Juan II de Aragón y Navarra
María Teresa García PardoDoctora en Historia del Arte |
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JUAN II DE ARAGÓN Y NAVARRA(1398 -1479) |
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JUAN II DE ARAGÓN Y NAVARRA (1398 -1479)
(Medina del Campo, Valladolid, 29.VI.1398 – Barcelona, 19.I.1479)
Rey de Navarra (1425- 1479)
Rey de Aragón (1458-1479)
Nacido del matrimonio formado por Fernando I de Antequera, rey de Aragón (1412-1416), y Leonor, condesa de Alburquerque y la mujer más rica de Castilla, fue el segundo de sus hijos varones.
Por nacimiento pertenecía a la rama menor de la dinastía castellana de los Trastámara, linaje muy enriquecido gracias a su abuelo, el monarca Juan I de Castilla.
Criado y educado en su residencia natal de Medina del Campo, en una auténtica Corte principesca, sobre la cabeza del infante D. Juan recayeron las Coronas de Navarra y, años después, de Aragón.
Recibió, como sus hermanos, una formación adecuada, siguiendo el modelo aristocrático, con destreza en el ejercicio de las armas y de la caza, que se verían completadas con una buena preparación literaria.
Como todos los grandes personajes, su biografía arroja un balance de luces y sombras según las distintas aproximaciones historiográficas que se han realizado sobre su figura, ya que mientras unos lo tachan de ‘castellanista’, como a todos los reyes aragoneses de la dinastía Trastámara, otros le atribuyen un ‘feroz absolutismo’, radicalmente antagónico de quienes le califican de ‘monarca liberal’ por apoyar a los campesinos catalanes.
Juan II de Aragón y de Navarra dada su longevidad (vivió 80 años) y los cargos desempeñados, fue actor principal de buena parte de los acontecimientos políticos acaecidos a lo largo del siglo XV e intentó por todos los medios afirmar su autoridad monárquica y trazar un ambicioso proyecto para él y su dinastía que se hicieron realidad en la figura de su hijo y sucesor, Fernando el católico.
Tras el Compromiso de Caspe de 1412, se instauró en Aragón un nuevo linaje, el de los Trastámara castellanos, llevando al trono de la Corona a Fernando I que, no obstante, no renunciaba a la regencia de Castilla.
El 11 de febrero de 1414 el infante Juan, junto con sus hermanos, participó activamente en la solemne ceremonia de coronación de su padre, Fernando I de Trastámara, como rey de Aragón en la Seo de Zaragoza, portando el cetro de oro.
En la misma ceremonia, y una vez coronado, el nuevo Monarca designaba al infante Alfonso, su primogénito varón, como príncipe de Gerona y heredero de sus estados, mientras que Juan recibía el ducado de Peñafiel que, junto con el título de señor de Castrogeriz, le iba a proporcionar un importante patrimonio con unas elevadas rentas señoriales.
El título le obligaba, además, a ejercer la jefatura de la rama menor de los Trastámara, a la que el infante no renunció durante muchos años; de ahí que se viera involucrado en la política interna castellana como uno de sus principales actores, teniendo que intervenir en continuadas acciones bélicas, alguna de las cuales ocasionaron la pérdida de una parte sustancial de la herencia castellana.
Su padre, Fernando I de Trastámara, proyectó, como todos los monarcas de la época, una compleja estrategia de dominio político peninsular en la que sus hijos jugaban un destacado papel en las relaciones exteriores y así negociaba para emparentarlos con otras casas reinantes.
En dicha estrategia, el infante Juan era una pieza fundamental para consolidar el dominio aragonés en el Mediterráneo occidental. Para conseguir este objetivo recibió de su padre un primer cometido político de gran envergadura. En febrero de 1414 era nombrado lugarteniente real y gobernador general de Cerdeña y Sicilia, proyectando que se hiciera cargo de Sicilia como virrey, en un régimen autónomo de gobierno, e incluso que llegara a dominar sobre Nápoles, preparando para ello la boda del joven infante, de apenas diecisiete años, con la reina Juana II de Nápoles, viuda ya entrada en años, pactada en escritura pública en Valencia en enero de 1415, aunque dicho acuerdo no llegó a cumplirse.
En marzo de ese mismo año, el infante, acompañado de una importante escuadra, se hacía a la mar, llegando a Palermo (Sicilia) el 6 de abril de 1415.
En la isla, además de dedicarse “a la caza y al juego de dados”, empezó a fraguarse su personalidad política, ya que tuvo que contemporizar con el partido autonomista, que quería erigir una Monarquía independiente y separada de la aragonesa y nombrar al infante D. Juan como Rey, intentando enemistarle así con su propio padre que había declarado solemnemente que Sicilia quedaba indisolublemente unida a la Corona de Aragón (1414).
El infante conoció también en tierras insulares a Blanca, princesa de Navarra, y viuda desde 1409 de Martín el Joven, que había ejercido durante algún tiempo como lugarteniente real en Sicilia y que regresaba a Navarra en los primeros días de septiembre de 1415 como heredera del reino.
También vio cómo se rompía definitivamente su acuerdo matrimonial con la reina Juana de Nápoles, que se casó con el conde de la Marca, Jaime de Borbón, del linaje de los Anjou.
Los esfuerzos paternos por situar al infante en Nápoles fracasaron, y dirigió ahora sus miras hacia Castilla para ocuparse de los intereses familiares, mezclados en una verdadera maraña de asuntos políticos y económicos que el linaje quería imponer para alcanzar el control del reino castellano.
El 2 de abril de 1416 fallecía en Igualada el rey de Aragón, Fernando I. En su testamento dejaba como heredero del trono a su primogénito Alfonso V el Magnánimo, que se hizo cargo del gobierno de la Corona de Aragón.
El infante Juan, como segundogénito, recibió un buen número de títulos y propiedades en Castilla: el ducado de Peñafiel, el condado de Mayorga, el señorío de las villas de Alba de Tormes, Castrogeriz, Medina del Campo, Olmedo, Cuéllar, El Colmenar, Paredes de Nava, Villalón, Haro, Belorado, Briones, Cerezo y Roa, además del título catalán de duque de Montblanc.
El infante regresó a la Península en enero de 1418, siguiendo instrucciones de su hermano Alfonso, el nuevo titular de la Corona, que optó por encabezar él mismo la estrategia mediterránea.
El nuevo rey de Aragón y sus hermanos, los “infantes de Aragón”, tenían puestos sus intereses en toda la Península y participaban en la política interna de Castilla, en la que estaban fuertemente imbricados.
Alfonso V se había casado en 1415 con su prima María, hermana de Juan II de Castilla, mientras que sus restantes hermanos varones controlaban las dignidades más importantes:
· Enrique, conde de Alburquerque y marqués de Villena, alcanzaba la dignidad de maestre de la Orden de Santiago, y en 1420 se casó con Catalina, la otra hermana del rey de Castilla;
· Sancho, murió muy pronto;
· Pedro, quedaba a la expectativa de ser nombrado maestre de Calatrava; de esta forma, los “infantes de Aragón” lideraban, desde distintos cargos de responsabilidad, la nobleza castellana;
· En 1418, tenían lugar los esponsales de su hermana María con el propio Rey de Castilla, y la hermana menor, Leonor, fue reina de Portugal al casarse con el rey Duarte (1433-1438).
La siguiente estrategia de la rama menor de los Trastámara, ahora llamados los “infantes de Aragón”, se dirigía hacia Navarra y a dicho fin se iniciaron negociaciones matrimoniales entre el infante Juan, duque de Peñafiel, y Blanca de Navarra, hija del rey Carlos III el Noble (1387-1425) e infanta heredera de Navarra, que culminaron en las capitulaciones firmadas en Olite (Navarra), el 5 de noviembre de 1419.
Las bodas se celebraron en Pamplona, el 18 de febrero de 1420. Los acuerdos establecían que el primogénito habido de la pareja, fuera hombre o mujer, heredaría el reino de Navarra y las propiedades territoriales que el infante Juan tuviera en Castilla y en Aragón.
El 29 de mayo de 1421 nacía, en Peñafiel, el príncipe Carlos, que fue jurado como heredero de Navarra por las Cortes reunidas en Olite el 11 de junio de 1422. Recibía también el título de príncipe de Viana (Navarra), creado para él por su abuelo Carlos III. Otros hijos del matrimonio fueron la infanta Blanca, nacida en Olite el 7 de junio de 1424, y la infanta Leonor, nacida el 2 de febrero de 1426.
El interés dinástico y personal del infante Juan seguía centrado, no obstante, en Castilla. Juntamente con sus hermanos, los infantes Enrique y Pedro, intervino desde 1419 decisivamente en los asuntos castellanos, primero apoyando la causa del valido Álvaro de Luna, y desde 1425 luchando en su contra.
El 8 de septiembre de 1425 murió Carlos III, y Juan fue proclamado rey de Navarra en su propio campamento militar instalado en Tarazona (Zaragoza), mientras que su esposa Blanca era proclamada reina en el palacio real de Olite, donde residía.
Juan II, como rey de Navarra, actuó únicamente como rey consorte, sin intervenir directamente en los asuntos de gobierno, que quedaban en manos de su esposa. Utilizó la dignidad real, en cambio, para sus continuas intervenciones militares en Castilla.
Coincidiendo con su elevación al trono navarro, y junto con su cuñada María, la reina de Aragón abandonada por Alfonso V, Juan II de Navarra asumió las responsabilidades de gobierno encargadas por su hermano y, sobre todo, ejerció la jefatura de la familia en las operaciones castellanas en un momento en que la Corona se vio inmersa en una serie de guerras y conflictos internos que le conducían a una situación de caos y desorden político, alimentados por las ambiciones de los “infantes de Aragón” y sus partidarios para controlar al rey Juan II de Castilla.
Los intereses y alianzas fueron tan complejos que llevaron al enfrentamiento entre Juan, rey de Navarra, aliado circunstancialmente con Álvaro de Luna, y su propio hermano, el infante Enrique, que fue hecho prisionero.
Las luchas se prolongaron durante los años 1425 a 1429, estando a punto el rey Alfonso V y su hermano Juan II de Navarra de invadir Castilla en este año y derrotar a don Álvaro, ahora en el bando contrario.
La sangría en hombres y en dinero que tenían que sufragar aragoneses y catalanes sin obtener ningún beneficio, sólo se justificaba por los intereses del propio linaje familiar, de los “infantes de Aragón”.
En 1430, los infantes de Aragón, debían retirarse de Castilla, con los graves perjuicios que de ello se derivaban. La tregua debe interpretarse como la renuncia del monarca aragonés a seguir defendiendo sus intereses dinásticos en Castilla y los extensos dominios señoriales de los Trastámara ‘aragoneses’ para dedicarse, en exclusividad a la política italiana.
En junio de 1434, Juan II embarcaba desde Valencia con destino a Palermo para apoyar militarmente a su hermano Alfonso V en la empresa napolitana. Combatió en el sitio de Gaeta y, junto a sus hermanos, Alfonso y Enrique, fue hecho prisionero por los genoveses tras la derrota naval de la isla italiana de Ponza, el 5 de agosto de 1435, y conducido a Milán.
Obtuvo su libertad después de cuatro meses de prisión, con el encargo de trasladarse a Aragón y solicitar allí de las Cortes una fuerte suma para el rescate de Alfonso V y tras pactar con el duque Felipe María Visconti el reparto de las zonas de influencias en Italia.
Íñigo López de Mendoza, más conocido como el marqués de Santillana, en su obra “La comedieta de Ponza” exalta los valores aristocráticos representados por los infantes de Aragón y sus seguidores, un centenar de caballeros que también fueron hechos prisioneros, entre los que se encontraba el propio escritor.
A fines de 1435, Juan II era designado por su hermano Alfonso V, que ya no regresó a la Península, lugarteniente real de Aragón, Valencia y Mallorca, ocupando desde entonces un destacado papel en la gobernación de los territorios peninsulares de la Corona, en cuyas tareas alternó con su cuñada doña María, reina consorte que tenía amplios poderes delegados por su esposo.
El alejamiento definitivo de Alfonso V y la falta de descendencia, hicieron recaer en Juan II la categoría de heredero, por lo que en la práctica pudo actuar en el reino de Aragón como auténtico soberano.
Al igual que en Navarra, Juan II desarrolló en Aragón una política en la que primaron sus intereses dinásticos en Castilla. La Corona de Aragón se vio inmersa en un conflicto que le exigía una aportación continuada de dinero y de hombres, además de sufrir las zonas lindantes con Castilla los devastadores efectos de la guerra.
En 1436, Juan II presidió las Cortes aragonesas que se celebraron en Alcañiz (Teruel) y, tres años después, convocó Cortes en Zaragoza, ante la amenaza francesa en la frontera catalana.
De nuevo, en 1441, Juan II reunió Cortes en Alcañiz (Teruel) que prosiguieron luego en Zaragoza.
El 1 de mayo de 1441 moría en el monasterio de Santa María de Nieva (Segovia) Blanca I de Navarra.
La muerte de la Reina se producía mientras su marido, Juan, seguía inmerso en los intereses castellanos, capitaneando la liga de nobles castellanos que, aliada circunstancialmente con los “infantes de Aragón”, conseguía desterrar del reino al valido Álvaro de Luna y capturar al rey de Castilla en Medina del Campo. Durante los dos años y medio siguientes, Juan de Navarra pudo actuar como señor de Castilla.
Tras el fallecimiento de su esposa, Juan II quedaba en una complicada situación política: de un lado, la sucesión al reino de Navarra iba a generar un prolongado enfrentamiento entre dos bandos irreconciliables; de otro, los distintos estados de la Corona de Aragón se negaban en Cortes a seguir suministrando ayuda económica a su lugarteniente para la guerra frente a Castilla.
En Navarra el gobierno quedaba en manos del príncipe de Viana que, por ley, debía ser coronado, ya que, según el testamento de doña Blanca (17 de febrero de 1439), el primogénito Carlos quedaba como heredero universal de sus bienes, aunque le instaba a no tomar el título real sin contar con su padre.
El viudo rey consorte, no tenía intención de perder su cargo, y, ocupado en los asuntos castellanos, dejaba momentáneamente el gobierno de Navarra en manos de su hijo, al que nombraba lugarteniente general.
Basándose precisamente en el testamento, Juan II conservó el gobierno de Navarra como usufructuario de su esposa, argumento sin valor legal, ya que su hijo era mayor de edad (tenía 20 años). Las aspiraciones del Monarca le llevaron a un enfrentamiento con su propio hijo, el príncipe Carlos, con el que nunca llegó a entenderse.
La situación de Juan II en Navarra se agudizó cuando decidió apartar del trono a su hijo, coincidiendo además con la negociación de su nuevo matrimonio, situación que, según el Fuero General, invalidaba el alegato de usufructo.
Juan II era perseverante y tenía una postura inflexible, agravada por la firma de las capitulaciones matrimoniales en septiembre de 1443 con Juana Enríquez, hija de Fadrique Enríquez, almirante de Castilla.
Las bodas se celebraron en Calatayud el 13 de julio de 1447, y de este segundo matrimonio nacieron cuatro hijos:
· Fernando, el futuro Rey Católico,
· las infantas Leonor y María (muertas con corta edad) y
· Juana, que se casó con su primo Fernando o Ferrante, rey de Nápoles e hijo natural de Alfonso V.
Además de sus hijos legítimos, Juan II tuvo varios hijos naturales: Alonso de Aragón, que fue maestre de Calatrava y después conde de Ribagorza; Juan de Aragón, que fue arzobispo de Zaragoza, y Leonor de Aragón, que se casó con el condestable de Navarra, Luis de Beaumont, conde de Lerín.
Tras su definitiva derrota en la batalla de Olmedo (1445), alejado de los temas de Castilla, Juan II decidió en 1450 instalarse, junto con su nueva familia, en la Corte navarra, agravando así la crisis sucesoria.
Entonces tomó las riendas del gobierno y organizó la Corte navarra de acuerdo con modelos castellanos. Pasó de ser rey consorte, a rey efectivo, en detrimento de su primogénito y legítimo heredero.
La destitución de su hijo, el príncipe de Viana, del cargo de lugarteniente, se completó con el ascenso político de los partidarios de Juan II, culminando así la ruptura entre padre e hijo, que arrastró al reino de Navarra a una situación de guerra civil.
Desde 1450 el príncipe Carlos, despojado de poder, tuvo que huir del reino y entrar en negociaciones con Castilla en los pactos de Puente la Reina y Pamplona firmados en septiembre de 1451, que sirvieron de argumento principal para ser acusado por su padre de alta traición. El enfrentamiento civil se saldó con la derrota de Aybar, el 23 de octubre de 1451, en la que el propio príncipe fue hecho prisionero.
Tras unos años en los que nombró a Juana Enríquez, su segunda mujer, como gobernadora de Navarra, Juan II negoció, el 3 de diciembre de 1455 en Barcelona, la sucesión al trono navarro, desheredando para ello al primogénito Carlos, Príncipe de Viana, y a su hermana Blanca, en beneficio de su hija menor Leonor, casada con Gastón IV de Foix, a quienes nombró como lugarteniente general. El tratado fue definido por el historiador Jerónimo Zurita como “la más infame negociación” realizada por el monarca aragonés.
El príncipe Carlos, derrotado en Navarra, buscó apoyos exteriores, y acudió a Nápoles, donde fue bien acogido por su tío Alfonso V. Se instaló en Sicilia (1457), donde el Parlamento vio en él la bandera del independentismo y solicitó a Juan II que nombrara a Carlos como virrey, lo que generó nuevos recelos entre padre e hijo, quien exigió heredar el trono navarro.
La muerte del rey Alfonso V de Aragón, en 1458, modificó esta conflictiva situación, ya que Juan heredó el trono aragonés y su hijo Carlos se convirtió en el príncipe heredero de la Corona. Navarra desde entonces ocupó un lugar secundario en el desarrollo del conflicto por la sucesión entre padre e hijo.
Cuando el 27 de junio de 1458 murió Alfonso V, en Nápoles, dejó a Ferrante, su hijo natural, el reino de Nápoles, mientras que su hermano Juan, rey de Navarra, fue reconocido como rey de Aragón y heredero de los diversos estados de la Corona: Sicilia, Cerdeña, Córcega, Rosellón, Cerdaña, Aragón, Cataluña, Valencia y Mallorca, que quedaban bajo dominio del nuevo monarca.
Juan II de Aragón y de Navarra era un hombre de avanzada edad (61 años), pero tenía una amplia experiencia política, ya que había intervenido en buena parte de los acontecimientos más destacados.
En julio de 1458 aceptó su compromiso como rey de Aragón en la Seo de Zaragoza y juró los Fueros ante el Justicia de Aragón.
En aquel acto solemne encumbró a su hijo Fernando, habido de su segundo matrimonio con Juana Enríquez, con los títulos de duque de Montblanc, conde de Ribagorza y señor de Balaguer, que, según las capitulaciones matrimoniales con Blanca I de Navarra, deberían haber pasado al primogénito Carlos y, de acuerdo con la tradición, sucesor y heredero de los bienes paternos.
Tanto las Cortes de Aragón, como las catalanas, exigieron a Juan II que designara a su primogénito Carlos de Viana como príncipe heredero y futuro rey de la Corona de Aragón.
El monarca aragonés decidió firmar la Concordia de Barcelona, en enero de 1460, por la que perdonaba a su hijo Carlos y resolvía la crisis sucesoria navarra, mientras que la sucesión aragonesa no se abordaba.
El acercamiento entre padre e hijo duró poco tiempo ya que el príncipe Carlos, desde Barcelona, negoció con Enrique IV de Castilla su boda con Isabel de Castilla.
Estos contactos, a espaldas de su padre, sirvieron de justificación para que Juan II ordenara la detención de su propio hijo en diciembre de 1460.
Las consecuencias mostraron que fue un grave error político, no sólo en Navarra, donde se iniciaba una nueva fase de la guerra civil, sino en Aragón y en Cataluña, donde surgieron movimientos populares en favor de la liberación del heredero, D. Carlos.
Los parlamentarios aragoneses, reunidos en Calatayud (1461), exigieron que el príncipe de Viana fuera nombrado también príncipe de Gerona, sucesor de la Corona y heredero universal.
Los catalanes optaron por un pronunciamiento a favor del príncipe, el 7 de febrero, ante la respuesta negativa del Rey de declarar a su primogénito como heredero universal. El Consejo de Cataluña proclamaba heredero al príncipe de Viana, que aceptaba y asumía, por tanto, la lugartenencia real, convirtiéndose en el jefe del poder ejecutivo.
El Rey se vio obligado a capitular, y en febrero de 1461 liberó a su hijo Carlos. De forma inesperada, el 23 de septiembre de 1461 murió de tuberculosis el príncipe D. Carlos, en extrañas circunstancias, urdiéndose desde entonces una leyenda en torno a su persona.
El 28 de mayo de 1462 el Monarca rompió la Capitulación y entró con sus tropas en el Principado. Era el comienzo de la guerra civil, que ha sido definida por Jaime Vicens y la historiografía catalana como una verdadera revolución o levantamiento frente a Juan II, apoyada por los dirigentes eclesiásticos.
Fue una cruenta guerra civil que supuso la crisis política y social más grave de la Corona de Aragón. La Diputación de Cataluña, aglutinando al pueblo en su entorno, declaró la guerra al Monarca.
Las hostilidades comenzaron con el sitio de Gerona. La guerra civil movía a los contendientes a solicitar ayudas internacionales. Juan II logró, en mayo de 1462, el apoyo del monarca francés Luis XI, que colaboró con setecientas lanzas y otro material de guerra a cambio de recibir 200.000 escudos de oro y, como garantía del pago, el monarca aragonés entregó a Luis XI los condados del Rosellón y la Cerdaña.
Juan II obtenía victorias militares y éxitos diplomáticos, ya que en octubre de 1469 negociaba el matrimonio de su hijo Fernando con Isabel de Castilla, y conseguía la ayuda de Inglaterra y de Borgoña para luchar contra Francia que, de nuevo, amenazaba con invadir el Principado.
Barcelona se rendía, tras un largo asedio, firmándose la Capitulación de Pedralbes (24 de octubre de 1472). El Monarca, en una decisión política, se mostraba generoso con los rebeldes y se comprometía a no ejercer represalias, excepto con Hugo Roger III, conde de Pallars, y jefe de las tropas de la Generalitat.
Los graves problemas siguieron en los años siguientes con un Principado en estado deplorable y sumido en la miseria, situación que se detecta también en los restantes reinos de la Corona, como en Valencia o en Aragón, donde se dibujaba un panorama de anarquía casi absoluta.
En 1478 Cerdeña se sometía definitivamente a la Corona de Aragón. Fue el último éxito del anciano Monarca, en los últimos meses de su vida.
Juan II, aquejado de gota en su etapa final, murió en Barcelona el día 19 de enero de 1479, a los 80 años de edad, dejando como único heredero a su hijo Fernando, del que se despidió por medio de una carta recogida por su fiel secretario Juan de Coloma, en la que afirmaba que únicamente podía salvarle el “Creador y Redentor del mundo, en cuyas manos estamos”, y le recomendaba que se dejara regir por la justicia para conservar en paz “los regnos e súbditos […] evitando quanto el mundo podays todas guerras y discusiones”.
Las exequias fúnebres fueron muy costosas, hasta el punto de que hubo que empeñar una parte de las joyas del Monarca y vender oro y plata de la cámara real. Fue enterrado en el real monasterio de Poblet.
Su hijo, Fernando el Católico, le sucedía como rey de Aragón y de los restantes reinos y estados de la Corona, y representó el triunfo monárquico y el tránsito a la Modernidad.
Su hija Leonor, habida con su primera esposa Blanca, le sucedió en el reino de Navarra.
BIBLIOGRAFÍA
N. Baranda Leturio, “Una crónica desconocida de Juan II de Aragón (Valencia, 1541)”, Cuadernos de Filología Hispánica, 7 (1988), págs. 267-288.
M.ª I. Falcón Pérez, “Juan II”, en Los reyes de Aragón, Zaragoza, Caja Inmaculada, 1993, págs. 157-162.
I. Ostolaza Elizondo, “D. Juan de Aragón y Navarra, un verdadero príncipe Trastámara”, en Aragón en la Edad Media (Zaragoza), XVI (2000), págs. 591-610.
L. M. Sánchez Aragonés, Las Cortes de la Corona de Aragón durante el reinado de Juan II (1458-1479). Monarquía, ciudades y relaciones entre el poder y los súbditos, Zaragoza, Institución Fernando el católico, 2004.
REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA
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FOTOGRAFIAS
Portada. Archivo en Wikipedia
Descripción: Retrato imaginario del rey Juan II de Aragón (1398-1479) Segunda mitad del siglo XVI.
Fuente: Palacio Ducal, Pedrola (Zaragoza), procedente del Palacio de Villahermosa (hoy Museo Thyssen), Madrid
Autor: Roland de Mois (1520–1592)
Entierro. Archivo en Wikipedia
Descripción: Tumbas de Juan II y de la reina Juana Enríquez en el Monasterio de Poblet.
De © José Luiz Bernardes Ribeiro, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=37183944
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FERNANDO I. EL DE ANTEQUERA (1379 – 1416)
María Teresa García PardoDoctora en Historia del Arte |
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FERNANDO I. EL DE ANTEQUERA(1379 – 1416) |
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FERNANDO I. EL DE ANTEQUERA (1379 – 1416)Medina del Campo (Valladolid), 1379 – Igualada (Barcelona), 1.IV.1416.Regente de Castilla y rey de Aragón.Fue el segundo hijo de Juan I de Castilla y Leonor de Aragón, hija de Pedro IV el Ceremonioso. Se educó en la Corte de su hermano Enrique III y a la muerte de éste, en diciembre de 1406, fue nombrado regente de su sobrino, el príncipe Juan, en unión de la reina viuda Catalina de Lancaster. Se iniciaba una larga minoría de edad, porque el pequeño príncipe Juan no contaba ni tan siquiera dos años, que estuvo plagada de dificultades superadas gracias a la diplomacia del infante. En el momento en que don Fernando tomó posesión del cargo de regente, el 15 de enero de 1407, su poder en la Península era indiscutible. Su padre le había nombrado duque de Peñafiel (Valladolid) y conde de Mayorga (Valladolid) en las Cortes de Guadalajara de 1390. En esas mismas Cortes se concertó su matrimonio, celebrado unos años después, con su tía Leonor de Alburquerque, hija del conde Sancho de Castilla, y heredera de fértiles tierras en La Rioja, Castilla y Extremadura. Además de duque de Peñafiel, era señor de Lara, separada ésta definitivamente de Vizcaya, y tenía en sus manos algunos de los puntos clave del reino: Medina del Campo (Valladolid), Olmedo (Valladolid), Cuéllar (Segovia), San Esteban de Gormaz (Soria), Villalón (Valladolid), Urueña (Valladolid), etc. Por su matrimonio con su tía Leonor de Alburquerque, un condado con tres núcleos de tierra en torno a Haro (La Rioja), Ledesma (Salamanca) y Alburquerque (Badajoz). Medina del Campo, Olmedo, Cuéllar y Villalón constituían los puntos centrales de la vida económica de Castilla: Lana, trigo y cuero. El comercio era la base del crecimiento económico castellano, potenciado por la recuperación demográfica. Las ferias de Medina del Campo, fundadas y organizadas por don Fernando no fueron ajenas a este proceso. Tampoco Cuéllar con ferias desde 1390, año en que había sido cedida al infante, o Lerma (Burgos), con celebraciones feriales desde 1409. Don Fernando hizo brillar el espejismo de la guerra musulmana, como respuesta a la derrota en la batalla de Collejeras por los granadinos a las tropas cristianas de Enrique III en 1406. A partir de entonces, y durante toda la regencia, la guerra fue la gran empresa del infante que espera convertirse en defensor de la cristiandad, y obtener ventajas políticas. Algunas fueron inmediatas. La dirección de las operaciones le proporcionó la administración de una gran cantidad de dinero que las Cortes habían votado, y un reparto en el gobierno del reino con la reina viuda, previsto ya en el testamento de Enrique III. Al infante D. Fernando le correspondía gobernar la mitad meridional de Castilla, contando desde los puertos de Guadarrama, incluyendo todos lo señoríos que a él como duque de Peñafiel, conde de Alburquerque y señor de Lara correspondían, además de Alba de Tormes (Salamanca) y Ayllón (Segovia). Todos sus señoríos, menos Alburquerque, en Badajoz, estaban enclavados en la mitad norte de la Península. En su zona de gobierno se hallaban los núcleos principales de las órdenes militares de Alcántara y de Santiago, a cuyos maestrazgos aspiraba en beneficio de sus hijos. El infante llevó a cabo dos grandes campañas contra los musulmanes. La desarrollada en 1407 y la de 1410, que culminó con la toma de Antequera (Málaga), lugar de gran interés estratégico, y que le granjeó el sobrenombre con que ha pasado a la Historia. En la primera, tomó Zahara (Cádiz) pero, en contra de su voluntad, tuvo que ordenar la retirada y mostrarse como vencido cuando el 10 de noviembre hacía su entrada en Sevilla. Su posición política se debilitó enormemente. Sus fracasos en la guerra hicieron que la oposición reiniciara sus ataques, y don Fernando tuvo que enfrentarse a la rebeldía de un importante sector de la nobleza, auspiciado, por la propia reina viuda Catalina de Lancaster. Fue una etapa muy difícil pero que se cerró con un saldo positivo. Las negociaciones fueron fructíferas y sus mayores adversarios colaboraron desde entonces con el fiel Sancho de Rojas en todas las empresas de D. Fernando. Paralelamente, diseña un plan para hacerse con el control de los maestrazgos de las órdenes militares que afectaría a la de Alcántara y a la de Santiago, cuyas máximas dignidades quedaron vacantes por fallecimiento de los titulares. En la de Alcántara, la muerte del maestre Fernando Rodríguez de Villalobos en 1408, daba paso a un enfrentamiento por el poder. D. Fernando presentó la candidatura de su hijo, el infante Sancho, de apenas ocho años de edad. Con esta candidatura se justificó que se ponía fin a la discordia en la Orden y se atendía un sagrado deber cristiano, ya que las rentas del maestrazgo se destinarían, hasta la mayoría de edad de don Sancho, a la guerra contra los infieles. Los comendadores no presentaron resistencia y, tras la licencia por razón de edad, don Sancho fue elegido maestre en el monasterio de San Pablo de Valladolid, en presencia del rey y de la Corte. Un año después, en 1409, moría el maestre de la Orden de Santiago. Don Fernando hizo elegir como maestre a otro de sus hijos, Enrique, también menor, pero en este caso tuvo que vencer la resistencia mediante la entrega de 500.000 maravedís. Todo parecía en orden para reanudar las hostilidades. Y así, se preparó la segunda y decisiva gran campaña protagonizada por don Fernando que culminó con la conquista de Antequera el 16 de septiembre de 1410. El regente rodeó la victoria de gran solemnidad y quiso hacer presente la tradición reconquistadora castellana ordenando traer de León el histórico pendón de las Navas, custodiado en la colegiata de San Isidoro. La victoria había sido rotunda y su rentabilidad política también. La victoria de las Navas de Tolosa, que tuvo lugar en Jaén, el 16 de julio de 1212, fue un punto de inflexión en la Reconquista. La muerte sin sucesión del monarca aragonés Martín el Humano, el 31 de mayo 1410, conocida por el infante cuando sitiaba Antequera, abría la posibilidad de que su familia ostentase la hegemonía en la península. En calidad de hijo de Juan I de Castilla y Leonor de Aragón y como nieto de Pedro el Ceremonioso, don Fernando se dispuso a hacer valer sus derechos al Trono. Castilla, en las Cortes de Valladolid, apoyó su candidatura al Trono aragonés y se aceptó, tras mediación expresa de la reina viuda Catalina que se planteaba la posibilidad de una regencia única. Los 45.000.000 de maravedís, votados para la guerra de Granada, se destinaron a los gastos de su elección, considerada muy conveniente. Las tres líneas de acción esbozadas por el infante D. Fernando cuando asumió la regencia:
Castilla había entrado en el siglo XV apoyada en los siguientes pilares:
Castilla valoró conseguir la corona aragonesa, al tratar de cumplir la última voluntad del rey Martín, muerto sin sucesión: “determinar en justicia al sucesor”. En un primer momento fueron cinco los candidatos: Jaime, conde de Urgell, bisnieto de Alfonso IV; Luis de Anjou, duque de Calabria, nieto de Violante de Bar, viuda de Juan I; Alfonso, duque de Gandía, bisnieto de Jaime II; Fernando de Castilla, nieto de Pedro IV y sobrino del rey Martín por vía femenina; y Fadrique, nieto directo del rey Martín, pero pronto descartado por la ilegitimidad de su nacimiento, ya que era hijo de Martín I, el Joven, y una siciliana. Fernando de Castilla fue el candidato más apoyado porque supo conjugar los intereses de algunos protagonistas a título particular. Benedicto XIII, el papa Luna, veía en Fernando un firme apoyo en la cuestión del cisma al asegurar la mayoría peninsular hacia su causa; o el futuro san Vicente Ferrer, quien encontró en él, como regente castellano y después como monarca aragonés a un colaborador en sus planteamientos antisemitas. La decisión fue bien recibida en Aragón, no tanto en Valencia y mucho menos en Cataluña. Pero satisfacía, a la mayoría y evitaba el enfrentamiento, a excepción del candidato desestimado Jaime de Urgell, que obligó al nuevo rey Fernando I (1412-1416) a combatirle hasta sitiarlo a lo largo de 1413 y desterrarlo, con el consentimiento casi generalizado de las fuerzas sociales y políticas de la Corona. El Compromiso de Caspe fue una decisión equilibrada, que supo conjugar los intereses aragoneses, valencianos y una parte de los catalanes. Los aragoneses aspiraban a un protagonismo mayor, perdido con los últimos monarcas de la Casa de Barcelona. Los valencianos deseaban escalar una posición equiparable a la de los otros reinos en el conjunto de la Corona; y los intereses catalanes con una nobleza más dinámica y una burguesía barcelonesa que controlase las finanzas. Pero D. Fernando era un Trastámara castellano y Castilla superaba en territorio y población a la Corona de Aragón (4.000.000 de hombres frente a 800.000 y esto causaba un gran recelo. Cuando en 1412 llegó al Trono de Aragón la nueva dinastía Trastámara castellana, el monarca se vio obligado, en primer lugar, a jurar los Fueros, Usos, Costumbres y Libertades del país, que sus súbditos guardaban celosamente. Fernando I los juró con gran solemnidad en la Seo de Zaragoza el 3 de septiembre de 1412, sobre la Cruz y los Evangelios sostenidos por el prelado de mayor dignidad del reino, el obispo de Huesca al estar vacante Zaragoza, y ante la mirada del justicia de Aragón, la más alta magistratura del Reino. A continuación, los procuradores o representantes de los cuatro estamentos parlamentarios, prestaron juramento al rey según el formulario habitual. Cuatro días más tarde, el primogénito don Alfonso, futuro Alfonso V, fue jurado como heredero legítimo, después de que él mismo jurase los fueros igual que su padre. Tras estas ceremonias, las primeras Cortes se celebraron en Zaragoza en el breve plazo de los cuatro años de reinado. Su finalidad primordial era:
Para la coronación se recuperó el rito tradicional de la Corte aragonesa. Fiestas, torneos, representaciones teatrales y una rememoración alegórica del sitio del castillo de Balaguer, último bastión del conde de Urgell. La ocasión era la más propicia para el acercamiento popular y la contemplación personal del séquito real. Antes de estas ceremonias, Fernando I pasó una larga estancia en Barcelona, reuniendo Cortes, en las que demostró, una vez más, su voluntad negociadora. Los nobles aparecieron ante él como representación auténtica de Cataluña y con ellos pactó una política que anunciaba la que más adelante fue preconizada por la Biga. Las concesiones indicaban un retroceso hacia posiciones conservadoras:
La tónica general del reinado fue de apuros financieros. De estas penurias hablan todas las Cortes convocadas por Fernando I y las medidas tomadas por la Administración. La crisis se debía más a la anormalidad imperante en el control de los recursos del país, a la no administración del patrimonio regio y a la ilimitación del gasto público, desorden que intentó corregir el Monarca desde su acceso al Trono. Quiso conocer desde el primer momento las rentas que le pertenecían y expresó su deseo de anular aquellas que habían provocado una disminución en los recursos. Sanear la Hacienda y la política fiscal, constituyó la gran preocupación del primer Trastámara aragonés, que en cuatro años obtuvo más logros que los monarcas precedentes y los que le siguieron en el Trono. En política exterior, Fernando I intentó acceder a los deseos de los súbditos que confiaban en que el restablecimiento de la hegemonía mediterránea produjera un alivio en las dificultades económicas. Realizó una activa política en ese mar. Mantuvo la isla de Sicilia que se hallaba en guerra civil permanente desde la muerte de Martín el Joven. En Cerdeña, isla siempre rebelde a la soberanía aragonesa de acuerdo con Génova, compró al vizconde de Narbona, que había sido proclamado monarca y envió a la isla una expedición para que volviese a su obediencia. A la vez, había firmado una tregua con Génova por cinco años. Todo ello más los tratados con Egipto y Fez, permitieron un cierto respiro al comercio catalán por la ruta de las islas hasta Alejandría, cuyo consulado se restableció. Se consiguió una cierta estabilidad mediterránea. También se mantuvieron buenas relaciones con Francia e Inglaterra, y en general, con todas las potencias occidentales, incluido el Imperio alemán, con el que Fernando I tuvo que relacionarse por la cuestión del cisma de Occidente. La solución de este conflicto le llevó a una ruptura con Benedicto XIII, al que tanto debía. Siguiendo los acuerdos del concilio de Constanza, intentó, en vano, convencer al Pontífice para que renunciase a la tiara. Como éste no aceptó, tras el último intento de Perpiñán, Fernando I se apartó de su obediencia, el 6 de enero de 1416, poco antes de su muerte. La prematura muerte de Fernando I, tan sólo cuatro años de reinado, hace que se considere éste como un paso más en el largo período de transformaciones profundas que arranca en los años precedentes y culmina en el reinado de Fernando el Católico. Los importantes intereses en Castilla de la dinastía Trastámara hizo que en Aragón repercutieran en la trayectoria política de los dos primeros Trastámara aragoneses: Fernando I y su hijo Alfonso V el Magnánimo (1396-1458). De su matrimonio con su tía Leonor de Alburquerque (Badajoz) tuvo los varios hijos:
Tanto la Crónica de Juan II, de Alvar García de Santa María, como la de Lorenzo Valla, Historia de Fernando de Aragón, inspirada en gran parte en la primera, exaltan la gloriosa fidelidad del regente. Alvar García de Santa María recoge con admiración la escena en que algunos nobles aconsejan a Fernando, muerto Enrique III, que tome la Corona. Él rechaza la idea y es el primero en jurar al pequeño rey, futuro Juan II de Castilla. La escena la repite el cronista italiano en la obra que sobre su padre le encomendó Alfonso V de Aragón. Valla justifica el proceder de Fernando I como ejemplo de virtud. También El Romancero, en su serie de romances sobre la toma de Antequera, contribuye a forjar el mito de Antequera y a idealizar la mentalidad caballeresca de su héroe: Fernando el de Antequera. BIBLIOGRAFÍA:F. López Estrada, “La conquista de Antequera en el Romancero y en la épica de los siglos de oro”, en Anales de la Universidad Hispalense (Sevilla), vol. XVI (1955), págs. 133- 192; J. Vicens Vives, “Evolución de la economía catalana durante la primera mitad del siglo XV”, en IV Congreso de Historia de la Corona de Aragón, Mallorca, 1955, folleto de 27 págs., ponencia 3; L. Suárez Fernández, Á. Canellas López y J. Vicens Vives, Los Trastámara de Castilla y Aragón en el siglo XV, intr. de R. Menéndez Pidal, en J. M.ª Jover (dir.), Historia de España de Menéndez Pidal, t. XV, Madrid, Espasa Calpe, 1964, págs. 3-318; F. López Estrada, La toma de Antequera, Antequera-Sevilla, F. Vives, 1964; E. Sarasa Sánchez, “Fernando I y Zaragoza. La Coronación de 1414”, en Cuadernos de Zaragoza, 10 (1977); E. Sarasa Sánchez, Aragón en el reinado de Fernando I (1412-1416). Gobierno y Administración. Constitución política. Hacienda Real, Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 1986; REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA |
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