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JUAN II DE CASTILLA (1405 – 1454)

María Teresa García Pardo

Doctora en Historia del Arte

JUAN II DE CASTILLA (1405 – 1454)

Juan II de Castilla - Retrato imaginario del rey Juan II de Castilla pintado por Juan María Rodríguez de Losada hacia 1892-1894clip_image003[4]

JUAN II DE CASTILLA (1405 – 1454)

Toro (Zamora), 6.III.1405 – Valladolid, 21.VII.1454. Rey de Castilla.

Fue hijo de Enrique III, rey de Castilla, y de Catalina, hija del duque de Lancaster, Juan de Gante, y de su segunda esposa, Constanza, hija del monarca castellano Pedro I.

El matrimonio, celebrado en septiembre de 1388, había supuesto la renuncia a los derechos de Constanza al Trono castellano y la consolidación en éste de los Trastámara.

El 25 de diciembre de 1406 murió Enrique III en Toledo y el nuevo Monarca sería un niño que todavía no había cumplido dos años, lo que significaba una larga y difícil minoría.

El testamento de Enrique III disponía la custodia del rey niño por Diego López de Stúñiga y Juan (Fernández) de Velasco. El ejercicio del poder de modo conjunto por su esposa Catalina y por su hermano Fernando.

Quiso ganarse el apoyo de su hermano Fernando a través del matrimonio de su primogénito Alfonso, con María, su hija primogénita, a quienes se reconocía la herencia de Castilla si Juan II moría sin sucesión. Hubo quienes pidieron a Fernando que se proclamase rey, pero éste lo rechazó. Esta renuncia fue una gran muestra de lealtad y le convirtió en la gran figura del momento.

Se introdujeron algunas modificaciones en las disposiciones del difunto Rey. La regencia conjunta fue sustituida por un reparto del territorio del reino en dos partes. A Catalina se le entregó la custodia del rey y se confió a Fernando la administración de los elevados subsidios que habían acordado las Cortes para la guerra contra Granada y el mando de las tropas.

Pocas semanas antes de la muerte de Enrique III, tropas granadinas, a pesar de la tregua recientemente firmada, habían derrotado a un contingente castellano en Los Collejares, cerca de Baeza. La agresión exigía la respuesta que Fernando pensaba encabezar y a cuyo efecto habían sido convocadas las Cortes por su hermano. Esta heroica empresa le proporcionó poder y fama, aunque comenzó mal.

La vinculación de Fernando con Benedicto XIII es otra de las bases de su poder. El Pontífice, tras el fracaso de 1408 para solucionar el Cisma de Occidente, precisaba crear un fuerte bloque de apoyo en las monarquías hispánicas. Fernando, a quien compensó con el maestrazgo de las órdenes militares para sus hijos, fue ese gran apoyo en Castilla y, enseguida, en Aragón. El maestrazgo es el cargo de maestre de una orden militar.

La muerte del heredero de Aragón, Martín el Joven (julio de 1409), dejaba al monarca aragonés, Martín I, sin descendientes legítimos. Fernando era uno de los más próximos parientes y sus derechos estaban entre los más firmes para alcanzar la herencia aragonesa.

Este acontecimiento fue decisivo en el diseño de la campaña de 1410. El objetivo elegido, Antequera (Málaga), era un punto neurálgico en las comunicaciones del Reino de Granada.

Durante las operaciones, que se alargaron más de lo esperado, murió el monarca aragonés en mayo de 1410; Antequera resistió hasta septiembre, pero al fin se rindió. Era su mejor carta de presentación. El dinero castellano y el apoyo de Benedicto XIII lograron el reconocimiento de Fernando como rey de Aragón, en virtud del denominado Compromiso de Caspe (24 de junio de 1412).

El programa del nuevo monarca aragonés dio como resultado la indiscutible hegemonía peninsular de los Trastámara:

· Alfonso, heredó Aragón, se casó con María, hermana de Juan II de Castilla;

· María se desposó con el monarca castellano;

· Juan, para quien se proyectaba el matrimonio con Juana de Nápoles, se encargó de la política mediterránea;

· Enrique, Sancho y Pedro tuvieron los maestrazgos de las órdenes militares;

· Leonor, la menor, contrajo matrimonio con Duarte de Portugal.

La muerte de Fernando, el 1 de abril de 1416, modificó el panorama político castellano:

· Alfonso V se hizo cargo personalmente de la política mediterránea y

· Juan, fracasado el proyecto de matrimonio napolitano, regresó a la política peninsular y negoció su matrimonio con Blanca, heredera de Navarra.

En junio de 1418 moría la reina Catalina y el infante Juan promovía la declaración de mayoría de edad de Juan II cuando, unos meses después, cumpliese catorce años, y el cumplimiento del compromiso matrimonial con su hermana María. Los desposorios tuvieron lugar en Medina del Campo el 20 de octubre de 1418.

El 14 de julio de 1420, aprovechando la ausencia de Juan, que había viajado a Navarra para contraer matrimonio, y también la de Alfonso V, que acababa de iniciar su aventura italiana, el infante Enrique se apoderó de la persona del rey de Castilla, en Tordesillas.

El objetivo de este golpe de estado era someter a tutela al monarca y contraer matrimonio con Catalina, la otra hermana de Juan II, obtener el marquesado de Villena como dote de la infanta y alcanzar un poder indiscutible que ejercería apoyado en las Cortes. La boda tuvo lugar en Ávila, el domingo 4 de agosto de 1420.

D. Álvaro de Luna, un joven bien visto por ambas partes, implantó un gobierno de autoridad real. Fue él quien organizó la fuga del rey de Talavera y su refugio en Montalbán y logró que Enrique se presentara en la Corte. Allí, a instancias de su hermano Juan y de sus partidarios, fue detenido en junio de 1422.

El nuevo Gobierno procedió a un reparto de prebendas entre los vencedores y a la confiscación de bienes de los partidarios de Enrique. Se creó un grupo de exiliados castellanos en Aragón que comunicaba a Alfonso V noticias diferentes del relato oficial de lo sucedido en Castilla.

Para el Monarca aragonés, que se hallaba en Nápoles, esas noticias eran una amenaza en su política italiana y regresó a la Península.

Nápoles aprovechó el momento y se sublevó contra los aragoneses en junio de 1423. Empeoraron también las relaciones con Martín V por el visible apoyo a Benedicto XIII, residente en Peñíscola, y la prolongación del agonizante Cisma, sólo posible gracias al compromiso regio.

Alfonso V volvió a su reino con el objetivo de poner orden en los intereses familiares en Castilla. Para ello había de lograr la libertad de Enrique, reconciliar a sus hermanos, apelar a la unión de la nobleza contra la tiranía de don Álvaro y recuperar las rentas familiares.

D. Álvaro de Luna supo ceder el protagonismo a Juan, lo que contradecía sus acusaciones de autoritarismo, pero eso hacía inevitable la liberación de Enrique, a la que su hermano no podía oponerse, y una pública reconciliación.

La constitución de un partido nobiliario en torno a los infantes fue lo que significó el pacto de Torre de Arciel el 3 de septiembre de 1425. D. Álvaro seguía siendo miembro del Consejo, pero el objetivo final era derribarle; la actuación de ese partido en 1427 la salida de Álvaro de la Corte durante año y medio como medida de paz.

La realidad era una sustitución del gobierno personal de don Álvaro por el de los infantes, hecho que infundía temor a una parte de la nobleza; por ello el destierro de don Álvaro fue fugaz. Como respuesta a una petición general regresaba el condestable a la Corte el 6 de febrero de 1428 desplegando un lujo extraordinario. El condestable era el hombre que ejercía, en nombre del rey, el máximo poder en los ejércitos.

Las grandes fiestas celebradas en Valladolid entre junio y julio de 1428 con motivo del viaje de Leonor, hermana de los infantes, a Portugal para contraer matrimonio con el futuro rey Duarte fueron un engañoso paréntesis de cordialidad en la tensión.

Juan II, de la mano de don Álvaro, preparaba la eliminación del poder de los infantes. A D. Juan su esposa le reclamaba en Navarra, de la que ambos eran reyes desde septiembre de 1425 y recibió una poco amistosa petición de marchar hacia su reino.

Al infante D. Enrique se le ordenó partir hacia la frontera andaluza, realmente amenazada por una nueva guerra civil en Granada. Alfonso V, que precisaba acudir a Italia, interpretó los hechos como una verdadera declaración de guerra y comenzó a preparar una intervención armada en Castilla que le permitiese asegurar los intereses familiares en ella.

En abril de 1429 se iniciaba la invasión aragonesa de Castilla, con gran despliegue bélico y propagandístico, pero era consciente de sus limitaciones y de lo que le urgía una solución. Esperaba que Juan II se inclinase hacia la negociación.

En caso contrario, confiaba en la mediación de su esposa y del legado apostólico que le acompañaban y que, con su intervención, frustraron el deseo de Juan II y de don Álvaro de resolver definitivamente la situación en un choque armado y permitieron una retirada sin deshonor del Monarca aragonés. Fue una derrota de los infantes, cuyas rentas fueron confiscadas y distribuidas entre los vencedores, unidos desde ahora para impedir el regreso de los aragoneses.

Los infantes Enrique y Pedro decidieron resistir en Extremadura, pero se sometieron en noviembre de 1432 y marcharon a reunirse con su hermano Alfonso que, desde finales de mayo de ese año, se había trasladado definitivamente a Italia.

Se iniciaba una etapa de gobierno de la oligarquía nobiliaria presidida por don Álvaro, en la que se lograron los éxitos más notables del reinado de Juan II.

En octubre de 1431 se alcanzaba, en Medina del Campo, un acuerdo de paz con Portugal, ratificado por el monarca portugués, Juan I, el 27 de enero de 1432. Era el colofón de un largo proceso, perseguido por la diplomacia portuguesa, que ahora era posible culminar, por el fallecimiento de Beatriz, hija de Fernando I de Portugal, viuda de Juan I de Castilla, cuyos derechos al trono portugués habían sido preteridos por la entronización de los Avis.

La guerra contra Granada, siempre una empresa heroica, era otra de las acciones del momento. Una penetración castellana, el 1 de julio de 1431, en la batalla de La Higueruela, permitió instalar a un nuevo sultán bajo protectorado castellano: sin duda, una acción no muy relevante, pero extraordinaria desde el punto de vista propagandístico, equiparada a la de Antequera.

La Sala de Batallas de El Escorial, conocida en la época como Galería del rey, comenzó a denominarse Sala de Batallas en el siglo XVII por las escenas representadas al fresco en sus muros. En la bóveda, también pintados al fresco hay adornos de grutescos típicamente renacentistas. Las hazañas bélicas españolas tenían un gran valor propagandístico y se representaron, como tapices fingidos: La batalla de la Higueruela que mantuvo Juan II de Trastámara en las inmediaciones de Granada en julio de 1431; entre las ventanas, la campaña de San Quintín, el 10 de agosto de 1557, por cuya victoria y en acción de gracias se levantó el monasterio, y, por último, en los testeros, dos episodios de la anexión de Portugal ya en 1583, la conquista de las islas Azores.

Hubo éxitos también en el golfo de Vizcaya, donde se afirmó la presencia de mercaderes castellanos en Borgoña e Inglaterra, apoyados en sendos acuerdos. Se ratificó la amistad de Castilla y Francia, que arrancaba del Tratado de Toledo de 1368.

La política italiana de Alfonso V repercutió en Castilla. Derrotado y prisionero del duque de Milán, logró el monarca aragonés un brillante éxito diplomático con éste, que supuso un verdadero reparto de Italia.

La decisión de permanecer en ella implicaba el nombramiento de Juan como gobernador de Aragón y la consiguiente necesidad de lograr una efectiva paz. Fue el tratado de Toledo (22 de septiembre de 1436) la aparente culminación del éxito de don Álvaro: se establecían unas pequeñas compensaciones a los infantes, pero también el compromiso matrimonial entre el heredero castellano, Enrique, y Blanca, hija del rey de Navarra; fue la vía de retorno de los infantes a la política castellana.

En el acuerdo pesó la resistencia nobiliaria contra el condestable; los nobles pedían que el rey tomase el gobierno del reino. Como contrapeso, don Álvaro acabó solicitando el retorno de los infantes a Castilla. Regresaron en abril de 1439, pero se incorporaron a los grupos enfrentados: don Juan a la Corte, don Enrique al lado de los nobles levantados.

Desde 1439 los infantes pretendían controlar el poder, recuperar sus rentas y desplazar a don Álvaro. Cuando Juan II intentó recuperar el gobierno fue reducido a tutela por el infante don Juan, y don Álvaro apartado de la Corte en octubre de 1439.

Aparentemente fueron los infantes de Aragón quienes tomaron el poder y lo ejercieron en los próximos años, pero entraba en escena un nuevo factor con el que en el futuro había que contar: el príncipe heredero y Juan Pacheco, su hombre de confianza.

En Portugal, su hermana Leonor, viuda desde septiembre de 1438, se vio obligada a abandonar Portugal. La intervención en Portugal para reinstalar a Leonor y el destierro de don Álvaro durante seis años, fue un triunfo de los infantes, convertidos en cabeza de un bando nobiliario. Para consolidar su poder, los infantes buscaron una estrecha alianza con la nobleza mediante los enlaces matrimoniales de Juan y Enrique, ambos viudos, con Juana Enríquez y Beatriz Pimentel, respectivamente.

Para eliminar toda disidencia Juan depuró el Consejo situando en él a partidarios de toda confianza y redujo prácticamente a reclusión a Juan II.

Fue un golpe de estado (Rámaga, 9 de julio de 1443) que ponía al descubierto la contradicción de un rey que trataba de ejercer personalmente el poder sometiendo a tutela a otro monarca, y proporcionaba a Álvaro de Luna un gran argumento para el levantamiento: la liberación del rey, que teóricamente lo encabezó el príncipe, que cobraría su apoyo con la concesión del título de príncipe de Asturias.

Los hechos se precipitaron a partir del momento en que Juan II se fugó de la fortaleza de Portillo el 15 de junio de 1444.

Juan de Navarra huyó hacia Aragón y solicitó ayuda de su hermano Alfonso que, empeñado en la empresa napolitana, se limitó a enviar embajadas quejándose del trato dado a sus hermanos y lanzando amenazas.

Sin ayuda, el partido de los infantes se desmoronó. Con pocos días de diferencia, en enero y febrero de 1445, fallecían Leonor y María. Juan y Enrique, penetraron en Castilla con un verdadero ejército, pero fueron derrotados en Olmedo el 19 de mayo de 1445. Enrique moría unos días después, en Calatayud, como consecuencia de una herida recibida en combate.

El poder parecía llegar al fin a las manos de Álvaro de Luna, pero lo hacía demasiado tarde y de modo ficticio, porque no se recuperaba la autoridad real. Una liga de nobles, integrada incluso por recientes partidarios de los infantes, a quienes había sido necesario perdonar por decisión del príncipe, actuaba como cabeza de aquella liga. El reparto de prebendas entre los miembros de esa nobleza mostraba la situación real.

Como quince años atrás, el condestable Álvaro de Luna buscó éxitos exteriores y estrechar relaciones con Portugal, gobernado por el duque de Coimbra, que se enfrentaba también a dificultades.

Poco antes de Olmedo, se había propuesto un nuevo matrimonio de Juan II, viudo hacía unas semanas, con Isabel, hija del infante portugués don Juan, para reforzar la alianza contra los infantes.

Sin embargo, los acontecimientos no se desarrollaron de modo positivo. La guerra contra Aragón derivó en una oscura querella fronteriza de gran desgaste.

La intervención en Granada tampoco logró el objetivo de situar en el trono al candidato propuesto y se cerró con la pérdida de casi todas las posiciones ganadas en la campaña de 1431.

La negociación con Portugal obtuvo el éxito deseado. En octubre de 1446 quedó acordado el matrimonio de Juan II e Isabel, aunque la boda no tuvo lugar hasta el 22 de julio de 1447, en Madrigal de las Altas Torres (Ávila). De este matrimonio nació Isabel, la futura Reina Católica, en esta misma villa, el 22 de abril de 1451, y el 17 de diciembre de 1453, en Valladolid, nació Alfonso, proclamado Rey en 1465, y fallecido el 5 de julio de 1468. Sin embargo, la nueva reina fue enemiga del condestable y, seguramente responsable de la terrible decisión que un día tomaría Juan II.

Los acontecimientos portugueses marcaron la vida política castellana. En julio de 1447, el duque de Coimbra era desterrado de la Corte, pero don Álvaro no estaba dispuesto a consentirlo. Para evitarlo, encabezó un golpe de estado (Záfraga, 11 de mayo de 1448) y depuró el Consejo y los principales oficiales de la Administración.

Era el establecimiento de un poder personal sin apelar a la defensa de la persona del Rey. Diseñaba, además, una alianza peninsular con el duque de Coimbra y con Carlos, príncipe de Viana, enemistado con su padre, que actuaba como rey de Navarra para seguir dirigiendo desde ella sus intereses castellanos.

La guerra civil portuguesa se cerró con la derrota y muerte del duque de Coimbra (Alfarrobeira, 20 de mayo de 1449). La nueva situación permitía intentar una alianza diferente. Juan Pacheco intentó proponer la declaración de nulidad del primer matrimonio del príncipe Enrique y la negociación de un nuevo matrimonio con Juana, la hermana menor del rey de Portugal.

Las dificultades del Gobierno castellano parecían augurar la rápida caída de don Álvaro. Además en Navarra se produjo el levantamiento del príncipe de Viana y estalló la guerra civil.

En los meses siguientes se vivió también en Castilla un enfrentamiento que fue favorable a don Álvaro; los éxitos sobre la nobleza se incrementaron en 1452 y a ellos se sumaron acciones también victoriosas en la frontera de Granada.

En el verano de 1452 la posición política del condestable era fuerte y sus relaciones con Juan II parecían excelentes; sin embargo, la relación con el príncipe se había deteriorado de modo irreversible. Pero la turbación en el reino seguía siendo muy alta y la liga nobiliaria parecía recuperarse. Juan II, desde finales de 1452, se mostraba decidido a sumarse a la liga y terminar con don Álvaro.

Desde marzo de 1453 había una trama para acabar con D. Álvaro y a petición de la reina, Juan II firmó un documento autorizando su arresto.

En las semanas siguientes Juan II se debatió en la angustia por la decisión a tomar. Es probable que la codicia de obtener las riquezas del condestable y la dura resistencia de Juana Pimentel, esposa de don Álvaro, decidieran al rey a tomar la decisión de imponer la pena capital a su hombre de confianza durante tantos años.

Don Álvaro fue ejecutado en Valladolid el 3 de junio de 1453; quince días después, Juan II lo comunicaba oficialmente al reino. Para algunos comenzaba ahora el gobierno personal del monarca, para lo que carecía de dotes personales y se hallaba entre dos grupos de presión. Por un lado, el del príncipe de Asturias, defensor ahora de la política de don Álvaro: la alianza con Portugal y lucha contra los aragoneses. Por otro, la liga de nobles, que esperaba un retorno de Juan de Navarra a la política castellana, posibilidad que causaba grave inquietud en el entorno del rey de Castilla.

Varias semanas de negociaciones en Valladolid, con presencia de la reina aragonesa María, hermana de Juan II, condujeron a un acuerdo en diciembre de 1453, que lograba detener las hostilidades entre Castilla, Aragón y Navarra y restablecer los intercambios comerciales.

Desde marzo de 1454 en que se marchó a Ávila, Juan II se hallaba enfermo; a comienzos de junio se trasladó de Medina a Valladolid. Aquí murió, el 21 de julio de 1454, tras ordenar su sepelio temporal en San Pablo de Valladolid, hasta su definitivo traslado a la cartuja de Miraflores. Le sucedió su hijo Enrique, aunque el monarca había intentado inútilmente hacer recaer la sucesión en su hijo Alfonso.

ISABEL DE AVÍS (PORTUGAL)

(Reino de Portugal, 1428 – Arévalo, 15 de agosto de 1496)

Fue una noble portuguesa perteneciente por nacimiento a la casa de Avís y por su matrimonio con Juan II de Castilla fue reina consorte castellana entre 1447 y 1454.

Fue hija del infante Juan de Portugal y de Isabel de Barcelos, nieta del rey Juan I de Portugal y madre de la reina Isabel la Católica y del infante Alfonso de Castilla.

En su época se consideró que sufría enajenación mental y, aunque en el siglo XXI se le siga atribuyendo la locura, parece que los síntomas que presentaba responden al diagnóstico de depresión postparto.

Se estipularon las condiciones del matrimonio, ya que el rey tenía 41 años y ella 18, y se establecieron las disposiciones en las que ella quedaría en caso de enviudar. Podría regresar a Portugal y casar de nuevo, sin renunciar a las rentas vitalicias asignadas.

El compromiso matrimonial fue celebrado en Portugal en mayo de 1447 con grandes fiestas en Lisboa y Coímbra. Fue recogida por un séquito castellano para entregarla en Madrigal de las Altas Torres (Ávila). El 22 de julio de 1447 contrajo matrimonio con Juan II en el palacio real de Madrigal de las Altas Torres. Fruto de su matrimonio con Juan II nacieron dos hijos:

Isabel I de Castilla (1451-1504). Reina de Castilla. Sucedió a su hermanastro Enrique IV de Castilla. Contrajo matrimonio con su primo Fernando II de Aragón.

Alfonso de Castilla (1453-1468). Príncipe de Asturias y pretendiente al trono con el nombre de “Alfonso XII”. Fue sepultado en la Cartuja de Miraflores.

Las crónicas reflejan una buena relación del matrimonio. Juan II encontró en ella la belleza y el amor que no tuvo de María de Aragón. Sus muestras de cariño y abrazos en público son reflejados por los cronistas y consiguió rejuvenecer el espíritu del rey. Cuando empezó a mostrar los primeros síntomas de inestabilidad emocional, su marido intentó levantar su ánimo con regalos, como una cadena de oro y una renta de 6.000 maravedíes.

Cartuja de Miraflores (Burgos)

La Cartuja de Santa María de Miraflores es un monasterio de la Orden de los Cartujos, edificado en una loma conocida como Miraflores, situada a unos tres kilómetros del centro de la ciudad de Burgos.

El rey Juan II de Castilla donó a la Orden de los Cartujos el palacio y alcázar de Miraflores, mandado construir en 1401 por su padre, Enrique III de Castilla. Era un pabellón de caza ubicado a las afueras de la ciudad de Burgos. De esta manera, Juan II cumplía la voluntad testamentaria de Enrique III.

La cartuja de Miraflores fue fundada en 1442 por el rey Don Juan II de Castilla, aunque esta cartuja es, en realidad, obra casi exclusiva de su hija la reina Isabel la Católica.

En 1454 un incendio obligó a plantear un edificio de nueva planta. Entre los años 1454 y 1488 se desarrollan las obras del nuevo monasterio, que ahora es puesto bajo la advocación de Santa María de la Anunciación de Miraflores.

Las obras se encargaron a Juan de Colonia, que trabajaba por entonces en la catedral de Burgos, y comienzan en 1454. Ese año Enrique IV sucede a su padre, Juan II, y las obras quedan casi paradas.

Es en 1477 son impulsadas por la reina Isabel la Católica. En su reinado se termina el Retablo Mayor y el sepulcro de Juan II de Castilla e Isabel de Portugal, situado en el presbiterio.

La iglesia de la cartuja es sobre todo un panteón real, ocupado por la familia de Isabel. Cuando muere Juan de Colonia, continúa la tracería arquitectónica Garci Fernández de Matienzo. Este muere de peste en 1478 y es sucedido por Simón de Colonia, hijo de Juan de Colonia. Las obras para cubrir el templo se terminan hacia 1488.

Entre 1532 y 1539, se crean las capillas laterales y se procede a incorporar agujas y pináculos.

Planta

El monasterio sigue el modelo de otros monasterios cartujos de la Edad Media. La planta se desarrolla a partir de la colocación de la iglesia y el trazado de dos claustros principales para cada uno de los grupos de monjes cartujos que lo habitan: padres y hermanos.

Alrededor de estos dos claustros están las ermitas individuales que permiten a los monjes vivir en la soledad y el silencio propios de la espiritualidad cartujana. Esta parte del monasterio no es visitable.

La planta de la iglesia está formada por una sola nave longitudinal cuatripartita, distinguiéndose los espacios del presbiterio, el coro de los Padres, el coro de los Hermanos y la estancia de los fieles. La nave está cerrada con bóvedas de crucería con terceletes, manteniéndose el original trazado de estilo gótico.

Portada de la Cartuja de Miraflores

La portada de la iglesia se alzó en 1486 y fue ubicada originalmente en el lateral izquierdo del templo, proporcionando el acceso de los fieles directamente desde el exterior del monasterio.

Está formada por arquivoltas apuntadas decoradas con vegetales, animales y algunos motivos figurativos humanos. La arquería está situada bajo un gran arco conopial.

En el tímpano se representa a la Virgen, que presenta a la Virgen sentada sujetando con sus brazos a su Hijo muerto, y los símbolos de la luna y el sol sobre los brazos de la cruz.

Entre 1657 y 1659 se ordenó su traslado a la ubicación actual, la fachada oeste, a los pies de la nave del templo. Se accede a ella desde el patio de la portería. En 2010 se procedió a restaurar la portada para devolverla a su estado original y, además, recuperar la escultura de la Compasión de la Virgen.

Retablo

En el retablo mayor de la Cartuja de Miraflores aparece representada la reina Isabel de Avís de Portugal en actitud orante, acompañada de su patrona, santa Isabel con su hijo pequeño san Juan Bautista. Sobre ella, dos ángeles sostienen su escudo, en el que aparecen las armas de Castilla y León, y de Portugal. En el lado del Evangelio se encuentra la efigie de su marido, el rey Juan II, acompañado del apóstol Santiago.

El retablo mayor de la Cartuja fue tallado en madera por el artista Gil de Siloé y policromado y dorado por Diego de la Cruz, con oro que procedía de los primeros envíos del continente americano tras el descubrimiento.

Realizado entre 1496 y 1499, se trata sin duda de una de las obras más importantes de la escultura gótica hispana, por su originalidad compositiva e iconográfica y la excelente calidad de la talla, valorada por la policromía.

Uno de los elementos más destacados del retablo es el Cristo crucificado. En la parte más externa se sitúan las figuras de Dios Padre, a la izquierda, y del Espíritu Santo, a la derecha, sosteniendo el travesaño de la cruz.

En la parte inferior, completan la escena las figuras de la Virgen María y San Juan Evangelista. El pelícano situado en la parte superior de la cruz confiere al conjunto central un gran valor simbólico, alegoría del sacrificio eucarístico, porque el ave alimenta a sus crías con su propia sangre.

En el retablo también se ubican las efigies orantes de Juan II de Castilla, vestido con un manto dorado y de su esposa la reina Isabel de Avís.

retablo mayor de la Cartuja de Miraflores

Sepulcro del rey Juan II y de su esposa Isabel de Avís de Portugal

Sepulcro del rey Juan II y de su esposa Isabel de Avís de Portugal se conserva en la Cartuja de Miraflores (Burgos).

BIBLIOGRAFÍA:

L. Suárez Fernández, “Los Trastámara de Castilla y Aragón en el siglo XV (1407-1474)”, 1964;

J. Torres Fontes, “La regencia de don Fernando de Antequera”, en Anuario de Estudios Medievales, I (1964), págs. 375-429;

P. Porras Arboledas, Juan II. 1406-1454, Palencia, La Olmeda, 1995;

V. A. Álvarez Palenzuela, “Enrique, infante de Aragón, maestre de Santiago”, en Medievalismo, 12 (2002), págs. 36- 89;

E. Benito Ruano, Los Infantes de Aragón, Madrid, Real Academia de la Historia, 2002;

L. Suárez Fernández, Nobleza y Monarquía. Entendimiento y rivalidad. El proceso de la construcción de la Corona Española, Madrid, La Esfera, 2003;

J. Vicens Vives, Juan II de Aragón (1398-1479). Monarquía y revolución en la España del siglo XV, Pamplona, Urgoiti, 2003.

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Retrato imaginario del rey Juan II de Castilla pintado por Juan María Rodríguez de Losada hacia 1892-1894 – Wikipedia

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Enrique III. El Doliente (1379-1406)

María Teresa García Pardo

Doctora en Historia del Arte

ENRIQUE III. EL DOLIENTE (1379 – 1406)

Enrique III el Doliente

ENRIQUE III. EL DOLIENTE (1379 – 1406)

(Burgos, 1379 – Toledo, 25.XII.1406). Rey de Castilla

Fue hijo de Juan I de Castilla y de Leonor de Aragón. Por su naturaleza enfermiza fue apodado el Doliente y murió muy joven.

Cuando falleció su padre, el rey Juan I, en octubre de 1390 la situación del reino pésima. Las relaciones con Portugal se sostenían en una frágil tregua y la situación con Inglaterra era precaria. La guerra había dejado sin recursos la hacienda real y la situación interna estaba plagada de revueltas.

En 17 de septiembre de 1388 se casó con Catalina de Lancáster, hija de Juan de Gante, duque de este título, y nieta, por parte de su madre, de Pedro I de Castilla. Este matrimonio se había realizado en virtud del Tratado de Bayona de 22 de julio de 1388. El matrimonio hubo de ser confirmado más adelante por la edad de los contrayentes.

La minoría de Enrique III, que duró tres años, fue compleja. Juan I había dejado claro que no era posible confiar a su segunda esposa, la joven reina Beatriz, de dieciséis años, la regencia.

Pedro Tenorio, arzobispo de Toledo, había ocultado la muerte de Juan I hasta que el niño fue reconocido como rey. Se precisaba una regencia y para ello se convocaron las Cortes de Madrid de 1391.

En una reunión del Consejo previa a las Cortes, Pedro Tenorio defendió una tutoría compuesta por una, tres o cinco personas, con arreglo a lo determinado por las Partidas.

La mayoría defendieron una regencia múltiple, como delegación y representación de las Cortes, cuestión que no agradó a Pedro Tenorio; primero, porque una regencia personal siempre contaría con él, mientras que en un consejo amplio, su influencia quedaría mermada; y segundo, porque teniendo en cuenta que se trataba de ejercer el poder real durante años, una asamblea numerosa, donde el acuerdo fuera difícil de alcanzar, no parecía lo más idóneo.

La primera medida de las Cortes fue populista, al actualizar la moneda que desde Briviesca en 1387 había creado numerosos recelos, puesto que a la “blanca” no se le daba el mismo valor en todo el territorio. La cuestión quedó zanjada al establecer la equivalencia de un real de plata al de tres maravedís, y éste al de dieciocho blancas.

La Blanca era una moneda castellana, de origen medieval, y utilizada durante todo del Antiguo Régimen. Desde Pedro I de Castilla seis blancas componían un real de plata, pero las sucesivas reformas monetarias hicieron que esa equivalencia pasara a ser de 68 (34 maravedíes el real).

La primera alteración fue obra de Juan II de Castilla (blancas de la banda, desde 1442), durante cuyo reinado 3 blancas equivalían a 2 de las de reinados anteriores.

Las acuñadas desde 1451 tenían muy poco contenido de plata. Desde 1497 (segunda reforma de los Reyes Católicos) pasaron a cambiarse 68 por un real. Las acuñadas en el reinado de Felipe II de España tuvieron aún menos contenido de plata. En los reinados posteriores no se volvieron a emitir.

Se denominaba así por el color blanco que adquiría por una operación de blanqueo especial tras su acuñación, que las hacía asemejarse a la plata.

Tenían tan poco valor que «estar sin blanca» pasó a ser una frase hecha con el significado de «no tener dinero» o «ser pobre».

En el Ordenamiento de Cortes de 31 de enero de 1391 se decidió que la mejor forma de regir el reino durante la minoridad del rey era a través de un Consejo de 25 personas, once hombres ricos y caballeros y catorce procuradores de las ciudades, que se encargarían de redactar las normas.

Fueron designados: Fadrique Enríquez, duque de Benavente; Alfonso de Aragón, marqués de Villena; Pedro, conde de Trastámara; Pedro Tenorio, y Juan García Manrique, arzobispos respectivamente de Toledo y de Santiago; los maestres de las Órdenes de Calatrava y Santiago (Gonzalo Núñez de Guzmán y Lorenzo Suárez de Figueroa) y ocho procuradores de las ciudades.

Pedro Tenorio, descontento por un consejo tan numeroso y basándose en principios jurídicos sobre los nombramientos, se negó a jurar y se apartó de la Corte marchando a Alcalá de Henares. Envió a las ciudades copias del testamento de Juan I, en el que, designando una comisión de regencia muy semejante a la formada en las Cortes, se excluía al duque de Benavente.

El duque se apartó del Consejo y se unió a Pedro Tenorio y al maestre de Calatrava. De esta forma, trataban de dar a entender que rechazaban la legitimidad del Consejo.

Se trataba de dos concepciones muy diferentes de la autoridad real:

1. los que daban preferencia a la voluntad del monarca, expresada en su testamento;

2. los que pensaban que es el reino, en caso de vacante, quien genera el nuevo principio de autoridad.

3. Se formaron dos bandos.

El presidente del Consejo, Juan García Manrique, arzobispo de Santiago, intentó consolidar su posición en el plano internacional con embajadas al Papa, a Inglaterra y Francia, sin mucho éxito. Por otro lado, se negociaba con Pedro Tenorio, también con poco éxito. Las Cortes se clausuraron el 25-IV-1391 con las negociaciones todavía en marcha, aunque el Consejo conservó la legalidad.

Leonor de Aragón, esposa del rey Juan I, concertó una entrevista con los dos bandos. Allí se acordó la aceptación del testamento del monarca difunto, añadiendo a los regentes en él consignados, el duque de Benavente, el conde de Trastámara y el maestre de Santiago. Una regencia de nueve miembros.

Los regidores de Burgos trazaron un plan para mantener la paz en la ciudad y asegurar el éxito de las Cortes. Así, a cada partido se le instaló en un lugar diferente y se negoció con cada uno por separado para conseguir un acuerdo previo, para que las sesiones de Cortes sólo tuvieran un carácter formal.

Pero el conde de Benavente y el arzobispo de Santiago entraron con las armas, lo que provocó que se pidiera que abandonaran la ciudad, quedando en ella el rey. La situación tardó en resolverse una semana. En Burgos se analizaron por parte de dos equipos de juristas, uno por cada bando, el testamento y el resto de los argumentos. Se decidió que la regencia se formaría por un Consejo, cuyos componentes se decidirían por las Cortes.

Esa situación amenazaba el monopolio político que la nobleza había establecido. Leonor advirtió que tal proposición daría a los ciudadanos, el tercer estamento, una superioridad tal que sus opiniones serían las que realmente se tendrían en cuenta.

Había que elaborar un plan para que los dos primeros estamentos tuvieran ocho votos, frente a seis de los ciudadanos.

Si eclesiásticos y nobles permanecían unidos, serían los dueños del Consejo, Pero los ataques y sospechas hicieron que los acontecimientos se precipitaran.

Al final los procuradores decidieron, con amplia mayoría del estamento ciudadano, mantener el testamento del difunto rey. Esta situación provocó una verdadera guerra civil.

Juan Hurtado de Mendoza “el limpio” pasó a formar parte del Consejo. Pedro Tenorio, arzobispo de Toledo, terminó encarcelado. Enrique III, en las Huelgas de Burgos (1393) decidió tomar por sí mismo las riendas del gobierno. Faltaban dos meses para su mayoría de edad.

En las relaciones con Portugal el Consejo aceptó las condiciones de la tregua presentada en Sabugal en 1393 que prorrogaba la anterior otros 15 años, otorgándose libertad de comercio entre ambos países.

En política interior, lo más destacado de la regencia fue el antisemitismo y las matanzas de judíos en 1391. El fallecimiento en 1390 del arzobispo de Sevilla, Pedro Gómez Barroso, convirtió provisionalmente a Ferrán Martínez en la única autoridad eclesiástica en aquella diócesis, provocando con sus exaltados sermones antisemitas motines en diversas ciudades andaluzas, comenzando por la propia Sevilla.

Las matanzas de Sevilla llegaron a conocimiento de los regentes, que estaban con el rey en Segovia, y ordenaron a los concejos que tomaran las medidas necesarias para salvaguardar la vida y hacienda de los judíos, que eran propiedad del rey.

En Castilla las matanzas fueron menores que en la Corona de Aragón. En el valle del Duero el miedo condujo a que se produjeran un gran número de conversiones, y que algunas juderías desaparecieran para siempre.

Tras su mayoría de edad, Enrique III aplicó las disposiciones conciliares en relación con la residencia obligatoria de los judíos en barrios señalados, la generalización del uso de la rodela bermeja, y la supresión de los antiguos privilegios judiciales.

La mayoría de edad no convertía a Enrique III en rey de hecho, pero le permitía consumar su matrimonio. Este acontecimiento era crucial, porque la boda con Catalina de Lancáster, nieta de Pedro I El Cruel de Castilla, suplía los problemas de legitimidad que en origen pudiera plantear su persona.

En 1393, Enrique III se encuentra ante una gran inestabilidad interna agravada por las recientes matanzas de judíos y las ambiciones de los nobles. El reinado de Enrique III consistió en un gran esfuerzo por mantener el orden.

El monarca convocó Cortes, como era costumbre a finales de año. La razón de dicho retraso fue acudir a Vizcaya para prestar juramento y ser reconocido como señor natural de esa tierra, señorío integrado al patrimonio de la Corona desde 1375, y que proporcionaba grandes beneficios comerciales.

Según la costumbre no hay señor en Vizcaya hasta que el titular acude a tomar posesión y jura los fueros y libertades. El rey juró las libertades, privilegios y fueros, así Vizcaya tenía nuevo señor.

Ante las Cortes se confirmaron las decisiones y actos realizados por la Regencia en política exterior:

· La alianza con Francia,

· El apoyo al Papa de Avignon,

· La apertura de las relaciones comerciales con Inglaterra,

· Las treguas generales prorrogadas con Portugal.

Entre 1395 y 1399 Enrique III reorganizó la Administración, hecho que favoreció a los nobles debido a los reajustes en sus propiedades. La caída de los parientes del rey puso en manos de Enrique III un gran número de estados señoriales, disponibles para ser entregados a los nobles como remuneración. Los nobles tenían conciencia de que eran una minoría superior por su origen y forma de vida. Esta forma de vida correspondía a las rentas y en menor proporción al comercio.

Otra característica del reinado de Enrique III fue la independencia en la administración de justicia. El rey no quería modificar las atribuciones de los jueces locales, en los concejos y los señoríos, y lo que pretendió fue más eficacia.

La postura de Castilla frente al Cisma había venido marcada por la relación mantenida con Francia durante la Guerra de los Cien Años. Tras la muerte del Papa en Avignon, Clemente VII en 1394, se eligió al aragonés Pedro de Luna que tomó el nombre de Benedicto XIII.

En 1395 los duques de Borgoña y Orleans presionaron a Benedicto XIII para buscar una solución, lo que causó la protesta de Castilla que, siguiendo el ejemplo francés, en una asamblea del clero reunida en Alcalá de Henares el 13 de diciembre de 1398, hacía pública la decisión de no obedecer a Benedicto XIII.

Igual que ocurría en Francia, no se trataba de si Benedicto XIII era o no el verdadero Papa, lo que se atacaba era el principio de la autoridad pontificia.

A pesar de la amistad entre Castilla y Francia, Enrique III mantenía contactos con Martín I en Aragón. En 1401, Enrique III volvió a someterse a Benedicto XIII, aunque el acto público, tal y como exigía el Papa no se celebró hasta el 29 de abril de 1403 en la Colegiata de Santa María la Mayor de Valladolid.

La paz concertada con Juan I de Portugal en 1393 duró poco tiempo. La deuda adquirida con Portugal fue aplazada y podía provocar represalias. En 1396, Juan I de Portugal tomó Badajoz por sorpresa, haciendo prisionero al obispo.

Los portugueses conquistaron más adelante Tuy, en Pontevedra, pero la guerra fue desfavorable para ellos, puesto que el almirante Diego Hurtado de Mendoza se adueñó del mar y Ruy López Dávalos obligó al enemigo a levantar el cerco de Alcántara, en Cáceres, y conquistaba Miranda de Duero, en Soria.

Las pérdidas sufridas por ambas partes en la guerra superaban las indemnizaciones reclamadas; además, el comercio con los genoveses y con Inglaterra estaba sufriendo un grave deterioro por los ataques marítimos en la zona del Estrecho y en Galicia.

Los comerciantes genoveses tomaron la iniciativa para una nueva negociación de paz. A partir de diciembre de 1398, se fueron negociando treguas sucesivas y el interés se centraba en conseguir un tratado de paz, pero las negociaciones no prosperaron porque los castellanos consideraron inaceptables las condiciones portuguesas. El 15 de agosto de 1403 se firmó una tregua por otros diez años.

Esta tregua le permitió a Enrique III centrarse en el tema de Granada. Las treguas con este reino se mantenían, pero una serie de incidentes deterioraron las relaciones.

En 1394, el portugués Martín Yáñez de la Barbuda, maestre de Alcántara, invadió el Reino de Granada en periodo de paz y sufrió una derrota que le costó la vida.

En 1397, fray Juan Lorenzo de Cetina y fray Pedro de Dueñas, intentaron predicar el Evangelio en el reino nazarí y fueron degollados.

Desde 1406 la tregua se rompe porque los granadinos invadieron el Reino de Murcia. El cruce de embajadas granadinas y castellanas hacía entrever la firma de una tregua que debía durar dos años.

En plenas negociaciones se intensificaron los ataques musulmanes y los cristianos se defendieron bien y, aunque perdieron Ayamonte, en Huelva, obtuvieron una victoria cerca de Baeza (Jaén) en la batalla llamada de “los Collejares” en 1406.

La política de Enrique III alcanzó una gran vitalidad en Castilla. Una escuadra castellana destruyó Tetuán (Marruecos) en 1400, que era un nido de piratas.

El 14 de noviembre de 1401 Catalina de Lancáster dio a luz una niña, María. Este nacimiento alejaba al infante Fernando, que hasta entonces había actuado como heredero reconocido del Trono. Pero sus esperanzas desaparecieron definitivamente en 1405, cuando Catalina dio a luz al futuro Juan II.

La confirmación de heredero se produjo en las Cortes de Valladolid de 1405, cuando la enfermedad del rey hacía prever un cambio en la titularidad de la Corona. Ello permitió a las Cortes recuperar el protagonismo perdido desde 1393.

Enrique III murió el 25 de diciembre de 1406. Enrique III había convocado Cortes para atender a los gastos de la guerra musulmana cuando murió. Al infante don Fernando le correspondería terminar el avance.

La conquista de las Islas Canarias

La conquista de Canarias se llevó a cabo entre 1402 y 1496. No fue una conquista sencilla, dada la resistencia de los aborígenes en algunas islas.

Tampoco lo fue en lo político, puesto que confluyeron los intereses de la nobleza, que deseaba fortalecer su poder económico y político mediante la adquisición de las islas, mientras que Castilla deseaba el fortalecimiento de la Corona frente a la nobleza.

Se distinguen dos periodos en la conquista de Canarias:

1. La conquista señorial

Se conoce con este nombre a la conquista llevada a cabo por la nobleza, en beneficio propio y sin una participación directa de la Corona, que otorga el derecho de conquista a cambio de un pacto de vasallaje del noble conquistador hacia la Corona.

Se distinguen dentro de ella la llevada a cabo por Jean de Bethencourt y Gadifer de La Salle entre 1402 y 1405 y que afectó a las islas de Lanzarote, El Hierro y Fuerteventura.

La otra fase se conoce como conquista señorial castellana, que fue llevada a cabo por nobles castellanos que se apropiaron, mediante compras y matrimonios, de las primeras islas conquistadas e incorporaron la isla de La Gomera hacia 1450.

2. Conquista realenga

Este término define la conquista llevada a cabo directamente por la Corona de Castilla durante el reinado de los Reyes Católicos, quienes financiaron la conquista de las islas que faltaban por dominar: Gran Canaria, La Palma y Tenerife.

En el año 1496 llegó la conquista a su fin con el dominio de la isla de Tenerife, integrándose el archipiélago canario en la Corona de Castilla. La conquista realenga tuvo lugar entre 1478 y 1496.

Leyes de Ayllón

El 2 de enero de 1412, son promulgadas por la reina doña Catalina de Lancaster durante la minoría de edad del futuro rey de Castilla, Juan II, las llamadas Leyes de Ayllón, también conocidas como Segundo Ordenamiento de Valladolid.

Conforman un conjunto de leyes restrictivas contra los judíos y los mudéjares, personas de origen musulmán que vivían en el territorio cristiano de la península ibérica durante la dominación islámica. Fueron mucho más restrictivas que las leyes anteriores con el objetivo de lograr su conversión al cristianismo.

Las medidas contemplan, entre otras:

Pérdida de la autonomía judicial de la que disfrutaban las aljamas.

En el artículo 2º, 5º y 20º de la “Pragmática” se señala una lista de oficios cuyo ejercicio queda prohibido a los judíos; ya no podrán ser médicos, ni cirujanos, ni boticarios, ni arrendadores de tributos, ni herradores, ni carpinteros, ni sastres, ni cortadores de paños, ni carniceros, ni peleteros, ni zapateros, no podrían vender pan, vino, harina, manteca, ni ninguna otra cosa de comer a cristiano; no podrán tener tienda, ni mesas en público.

Se les prohíbe usar el título de don, se les obliga a llevar barba y pelo largo para que se les pueda distinguir fácilmente de los cristianos; además tendrán que llevar cosida a su ropa, que debería ser modesta y sin ninguna clase de lujo, una rodela bermeja: “manda e ordena el dicho sennor rey e tiene por bien que todos los jodios traygan sobre las ropas de ençima tabardos con aletras e non traygan mantones e que traygan sus sennales bermejas acostumbradas que agora tienen”.

Prohibición de administrar, arrendar, ni recaudar las rentas del rey.

Pero la medida más grave es la obligación que se les hace de vivir en barrios exclusivos y cerrados de los cuales no podrán salir sino bajo ciertas condiciones; desde entonces empiezan a formarse juderías o barrios judíos en distintas ciudades.

Así nacieron los guetos, como áreas separadas para la vivienda de un determinado grupo étnico, cultural o religioso, voluntaria o involuntariamente, en mayor o menor reclusión.

También se les retira el derecho de cambiar libremente de domicilio.

Las leyes se redactaron por influencia del dominico Vicente Ferrer, tras su estancia en la villa de Ayllón, poco antes del Compromiso de Caspe (5 de junio) en pro de Fernando de Aragón por la sucesión de la Corona de Aragón.

Estas leyes se aplicaron en otras villas y fueron modelos de otras leyes entre ellas la bula de Benedicto XIII en 1415 (Valencia). Estas leyes fueron derogadas en 1418.

 

BIBLIOGRAFÍA:

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E. Mitre Fernández, Una muerte para un rey. Enrique III de Castilla (Navidad de 1406), Valladolid, Universidad, Ámbito, 2001.

Real Academia de la Historia

IMAGEN:

ORTEGA MATAMOROS, CALIXTO. Enrique III el Doliente. Museo del Prado

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