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JUAN II DE CASTILLA (1405 – 1454)

María Teresa García Pardo

Doctora en Historia del Arte

JUAN II DE CASTILLA (1405 – 1454)

Juan II de Castilla - Retrato imaginario del rey Juan II de Castilla pintado por Juan María Rodríguez de Losada hacia 1892-1894clip_image003[4]

JUAN II DE CASTILLA (1405 – 1454)

Toro (Zamora), 6.III.1405 – Valladolid, 21.VII.1454. Rey de Castilla.

Fue hijo de Enrique III, rey de Castilla, y de Catalina, hija del duque de Lancaster, Juan de Gante, y de su segunda esposa, Constanza, hija del monarca castellano Pedro I.

El matrimonio, celebrado en septiembre de 1388, había supuesto la renuncia a los derechos de Constanza al Trono castellano y la consolidación en éste de los Trastámara.

El 25 de diciembre de 1406 murió Enrique III en Toledo y el nuevo Monarca sería un niño que todavía no había cumplido dos años, lo que significaba una larga y difícil minoría.

El testamento de Enrique III disponía la custodia del rey niño por Diego López de Stúñiga y Juan (Fernández) de Velasco. El ejercicio del poder de modo conjunto por su esposa Catalina y por su hermano Fernando.

Quiso ganarse el apoyo de su hermano Fernando a través del matrimonio de su primogénito Alfonso, con María, su hija primogénita, a quienes se reconocía la herencia de Castilla si Juan II moría sin sucesión. Hubo quienes pidieron a Fernando que se proclamase rey, pero éste lo rechazó. Esta renuncia fue una gran muestra de lealtad y le convirtió en la gran figura del momento.

Se introdujeron algunas modificaciones en las disposiciones del difunto Rey. La regencia conjunta fue sustituida por un reparto del territorio del reino en dos partes. A Catalina se le entregó la custodia del rey y se confió a Fernando la administración de los elevados subsidios que habían acordado las Cortes para la guerra contra Granada y el mando de las tropas.

Pocas semanas antes de la muerte de Enrique III, tropas granadinas, a pesar de la tregua recientemente firmada, habían derrotado a un contingente castellano en Los Collejares, cerca de Baeza. La agresión exigía la respuesta que Fernando pensaba encabezar y a cuyo efecto habían sido convocadas las Cortes por su hermano. Esta heroica empresa le proporcionó poder y fama, aunque comenzó mal.

La vinculación de Fernando con Benedicto XIII es otra de las bases de su poder. El Pontífice, tras el fracaso de 1408 para solucionar el Cisma de Occidente, precisaba crear un fuerte bloque de apoyo en las monarquías hispánicas. Fernando, a quien compensó con el maestrazgo de las órdenes militares para sus hijos, fue ese gran apoyo en Castilla y, enseguida, en Aragón. El maestrazgo es el cargo de maestre de una orden militar.

La muerte del heredero de Aragón, Martín el Joven (julio de 1409), dejaba al monarca aragonés, Martín I, sin descendientes legítimos. Fernando era uno de los más próximos parientes y sus derechos estaban entre los más firmes para alcanzar la herencia aragonesa.

Este acontecimiento fue decisivo en el diseño de la campaña de 1410. El objetivo elegido, Antequera (Málaga), era un punto neurálgico en las comunicaciones del Reino de Granada.

Durante las operaciones, que se alargaron más de lo esperado, murió el monarca aragonés en mayo de 1410; Antequera resistió hasta septiembre, pero al fin se rindió. Era su mejor carta de presentación. El dinero castellano y el apoyo de Benedicto XIII lograron el reconocimiento de Fernando como rey de Aragón, en virtud del denominado Compromiso de Caspe (24 de junio de 1412).

El programa del nuevo monarca aragonés dio como resultado la indiscutible hegemonía peninsular de los Trastámara:

· Alfonso, heredó Aragón, se casó con María, hermana de Juan II de Castilla;

· María se desposó con el monarca castellano;

· Juan, para quien se proyectaba el matrimonio con Juana de Nápoles, se encargó de la política mediterránea;

· Enrique, Sancho y Pedro tuvieron los maestrazgos de las órdenes militares;

· Leonor, la menor, contrajo matrimonio con Duarte de Portugal.

La muerte de Fernando, el 1 de abril de 1416, modificó el panorama político castellano:

· Alfonso V se hizo cargo personalmente de la política mediterránea y

· Juan, fracasado el proyecto de matrimonio napolitano, regresó a la política peninsular y negoció su matrimonio con Blanca, heredera de Navarra.

En junio de 1418 moría la reina Catalina y el infante Juan promovía la declaración de mayoría de edad de Juan II cuando, unos meses después, cumpliese catorce años, y el cumplimiento del compromiso matrimonial con su hermana María. Los desposorios tuvieron lugar en Medina del Campo el 20 de octubre de 1418.

El 14 de julio de 1420, aprovechando la ausencia de Juan, que había viajado a Navarra para contraer matrimonio, y también la de Alfonso V, que acababa de iniciar su aventura italiana, el infante Enrique se apoderó de la persona del rey de Castilla, en Tordesillas.

El objetivo de este golpe de estado era someter a tutela al monarca y contraer matrimonio con Catalina, la otra hermana de Juan II, obtener el marquesado de Villena como dote de la infanta y alcanzar un poder indiscutible que ejercería apoyado en las Cortes. La boda tuvo lugar en Ávila, el domingo 4 de agosto de 1420.

D. Álvaro de Luna, un joven bien visto por ambas partes, implantó un gobierno de autoridad real. Fue él quien organizó la fuga del rey de Talavera y su refugio en Montalbán y logró que Enrique se presentara en la Corte. Allí, a instancias de su hermano Juan y de sus partidarios, fue detenido en junio de 1422.

El nuevo Gobierno procedió a un reparto de prebendas entre los vencedores y a la confiscación de bienes de los partidarios de Enrique. Se creó un grupo de exiliados castellanos en Aragón que comunicaba a Alfonso V noticias diferentes del relato oficial de lo sucedido en Castilla.

Para el Monarca aragonés, que se hallaba en Nápoles, esas noticias eran una amenaza en su política italiana y regresó a la Península.

Nápoles aprovechó el momento y se sublevó contra los aragoneses en junio de 1423. Empeoraron también las relaciones con Martín V por el visible apoyo a Benedicto XIII, residente en Peñíscola, y la prolongación del agonizante Cisma, sólo posible gracias al compromiso regio.

Alfonso V volvió a su reino con el objetivo de poner orden en los intereses familiares en Castilla. Para ello había de lograr la libertad de Enrique, reconciliar a sus hermanos, apelar a la unión de la nobleza contra la tiranía de don Álvaro y recuperar las rentas familiares.

D. Álvaro de Luna supo ceder el protagonismo a Juan, lo que contradecía sus acusaciones de autoritarismo, pero eso hacía inevitable la liberación de Enrique, a la que su hermano no podía oponerse, y una pública reconciliación.

La constitución de un partido nobiliario en torno a los infantes fue lo que significó el pacto de Torre de Arciel el 3 de septiembre de 1425. D. Álvaro seguía siendo miembro del Consejo, pero el objetivo final era derribarle; la actuación de ese partido en 1427 la salida de Álvaro de la Corte durante año y medio como medida de paz.

La realidad era una sustitución del gobierno personal de don Álvaro por el de los infantes, hecho que infundía temor a una parte de la nobleza; por ello el destierro de don Álvaro fue fugaz. Como respuesta a una petición general regresaba el condestable a la Corte el 6 de febrero de 1428 desplegando un lujo extraordinario. El condestable era el hombre que ejercía, en nombre del rey, el máximo poder en los ejércitos.

Las grandes fiestas celebradas en Valladolid entre junio y julio de 1428 con motivo del viaje de Leonor, hermana de los infantes, a Portugal para contraer matrimonio con el futuro rey Duarte fueron un engañoso paréntesis de cordialidad en la tensión.

Juan II, de la mano de don Álvaro, preparaba la eliminación del poder de los infantes. A D. Juan su esposa le reclamaba en Navarra, de la que ambos eran reyes desde septiembre de 1425 y recibió una poco amistosa petición de marchar hacia su reino.

Al infante D. Enrique se le ordenó partir hacia la frontera andaluza, realmente amenazada por una nueva guerra civil en Granada. Alfonso V, que precisaba acudir a Italia, interpretó los hechos como una verdadera declaración de guerra y comenzó a preparar una intervención armada en Castilla que le permitiese asegurar los intereses familiares en ella.

En abril de 1429 se iniciaba la invasión aragonesa de Castilla, con gran despliegue bélico y propagandístico, pero era consciente de sus limitaciones y de lo que le urgía una solución. Esperaba que Juan II se inclinase hacia la negociación.

En caso contrario, confiaba en la mediación de su esposa y del legado apostólico que le acompañaban y que, con su intervención, frustraron el deseo de Juan II y de don Álvaro de resolver definitivamente la situación en un choque armado y permitieron una retirada sin deshonor del Monarca aragonés. Fue una derrota de los infantes, cuyas rentas fueron confiscadas y distribuidas entre los vencedores, unidos desde ahora para impedir el regreso de los aragoneses.

Los infantes Enrique y Pedro decidieron resistir en Extremadura, pero se sometieron en noviembre de 1432 y marcharon a reunirse con su hermano Alfonso que, desde finales de mayo de ese año, se había trasladado definitivamente a Italia.

Se iniciaba una etapa de gobierno de la oligarquía nobiliaria presidida por don Álvaro, en la que se lograron los éxitos más notables del reinado de Juan II.

En octubre de 1431 se alcanzaba, en Medina del Campo, un acuerdo de paz con Portugal, ratificado por el monarca portugués, Juan I, el 27 de enero de 1432. Era el colofón de un largo proceso, perseguido por la diplomacia portuguesa, que ahora era posible culminar, por el fallecimiento de Beatriz, hija de Fernando I de Portugal, viuda de Juan I de Castilla, cuyos derechos al trono portugués habían sido preteridos por la entronización de los Avis.

La guerra contra Granada, siempre una empresa heroica, era otra de las acciones del momento. Una penetración castellana, el 1 de julio de 1431, en la batalla de La Higueruela, permitió instalar a un nuevo sultán bajo protectorado castellano: sin duda, una acción no muy relevante, pero extraordinaria desde el punto de vista propagandístico, equiparada a la de Antequera.

La Sala de Batallas de El Escorial, conocida en la época como Galería del rey, comenzó a denominarse Sala de Batallas en el siglo XVII por las escenas representadas al fresco en sus muros. En la bóveda, también pintados al fresco hay adornos de grutescos típicamente renacentistas. Las hazañas bélicas españolas tenían un gran valor propagandístico y se representaron, como tapices fingidos: La batalla de la Higueruela que mantuvo Juan II de Trastámara en las inmediaciones de Granada en julio de 1431; entre las ventanas, la campaña de San Quintín, el 10 de agosto de 1557, por cuya victoria y en acción de gracias se levantó el monasterio, y, por último, en los testeros, dos episodios de la anexión de Portugal ya en 1583, la conquista de las islas Azores.

Hubo éxitos también en el golfo de Vizcaya, donde se afirmó la presencia de mercaderes castellanos en Borgoña e Inglaterra, apoyados en sendos acuerdos. Se ratificó la amistad de Castilla y Francia, que arrancaba del Tratado de Toledo de 1368.

La política italiana de Alfonso V repercutió en Castilla. Derrotado y prisionero del duque de Milán, logró el monarca aragonés un brillante éxito diplomático con éste, que supuso un verdadero reparto de Italia.

La decisión de permanecer en ella implicaba el nombramiento de Juan como gobernador de Aragón y la consiguiente necesidad de lograr una efectiva paz. Fue el tratado de Toledo (22 de septiembre de 1436) la aparente culminación del éxito de don Álvaro: se establecían unas pequeñas compensaciones a los infantes, pero también el compromiso matrimonial entre el heredero castellano, Enrique, y Blanca, hija del rey de Navarra; fue la vía de retorno de los infantes a la política castellana.

En el acuerdo pesó la resistencia nobiliaria contra el condestable; los nobles pedían que el rey tomase el gobierno del reino. Como contrapeso, don Álvaro acabó solicitando el retorno de los infantes a Castilla. Regresaron en abril de 1439, pero se incorporaron a los grupos enfrentados: don Juan a la Corte, don Enrique al lado de los nobles levantados.

Desde 1439 los infantes pretendían controlar el poder, recuperar sus rentas y desplazar a don Álvaro. Cuando Juan II intentó recuperar el gobierno fue reducido a tutela por el infante don Juan, y don Álvaro apartado de la Corte en octubre de 1439.

Aparentemente fueron los infantes de Aragón quienes tomaron el poder y lo ejercieron en los próximos años, pero entraba en escena un nuevo factor con el que en el futuro había que contar: el príncipe heredero y Juan Pacheco, su hombre de confianza.

En Portugal, su hermana Leonor, viuda desde septiembre de 1438, se vio obligada a abandonar Portugal. La intervención en Portugal para reinstalar a Leonor y el destierro de don Álvaro durante seis años, fue un triunfo de los infantes, convertidos en cabeza de un bando nobiliario. Para consolidar su poder, los infantes buscaron una estrecha alianza con la nobleza mediante los enlaces matrimoniales de Juan y Enrique, ambos viudos, con Juana Enríquez y Beatriz Pimentel, respectivamente.

Para eliminar toda disidencia Juan depuró el Consejo situando en él a partidarios de toda confianza y redujo prácticamente a reclusión a Juan II.

Fue un golpe de estado (Rámaga, 9 de julio de 1443) que ponía al descubierto la contradicción de un rey que trataba de ejercer personalmente el poder sometiendo a tutela a otro monarca, y proporcionaba a Álvaro de Luna un gran argumento para el levantamiento: la liberación del rey, que teóricamente lo encabezó el príncipe, que cobraría su apoyo con la concesión del título de príncipe de Asturias.

Los hechos se precipitaron a partir del momento en que Juan II se fugó de la fortaleza de Portillo el 15 de junio de 1444.

Juan de Navarra huyó hacia Aragón y solicitó ayuda de su hermano Alfonso que, empeñado en la empresa napolitana, se limitó a enviar embajadas quejándose del trato dado a sus hermanos y lanzando amenazas.

Sin ayuda, el partido de los infantes se desmoronó. Con pocos días de diferencia, en enero y febrero de 1445, fallecían Leonor y María. Juan y Enrique, penetraron en Castilla con un verdadero ejército, pero fueron derrotados en Olmedo el 19 de mayo de 1445. Enrique moría unos días después, en Calatayud, como consecuencia de una herida recibida en combate.

El poder parecía llegar al fin a las manos de Álvaro de Luna, pero lo hacía demasiado tarde y de modo ficticio, porque no se recuperaba la autoridad real. Una liga de nobles, integrada incluso por recientes partidarios de los infantes, a quienes había sido necesario perdonar por decisión del príncipe, actuaba como cabeza de aquella liga. El reparto de prebendas entre los miembros de esa nobleza mostraba la situación real.

Como quince años atrás, el condestable Álvaro de Luna buscó éxitos exteriores y estrechar relaciones con Portugal, gobernado por el duque de Coimbra, que se enfrentaba también a dificultades.

Poco antes de Olmedo, se había propuesto un nuevo matrimonio de Juan II, viudo hacía unas semanas, con Isabel, hija del infante portugués don Juan, para reforzar la alianza contra los infantes.

Sin embargo, los acontecimientos no se desarrollaron de modo positivo. La guerra contra Aragón derivó en una oscura querella fronteriza de gran desgaste.

La intervención en Granada tampoco logró el objetivo de situar en el trono al candidato propuesto y se cerró con la pérdida de casi todas las posiciones ganadas en la campaña de 1431.

La negociación con Portugal obtuvo el éxito deseado. En octubre de 1446 quedó acordado el matrimonio de Juan II e Isabel, aunque la boda no tuvo lugar hasta el 22 de julio de 1447, en Madrigal de las Altas Torres (Ávila). De este matrimonio nació Isabel, la futura Reina Católica, en esta misma villa, el 22 de abril de 1451, y el 17 de diciembre de 1453, en Valladolid, nació Alfonso, proclamado Rey en 1465, y fallecido el 5 de julio de 1468. Sin embargo, la nueva reina fue enemiga del condestable y, seguramente responsable de la terrible decisión que un día tomaría Juan II.

Los acontecimientos portugueses marcaron la vida política castellana. En julio de 1447, el duque de Coimbra era desterrado de la Corte, pero don Álvaro no estaba dispuesto a consentirlo. Para evitarlo, encabezó un golpe de estado (Záfraga, 11 de mayo de 1448) y depuró el Consejo y los principales oficiales de la Administración.

Era el establecimiento de un poder personal sin apelar a la defensa de la persona del Rey. Diseñaba, además, una alianza peninsular con el duque de Coimbra y con Carlos, príncipe de Viana, enemistado con su padre, que actuaba como rey de Navarra para seguir dirigiendo desde ella sus intereses castellanos.

La guerra civil portuguesa se cerró con la derrota y muerte del duque de Coimbra (Alfarrobeira, 20 de mayo de 1449). La nueva situación permitía intentar una alianza diferente. Juan Pacheco intentó proponer la declaración de nulidad del primer matrimonio del príncipe Enrique y la negociación de un nuevo matrimonio con Juana, la hermana menor del rey de Portugal.

Las dificultades del Gobierno castellano parecían augurar la rápida caída de don Álvaro. Además en Navarra se produjo el levantamiento del príncipe de Viana y estalló la guerra civil.

En los meses siguientes se vivió también en Castilla un enfrentamiento que fue favorable a don Álvaro; los éxitos sobre la nobleza se incrementaron en 1452 y a ellos se sumaron acciones también victoriosas en la frontera de Granada.

En el verano de 1452 la posición política del condestable era fuerte y sus relaciones con Juan II parecían excelentes; sin embargo, la relación con el príncipe se había deteriorado de modo irreversible. Pero la turbación en el reino seguía siendo muy alta y la liga nobiliaria parecía recuperarse. Juan II, desde finales de 1452, se mostraba decidido a sumarse a la liga y terminar con don Álvaro.

Desde marzo de 1453 había una trama para acabar con D. Álvaro y a petición de la reina, Juan II firmó un documento autorizando su arresto.

En las semanas siguientes Juan II se debatió en la angustia por la decisión a tomar. Es probable que la codicia de obtener las riquezas del condestable y la dura resistencia de Juana Pimentel, esposa de don Álvaro, decidieran al rey a tomar la decisión de imponer la pena capital a su hombre de confianza durante tantos años.

Don Álvaro fue ejecutado en Valladolid el 3 de junio de 1453; quince días después, Juan II lo comunicaba oficialmente al reino. Para algunos comenzaba ahora el gobierno personal del monarca, para lo que carecía de dotes personales y se hallaba entre dos grupos de presión. Por un lado, el del príncipe de Asturias, defensor ahora de la política de don Álvaro: la alianza con Portugal y lucha contra los aragoneses. Por otro, la liga de nobles, que esperaba un retorno de Juan de Navarra a la política castellana, posibilidad que causaba grave inquietud en el entorno del rey de Castilla.

Varias semanas de negociaciones en Valladolid, con presencia de la reina aragonesa María, hermana de Juan II, condujeron a un acuerdo en diciembre de 1453, que lograba detener las hostilidades entre Castilla, Aragón y Navarra y restablecer los intercambios comerciales.

Desde marzo de 1454 en que se marchó a Ávila, Juan II se hallaba enfermo; a comienzos de junio se trasladó de Medina a Valladolid. Aquí murió, el 21 de julio de 1454, tras ordenar su sepelio temporal en San Pablo de Valladolid, hasta su definitivo traslado a la cartuja de Miraflores. Le sucedió su hijo Enrique, aunque el monarca había intentado inútilmente hacer recaer la sucesión en su hijo Alfonso.

ISABEL DE AVÍS (PORTUGAL)

(Reino de Portugal, 1428 – Arévalo, 15 de agosto de 1496)

Fue una noble portuguesa perteneciente por nacimiento a la casa de Avís y por su matrimonio con Juan II de Castilla fue reina consorte castellana entre 1447 y 1454.

Fue hija del infante Juan de Portugal y de Isabel de Barcelos, nieta del rey Juan I de Portugal y madre de la reina Isabel la Católica y del infante Alfonso de Castilla.

En su época se consideró que sufría enajenación mental y, aunque en el siglo XXI se le siga atribuyendo la locura, parece que los síntomas que presentaba responden al diagnóstico de depresión postparto.

Se estipularon las condiciones del matrimonio, ya que el rey tenía 41 años y ella 18, y se establecieron las disposiciones en las que ella quedaría en caso de enviudar. Podría regresar a Portugal y casar de nuevo, sin renunciar a las rentas vitalicias asignadas.

El compromiso matrimonial fue celebrado en Portugal en mayo de 1447 con grandes fiestas en Lisboa y Coímbra. Fue recogida por un séquito castellano para entregarla en Madrigal de las Altas Torres (Ávila). El 22 de julio de 1447 contrajo matrimonio con Juan II en el palacio real de Madrigal de las Altas Torres. Fruto de su matrimonio con Juan II nacieron dos hijos:

Isabel I de Castilla (1451-1504). Reina de Castilla. Sucedió a su hermanastro Enrique IV de Castilla. Contrajo matrimonio con su primo Fernando II de Aragón.

Alfonso de Castilla (1453-1468). Príncipe de Asturias y pretendiente al trono con el nombre de “Alfonso XII”. Fue sepultado en la Cartuja de Miraflores.

Las crónicas reflejan una buena relación del matrimonio. Juan II encontró en ella la belleza y el amor que no tuvo de María de Aragón. Sus muestras de cariño y abrazos en público son reflejados por los cronistas y consiguió rejuvenecer el espíritu del rey. Cuando empezó a mostrar los primeros síntomas de inestabilidad emocional, su marido intentó levantar su ánimo con regalos, como una cadena de oro y una renta de 6.000 maravedíes.

Cartuja de Miraflores (Burgos)

La Cartuja de Santa María de Miraflores es un monasterio de la Orden de los Cartujos, edificado en una loma conocida como Miraflores, situada a unos tres kilómetros del centro de la ciudad de Burgos.

El rey Juan II de Castilla donó a la Orden de los Cartujos el palacio y alcázar de Miraflores, mandado construir en 1401 por su padre, Enrique III de Castilla. Era un pabellón de caza ubicado a las afueras de la ciudad de Burgos. De esta manera, Juan II cumplía la voluntad testamentaria de Enrique III.

La cartuja de Miraflores fue fundada en 1442 por el rey Don Juan II de Castilla, aunque esta cartuja es, en realidad, obra casi exclusiva de su hija la reina Isabel la Católica.

En 1454 un incendio obligó a plantear un edificio de nueva planta. Entre los años 1454 y 1488 se desarrollan las obras del nuevo monasterio, que ahora es puesto bajo la advocación de Santa María de la Anunciación de Miraflores.

Las obras se encargaron a Juan de Colonia, que trabajaba por entonces en la catedral de Burgos, y comienzan en 1454. Ese año Enrique IV sucede a su padre, Juan II, y las obras quedan casi paradas.

Es en 1477 son impulsadas por la reina Isabel la Católica. En su reinado se termina el Retablo Mayor y el sepulcro de Juan II de Castilla e Isabel de Portugal, situado en el presbiterio.

La iglesia de la cartuja es sobre todo un panteón real, ocupado por la familia de Isabel. Cuando muere Juan de Colonia, continúa la tracería arquitectónica Garci Fernández de Matienzo. Este muere de peste en 1478 y es sucedido por Simón de Colonia, hijo de Juan de Colonia. Las obras para cubrir el templo se terminan hacia 1488.

Entre 1532 y 1539, se crean las capillas laterales y se procede a incorporar agujas y pináculos.

Planta

El monasterio sigue el modelo de otros monasterios cartujos de la Edad Media. La planta se desarrolla a partir de la colocación de la iglesia y el trazado de dos claustros principales para cada uno de los grupos de monjes cartujos que lo habitan: padres y hermanos.

Alrededor de estos dos claustros están las ermitas individuales que permiten a los monjes vivir en la soledad y el silencio propios de la espiritualidad cartujana. Esta parte del monasterio no es visitable.

La planta de la iglesia está formada por una sola nave longitudinal cuatripartita, distinguiéndose los espacios del presbiterio, el coro de los Padres, el coro de los Hermanos y la estancia de los fieles. La nave está cerrada con bóvedas de crucería con terceletes, manteniéndose el original trazado de estilo gótico.

Portada de la Cartuja de Miraflores

La portada de la iglesia se alzó en 1486 y fue ubicada originalmente en el lateral izquierdo del templo, proporcionando el acceso de los fieles directamente desde el exterior del monasterio.

Está formada por arquivoltas apuntadas decoradas con vegetales, animales y algunos motivos figurativos humanos. La arquería está situada bajo un gran arco conopial.

En el tímpano se representa a la Virgen, que presenta a la Virgen sentada sujetando con sus brazos a su Hijo muerto, y los símbolos de la luna y el sol sobre los brazos de la cruz.

Entre 1657 y 1659 se ordenó su traslado a la ubicación actual, la fachada oeste, a los pies de la nave del templo. Se accede a ella desde el patio de la portería. En 2010 se procedió a restaurar la portada para devolverla a su estado original y, además, recuperar la escultura de la Compasión de la Virgen.

Retablo

En el retablo mayor de la Cartuja de Miraflores aparece representada la reina Isabel de Avís de Portugal en actitud orante, acompañada de su patrona, santa Isabel con su hijo pequeño san Juan Bautista. Sobre ella, dos ángeles sostienen su escudo, en el que aparecen las armas de Castilla y León, y de Portugal. En el lado del Evangelio se encuentra la efigie de su marido, el rey Juan II, acompañado del apóstol Santiago.

El retablo mayor de la Cartuja fue tallado en madera por el artista Gil de Siloé y policromado y dorado por Diego de la Cruz, con oro que procedía de los primeros envíos del continente americano tras el descubrimiento.

Realizado entre 1496 y 1499, se trata sin duda de una de las obras más importantes de la escultura gótica hispana, por su originalidad compositiva e iconográfica y la excelente calidad de la talla, valorada por la policromía.

Uno de los elementos más destacados del retablo es el Cristo crucificado. En la parte más externa se sitúan las figuras de Dios Padre, a la izquierda, y del Espíritu Santo, a la derecha, sosteniendo el travesaño de la cruz.

En la parte inferior, completan la escena las figuras de la Virgen María y San Juan Evangelista. El pelícano situado en la parte superior de la cruz confiere al conjunto central un gran valor simbólico, alegoría del sacrificio eucarístico, porque el ave alimenta a sus crías con su propia sangre.

En el retablo también se ubican las efigies orantes de Juan II de Castilla, vestido con un manto dorado y de su esposa la reina Isabel de Avís.

retablo mayor de la Cartuja de Miraflores

Sepulcro del rey Juan II y de su esposa Isabel de Avís de Portugal

Sepulcro del rey Juan II y de su esposa Isabel de Avís de Portugal se conserva en la Cartuja de Miraflores (Burgos).

BIBLIOGRAFÍA:

L. Suárez Fernández, “Los Trastámara de Castilla y Aragón en el siglo XV (1407-1474)”, 1964;

J. Torres Fontes, “La regencia de don Fernando de Antequera”, en Anuario de Estudios Medievales, I (1964), págs. 375-429;

P. Porras Arboledas, Juan II. 1406-1454, Palencia, La Olmeda, 1995;

V. A. Álvarez Palenzuela, “Enrique, infante de Aragón, maestre de Santiago”, en Medievalismo, 12 (2002), págs. 36- 89;

E. Benito Ruano, Los Infantes de Aragón, Madrid, Real Academia de la Historia, 2002;

L. Suárez Fernández, Nobleza y Monarquía. Entendimiento y rivalidad. El proceso de la construcción de la Corona Española, Madrid, La Esfera, 2003;

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Retrato imaginario del rey Juan II de Castilla pintado por Juan María Rodríguez de Losada hacia 1892-1894 – Wikipedia

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Juan I de Castilla (1358 – 1390)

María Teresa García Pardo

Doctora en Historia del Arte

JUAN I DE CASTILLA (1358 – 1390)

Sepulcro de Juan I, rey de Castilla y León.Capilla de los Reyes Nuevos de la Catedral de Toledo

Sepulcro de Juan I, rey de Castilla y León.

Capilla de los Reyes Nuevos de la Catedral de Toledo

 

DINASTÍA TRASTÁMARA

Fue una familia de la nobleza castellana que reinó en Castilla entre 1369 – 1504 y en Aragón desde 1412 – 1516.

El fundador de la dinastía fue Enrique II a quien su padre, el rey Alfonso XI de Castilla, le concedido el condado de Trastámara en Galicia.

Enrique II, nació en Sevilla en 1333, fruto de las relaciones de Alfonso XI con su favorita Leonor de Guzmán. Se convirtió en rey de Castilla y de León al vencer a su hermanastro Pedro I en 1369 y fue rey hasta 1379. Su reinado se caracterizó por los privilegios que le concedió a la nobleza terrateniente, en la cual se había apoyado para subir al trono.

 

CASTILLA

A Enrique II le sucedió en el trono castellano su hijo Juan I (1379-1390), que intentó sin éxito someter a Portugal, reclamando los derechos al trono de su segunda esposa Beatriz de Portugal, pero fue vencido en la batalla de Aljubarrota (1385).

Juan I fue sucedido por su hijo Enrique III (1390-1406), casado con Catalina de Lancaster, hija de Juan de Gante y de Constanza, hija de Pedro I el Cruel.

A Enrique III le sucedió, siendo niño, Juan II (1405 – 1454), quien fue padre de Enrique IV, Alfonso y de la reina Isabel, la Católica.

El sucesor de Juan II fue Enrique IV (1454-1474), pero un importante sector de la nobleza intentó poner en el trono a su hermano el infante D. Alfonso, que falleció en Ávila en 1465. Enrique IV fue sucedido por su hermana Isabel I (1474-1504).

Aunque siempre se ha considerado que los últimos Trastámara fueron los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, la última Trastámara realmente fue la Reina Juana I de Castilla, aunque nunca ejerció el poder.

Enrique II

Juan I

Enrique III

Juan II

Enrique IV

Isabel I, la Católica (1474-1504)

Juana I


ARAGÓN

La Corona de Aragón quedó vacante al morir Martín el Humano, reclamándolo Fernando I, hermano de Enrique III de Castilla, que accedió a la Corona de Aragón en 1412 por el Compromiso de Caspe, localidad de Zaragoza, limítrofe con Huesca y Teruel.

En 1410 murió el rey de Aragón Martín I, conocido como “El Humano”. Al carecer de descendientes legítimos, había demasiados candidatos que reclamaban sus derechos y el riesgo de una guerra civil, desórdenes y pillaje era muy habitual en la época.

Nueve hombres de leyes, tres por cada uno de los principales brazos del Reino: Aragón, Valencia y los Condados Catalanes, se reunieron para decidir con el diálogo y no con la fuerza quien de los candidatos debía ocupar legítimamente el trono.

El elegido fue un infante castellano de la Casa de los Trastámara con ascendencia aragonesa: Fernando I de Aragón, abuelo de Fernando el Católico.

Fue sucedido por su hijo Alfonso V (1416-1458) y éste a su vez fue sucedido por su hermano Juan II (1458-1479).

El hijo de Juan II, Fernando II «el Católico» (1479-1516) accedió al trono al morir su padre.

Fernando I

Alfonso V

Juan II

Fernando II, el Católico (1479-1516)


LOS TRASTÁMARA

CASTILLA


ARAGÓN


ENRIQUE II, INICIADOR DE LA DINASTÍA TRASTÁMARA


JUAN I DE CASTILLA


ENRIQUE III DE CASTILLA


FERNANDO I. EL DE ANTEQUERA


JUAN II


ALFONSO V


ENRIQUE IV


JUAN II


ISABEL I. LA CATÓLICA


FERNANDO II. EL CATÓLICO



JUAN I DE CASTILLA (1358 – 1390)

Épila (Zaragoza), 24.VIII.1358 – Alcalá de Henares, 9.X.1390.

Rey de Castilla y León.

Juan I de Castilla era hijo de Enrique II y de doña Juana Manuel. Nació en Aragón, donde sus padres estaban exiliados, y se educó en la Corte de Pedro IV, contando con la estrecha amistad de los hijos de éste, Juan, Martín y Leonor, con la que acabaría contrayendo matrimonio.

Al ser reconocido Enrique II como rey, se convirtió en heredero. En 1370, muerto el conde don Tello, recibió el señorío de Vizcaya, que desde entonces quedó incorporado al patrimonio real. En condición de tal, juró los Fueros de Vizcaya y otorgó también Fuero a Bilbao.

El 18 de junio de 1375 contrajo matrimonio con Leonor de Aragón y ninguno de los dos renunció a los derechos que, como infantes, podían corresponderles.

Al morir Enrique II, el 29 de mayo de 1379, le sucedió en el trono, y acompañó a su padre hasta darle sepultura en la capilla de los Reyes de la catedral de Toledo.

Alterando las costumbres castellanas, no se conformó con la proclamación y el 25 de julio, día de Santiago, se hizo coronar en Las Huelgas (Burgos).

Juan I y Leonor de Aragón tuvieron tres hijos: Enrique, Fernando y Leonor.

Frente a Juan I se alzó Juan de Gante, duque de Lancaster, hijo de Eduardo III de Inglaterra que, al contraer matrimonio con Constanza, hija de Pedro I El Cruel, comenzó a titularse también rey de Castilla, coincidiendo el nombre y el número.

Esto obligó al castellano a estrechar su alianza con Francia proporcionando flotas para combatir a los ingleses. Pero este acercamiento le obligaba también a aceptar al candidato francés, Clemente VII, frente a Urbano VI, en el Cisma de Occidente.

El 13 de septiembre de 1382 murió la reina Leonor y Juan I se casó con Beatriz de Portugal, llegando a ser Rey de Portugal, pero manteniendo las dos coronas separadas.

Las bodas se celebraron con gran pompa en Badajoz los días 13 y 14 de mayo. La novia tenía sólo diez años y tres meses. Pero se levantó acta, que estaba capacitada para consumar matrimonio. Juan demostró gran afecto por Beatriz y ella, cuando su marido falleció, se retiró a una vida privada diciendo que, habiendo perdido esposo de tanta calidad, no quería volver a casarse. La joven no tuvo hijos. Murió en Toro y allí continúa.

El año de 1383 fue el momento culminante del reinado. Se aseguró el comercio exterior en toda la costa hasta Flandes y la paz en el mar. En las Cortes se comenzó a tratar de un programa de reformas que abarcaba tres aspectos fundamentales:

  • el religioso, con la disciplina del clero,
  • el institucional, para mejorar las leyes y la justicia,
  • el social, poniendo límite a los excesos de la nobleza.

Las protestas armadas del reino de Murcia sirvieron para que el rey depusiera al adelantado, pasando el oficio a un miembro de la segunda nobleza, Alfonso Yáñez Fajardo, que hizo una buena labor de gobierno. Así se demostraron tres hechos: que el reino prefería la administración por los oficiales de la Corona, que se fortalecía el poder real y que la mediana y baja nobleza tenía, iniciaba su ascenso.

Juan I pidió a su suegro, Pedro IV El Ceremonioso de Aragón, un ejemplar de su Ordenamiento de Casa y Corte para emplearlo como guía en su proyecto. De ahí partía la separación del poder real en tres sectores:

  • legislativo (Cortes),
  • ejecutivo (Consejo)
  • judicial (Audiencia), que anuncian la tendencia del Estado moderno y que culminarán durante la Revolución Francesa de 1789.

La noche del 22 al 23 de octubre de 1383, murió Fernando de Portugal. Beatriz de Portugal, esposa de Juan I, se hizo cargo de la regencia. La nobleza la odiaba y pidió a Juan I de Castilla que tomara posesión del trono y éste, contra la opinión de sus colaboradores, se dispuso a hacerlo. Pero Lisboa y Oporto se alzaron en armas, y proclamaron al maestre de Juan Avis, bastardo real, como su jefe. Juan I, obligó a Leonor a trasladarse a Castilla y trató de apoderarse de Lisboa.

Pero se declaró la peste en el campamento castellano y el monarca Juan I, el 3 de septiembre de 1384, dio orden de retirada. Los portugueses decidieron convocar Cortes en Coimbra y allí declarar despojados de sus derechos por tiranía a Beatriz, eligiendo una nueva dinastía a partir de Juan de Avis, el 6 de abril de 1385.

El nuevo rey reconoció a Urbano VI como Papa, rompiendo la unidad hispánica, y solicitó de los ingleses el envío de fuerzas. Cuando Juan I intentó una nueva acción fue derrotado el 15 de agosto de 1385 por los portugueses y por los arqueros británicos.

Juan I reunió Cortes en Valladolid, reconociendo el error cometido, y obtuvo el apoyo de su reino, entendiendo la Monarquía como una relación estrecha entre el rey y sus súbditos.

Cuando el duque de Gerona sucedió a su padre Pedro IV en Aragón, también subió al Trono con el nombre de Juan I. Enrique, heredero de Castilla, contrajo matrimonio con Catalina de Lancaster, nieta de Pedro I.

Juan I decidió reformar el reino creando el Principado de Asturias para los jóvenes esposos. Fue establecido así en las Cortes de Briviesca (Burgos) de 1387. De este modo, el poder real se ordenaba en dos escalones, la Corona, correspondiente al rey, y la sucesión reconocida al heredero que iniciaba como Príncipe de Asturias su formación. Príncipe, será el título máximo en la jerarquía nobiliaria, no habría en adelante más que uno, el heredero.

Durante algunos años hubo una suspensión de hostilidades y una situación general de paz en Occidente, permitiendo a los caballeros trasladarse a Oriente para intentar con Segismundo, rey de Hungría, frenar el avance turco, aunque no lo consiguieron.

Esta situación permitió un desarrollo del comercio castellano, que comenzó a remontar las adversidades, alzándose a un primer nivel en la economía europea. Sobre todo, hizo posible retornar al programa de reformas iniciado en 1383.

En Briviesca (Burgos), las funciones reales quedaron definidas como un deber hacia el reino, al que los súbditos responden con obediencia, guardando uno y otros las “leyes, fueros, cartas, privilegios y buenos usos y costumbres”.

Quedó reorganizada la Audiencia o Chancillería, que tendría su asiento permanente en Valladolid, ciudad que contaba con la segunda de las universidades del reino.

La Cancillería fue concebida como una oficina de emisión y sellado de documentos reales y de recepción de cuantos se generan en el reino destinados al rey, así como de su registro y conservación.

La Audiencia sólo se ocupaba de pleitos civiles, pasando los criminales y las apelaciones al Consejo, que de este modo se escindía en dos funciones:

  • El gobierno del territorio y la administración de la justicia en nombre del rey.
  • La Mesta, organización de ganaderos, y uno de los principales sustentos de la economía castellana, también obtuvo entonces su regulación.

Tanto en las Cortes de Segovia de 1386, como en las de Briviesca de 1387, se afirmó el principio de la unidad religiosa en el catolicismo.

Aunque nunca quiso prescindir de sus colaboradores judíos, entre los que se contaban médicos y escribanos de gran talla, comenzaron a establecerse entonces algunas restricciones en la protección de que gozaban.

Una oleada antisemita se extendió por el reino, que comenzó a preparar grupos violentos para llevar a cabo el asalto a las juderías en 1391 aprovechando la muerte del obispo y del propio rey. Este odio, visible ya en las Cortes de Palencia de 1388, no se extendía a los musulmanes, mucho menores en número.

Tras la clausura de las Cortes, se acordó uno de los gestos más importantes, plasmado en las instrucciones que se enviaron a la Audiencia el 5 de marzo de 1390: se debía proceder a la restitución de bienes a todas aquellas personas que hubieran sido privadas de ellos por ser partidarios de Pedro I El Cruel.

Juan I fue hombre muy piadoso. El clero y las órdenes religiosas se habían visto afectadas por la gran depresión, que redujo drásticamente el poder adquisitivo de las rentas eclesiásticas.

El clero se vio sumido en la pobreza y coincidiendo con las Cortes de Palencia, en octubre de 1388, se celebró una Asamblea del clero que el cardenal legado presidió. En ella se adoptaron cuatro resoluciones:

  • perseguir el concubinato, tanto de clérigos como de laicos;
  • obligar a los eclesiásticos a vestir ropa adecuada;
  • cuidar de que los bienes de la Iglesia no fuesen enajenados, pues de ellos dependía su independencia,
  • asegurar el aislamiento de juderías y morerías porque se consideraba su influencia sobre los cristianos perjudicial.

Sin embargo, la labor más importante es la que se refiere a las nuevas órdenes religiosas. Desde 1374, los Jerónimos habían comenzado su tarea y se habían instalado en Ávila y en Toledo.

En 1389 Juan I les hizo un espléndido regalo, Guadalupe, con sus rentas jurisdiccionales, lo que iba a permitir grandes instalaciones, incluyendo la medicina.

En 1390, los cartujos de Scala Dei de Valencia aceptaron instalarse en Castilla, recibiendo, una amplia chopera que se llamaría Santa María del Paular.

En 1390 los benedictinos recibieron el castillo y los baños de Valladolid para iniciar una reforma de la Orden llevándola a la “observancia”.

Las Cortes de Guadalajara de 1390 supusieron el balance final del reinado. Preparando un viaje a Andalucía, Juan I se detuvo en Alcalá de Henares para recibir la visita de unos caballeros rescatados en África, quienes le regalaron muchas cosas.

El domingo 9 de octubre de 1390, después de misa, Juan I cabalgó hacia su campamento por campos recién arados. Su caballo tropezó arrojando al jinete con tal violencia que murió en el acto.

Le sucedió en el trono su hijo Enrique III (1390-1406), casado con Catalina de Lancaster, hija de Juan de Gante y de Constanza de Castilla, hija de Pedro I el Cruel.


REAL MONASTERIO DE GUADALUPE

El Real Monasterio de Santa María de Guadalupe es Patrimonio de la Humanidad, en 1993.

Está regentada por una Comunidad de la Orden Franciscana.

El Santuario se inició a finales del siglo XIII, siendo una pequeña ermita, pobre y humilde, custodiada en sus primeros años por el sacerdote Pedro García (1330), a la que sustituyó la denominada segunda iglesia a finales del siglo XIV. Alfonso XI, que cazaba por estas sierras, visitó Guadalupe en el año 1335, contemplando el estado ruinoso de la primitiva ermita y comenzando las gestiones para proceder a su restauración.

Se designó al cardenal Pedro Gómez Barroso como custodio, ocupándose de tal cometido desde 1335 hasta 1341. En este tiempo se fundó en 1337 la Puebla y por orden de Alfonso XI comenzó a construirse el Monasterio (1340) solicitando y obteniendo para este lugar la creación de un priorato secular y lo declaró de su real patronato.

El priorato secular, dotado con el señorío civil del prior sobre la Puebla, estuvo dirigido por cuatro priores entre los años 1341 y 1389, finalizando con la entrega del santuario a la Orden de San Jerónimo, que se mantuvieron en este lugar cuatro siglos, hasta que la desamortización de 1835 puso fin a este periplo, pasando a ser parroquia secular de la archidiócesis de Toledo, que regentaban sacerdotes diocesano hasta la llegada de la Orden Franciscana en 1908, que es quien rige desde entonces y hasta la actualidad el Monasterio y Santuario.

Como distinciones destacables:

  • el distintivo “Real” por concesión de Alfonso XI en 1340,
  • “Pontificio” por concesión de Pío XII en 1955,
  • “Monumento Nacional” en 1879 y
  • “Patrimonio de la Humanidad” por la UNESCO en 1993.
  • la imagen de Santa María de Guadalupe ostenta el título de “Reina de las Españas o de la Hispanidad” otorgado por Alfonso XIII en 1928 y Patrona de Extremadura” en 1907.

En sus siete siglos destaca su majestuosa biblioteca, sus capillas musicales, su Scriptorium o Escribanía de libros miniados o “iluminados”, sus talleres de bordados, de orfebrería, en sus reales hospitales, farmacia y en todas sus obras artísticas.

El Monasterio de Guadalupe fue el principal Monasterio de la Orden Jerónima y posee una excepcional arquitectura por su variedad de estilos, destacando el Templo, el Claustro Mudéjar y su templete, único en el mundo, vinculado a la historia media y moderna de España, por su relación con los reyes Católicos.

Arquitectura. Templo gótico (Siglos XIV y XV)

La iglesia de Guadalupe ha sido edificada tres veces a lo largo de su historia. La primitiva iglesia (extinguida en su totalidad) se hizo a finales del siglo XIII. La segunda de estilo mudéjar fue edificada a principios del XIV (subsiste un ábside) y la última (la actual) fue finalizada en torno a 1403.

Posee planta de cruz latina con tres naves, crucero y ábside poligonal. Destacan sus bóvedas de crucería. La nave central se ilumina por grandes ventanales góticos con bellas lacerías.

El Retablo mayor del templo es una obra trazada por Juan Gómez de Mora y ejecutada por Juan Bautista Montenegro, con esculturas de Giraldo de Merlo, Jorge Manuel Theotocópuli y Juan Muñoz. Los lienzos son de Vicente Carducho y Eugenio Cajés, con dorados de Gaspar Cerezo y Gonzalo Marín.

El sagrario, situado en la parte inferior del retablo, fue escritorio del rey Felipe II, realizado en madera de cedro con aplicaciones de bronce.

 

Coro

El Coro alto de la iglesia dispuesto a los pies destaca por su sillería de estilo barroco con 96 relieves. En el mismo coro se destaca la existencia de un gran atril o facistol barroco, labrado en bronce, dos retablos adosados a los pilares inmediatos al templo con dos lienzos grandes atribuidos a Zurbarán y otros más pequeños de autor desconocido.

Claustro mudéjar y templete

El Claustro mudéjar de Guadalupe es uno de los mejores de su estilo, construido entre 1389 y 1405.

Se compone de dos plantas de forma rectangular, con unos 40 metros de lado, y doble número de arcos en el cuerpo alto con respecto al bajo.

Destaca en el claustro el templete realizado con barro cocido y ladrillo, decorado con azulejos y yeserías. Corona su arquitectura una aguja con cerámica blanca y verde, que termina en una cruz de hierro. Su autoría es de Fray Juan de Sevilla, que probablemente fuera también del propio claustro.

Otro templete, más recoleto se localiza frente a la puerta que conecta la actual Hospedería con el claustro, el que existe una réplica de la fuente del lavabo o Lavatorium, realizada en 1402 por Juan Francés y que en la actualidad se sitúa en la Capilla de Santa Ana. Este templete es de planta cuadrada con cuatro arcos de herradura.

Claustro mudéjar y templeteClaustro mudéjar y templete


En este claustro hay lienzos de gran tamaño que nos muestran los numerosos milagros en los que ha intervenido la Virgen, de ahí que a este claustro también se le llama “de los milagros”. Son obra de fray Juan de Santa María, que los pintó entre 1621 y 1623.

En este espacio se encuentran también un buen número de sepulcros, donde destaca el realizado entre 1458 y 1460 para fray Gonzalo de Illescas, Obispo de Córdoba y Prior del Monasterio; también el del último Prior secular, Don Juan Serrano.

 

Claustro Gótico

Denominado también claustro de la enfermería o de la botica, actualmente utilizado dentro de las instalaciones de la Hospedería del Monasterio, es una obra mixta, mudéjar, gótica y clásica.

Posee planta rectangular y fábrica de ladrillo, con seis arcos en los lados este y oeste, y cinco en el lado norte. Posee tres pisos.

Los arcos son de medio punto (piso bajo), apuntados de tracería gótica de ladrillo aplantillado y calado con rosetones y nervaturas (segunda planta) y arcos escarzanos sobre pilares octogonales en la tercera planta.

El claustro está coronado en los ángulos por torreones cilíndricos rematados por chapiteles con tejas policromas de cerámica vidriada. Destacándose cuatro ventanales con motivos mudéjares y elementos decorativos de influjo islámico y gótico.

Claustro Gótico, Hospedería cedida por Jaime Cerezo

Claustro Gótico, Hospedería cedida por Jaime Cerezo


Capillas del monasterio


Capilla de Santa Ana

Es la capilla que se encuentra a la entrada del templo, construida en los primeros años del siglo XV, adornada con pinturas murales gótica-flamencas de la misma época. Destaca el Sepulcro de los Velasco de estilo gótico realizada por el escultor Egas Cueman.

Desde esta capilla, en el cuerpo inferior de la torre existe una fuente de bronce o lavatorio de 1402. En esta misma capilla sorprende un relieve gótico de la Anunciación tallado en alabastro y atribuido al mismo autor Egas Cueman. El retablo existente posee un retablo barroco con lienzos de Pablo de Céspedes.


Nave de Santa Paula

Es la nave que comunica la Basílica con el templo, donde destacan en su parte superior unas pinturas murales de estilo mudéjar y una inscripción latina en letras góticas. Destacan dos lienzos: “La Aparición de Nuestra Señora al Pastor Gil Cordero”, barroco de Pedro José de Uceda (1737) y Aparición de fray Fernando Yáñez a fray Juan de Carrión, del pintor fray Juan de Santa María.


Real Capilla de Santa Catalina

Construcción de mediados del siglo XV, de planta cuadrada cubierta con bóveda de crucería en la que se ubican dos retablos barrocos de Santa Catalina y Santa Paula, de Giraldo de Merlo (Siglo XVII), además de otras esculturas y una rica colección de siete lienzos, de tamaño mediano, barrocas de la escuela sevillana atribuidas a fray Juan de Santa María, pintor jerónimo del siglo XVII.


Capilla de San Gregorio

Ocupa la parte baja de la Torre del mismo nombre y en el pasadizo que comunica el claustro mudéjar con la Capilla de Santa Catalina, después de la Capilla de Santa Cecilia.

Destaca en este espacio el sepulcro del Prior Juan Serrano y el retablo en honor a San Gregorio que es un conjunto de clasicismo barroco, con dos lienzos de Pedro de Villafranca, San Gregorio Magno y Inmaculada Concepción de María.


Relicario o Capilla de San José

Es una de las construcciones más importantes de fines del siglo XVI. Concebida para albergar las numerosas reliquias que el monasterio poseía, este espacio se compone de una planta octogonal, cubierta con cúpula iluminada con linterna y ornamentación a base de flores, ángeles e hipogrifos al temple, de estilo barroco y escuela sevillana.

En cada casquete hay cuatro escenas de la vida de San José, que alternan con cuatro escudos. En las ocho ventanas hay ángeles de autor desconocido.


Bóveda del Relicario

Actualmente alberga una de las estancias museísticas del monasterio, en la que se exponen joyas, orfebrería de mucha calidad y valor, como la Arqueta de los Esmaltes de Juan de Segovia “El Platero” de segunda mitad del siglo XV y la Cruz relicario atribuida al mismo autor, entre otros.

Bóveda del Relicario

Bóveda del Relicario


Camarín de la Virgen

Construcción barroca, denominada por algunos como “la antesala del cielo” este espacio se configura como un espacio íntimo de estilo rococó, de planta octogonal con dos cuerpos: el camarín propiamente dicho, de planta central de líneas mixtas, con cúpula semiesférica abierta con linterna y cupulín superior; y una estancia inferior denominada “Panteón” o “Capilla de los Siete Altares” del siglo XVII.

El Camarín fue obra del maestro Francisco Rodríguez Romero, finalizado en 1696.

Pinturas murales, esculturas y lienzos de una gran calidad y valor artístico se dan cita en este espacio. Destacan los lienzos de Luca Giordano, las pinturas murales de Francesco Leonardoni, las pinturas al temple de Pedro José de Uceda, las esculturas de las ocho mujeres fuertes de la Biblia, atribuidas a Marcelino Roldán.

Detalle del Camarín de la Virgen

Detalle del Camarín de la Virgen

La imagen de Santa María de Guadalupe y su devoción son la razón de ser de este monasterio y santuario. Se trata de una imagen protogótica, fechada en el siglo XII, que sigue el tipo mariano de “Kiriotisa”, es decir Virgen como trono del Señor.

Realizada en madera de cedro, ennegrecida. Se sienta en posición frontal y sirve de trono al Niño, también en actitud hierática, ligeramente inclinado.

El concepto hierático plasma algo rígido y carece de expresividad, es señal de solemnidad y de majestuosidad.


Pabellón del capítulo y antigua librería

Se trata de dos elementos constructivos del siglo XV ubicados en el lado suroeste del monasterio, a los pies del templo. La primera planta fue sala capitular, dedicándose actualmente a sala de congresos y seminarios.

El piso superior, con bóvedas de crucería fue la antigua librería. El acceso a la sala capitular se realiza por un patio pequeño (desde donde se comienza la visita al monasterio) que se llama de la mayordomía

De la sala capitular destaca la pintura al fresco gótica, con una excelente conservación, especialmente en la bóveda de crucería, con motivos florales y el emblema del monasterio (el jarrón de azucenas).


Iglesia de la Santísima Trinidad

Actualmente llamada Auditorio o “iglesia Nueva”, es una construcción de influencia americana, levantada por un descendiente directo de Colón, el duque de Veragua y almirante de las Indias, Don Pedro Nuño Florentín Colón, que finalizó la obra en 1736, según planos de Manuel Lara y Churriguera.

De planta rectangular, con tres naves (la central como siempre más elevada). En la intersección del crucero se alza una cúpula, mientras el resto es de medio cañón con lunetos, y los laterales de aristas. En la actualidad se usa como espacio cultural.


Museo de bordados

Se ubica en el antiguo refectorio del monasterio, frente al templete del lavatorium y ha sido recientemente reformado para mostrar al visitante la gran calidad de sus bordados, realizados en el taller del monasterio que comienza su andadura a partir del año 1415.

Capas, tocas, mantos y un buen número de objetos estrechamente con la liturgia o los oficios propios del monasterio, realizadas por artesanos en los talleres del monasterio, confeccionados con telas ricas y variadas, y con las técnicas más depuradas de la época, diversidad y estilo, además de la inclusión de metales preciosos en su realización, destacan las piezas de este museo.


Museo de libros miniados

Se sitúa en el claustro mudéjar, y alberga una de las mejores colecciones de libros miniados o iluminados realizados en el scriptorium del monasterio durante más de 300 años.

En los manuscritos ilustrados de la Edad Media, las miniaturas o iluminaciones eran pinturas o dibujos que representaban temas de religiosos.

Al inicio del Renacimiento, los manuscritos se ilustraron con temas civiles y galantes. Alcanzaron gran apogeo y difusión internacional, principalmente a través de las cortes de la nobleza europea.

A partir del siglo XVI, el auge de la imprenta resta protagonismo a este tipo de costosas creaciones. La invención de la imprenta se atribuye al alemán, Johannes Gutenberg en el año 1440. El último gran maestro iluminador fue Giulio Clovio, a mediados del siglo XVI.

En los márgenes de las páginas de los manuscritos era frecuente que se incluyeran distintos motivos ornamentales. Los más conocidos son los dibujos que realzan las letras capitales o los que separan las columnas de texto mediante motivos que representan arquitecturas fingidas y tallos y hojas que se enroscan por los márgenes de las páginas.

La colección de miniados de Guadalupe consta de 107 códices, de los cuales 97 son cantorales de gran tamaño, destacándose por su calidad artística los realizados en la segunda mitad del siglo XV y primer tercio del siglo XVI.

Un Cantoral o libro del coro es un manuscrito musical de gran formato utilizado en iglesias y catedrales durante la Edad Media y el Renacimiento. El tamaño del pergamino es muy grande para que el coro completo pueda leer las notas musicales a distancia.

Los cantorales se situaban generalmente en los facistoles, en medio del coro. Los niños sopranos se situaban delante y los hombres detrás. El facistol es un atril grande donde se ponían los cantorales.

Su utilización empezó a decaer a partir del siglo XVI cuando la impresión de libros fue más barata y los libros más pequeños y más fáciles de manejar.

Un cantoral medieval era muy caro por la utilización del pergamino. Sólo en los principales monasterios o catedrales se podían contemplar cantorales con bellos decorados e iluminaciones.

En España destacan los Cantorales de la Catedral de Salamanca, Catedral de Granada y Catedral de Sevilla.


Museo de pinturas y esculturas

Se sitúa también en uno de los laterales del claustro del monasterio. Consta de un interesante fondo de pinturas y esculturas donde destacan lienzos de El Greco, Zurbarán, Goya o Juan de Flandes.

Sacristía

Es una de las joyas arquitectónicas y artísticas del monasterio. Fue construida entre 1638 y 1647, probablemente por el arquitecto fray Alonso de San José, con planta rectangular de 17,65 metros de longitud por 7,70 metros de anchura. Está cubierta con una bóveda de cañón, dividida en cinco tramos por arcos fajones.

El conjunto de la sacristía se divide a su vez en tres elementos:

1. El pórtico, de estilo gótico del siglo XV con bóvedas de crucería, donde se ubica una bella fuente de mármol que sirve de aguamanil y suministro de aguas para la basílica;

2. La nave de la sacristía se concibe como una iglesia con bóvedas de cañón y ornamentación pictórica al temple en muros y bóvedas, con la presencia de los ocho afamados lienzos del extremeño Francisco de Zurbarán;

3. Cierra el conjunto la capilla de San Jerónimo que se compone de dos tramos, uno cuadrado con bóveda semiesférica y otro cubierto por una pequeña bóveda de cañón. En ella existe un hermoso retablo en honor al santo que le da nombre, con interesantes pinturas al temple y otros 3 cuadros del pintor de Fuente de Cantos, entre los cuales se encuentra el denominado “La Perla de Zurbarán” que se refiere al lienzo “La Apoteosis de San Jerónimo” que corona el retablo.


Elementos exteriores

Además de las estancias interiores, el Monasterio de Guadalupe cuenta con otros elementos arquitectónicos de gran valor artístico en los que el mudéjar, el gótico, el renacimiento o el barroco conforman formas y elementos característicos propios de este lugar. Destacamos las siguientes:


Fachada principal del Santuario

Se sitúa en la zona sur del monasterio, frente a la principal de la Puebla, la plaza de Santa María de Guadalupe, protegida por un atrio de granito. Se extiende entre el espacio ocupado por las torres de Santa Ana y de la Portería, construcciones góticas del siglo XV.

Detalle Portada del Monasterio de GuadalupeDetalle Portada del Monasterio de Guadalupe


De estilo gótico español, con materiales y elementos mudéjares. Fue construido por el primer prior del monasterio fray Fernando Yáñez de Figueroa, muerto en 1412, aunque sufrió posteriormente muchas incorporaciones poco estéticas, hasta que finalmente, D. Luis Menéndez Pidal, entre 1951 y 1963, le otorgó la grandiosidad, tal y como hoy la contemplamos.

Consta de dos cuerpos: la doble entrada del templo con réplica de las puertas de bronce originales (éstas se encuentran en el Auditorio) que Pablo de Colonia repujase en el siglo XIV sobre las que se elevan dos arcos adornados con elementos góticos.

El segundo cuerpo posee dos grandes ventanales góticos con arcos apuntados y vidrieras sobre un zócalo adornado con arquería que recorre toda la fachada con un friso.

El rosetón gótico-mudéjar enmarcado en un cuadrado con las armas reales de Castilla y de León, está flanqueado por dos pilastras-contrafuertes.

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Detalle Rosetón Gótico-Mudéjar


Torre de Santa Ana

Esta torre presenta en su frente dos vanos con arcos góticos apuntados. Está rematado con una serie de almenas por sus cuatro lados que le imprimen un recio carácter de fortaleza.

Sobre esta torre se encuentra La Campana del rey Don Pedro fabricada hacia 1364 por los maestros broncistas Bernal Pérez y Alfonso Domínguez de Sevilla. También aloja la capilla de Santa Ana y el reloj actual. La torre está coronada por almenas.


Torre de las campanas

Levantada en 1363, consta de cuatro cuerpos de mampostería con sillares en las esquinas. El cuerpo que aloja el campanario tiene tres ventanas con arco apuntado encuadradas en alfiz de ladrillo en cada lado. En el cuerpo superior se aloja el reloj. La rematan unas almenas y una pequeña espadaña. Se ubica en la zona este del monasterio.

Torre de las campanas

Torre de las campanas


Torre de San Gregorio

Cerca de la torre de las campanas con la que se conecta mediante un arco puente. En la primera planta se aloja la capilla de San Gregorio próxima al claustro mudéjar; el segundo cuerpo forma parte del claustro alto.


Otras torres

Construidas en los Siglos XIV-XV son torres que se sitúan en los lados norte y oeste. Una de ellas, llamada del “Chapitel bonito” está en el ángulo noreste del claustro mudéjar; la de “Las Palomas” se sitúa en el ángulo noroeste y hay dos torreones semicirculares, el del Norte y el del Poniente.


BIBLIOGRAFÍA:

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Real Academia de la Historia

monasterioguadalupe.com

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