido maestre en el monasterio de San Pablo de Valladolid, en presencia del rey y de la Corte. Un año después, en 1409, moría el maestre de la Orden de Santiago. Don Fernando hizo elegir como maestre a otro de sus hijos, Enrique, también menor, pero en este caso tuvo que vencer la resistencia mediante la entrega de 500.000 maravedís. Todo parecía en orden para reanudar las hostilidades. Y así, se preparó la segunda y decisiva gran campaña protagonizada por don Fernando que culminó con la conquista de Antequera el 16 de septiembre de 1410. El regente rodeó la victoria de gran solemnidad y quiso hacer presente la tradición reconquistadora castellana ordenando traer de León el histórico pendón de las Navas, custodiado en la colegiata de San Isidoro. La victoria había sido rotunda y su rentabilidad política también. La victoria de las Navas de Tolosa, que tuvo lugar en Jaén, el 16 de julio de 1212, fue un punto de inflexión en la Reconquista. La muerte sin sucesión del monarca aragonés Martín el Humano, el 31 de mayo 1410, conocida por el infante cuando sitiaba Antequera, abría la posibilidad de que su familia ostentase la hegemonía en la península. En calidad de hijo de Juan I de Castilla y Leonor de Aragón y como nieto de Pedro el Ceremonioso, don Fernando se dispuso a hacer valer sus derechos al Trono. Castilla, en las Cortes de Valladolid, apoyó su candidatura al Trono aragonés y se aceptó, tras mediación expresa de la reina viuda Catalina que se planteaba la posibilidad de una regencia única. Los 45.000.000 de maravedís, votados para la guerra de Granada, se destinaron a los gastos de su elección, considerada muy conveniente. Las tres líneas de acción esbozadas por el infante D. Fernando cuando asumió la regencia:
Castilla había entrado en el siglo XV apoyada en los siguientes pilares:
Castilla valoró conseguir la corona aragonesa, al tratar de cumplir la última voluntad del rey Martín, muerto sin sucesión: “determinar en justicia al sucesor”. En un primer momento fueron cinco los candidatos: Jaime, conde de Urgell, bisnieto de Alfonso IV; Luis de Anjou, duque de Calabria, nieto de Violante de Bar, viuda de Juan I; Alfonso, duque de Gandía, bisnieto de Jaime II; Fernando de Castilla, nieto de Pedro IV y sobrino del rey Martín por vía femenina; y Fadrique, nieto directo del rey Martín, pero pronto descartado por la ilegitimidad de su nacimiento, ya que era hijo de Martín I, el Joven, y una siciliana. Fernando de Castilla fue el candidato más apoyado porque supo conjugar los intereses de algunos protagonistas a título particular. Benedicto XIII, el papa Luna, veía en Fernando un firme apoyo en la cuestión del cisma al asegurar la mayoría peninsular hacia su causa; o el futuro san Vicente Ferrer, quien encontró en él, como regente castellano y después como monarca aragonés a un colaborador en sus planteamientos antisemitas. La decisión fue bien recibida en Aragón, no tanto en Valencia y mucho menos en Cataluña. Pero satisfacía, a la mayoría y evitaba el enfrentamiento, a excepción del candidato desestimado Jaime de Urgell, que obligó al nuevo rey Fernando I (1412-1416) a combatirle hasta sitiarlo a lo largo de 1413 y desterrarlo, con el consentimiento casi generalizado de las fuerzas sociales y políticas de la Corona. El Compromiso de Caspe fue una decisión equilibrada, que supo conjugar los intereses aragoneses, valencianos y una parte de los catalanes. Los aragoneses aspiraban a un protagonismo mayor, perdido con los últimos monarcas de la Casa de Barcelona. Los valencianos deseaban escalar una posición equiparable a la de los otros reinos en el conjunto de la Corona; y los intereses catalanes con una nobleza más dinámica y una burguesía barcelonesa que controlase las finanzas. Pero D. Fernando era un Trastámara castellano y Castilla superaba en territorio y población a la Corona de Aragón (4.000.000 de hombres frente a 800.000 y esto causaba un gran recelo. Cuando en 1412 llegó al Trono de Aragón la nueva dinastía Trastámara castellana, el monarca se vio obligado, en primer lugar, a jurar los Fueros, Usos, Costumbres y Libertades del país, que sus súbditos guardaban celosamente. Fernando I los juró con gran solemnidad en la Seo de Zaragoza el 3 de septiembre de 1412, sobre la Cruz y los Evangelios sostenidos por el prelado de mayor dignidad del reino, el obispo de Huesca al estar vacante Zaragoza, y ante la mirada del justicia de Aragón, la más alta magistratura del Reino. A continuación, los procuradores o representantes de los cuatro estamentos parlamentarios, prestaron juramento al rey según el formulario habitual. Cuatro días más tarde, el primogénito don Alfonso, futuro Alfonso V, fue jurado como heredero legítimo, después de que él mismo jurase los fueros igual que su padre. Tras estas ceremonias, las primeras Cortes se celebraron en Zaragoza en el breve plazo de los cuatro años de reinado. Su finalidad primordial era:
Para la coronación se recuperó el rito tradicional de la Corte aragonesa. Fiestas, torneos, representaciones teatrales y una rememoración alegórica del sitio del castillo de Balaguer, último bastión del conde de Urgell. La ocasión era la más propicia para el acercamiento popular y la contemplación personal del séquito real. Antes de estas ceremonias, Fernando I pasó una larga estancia en Barcelona, reuniendo Cortes, en las que demostró, una vez más, su voluntad negociadora. Los nobles aparecieron ante él como representación auténtica de Cataluña y con ellos pactó una política que anunciaba la que más adelante fue preconizada por la Biga. Las concesiones indicaban un retroceso hacia posiciones conservadoras:
La tónica general del reinado fue de apuros financieros. De estas penurias hablan todas las Cortes convocadas por Fernando I y las medidas tomadas por la Administración. La crisis se debía más a la anormalidad imperante en el control de los recursos del país, a la no administración del patrimonio regio y a la ilimitación del gasto público, desorden que intentó corregir el Monarca desde su acceso al Trono. Quiso conocer desde el primer momento las rentas que le pertenecían y expresó su deseo de anular aquellas que habían provocado una disminución en los recursos. Sanear la Hacienda y la política fiscal, constituyó la gran preocupación del primer Trastámara aragonés, que en cuatro años obtuvo más logros que los monarcas precedentes y los que le siguieron en el Trono. En política exterior, Fernando I intentó acceder a los deseos de los súbditos que confiaban en que el restablecimiento de la hegemonía mediterránea produjera un alivio en las dificultades económicas. Realizó una activa política en ese mar. Mantuvo la isla de Sicilia que se hallaba en guerra civil permanente desde la muerte de Martín el Joven. En Cerdeña, isla siempre rebelde a la soberanía aragonesa de acuerdo con Génova, compró al vizconde de Narbona, que había sido proclamado monarca y envió a la isla una expedición para que volviese a su obediencia. A la vez, había firmado una tregua con Génova por cinco años. Todo ello más los tratados con Egipto y Fez, permitieron un cierto respiro al comercio catalán por la ruta de las islas hasta Alejandría, cuyo consulado se restableció. Se consiguió una cierta estabilidad mediterránea. También se mantuvieron buenas relaciones con Francia e Inglaterra, y en general, con todas las potencias occidentales, incluido el Imperio alemán, con el que Fernando I tuvo que relacionarse por la cuestión del cisma de Occidente. La solución de este conflicto le llevó a una ruptura con Benedicto XIII, al que tanto debía. Siguiendo los acuerdos del concilio de Constanza, intentó, en vano, convencer al Pontífice para que renunciase a la tiara. Como éste no aceptó, tras el último intento de Perpiñán, Fernando I se apartó de su obediencia, el 6 de enero de 1416, poco antes de su muerte. La prematura muerte de Fernando I, tan sólo cuatro años de reinado, hace que se considere éste como un paso más en el largo período de transformaciones profundas que arranca en los años precedentes y culmina en el reinado de Fernando el Católico. Los importantes intereses en Castilla de la dinastía Trastámara hizo que en Aragón repercutieran en la trayectoria política de los dos primeros Trastámara aragoneses: Fernando I y su hijo Alfonso V el Magnánimo (1396-1458). De su matrimonio con su tía Leonor de Alburquerque (Badajoz) tuvo los varios hijos:
Tanto la Crónica de Juan II, de Alvar García de Santa María, como la de Lorenzo Valla, Historia de Fernando de Aragón, inspirada en gran parte en la primera, exaltan la gloriosa fidelidad del regente. Alvar García de Santa María recoge con admiración la escena en que algunos nobles aconsejan a Fernando, muerto Enrique III, que tome la Corona. Él rechaza la idea y es el primero en jurar al pequeño rey, futuro Juan II de Castilla. La escena la repite el cronista italiano en la obra que sobre su padre le encomendó Alfonso V de Aragón. Valla justifica el proceder de Fernando I como ejemplo de virtud. También El Romancero, en su serie de romances sobre la toma de Antequera, contribuye a forjar el mito de Antequera y a idealizar la mentalidad caballeresca de su héroe: Fernando el de Antequera. BIBLIOGRAFÍA:F. López Estrada, “La conquista de Antequera en el Romancero y en la épica de los siglos de oro”, en Anales de la Universidad Hispalense (Sevilla), vol. XVI (1955), págs. 133- 192; J. Vicens Vives, “Evolución de la economía catalana durante la primera mitad del siglo XV”, en IV Congreso de Historia de la Corona de Aragón, Mallorca, 1955, folleto de 27 págs., ponencia 3; L. Suárez Fernández, Á. Canellas López y J. Vicens Vives, Los Trastámara de Castilla y Aragón en el siglo XV, intr. de R. Menéndez Pidal, en J. M.ª Jover (dir.), Historia de España de Menéndez Pidal, t. XV, Madrid, Espasa Calpe, 1964, págs. 3-318; F. López Estrada, La toma de Antequera, Antequera-Sevilla, F. Vives, 1964; E. Sarasa Sánchez, “Fernando I y Zaragoza. La Coronación de 1414”, en Cuadernos de Zaragoza, 10 (1977); E. Sarasa Sánchez, Aragón en el reinado de Fernando I (1412-1416). Gobierno y Administración. Constitución política. Hacienda Real, Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 1986; REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA |
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Martín I El Humano
María Teresa García PardoDoctora en Historia del Arte |
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MARTÍN I EL HUMANO (1356 – 1410) |
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MARTÍN I EL HUMANO(1356 – 1410)Perpiñán (Francia), 1356 – Barcelona, 31.V.1410. Rey de Aragón, Valencia, Mallorca, Cerdeña, conde de Barcelona (1396-1410) y Rey de Sicilia (1409-1410). Martín I El Humano fue el segundo hijo de Pedro IV el Ceremonioso y Leonor de Sicilia. Recibió de su padre los títulos de conde de Besalú y senescal de Cataluña (Mayordomo mayor de la casa real). Desde 1378 fue lugarteniente de su padre en el reino de Valencia. En 1387, su hermano, el rey Juan I, nada más comenzar su reinado, le otorgó el título de duque de Montblanc. Desde niño, su padre concertó su matrimonio con María de Luna, hija primogénita de su fiel servidor Lope de Luna. Muerto Lope de Luna, fue la madre de María de Luna, Brianda d’Agout, la que aparece concertando el acuerdo matrimonial con el rey y la reina. Tanto interesaba al rey esta unión familiar que se estipuló que, si María moría, el infante se casaría con la hermana menor, Brianda. Se acordó que cuando la condesa María cumpliese los ocho años de edad, sería entregada a la reina Leonor de Sicilia, para que fuese educada en la Corte. El 13 de junio de 1372, cuando Martín contaba 16 años, se efectuó la boda en la catedral de Barcelona. Veinticuatro años separan la celebración del matrimonio de María y Martín con su subida al trono de la Corona de Aragón en 1396. Durante los primeros años de matrimonio tuvieron cuatro hijos: Martín, Jaime, Juan y Margarita. Salvo el primogénito, los otros murieron prematuramente. Las relaciones entre los dos esposos fueron cordiales y respetuosas. Ambos fueron muy piadosos. En 1375, murió la reina Leonor de Sicilia, tercera esposa de Pedro el Ceremonioso. En su testamento muestra el profundo afecto que sentía por su hijo Martín, del que fue tutora desde que él cumplió dos años de edad, nombrándole heredero universal de sus derechos y propiedades en la Corona de Aragón y en Sicilia. Esta herencia materna condicionó su acción política como rey. El rey Federico III de Sicilia, de su matrimonio con la infanta Constanza, hija de Pedro el Ceremonioso, sólo tuvo una hija legítima, María, nieta del rey Pedro de Aragón. En su testamento nombró a su hija María heredera del reino de Sicilia y de los ducados de Atenas y Neopatria, mientras que a su hijo natural, Guillermo, le dejó las islas de Malta y el derecho a sucederle en el trono en el caso de que la heredera legítima muriese sin descendencia. En última instancia, el Trono siciliano correspondería a los hijos de su hermana Leonor de Sicilia, Juan y Martín. Esta herencia siciliana influyó mucho en las decisiones políticas de los últimos años de Pedro el Ceremonioso y marcó la de los reinados de Juan I y de Martín I el Humano. Martín, como heredero de los derechos de su madre, dirigió las expediciones militares que entre 1378 y 1384 estuvieron destinadas a garantizar que María, fuera la sucesora en el trono siciliano. Pedro el Ceremonioso intentó incorporar Sicilia a la Corona de Aragón y por ello pretendió casar a su primogénito Juan, viudo de Matha de Armañac, con su nieta María de Sicilia. Fracasado este intento por la negativa del duque de Gerona, Pedro el Ceremonioso depositó todas sus esperanzas en el infante Martín, al cual cedió todos sus derechos sobre la isla en 1380. Finalmente, se acordó que sería Martín el Joven, el primogénito del infante Martín y María de Luna, el que contraería matrimonio con su prima María de Sicilia. Tras largas negociaciones, la boda se celebró el 29 de noviembre de 1391. En febrero de 1392, el infante Martín el Humano fue a Sicilia acompañando a su hijo Martín el Joven, que tenía dieciséis años, y a su esposa María de Sicilia, al frente de una escuadra con el único objetivo de reinstaurar en aquel trono a su nuera y a su hijo. La reina María de Luna se quedó en la Península velando por el importantísimo patrimonio familiar y no volvió a ver a su marido hasta 1397, cuando regresó ya como rey, a la muerte de su hermano Juan I. Martín el Humano se apoderó rápidamente de la isla, aunque la toma de Palermo y la ejecución de un magnate siciliano fue el comienzo de una rebelión nobiliaria, que puso en peligro la vida de los reyes de Sicilia y del infante Martín asediados en Catania. En 1393, una escuadra enviada por Juan I, así como los refuerzos reunidos por María de Luna mejoró la situación de Martín el Humano y de sus hijos, aunque el estallido de una nueva rebelión hizo que la isla no estuviese pacificada del todo hasta 1398. Tras la muerte de Juan I en mayo de 1396, Martín I se convirtió en el nuevo rey de Aragón. Hasta que no regresó a la Península, María de Luna actuó de regente y afrontó con éxito los hechos que ponían en peligro el trono, como las maniobras de la reina viuda, Violante de Bar, que alegaba estar embarazada. Por otro lado, estaban las pretensiones del conde Mateo de Foix casado con Juana, hija de Juan I, que aspiraba al trono de Aragón, desembocaron en una invasión de tierras catalanas en 1396. En 1401, murió María de Sicilia, y su hijo Martín el Joven se convirtió en heredero universal de su esposa. La gran preocupación de Martín I el Humano y María de Luna fue casar lo mejor posible a su único hijo Martín. En 1401, Martín el Humano viajó a Navarra para entrevistarse con Carlos III de Navarra y concertar el matrimonio entre sus respectivos hijos, el rey Martín de Sicilia y la infanta Blanca de Navarra. Dicho enlace se efectuó en 1402. El 29 de diciembre de 1406 María de Luna murió y Martín I el Humano perdió una esposa, una consejera fiel y una hábil estratega. Martín el Humano expresó su tristeza en una serie de cartas que escribió al maestre de la Orden de Montesa, a su tía la reina Leonor de Chipre y a su cuñada Violante de Bar. La vida familiar del Rey se complicó al máximo cuando en 1409 murió inesperadamente su hijo Martín el Joven, rey de Sicilia, en Cagliari, sin herederos legítimos. Este acontecimiento causó a Martín el Humano una terrible angustia, ya que le convertía en rey de Sicilia, aunque Blanca de Navarra permaneció como Reina nominal hasta 1410. El problema planteaba la necesidad de intentar tener un nuevo heredero al trono lo más rápidamente posible. La presión decidió al rey a contraer nuevas nupcias. La elegida fue Margarita de Prades, joven y noble dama descendiente de Jaime II y Blanca de Anjou. A tres meses de la muerte de Martín el Joven, a las afueras de Barcelona, Martín el Humano contrajo nuevo matrimonio, el 17 de septiembre de 1409. Pero el rey Martín estaba enfermo y tenía 53 años. Murió el 31 de mayo de 1410, ocho meses y medio después de haberse casado por segunda vez, sin descendientes y sin haber designado sucesor, aunque había nombrado lugarteniente y gobernador general de los reinos al conde de Urgell, cargo que ostentaban los herederos de la Corona. Por otra parte, legitimó a su nieto Federico, hijo natural de Martín el Joven, con la finalidad de que sucediera a su padre en el condado de Luna, si bien no tuvo tiempo de hacerlo legitimar por el papa aviñonés Benedicto XIII, el papa Luna, lo que le hubiese convertido en el heredero de la Corona. Su muerte abrió un conflicto de dos años, que finalizó en 1412 con el llamado Compromiso de Caspe, que proclamó rey a su sobrino Fernando de Antequera. Martín I el Humano fue el último soberano en línea directa de la casa de Barcelona, dinastía que se había iniciado con el conde Wifredo a finales del siglo IX. Martín el Humano fue un hombre tranquilo y negociador. Al comienzo de su reinado se encontró con la Hacienda arruinada. Tuvo que gobernar siempre de acuerdo con las Cortes y con las grandes ciudades, especialmente las tres grandes ciudades marítimas: Barcelona, Valencia y Mallorca. En 1400, Martín el Humano convocó en Tortosa un Parlamento de ciudades marítimas a las que solicitó un donativo, para defender las posiciones catalanas en Cerdeña y, a la vez, acabar con los corsarios que atacaban desde dicha isla las naves de la Corona de Aragón perjudicando el comercio. En contrapartida por la ayuda solicitada, las ciudades impusieron al rey la expulsión de los mercaderes italianos, pero esta medida sólo estuvo en vigor un año, debido a la bajada en los ingresos fiscales y a los intereses de los productores de materias primas, como lana, trigo, azafrán, y otras, muy perjudicados por la citada expulsión. Ante tales hechos, en 1402, el rey decretó la libertad de comercio, con ciertas condiciones, para los mercaderes italianos, a la vez que negociaba un nuevo tratado de paz con Génova para acabar con la guerra entre la Corona de Aragón y la República de Génova. El rey Martín obtuvo ayuda económica de las Cortes catalanas en 1406, encomendándose a Martín el Joven la campaña para socorrer las posiciones de la Corona en Cerdeña, lo que en 1408-1409 provocó la guerra con Génova. Poco después de la victoria, Martín el Joven murió en Cagliari, dejando a su padre el reino de Sicilia. Martín el Humano heredó de su hermano, Juan I, un clima bélico con Granada, entre 1396 y 1400. En 1404, se iniciaron unas negociaciones para firmar un tratado de paz que solucionase la inseguridad existente. A finales de 1405, el tratado estaba firmado, pero la guerra que estalló entre Castilla y Granada hizo que, aunque Martín el Humano se mantuvo neutral, procurara facilitar aprovisionamiento al Ejército castellano. A pesar de todo, las relaciones entre el monarca aragonés y el sultán nazarí continuaron siendo cordiales. Martín el Humano fue uno gran defensor del papado de Aviñón, y especialmente de Benedicto XIII, el Papa Luna, pariente de su esposa, al que visitó en su palacio de Aviñón en 1397, en su viaje de regreso a la Península ya como rey. Siempre que pudo, le proporcionó ayuda diplomática y militar, y en 1408 le acogió en sus reinos, instalándose finalmente en Peñíscola. La gran preocupación de Martín I el Humano fue sanear la economía y recuperar el patrimonio real cargado de deudas. En 1399 amplió la pragmática que obligaba a los monarcas a mantener la unidad de los reinos y condados que formaban la Corona de Aragón. El condado de Ampurias, que tantos problemas había ocasionado a su padre y a su hermano, quedó definitivamente incorporado a la Corona. Concedió a su esposa, María de Luna, el título de condesa de Ampurias. Martín I el Humano fue un humanista. Su estancia en Sicilia le proporcionó un sentido del clasicismo, muy alejado de las cacerías y de las frivolidades cortesanas de su hermano Juan I. Los recuerdos de sus lecturas clásicas y las citas de Julio César aparecen constantemente en sus palabras. Fue un gran lector de libros de historia y de escritores cristianos, se interesó mucho por los temas religiosos, por lo que también llegó a ser conocido como el Eclesiástico. También se pronunció a favor de quien que creyó como legítimo Papa, el familiar de su esposa María de Luna. Su discurso de inauguración de las Cortes reunidas en el palacio de los reyes de Mallorca en Perpiñán, el 26 de enero de 1406, es una de las piezas de oratoria más famosas de la historia medieval, donde repasó todos los hechos más importantes de la historia de la Corona de Aragón desde el siglo XIII, e hizo una gran alabanza de los catalanes. A principios de 1398 se inició la labor que el rey realizó a favor de la enseñanza superior en Barcelona y que se concretó en la fundación del Estudio General de Medicina y Artes. La fundación oficial del Estudio General de Medicina de Barcelona se hizo por voluntad regia, tal como consta en el privilegio del 10 de enero de 1401. En las cartas que dirigió a las autoridades barcelonesas, el rey declaró que realizó dicha fundación tanto para preservar su delicada salud, como la de los habitantes de la ciudad. Martín I fue un esposo fiel, a quien no se le conocieron hijos bastardos. Su carácter fue bondadoso y familiar y tuvo en su esposa, María de Luna, de carácter fuerte, un complemento perfecto. Los últimos años de su vida estuvieron marcados por la soledad y tristeza, especialmente después de la muerte de su mujer, en 1406, y de su hijo Martín el Joven un año antes de su propio fallecimiento, en 1410. Algunos historiadores han valorado muy negativamente sus decisiones finales y le han hecho responsable de la entronización de la dinastía de los Trastámara en la Corona de Aragón. Sus restos descansan en el monasterio de Santa María de Poblet, mientras que los de su hijo, Martín el Joven, en la catedral de Cagliari, en un magnífico panteón mandado construir por Felipe V. BIBLIOGRAFÍA:M.ª D. López Pérez, La Corona de Aragón y el Magreb en el siglo XIV (1331-1410), Barcelona, CSIC, 1995; S. Claramunt y R. Conde, Privilegi de creació de l’Estudi General de Medicina de Barcelona. 1401, Barcelona, Universidad, 2001; S. Claramunt, “La política matrimonial de la Casa condal de Barcelona y real de Aragón desde 1213 hasta Fernando el Católico”, en Acta Historica et Archaeologica Mediaevalia, 23-24 (2003), págs. 196-235. REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA Imagen: Martín I el Humano, rey de Aragón COPIA ARIOSTO, FELIPE 1634. Óleo sobre lienzo, 244 x 127 cm Museo del Prado Depósito en otra institución |
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