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León. Gótico y Románico. Viaje de alumnos de la UNED. 17-04-2010

“Este es el relato que me envía una alumna sobre un agradable e interesante viaje educativo y cultural que realizamos en abril de 2010.

Deseo que os guste tanto como a mí y disfrutéis con su lectura.”

 

  

 

Todo indicaba que la jornada iba a resultar maravillosa.   Pero la realidad superó con creces las halagüeñas expectativas.   La cita era temprana, mas madrugar no supuso sacrificio alguno. Lloviznaba.   En la estación de metro sólo había una persona.  Un inmigrante, alguien obligado a estar ahí.  Iría a trabajar.  Su “robasueños” fue más cruel que el mío.   Yo iba a vivir una experiencia que, ahora ya sé, irrepetible.   Él, seguramente no.   Me saludó amablemente con un buenos días exquisito. ¡Qué gusto encontrarte una madrugada del mes de abril con un desconocido que te desea un buen día!   No es algo muy habitual.

El sol, remolón, no se decidía a desperezarse del todo.   Aún era de noche, aunque ya alboreaba.   La mañana se adivinaba gris.   No hacía frío.   El tren llegó puntual a la estación.   Aquélla que ya nunca se desplazará de nuestra memoria. Aquélla de fatídico y trágico recuerdo.  Nefasta, aciaga y desdichada evocación, pero inevitable al aproximarnos al apeadero.  Unos momentos para a los que allí perecieron. Como mínimo unos minutos dedicados a su memoria cada vez que por allí se transita.

El autobús espera ya.   En la puerta, nuestro organizador.   Atento.   Su función es casi profesional y la desempeña a las mil maravillas.   Lo ha facilitado todo y es el impulsor de lo que nos aguarda.

Abandonamos Madrid y emprendemos ruta hacia el Norte.   El paisaje urbano se va desvaneciendo dando paso a la esplendorosa Sierra de Guadarrama que una persistente niebla apenas nos deja ver.   Ahora ya no parece abril.   El invierno avanza en la partida.   De momento, la primavera parece vencida.   Pensamiento suplicante y unánime en los ocupantes del vehículo: un poquito de sol, un instante, el necesario para poder apreciar las vidrieras.

Pero el ánimo sigue adelante.   Unas cincuenta personas.   Grupo heterogéneo en edades, pensamientos, ideologías y problemas.   Pero del que emana contento.   Casi todos sonríen al hablar.   Algunos duermen.   Los de alrededor entablan agradables conversaciones.   A pesar de lo temprano, nos vamos animando.   Hablamos y hablamos.  Nos reímos.   Se desata una oleada de complicidad con mi compañera de asiento.   Cuando queremos darnos cuenta ya hemos alcanzado la primera parada. Madrid está ahora muy lejos.   La vieja Castilla nos ha acogido.

Proseguimos la marcha.   No ha decaído el espíritu, antes bien se ha reavivado con el descanso.   El café ha causado su efecto, espoleando nuestro cerebro y aplastando a lo que por allí provoca el sueño. 

Definitivamente.   El Reino de León se anuncia en grandes letras mayúsculas, capitales y blancas. Bien escrito.   Temía por si el acento no figuraba en el rótulo que lo indicaba.   En un vocablo como León, nunca se puede obviar la diacrítica tilde, la que da a la villa su carácter agudo y rotundo.   León siempre debe aparecer bien escrito: ha supuesto mucho en nuestra Historia.

Surge ante nuestros ojos San Isidoro.   Insultantemente románico.   Me atrae su portada.   Las arquivoltas se me aparecen como la imagen más nítida del conjunto.   Es emocionante reconocer algo que has estudiado, así, de repente, sin que nadie tenga que explicártelo.   Nos aproximamos a la fachada, el armazón del imponente edificio.

Empieza la explicación.   Como siempre, apasionante.   La voz de la profesora retoma su tono para la didáctica.   Es un privilegio poder recibir in situ una de sus clases.  Nos transporta hacia la Grecia clásica.  Troya.   Helena.   Los mitos fantásticos, las historias legendarias que casi hemos asumido como reales.   El mundo heleno va quedando atrás y atravesamos el tiempo hasta implantarnos en el Medievo.   La iconografía de la portada se nos presenta al compás de la voz de la maestra.   Y somos capaces de apreciar la obra en toda su magnitud.

    

Tras otros recorridos, por fin diviso los frescos.   Los había contemplado muchas veces en fotografías y los atisbé al momento.   Una estrecha escalera, angosta, nos condujo al lugar.   Se hace necesaria la contemplación en soledad.   Sólo unos minutos.   Eso ayuda a que la percepción se aposente en la memoria y el recuerdo aguarde allí hasta el final, el mismo día de la muerte.   Aquellas pinturas se colaron en mi alma, como no hace mucho sucedió con la cúpula de Santa Sofía.   Lo que estaba sintiendo podría ser perfectamente la traducción literal de un sueño.   Uno de esos momentos gloriosos que te ofrece la vida.  Tendría que estar sonando el tercer movimiento de la Novena.   La pieza más sublime de la música de todos los tiempos debería siempre acompañar vivencias de tal envergadura.

Una vez más, la explicación que vino a todo aclararlo, despertando nuevas apreciaciones que nos acercaban a la esencia del arte.   Aquel Pantocrátor envuelto en azules y rojos, las miradas de todos los que aparecían junto a su majestad, el calendario de las labores…Todo quedó atrapado en mi interior.

     

 

     

(fotos conseguidas en google)

Comimos y repusimos energías.   Aún aguardaba el otro enfrentamiento. Otras visiones que, a buen seguro, iban a engrosar la sublimidad con que se nos había obsequiado, tan generosamente.

Una comida agradable. Un ambiente inmejorable.   Dotado de energía positiva expresada en modo superlativo.   El vino contribuye a potenciar la atmósfera. Personas que lo pasan bien y que disfrutan de la mutua compañía.   Parece que la rutina y los aspectos desagradables del día a día se han apeado de sus vidas durante unas horas.   Y la sensación es enormemente gratificante.

Y allí estamos ya. La ansiedad quería abarcarlo todo, deprisa.   Busco casi con desesperación.   Enseguida lo diviso.   El arbotante es una de las características que más me ha impresionado del arte gótico.   Desde que estudiando el período me topé con la Catedral de Chartres, erguida, navegando a través de los campos de mies que la circundan.  Se me antojó como una gran nave surcando los campos, una hermosa embarcación que hendía la tierra.   Los arbotantes.   Una de las soluciones arquitectónicas más espectaculares de todos los tiempos, bajo el punto de vista de una quasi profana en el mundo del Arte.

La majestuosidad del templo me paraliza. Otra vez, sobrecogida, disfruto en soledad del instante.   Vuelvo a notarlo.   Se está abriendo paso en mi alma.   Recorremos el monumento y me emociono al atravesar la girola, sabedora de ello.

Lo observamos todo casi de modo frenético, alterándonos cuando nos topamos con algún elemento característico de lo que ya hemos asimilado en los libros y en las clases.   Queremos fotografiar cada detalle.   Atendemos ansiosamente las exposiciones de la maestra que nuevamente nos transportan a otro tiempo.   Ante el coro, nos contagia de una experiencia mística que describe con estas mismas palabras.  Es tal la intensidad de su explicación, que nuestro olfato llega a percibir el aroma del incienso inexistente.

Un último impacto nos aguarda. Parece que los hados se han conjurado en nuestro favor, oidores de nuestras súplicas.   El rosetón se ha iluminado, otorgando a los rayos del sol el paso a través de su coloreado cristal.   Resplandece casi de manera descarada.   Nos está avisando.   Las vidrieras están prestas para recibirnos en todo su esplendor.

 

 

La primavera ha ganado el asalto más importante de la batalla que emprendió desde principios de la semana contra las nubes.   El primer párrafo del prólogo del libro de Chaucer acude.   Su descripción del mes de abril resulta tan apabullante que merece la pena traerla a este relato.   El modo en que describe el advenimiento de la dulce estación que precede al verano es definitivo.   Un prólogo que tomo prestado para situar antes de la descripción del último momento que nos reservaba el día, del colofón a la medida de las circunstancias.

“En el tiempo en que las suaves lluvias de abril, penetrando hasta las entrañas la sequedad de marzo, hacen brotar las flores con el riego de su vivificante licor; en el tiempo en que Céciro, con su grato aliento, anima los renuevos de todo árbol y planta; en el tiempo en que el sol ha recorrido en Aries la segunda mitad de su curso; en el tiempo, en fin, en que las aves cantan y, estimuladas por la Naturaleza, pasan toda la noche sin cerrar los ojos; en ese tiempo, digo, suelen las gentes ir en peregrinación a remotos y célebres santuarios de apartados países.”

El arbotante se curvaba ante la vista.   Orgulloso, sabedor de su función y conocedor de su belleza milenaria.   Tras él, otros muchos en fiel réplica.   Tan cercanos, casi junto a mí.   Atractivos e irresistibles los abarcaba en primer plano.   Pero la llamada de la otra estancia era fuerte, tenaz. Y sucumbí a su magnetismo.

Y como en un sueño, aparecí en el triforio. Ese lugar que desde abajo parece sólo alcanzable a través de la imaginación.   El concepto se materializó. Se desembarazó de su cualidad etérea y se hizo patente, permitiendo situarme a su altura.   Presidiendo la escena onírica pero real, el enorme rosetón.   Dejándose apreciar en los detalles, siendo magnánimo aunque sin cejar en su altivez.   Concediéndonos el deseo de avistarle de cerca, de venerar su majestuosidad de tú a tú.   Ya irremediablemente en el espacio de las vidrieras, el término sublime volvió a hacerse real.   Un respeto reverente nos impedía tocarlas con nuestras propias manos, algo facilísimo de ejecutar y contra lo que hubo que luchar, pues la voluntad flaqueaba ante tamaña tentación.  Se nos permitió captar el momento digitalmente.   Podremos contemplarlo nuevamente y rememorar la situación.   Un joven historiador nos lo concedió.   Alguien que abandonó el extremismo funcionarial y derrochó empatía hacia nosotros.   Se lo agradecí de corazón, se me hizo necesario expresárselo.

 

Antes de partir, rodeamos la fachada buscando las incontables marcas que dejaron sobre su piedra los canteros. Alterándonos ante el descubrimiento de cada signo, cada pequeña constancia de los maestros que trabajaron en el levantamiento del templo en el que plasmaron su huella para los siglos.

Y así se cerró el milagro. Un mágico recorrido por la Edad Media.  Muchos elementos confluyeron.   Las personas que me acompañaron, el que maneja los entresijos de la Naturaleza y la genialidad legendaria de la raza humana, capaz de superarse en sus actuaciones y creatividad.   La Historia, al fin y al cabo.

 

Mere

Fotos: wardo63@hotmail.com

 

Enrique nos envía este PowerPoint que podéis descargaros

Viaje a León

http://cid-76b1716e822344d7.skydrive.live.com/embedicon.aspx/Otrosarchivos/Viaje_Leon.pps

 

 

Santa Sofía, soñando con una cúpula

“Una de mis clases sobre arte bizantino generó un interesante sueño en una de mis alumnas.  Ella ha tenido la generosidad de compartirlo con todos los que leéis este blog. Gracias por tu aportación y que lo disfrutéis…”

SOÑANDO CON UNA CÚPULA 

No hay nada que pueda paragonarse al mundo de los sueños.   Incluso cuando éstos se tornan en aterradoras pesadillas.  Las emociones que nos despiertan en el otro lado no pueden experimentarse en éste, el de todos los días.   Los sueños suponen la más eficaz válvula de escape de la rutina.

De vez en cuando nos impresionan tanto, que no podemos apartarlos del pensamiento, tratando una y mil veces de recuperarlos. A mí me ocurre así.   No quiero dejarlos escapar, no quiero olvidar lo que me aportaron y por ello tiendo a relatarlos.

El último maravilloso regalo de Morfeo se me dio hace unos días.   Aparecí suspendida en la cúpula de la incomparable Santa Sofía. Esa cubierta que tanto trabajo me costó entender y estudiar volvió a mí, hermosa en su estructura sin precedente conocido, como agradeciéndome el esfuerzo que le dediqué.   Flotaba por su espacio de un lado a otro y podía tocar con mis propias manos los cuarenta nervios que la refuerzan.   Después, entraba y salía a través de los cuarenta vanos, regocijándome con el baño de los rayos de sol que los atravesaban y que envolvían mi ser onírico.   Nada importaba abajo.   No tuve tentaciones de recorrer las naves, las arquerías, el ábside…   Sólo levitaba en el espacio de la cúpula.   Parecía haberme transformado en un ángel, un ser incorpóreo dotado de la más extrema sensibilidad que me permitía comprender, en asombrosa plenitud, la belleza de lo que contemplaba.

Fue un sueño largo y siempre centrado en el mismo elemento: la cúpula.

Al despertarme, pensé casi con ansiedad: tengo que ver Santa Sofía.   Pero luego, tras haber madurado la idea, creo que no acudiré a la que fuera Constantinopla.   Temo que el encuentro pueda estropear la imagen de lo soñado.   Y prefiero permanecer aferrada al espectáculo único que me ofreció la noche.   Si allí fuera, quizás el tumulto del gentío derrocara la idealización que en mi mente se ha conformado. Y no quiero que eso ocurra.   Es una estupidez, pueden pensar algunos, pero cuando se vive una experiencia tan sublime, tan incomparable, es necesario que perdure.   No puedo (ni debo) contribuir a que se desvanezca.   Porque tales vivencias, raras y escasas, engrandecen el alma, purificándola y haciéndote mejor persona, sensibilizándote con lo bello.   Fortalecen el raciocinio y reafirman la fe en el ser humano. Si el hombre que antaño creó esa cúpula fue capaz de acometerla, aún podemos tener esperanza porque, en cualquier momento, podrá repetir una hazaña semejante.   No hemos de desterrar el término “filantropía” de nuestro vocabulario.

Aún en el sueño, miré hacia abajo y sorprendí a Justiniano exclamando, sólo para mí, su célebre frase el mismo día de la consagración del templo.  El emperador portaba un cetro alargado y fino, de oro macizo.   De sus hombros pendía una larga capa roja que se arrastraba tras sus pasos parsimoniosamente.   Me sonreía y con un guiño cómplice, en un lenguaje en el que no se hicieron necesarias las palabras me dijo: ¿verdad que sentimos lo mismo?  

¿Puede alguien arriesgarse a que tamaña experiencia se desmorone?

Mere

VIAJE A TURQUIA – ABRIL 2009

VIAJE A TURQUIA – ABRIL 2009

El día 5 de abril de 2009, un grupo de 44 amigos y compañeros, enamorados de la Historia del Arte, iniciamos nuestro viaje a Turquía.

Llegamos a Estambul en torno a las cuatro y media de la tarde.

Durante nuestro traslado al hotel tuvimos el primer contacto con esa hermosa ciudad y sus murallas bizantinas. Pero nuestros rostros se iluminaron al ver la Mezquita Azul y culminaron su asombro al contemplar Santa Sofía. Finalmente, llegamos al Hotel Prince, ubicado a 5 minutos de este enclave privilegiado de la ciudad, lo que nos animó a dar un agradable paseo nocturno.

Estambul es la única ciudad del mundo que se asienta sobre dos continentes: Europa y Asia. Su estratégica situación geográfica ha marcado la historia de la ciudad que fue bautizada como Bizancio, posteriormente pasó a llamarse Constantinopla, la ciudad del emperador Constantino y, finalmente, con la conquista de la ciudad por los turcos, en el año 1453, pasó a denominarse Estambul.

El lunes 6 visitamos el Palacio de Topkapi, que fue construido entre los años 1460-1478, por el Sultán Mehmet el Conquistador, como residencia de la dinastía otomana. En el patio exterior, llamado de Procesión, está ubicada Santa Irene. Este primer patio conecta con el segundo, que recibe el nombre de Plaza de Justicia, a través de la Puerta de la Salutación. En él se realizaban las ceremonias del trono y los funerales. Detrás de los pórticos, que miran al Mar de Mármara, estaban las cocinas del palacio y los edificios de servicio.

Pudimos admirar el Harén, cuya construcción comenzó en el año 1578 y continúo hasta mediados del S. XIX, ya que cada nuevo sultán iba añadiendo edificios. El Harén tiene aproximadamente 400 habitaciones. La misión de los eunucos negros era cerrar las puertas del Harén, guardar la sección y no recibir a nadie desde fuera. El Eunuco principal era el administrador del Harén. Una sucesión de patios y puertas darán acceso a la sección de la Reina Madre, al Baño del Sultán y al dormitorio de la Baskadinefendi, madre del heredero al trono. A la salida de la Cámara Real del Sultán se abre el patio de las Favoritas, cuyas ventanas están ornamentadas con vidrieras del siglo XVII. El Harén, al ser un dominio privado del Sultán y estar cerrado a cualquier acceso exterior ha generado centenares de leyendas.

En la sección de Reliquias Sagradas se puede ver: la piedra que tiene la huella del pie de Mahoma, el báculo de Moisés y más de 20 espadas pertenecientes a Mahoma, David, Omar, etc., debiendo mencionar la famosa daga de Topkapi, que ha inspirado al mundo del cine. El Tesoro de Topkapi se encuentra clasificado en 4 secciones y en él pudimos admirar las esmeraldas más hermosas que podíamos imaginar.

Seguidamente tuvimos el privilegio de visitar Santa Irene (siglo VI), convertida en almacén de municiones y armas del Imperio Otomano y actualmente utilizada como sala de conciertos. Está ubicada en el patio exterior del Palacio de Topkapi y es la segunda iglesia más grande de la ciudad tras Santa Sofía. Justiniano hizo construir este templo en el año 532. El edificio que hoy se contempla fue construido tras el terremoto del año 738. Su aspecto exterior está en la línea de las construcciones de la época de Justiniano. Su cúpula central tiene 15 m de diámetro y 35 m de altura.

A continuación visitamos la impactante Cisterna, que según fuentes históricas fue construida por Constantino y ampliada por Justiniano. El agua que contiene proviene del centro de distribución de agua de Egrikapi, utilizando como medio los acueductos de Bozdogan y Malova. La cisterna tiene 140 x 70 metros. En su interior hay 12 hileras de columnas, cada una conformada por 28 columnas de 5 m de altura. Estas 336 columnas, ubicadas a 4 metros de distancia entre si, tienen mayoritariamente capiteles corintios. La cubierta es abovedada. Sabemos que en el S. XVI ya nadaban peces en esta Cisterna y en la actualidad siguen haciéndolo. También hay que mencionar la impresionante cabeza de medusa tallada en piedra.

Tras la comida visitamos la bellísima e impresionante Mezquita de Sultanahmet, conocida como Mezquita Azul, cuya maravillosa arquitectura del siglo XVII ha fijado los modelos de las mezquitas clásicas otomanas. Se la denomina así por el color azul que tiene su decoración, predominando los azulejos azules, verdes y de color turquesa. El embellecimiento de la mezquita ha sido completado con trabajos de ebanistería, adornados con nácar, pedrería y epigrafía. La peculiaridad de esta mezquita está en poseer 6 minaretes.

Salimos de la Mezquita Azul por la puerta que nos dio acceso al Hipódromo, mandado construir en el siglo II d. C. por el emperador romano Septimio Severo, aunque fue Constantino el Grande quien le ensanchó y le dio su aspecto actual. Con la construcción de la Mezquita Azul el suelo del circo fue elevado, por lo que parte de los pedestales quedaron bajo tierra. Aquí podemos contemplar el obelisco egipcio, que es un monolito de los años 1500 a. C., época de Tutmosis III, que en la época de Constantino I (337-361) se trajo desde Alejandría. La columna serpentina, el obelisco de cantería y la fuente del emperador Guillermo de Alemania.

Esa tarde finalizó en el Gran Bazar, un mercado cubierto que nos resguardó de la lluvia, en el que hay más de 4000 tiendas agrupadas en zonas especializadas en diferentes productos. Entramos por la puerta número 1 y recorrimos esa galería plagada de joyerías con bellísimos diseños de gargantillas y brazaletes de oro. Allí también se pueden encontrar los anillos de la fidelidad, que cuando te los quitas del dedo se desmontan en 4, 8 ó 12 piezas y que se convirtieron en el reto de la mayoría de los componentes del autobús, ya que después de varios días de intentos fallidos tuvimos que recurrir a otra joyería para que volvieran a encajar todas las piezas de los anillos.

El martes 7 visitamos la iglesia de San Salvador in Cora, donde pudimos admirar los magníficos mosaicos y frescos bizantinos del siglo XV. Seguidamente cruzamos el puente colgante del Bósforo, que unifica Asia y Europa en el Bósforo de Estambul, para dirigirnos al palacio de Beylerbeyi en la orilla asiática. Las torres del puente se construyeron en un material de acero de alta resistencia y tienen 165 metros de altura. El punto central y la altura del mar es de 64 metros y la longitud del puente es de 1560 metros.

El palacio de Beylerbeyi se construyó para que fuera el palacete del mar. El primer piso es totalmente de mármol y el segundo es de imitación a mármol. Posee 6 grandes salones y 24 habitaciones. Es un edificio al estilo rococó europeo donde destacan: bellísimos jarrones de porcelana, grandiosos espejos, relojes, mobiliario de nogal con incrustaciones de nácar, etc.

Después ascendimos a la Colina Camlica, conocida como el lugar de los enamorados, ya que ofrece unas espectaculares vistas de Estambul, en medio de unos bellísimos jardines decorados con tulipanes y pensamientos de diferentes tonalidades, combinados con un gran sentido estético. Tengo que confesar que una de las cosas que más me han impactado de Estambul son las bellísimas zonas ajardinadas que hay por toda la ciudad, en las que los tulipanes son los grandes protagonistas.

Tras el almuerzo en un restaurante especializado en pescado, embarcamos para iniciar nuestro crucero por el Bósforo, estrecho que separa Europa de Asia y que une el Mar Negro con el Mar de Mármara. El crucero nos hizo comprender la inmensidad de Estambul, una ciudad que actualmente tiene 15 millones de habitantes y un singular atractivo para el viajero.

Al desembarcar nos dirigimos a conocer la bellísima Mezquita Yeni o Mezquita Nueva, que comenzó a construirse en el año 1597 con el estilo de la arquitectura clásica otomana. Su ubicación a orillas del mar hizo que se inundara en varias ocasiones, teniendo que extraer el agua con ayuda de bombas frecuentemente. La mezquita es cuadrada. Está cubierta con una gran cúpula central, apoyada en 4 semicúpulas y cuenta con otras 24 cúpulas de pequeño tamaño. Está ornamentada con hermosos azulejos del siglo XVII.

Terminamos el día en el Bazar de las Especias, que forma parte del complejo de la Mezquita Nueva. Le mandó construir la madre del Sultán, Hatica Turhan, entre los años 1663 y 1664. En los primeros años tras su construcción se conocía como “El Bazar de la Reina Madre”, pero a finales del siglo XVIII comenzó a conocerse como el Bazar de las Especias o Bazar de Egipto, ya que los productos que allí se vendían se transportaban por la ruta de Egipto. Este Bazar se incendió en 1691, 1940 y 1994, sufriendo repetidas restauraciones. En la actualidad no quedan muchas tiendas de especias, pero la agradable mezcla de aromas nos hizo evocar la entrañable película: “Un toque de canela”.

Mientras la mayor parte del grupo se recreaba en el Bazar, 8 intrépidos viajeros quisimos conocer un Baño turco del siglo XVI. El gran Sultán Suleyman mandó construir al famoso arquitecto Sinan la Mezquita Suleymaniye (1550-1557) y la Sauna de Suleymaniye (Hamam). Este baño es mixto, lo que le convierte en idóneo para familias y lleva 458 años en actividad, ayudando a los clientes a conseguir la armonía y la paz interior en medio de esa experiencia inigualable que supone este histórico baño turco. Fue muy relajante disfrutar de la sauna en este contexto arquitectónico, para posteriormente pasar a la fase de exfoliación, masaje y baño de espuma. Pero, sobre todo, fue muy divertido tener que ataviarnos con la indumentaria que nos proporcionaron en ese hamam.

El miércoles 8 visitamos los Museos de Arqueología de Estambul, formados por el Museo Arqueológico, el Museo de Obras Antiguas Occidentales y el Palacete de Azulejos. Allí pudimos contemplar espectaculares sarcófagos, destacando el mundialmente conocido de Alejandro Magno. Relieves pertenecientes al desaparecido Mausoleo de Halicarnaso y fragmentos de esculturas del Altar de Zeus de Pérgamo. El Palacete de azulejos ofrece los primeros ejemplos de las cerámicas y azulejos pertenecientes a la época turca y selyúcida. Además hay cerámicas y azulejos entre los siglos XVI y XIX. Desgraciadamente una compañera del grupo se cayó en el museo y se rompió la muñeca, pero la excelente organización del viaje, que como siempre hace María Jesús, hizo que la atendieran con gran diligencia y que ambas se pudieran incorporar a las visitas programadas para la tarde.

Mientras las compañeras estaban en el hospital, el resto del grupo visitamos la joya de Estambul: Santa Sofía. La primera edificación data del siglo IV, época del emperador Constantino, pero un incendio la destruyó totalmente. El emperador Teodosio inauguró el segundo templo en el año 415, que al igual que el anterior tenía planta basilical, pero la rebelión de Nica en el año 532 convirtió nuevamente en cenizas el edificio. El emperador Justiniano emprendió la tarea de reconstruir Santa Sofía por tercera vez, mandando construir el magnífico edificio que podemos contemplar en la actualidad. Sus arquitectos fueron Isidoro de Mileto y Antemio de Tralles. Se comenzó en el año 532 y se concluyó en tan sólo 5 años, abriendo sus puertas al culto en el 537. Sus enormes dimensiones (73.50 x 69.50) y su gran cúpula (55.60 m de altura desde el piso), llevaron a Justiniano a pronunciar la famosa frase: “Salomón, te he vencido”. Santa Sofía (Sabiduría Sagrada) se convirtió en el templo cristiano más grande e importante de su época y hoy en día sigue siendo un hito arquitectónico. En el siglo XV el edificio se convirtió en mezquita, por lo que se le agregaron los minaretes y demás ornamentos musulmanes. Actualmente es museo, debido a la importancia de su arquitectura y sus mosaicos.

Tras la comida, todo el grupo reunido visitamos la Mezquita y la tumba de Eyüp, situadas fuera de las murallas de Estambul. La mezquita se construyó en el año 1459. Tiene 26 x 11 metros y una cúpula de 10.50 m, apoyada en dos semicúpulas. A continuación nos dirigimos hacia la cima de la colina para contemplar una espléndida panorámica de El Cuerno de Oro y de Estambul desde el café de Pierre Loti, lugar en el que residió este escritor francés.

Seguidamente todo el grupo nos trasladamos a disfrutar del espectáculo místico ritual que protagonizan los Derviches y tras la cena hicimos una bella visita panorámica de Estambul.

Asistimos al concierto de música Sufí y Sema (ceremonia de dar vueltas) en un bello enclave arquitectónico. La primera parte se centra en el concierto de música Sufí y, a continuación, los Semazenes (derviches que dan vueltas) empiezan la ceremonia saludándose entre si y doblando cuidadosamente sus mantos antes de comenzar a dar vueltas. Esto simboliza el nacimiento de la humanidad.

Los Semazenes llevan una vestimenta especial que indica la muerte del ego. Cuando entran los derviches al círculo, sus brazos están cruzados sobre el pecho. Esta posición se parece a “uno” que significa la Unidad de Dios. Durante el Sema sus brazos se extienden, la mano derecha se abre hacia arriba y la izquierda mira hacia abajo. Esto significa: “lo que recibimos de Dios al hombre lo damos, no guardamos nada para nosotros”. Durante el primer ciclo del Sema los derviches consideran todos los mundos. Así alcanzan la grandiosidad de Dios. En el segundo ciclo toda la existencia se disuelve dentro de la Unidad Divina. Durante el tercer ciclo alcanzan el nivel de madurez. En el cuarto llegan a la Existencia Divina. Con el sonido solitario de la flauta se acaba la ceremonia leyendo partes del Corán. Así el viaje termina “Si has entrado en el Sema vas a dejar ambos mundos, el mundo del Sema y el de afuera, ambos”.

El día 9 nos aguardaba una dura jornada en autobús y un corto paseo en ferry. Al descender del ferry nos topamos con el caballo de Troya que se erigió para la película de Brad Pitt.

Después de comer visitamos la mítica ciudad de Troya, compuesta por 9 yacimientos arqueológicos superpuestos, que representan los nueve momentos de gloria de una ciudad, cuya historia se extiende desde el 3000 a. C., hasta el año del nacimiento de Jesucristo. Durante mucho tiempo se pensó que Troya era una leyenda, hasta que el arqueólogo Schliemann consiguió encontrarla, mientras buscaba el tesoro del rey Príamo. En el yacimiento se pueden ver restos de las murallas de la ciudad, cimientos de algunas casas y una parte de la avenida por la que ascendió el famoso caballo, ya que el inmenso tesoro de Troya se encuentra actualmente en el Museo Pushkin de Moscú. Finalizamos nuestra visita a la emblemática ciudad, subiendo a una réplica de madera del caballo de Troya que se encuentra a las puertas de la ciudad.

El día 10 nos dirigimos a Pérgamo, que en el año 334 a. C., pasó a formar parte del imperio de Alejandro Magno. A su muerte, la ciudad fue gobernada por su general Lisímaco. Poco después se convirtió en un reino independiente que llegó a dominar toda la región occidental de Anatolia. En el siglo II a. C. Pérgamo pasó a formar parte del Imperio Romano. Desde ese momento y hasta el siglo III d. C., Pérgamo y Alejandría se convirtieron en los principales focos culturales y científicos. La gran biblioteca de Pérgamo llegó a tener 200.000 rollos de pergamino. Pero con la llegada del cristianismo la ciudad perdió importancia cultural. En Pérgamo pudimos contemplar los bellos restos que se conservan de su acrópolis, aunque para admirar los magníficos relieves del Altar de Zeus nos tendremos que desplazar a Berlín, donde se trasladaron en el siglo XIX.

A continuación visitamos el Asclepion, situado al noroeste de Pérgamo. Era el sanatorio dedicado al dios de la medicina, Asclepio. Este hospital fue creado por uno de los fundadores de la medicina moderna, Galeno en el siglo IV a. C. Actualmente quedan restos de la biblioteca, el teatro, las letrinas compartidas, el túnel de la psicoterapia y los restos de los templos de Zeus y Esculapio. Todo ello nos da idea de la complejidad de este gran centro de sanación.

De camino al hotel Charisma pudimos contemplar una bella puesta de sol y desde la habitación disponíamos de unas espléndidas vistas al mar. Esta panorámica, y el agradable baño en el jacuzzy de la bonita y confortable habitación, hicieron que nos relajáramos para afrontar la etapa final del viaje.

En la mañana del día 11 visitamos la impresionante ciudad de Éfeso, que albergaba el Templo de Artemisa, considerado una de las siete maravillas del mundo antiguo. En la actualidad Éfeso es un grandioso museo arqueológico al aire libre. Fue fundada en el siglo XI a. C., por los jonios. En el siglo VI a. C., fue invadida por los persas y este dominio se mantuvo hasta la llegada de Alejandro Magno. A su muerte pasó a manos de su general Lisímaco y con los romanos se convirtió en uno de los grandes centros culturales y económicos. Pero la gloria de la ciudad se incrementó con el cristianismo. Allí acudió San Pablo en varias ocasiones para combatir el culto a la Diosa Artemisa. Además San Juan eligió esta ciudad para escribir su Evangelio, mientras que, como había prometido a Jesús, cuidaba de la Virgen María quien vivió aquí hasta su muerte. La decadencia de la ciudad llegó con los godos a principios del siglo III d. C. En la actualidad Éfeso conserva restos del odeón, la biblioteca, la fuente de Adriano, etc.

Después de comer visitamos Pamukkale, que significa castillo de algodón y es un impresionante paisaje blanco y casi fantasmagórico creado por aguas termales, cargadas de carbonato cálcico, que concrecionan en unas bellas cascadas con aspecto de algodón. Fue una experiencia muy especial caminar por las templadas aguas de este hermoso paisaje.

El yacimiento arqueológico de Hierápolis se encuentra al lado opuesto de las cascadas calcáreas y posee la piscina más singular del planeta. En ella se puede nadar entre restos de auténticas columnas romanas que se encuentran en el interior de la piscina. Hierápolis conserva en perfecto estado el Teatro y las Termas romanas, actualmente convertidas en museo, donde se pueden contemplar sarcófagos y sorprendentes capiteles en los que se puede ver la cabeza de un león atacando a un buey. Finalmente, salimos del yacimiento de Hierápolis por la zona de su inmensa necrópolis, considerada una de las más ricas y mejor conservadas de Asia Menor.

Al finalizar el día llegamos al hotel Colossae Termal, donde pudimos disfrutar de la piscina con el agua más caliente que nunca habíamos sentido en nuestra piel. Para dos compañeras de viaje esa noche pasó en un suspiro, ya que a la 1 a.m. (12 de la noche en Madrid), recibieron un mensaje en el móvil que confundieron con la alarma del despertador. Rápidamente las dos se levantaron pensando que eran las 7 a.m., ya que una tenía puesto el reloj al revés y a la otra se le había parado. Lo más gracioso fue el comentario que ambas hicieron: “que buena noche he pasado, he dormido de un tirón”. Se ducharon, se vistieron y cuando se disponían a sacar la maleta al pasillo para dirigirse a desayunar, se empezaron a percatar de que no había ningún ruido en el hotel porque todo el mundo estaba durmiendo. Así que vuelta a la cama hasta las 7.

El día 12 salimos hacia Bursa para contemplar su hermosa Mezquita Verde y un edificio del siglo XVII, actualmente convertido en una bonita tienda, en la que nos impactó ver que hasta en las jaulas de los pájaros tenían el amuleto contra “el mal de ojo”, tema omnipresente en toda Turquía.

Esa noche nos volvimos a alojar en el hotel de Estambul y, a pesar del frío, no pudimos resistir la tentación de dar nuestro último paseo nocturno por las inmediaciones de Santa Sofía y la Mezquita Azul.

El lunes, 13 de abril, dispusimos de toda la mañana para visitar los lugares más emblemáticos de Estambul, para hacer las últimas compras y para tomarnos un delicioso kebab. Volvimos al hotel a las 14:30 para dirigirnos al aeropuerto. Nuestro viaje de regreso fue agradable y tranquilo. Sobre las 21 horas nos despedimos en Barajas de los amigos y compañeros del grupo, sabiendo que a muchos de ellos no los volveremos a ver hasta que nuestra querida amiga, María Jesús, organice otro fantástico viaje cultural para los asiduos del “Grupo Arte”.

Maite

 

 

VIAJE A EGIPTO – AGOSTO DE 2008

 

El 9 de agosto de 2008 un grupo de amigos y compañeros, vinculados al mundo del Tai Chi, llegamos a El Cairo, dispuestos a conocer la civilización más escrupulosamente religiosa de la historia de la humanidad.

Allí nos esperaba un lujoso y confortable autobús y en él empezamos a disfrutar de la hospitalidad del país, ya que nos recibieron con una rosa y un bombón.

El domingo, día 10, nos dispusimos a conocer una capital que cuenta con 18 millones de habitantes y es la ciudad más grande de África: El Cairo. Está situada a 25 Km. de la antigua Menfis, capital del Imperio Antiguo de Egipto, y alberga en su seno 5000 años de historia de diferentes civilizaciones: faraónica, cristiana e islámica.

El Cairo se fundó en el año 969. Su nombre significa “la victoriosa”, y a partir de esa fecha se convirtió en capital de Egipto y centro del Islam. El viejo Cairo es un museo de monumentos históricos y religiosos. En él pudimos visitar la bellísima sinagoga de Ben Ezra y las iglesias coptas. El arte copto es el arte de los cristianos de Egipto anteriores al Islam. Entre ellas debemos destacar la iglesia de San Sergio, que data del siglo IV d. C., y fue construida con planta basilical sobre la cripta en la que se refugió la Sagrada Familia. Nosotros tuvimos la fortuna de visitar varias iglesias coptas, bajo una atmósfera cargada de incienso y religiosidad, pero debido a la celebración litúrgica del domingo, no pudimos visitar el legendario lugar del descanso de la Virgen con el Niño en la huída a Egipto, que tan magníficamente pintaron los primitivos flamencos.

A continuación nos trasladamos a la zona islámica, donde el esplendor arquitectónico se plasma en casas, madrassas (escuelas), fortalezas y especialmente en mezquitas.

Subimos a la ciudadela de Saladino, construida entre 1176 y 1182 d. C. La fortaleza de la ciudadela nos ofrece una magnífica vista panorámica de El Cairo y en ella se encuentra la impresionante mezquita de alabastro de Mohamed Alí.

Fue construida en 1830 y consta de dos zonas: un patio con una bella fuente para las abluciones y la mezquita, que se construyó siguiendo el modelo de Santa Sofía, en Estambul. Tiene planta cuadrada y una cúpula central de 21 m de diámetro y 52 m de altura, que descansa sobre 4 enormes pilares. Su iluminación está formada por numerosas lámparas de cristal que cuelgan de cadenas.

Desde aquí nos trasladamos al Khan el Khalili, un mercado o bazar oriental que tuvo sus orígenes en el siglo XIV. Cuenta con edificios, arcos, callejones y portales de gran valor arquitectónico, que le convierten en un museo popular del mundo islámico. En la actualidad posee un gran número de tiendas en las que se pueden comprar: joyas, perfumes, especias, ropa, etc., tras la imprescindible fórmula del regateo, en la que los egipcios son grandes expertos.

Después de comer en un bonito barco atracado en el Nilo, fuimos a visitar el Museo de El Cairo, que alberga la colección de arte egipcio más importante del mundo.

El arqueólogo francés Auguste Mariette fundó este museo, que se inauguró el 18 de octubre de 1863, siendo el primero de Oriente Medio. El principal problema del museo es que carece de aire acondicionado, por lo que el calor resulta agobiante.

El Museo Egipcio de El Cairo cuenta con piezas de incalculable valor como:

– La paleta de Narmer, que simboliza la unión de la corona, roja como el papiro, del Bajo Egipto, y la tiara, blanca como la flor de loto, del Alto Egipto, en el año 2950 a. C.

– En la sala central del museo podemos contemplar el colosal grupo sedente de Amenofis III y su esposa Tiye, que tiene más de 10 metros de altura.

– Una de las obras más destacadas es la estatua sedente del faraón Kefrén, realizada en una bellísima diorita negra. En la parte posterior de la cabeza de Kefrén se encuentra Horus, el halcón protector del faraón.

– La escultura de madera conocida como “el alcalde del pueblo”, representa un sacerdote lector y fue hallada en una mastaba de Sakkara.

– La escultura del escriba sentado (Sakkara) fue realizada en piedra caliza pintada, pero sus ojos incrustados le confieren un aspecto muy real.

– La escultura de granito de la reina Hatshepsut, representada como un faraón, con atuendos masculinos y barba postiza nos hace comprender la fortaleza de la primera mujer que gobernó un país en la historia.

– El grupo sedente del príncipe Rahotep y su esposa Nofret (1,20×1,18 m), es uno de los más bellos y reales del museo. Está realizado en caliza policromada y aparece el hombre con la piel más oscura que la mujer, lo que es muy habitual en el arte egipcio. Pero lo más impactante de estas esculturas son sus ojos incrustados, ya que las pupilas transparentes les proporcionan un semblante tremendamente humano.

– No podemos olvidar las estatuas-cubo, enriquecidas con jeroglíficos.

– De la época de Akhenatón hay una bella cabeza de Nefertiti labrada en cuarcita, que nos hace evocar con nostalgia el bello busto de Nefertiti que algunos hemos tenido la fortuna de admirar en el Museo de Berlín.

– También hay diversas esculturas de Akhenatón que nos permiten conocer aquel periodo tan particular de la historia, el arte y la religión egipcia, en la que el país se convirtió en monoteísta bajo el dominio del Dios Atón.

– Finalmente, no podemos olvidar los tesoros de la tumba de Tutankhamón, entre los que podemos destacar: el tercer sarcófago antropomorfo de oro macizo, bastones de mando del faraón, diversas joyas y especialmente la máscara funeraria de Tutankhamón, tallada en oro y piedras preciosas con un pesado nemes de franjas azules y doradas con los símbolos reales en la frente e incrustaciones de lapislázuli, turquesas y cornalinas.

– Mención especial merece el trono de Tutankhamón, realizado en madera chapada en oro con piedras semipreciosas, en el que el faraón es ungido con bálsamo por su esposa Ankhesenamón.

Tras una jornada tan cargada de historia y emociones, pudimos contemplar las pirámides mientras disfrutábamos de la piscina del Hotel Le Meridien Pyramids.

El día 11 fuimos a visitar las grandes pirámides de Gizeh, única maravilla del mundo antiguo que ha llegado hasta nosotros. Esta necrópolis se extiende en una baja meseta y ocupa 2000 metros cuadrados de superficie. Las pirámides están dispuestas diagonalmente, con un emplazamiento de noreste a sudoeste, de modo que ninguna cubre el sol a las demás. Subimos unos pocos metros de la pirámide de Keops, que en sus orígenes tenía 146 metros y hoy tiene 137 y decidimos hacer una tabla de 24 movimientos de Tai Chi Xin Yi a la sombra de la gran pirámide. Visitamos el Museo de la Barca Solar y seguidamente entramos en la pirámide de Kefrén, bajando por un angosto pasillo que nos obligaba a ir agachados. A continuación bajamos caminando por la avenida que comunica la pirámide de Kefrén con el templo funerario y con la gran esfinge, gigantesco león con rostro humano, que tiene 21 metros de altura y 73 de largo.

El almuerzo fue en Citadel view Restaurant, en el Al-Azhar Park. Un bellísimo restaurante árabe, con magníficas vistas a la ciudadela de Saladino, donde pudimos degustar una deliciosa comida egipcia.

Por la tarde paseamos por el barrio musulmán hasta desembocar en Khan el Khalili, para seguir ejercitándonos en el difícil arte del regateo.

Tras la cena, algunos fuimos al espectáculo de luz y sonido de las pirámides, pudiendo disfrutar de esta maravilla del mundo antiguo iluminada.

El día 12 nos esperaban las necrópolis de Dashur y Sakkara, situadas en pleno desierto, lo que nos permitió a los más osados hacer un breve y divertido trayecto en camello.

En Menfis pudimos caminar en torno a la estatua colosal de Ramsés II, que originariamente tenía 13 metros de altura.

Dashur está a 2 Km. de Sakkara y comprende 5 pirámides. Las dos pirámides de Snefru, predecesor de Keops, son conocidas como la pirámide roja y la romboidal. La pirámide roja tiene 100 metros de alto y 215 de ancho y en su interior también practicamos Tai Chi Xin Yi.

Sakkara es una necrópolis de 8 Km. de longitud por uno de ancho, en la que están presentes las principales dinastías a partir de la I. Allí visitamos las mastabas de Ti y de Mereruka, decoradas con unas bellísimas escenas de caza, pesca, plantas, procesiones de mujeres con ofrendas, etc. Pero la construcción más importante es la pirámide escalonada que el arquitecto Imhotep construyó para el rey Zoser en la III dinastía, ya que superponiendo mastabas creó la primera pirámide del arte egipcio con 62,50 metros de altura. Además es la primera gran construcción terminada en piedra labrada y a partir de ella se impondrá la utilización de la piedra porque es el material eterno por naturaleza.

Esta intensa mañana terminó con una deliciosa comida a base de pescados y mariscos del país y con un merecido descanso en la piscina del hotel para seguir disfrutando del privilegio de contemplar las pirámides.

El día 13 volamos a Lúxor, visitando por la mañana su museo y por la tarde su magnífico templo, testimonio de su grandioso pasado. El templo de Lúxor, ubicado en el corazón de la ciudad, fue construido por Amenofis III, ampliado por Tutmosis III y terminado por Ramsés II. En primer lugar cuenta con una avenida de esfinges con cabeza humana y la entrada al templo estaba flanqueada por dos obeliscos, dos pilonos y las dos colosales estatuas sedentes del faraón Ramsés II. En la actualidad un obelisco sigue ubicado en su lugar y el otro decora la Plaza de la Concordia de París.

El día 14 visitamos los “Colosos de Memnón”, esculturas sedentes de Amenofis III de 18 metros de altura y construidas en arenisca, que son el último testimonio del grandioso templo que un terremoto destruyó en el año 27 a. C., según narra Estrabón, historiador y geógrafo griego. La leyenda cuenta que el terremoto agrietó los Colosos desde los hombros hasta el tronco y que desde ese momento, todas las mañanas, a la salida del sol, las estatuas empezaron a emitir gemidos y sonidos, naciendo así el mito del “Oráculo de Memnón”, que se convirtió en meta de peregrinación para griegos y romanos, como los emperadores Adriano y Septimio Severo. Este último para ganarse la voluntad de Memnón, mítico rey de Etiopía, hijo de la Aurora, mandó restaurar los colosos, que a partir de ese momento cesaron sus lamentaciones.

A continuación visitamos la aldea donde se alojaban los artistas y artesanos encargados de construir las tumbas reales del Valle de los Reyes y el hemiespeos de la Reina Hatshepsut, en Deir el-Bahari. Durante el Imperio Nuevo en Egipto se hicieron dos tipos de templos funerarios: hemiespeos y speos. Los hemiespeos tienen una parte excavada en la roca y otra parte fuera de ella. La Reina Hatshepsut marcó un hito en la historia, ya que gobernó Egipto igual que un faraón, y mandó construir este templo funerario que presenta al exterior tres grandes terrazas con rampas. En el interior, excavado en la roca, hay escenas de la reina adorando a la diosa Hathor, ya que el templo está ubicado en un valle consagrado a la diosa Hathor y dedicado a necrópolis desde la XI dinastía. Deir el-Bahari es una expresión árabe que significa “el monasterio del norte” y deriva de una antigua comunidad copta que se estableció en el templo de Hatshepsut, salvándole de su completa destrucción.

A última hora de la mañana llegamos a esa garganta enigmática en la que están ubicados los 22 hipogeos que forman el Valle de los Reyes. La tumba más sobria del valle, pero al mismo tiempo la más famosa por los tesoros que en ella se descubrieron es la de Tutankhamón (1354-1345 a. C.). Este sepulcro se mantuvo intacto durante casi 3000 años, hasta que en 1922 Howar Carter se convirtió en el arqueólogo más famoso con el descubrimiento de esta tumba. Las extraordinarias riquezas halladas en ella, actualmente en el Museo de El Cairo, nos dan idea de los grandes tesoros arqueológicos que se han perdido con los saqueadores de tumbas de faraones del prestigio y el poder de Amenofis III, Seti I, Ramsés II, etc.

Después de una mañana tan intensa, embarcamos para iniciar un crucero inolvidable en el Antares. La suite (40 m2) contaba con baño privado con jacuzzy, aire acondicionado, TV color de pantalla plana, albornoz, etc,. Tras el almuerzo y el descanso en la piscina, la primera noche el barco nos ofreció su cena de bienvenida amenizada por música de violines. A continuación algunos compañeros recorrieron Lúxor en calesa y otros preferimos una agradable charla en cubierta en un entorno privilegiado, ya que desde el barco se podía contemplar el templo de Lúxor cálidamente iluminado.

Tras navegar durante toda la noche, el 15 de agosto llegamos a Dendera, lugar mágico donde con gran dificultad accedimos a la cripta en la que se encuentran las enigmáticas bombillas de Dendera, sobre las que hay tantas teorías y especulaciones. También pudimos ver el famosísimo zodiaco de Dendera y las esbeltas columnas de la sala hipóstila decoradas con los bellos capiteles hathóricos. Por último, no podemos olvidar el “Mammisi” donde se pueden contemplar escenas del nacimiento y amamantamiento del divino niño Horus.

A continuación nos trasladamos a Abidos, nombre que los griegos dieron a Tinis, una de las ciudades más antiguas de la historia y sede del principal santuario dedicado a Osiris. Todo egipcio anhelaba, al menos una vez en la vida, ir en peregrinación a Abidos. Era la urbe sagrada donde todos los habitantes de las tierras del Nilo ambicionaban ser sepultados. La fachada actual del templo, de época de Seti I, se compone de doce pilares y de una pared en la que se abrían 7 puertas, 4 de las cuales fueron tapiadas por Ramsés II. Aquí encontramos la tabla real, donde Seti I, explica a su hijo Ramsés II el linaje de sus antecesores. También hay unos relieves donde los más atrevidos han creído ver un avión, un carro de combate, etc,.

Después de esta sorprendente mañana volvimos al barco, donde la norma habitual era recibirnos con toallitas calientes y una infusión. Por la tarde regresamos a Lúxor, mientras disfrutábamos de la piscina y del té con pastelitos en cubierta. Tras la cena pudimos asistir a un espectáculo de danza del vientre y de derviche. Los derviches practican una serie de ritos religiosos para alcanzar el éxtasis en la ejecución de su danza ritual. Suelen repetir una letanía religiosa que acompaña a las danzas.

El día 16 nos levantamos a las 4:15 para ver amanecer desde el globo en el que sobrevolábamos las inmediaciones de Lúxor. Desde el aire pudimos tener la visión adecuada de las terrazas del hemiespeos de Hatshepsut, pudimos contemplar la enigmática garganta que forma el Valle de los Reyes, pero, sobre todo, pudimos entender porque Herodoto decía que Egipto era el don del Nilo, ya que sin el valle que fertiliza el río, Egipto sería una continuación del desierto vecino, en el que nuestro globo aterrizó con cierta dificultad.

Tras el paseo aéreo en globo, nos sumergimos en la mística experiencia que supuso visitar durante más de 3 horas el grandioso templo de Karnak, dedicado a Amón-Ra. La inmensa zona monumental de Karnak se encuentra a unos 3 Km. al norte del templo de Lúxor. Siguiendo el diseño de los templos clásicos egipcios la entrada está precedida por una majestuosa avenida de esfinges, en esta ocasión con cabeza de carnero, animal que simboliza al dios Amón, protegiendo al faraón reproducido entre sus patas delanteras. Esta avenida de esfinges se unía a la avenida de esfinges con cabeza humana que venía desde el templo de Amón, en Lúxor. Pero lo más impactante del templo de Karnak es su majestuosa sala hipóstila, con unas dimensiones de 102 metros por 53, y sus 122 columnas papiriformes de 23 metros de altura, en la que se rodó una impactante secuencia de la película muerte en el Nilo.

La tarde se desarrolló de forma relajada, disfrutando de la piscina y del té con pasteles en cubierta. Pero lo que ninguno sospechábamos es que Isis nos tenía preparada una maravillosa sorpresa para esa noche. Después de la cena nos disfrazamos con las bonitas chilabas que habíamos comprado y mientras nos divertíamos en un agradable baile de disfraces, Eduardo nos sugirió que hiciéramos un breve descanso en cubierta. Allí asistimos a uno de los espectáculos más inolvidables que un viajero puede tener, ya que en torno a las 23 horas, desde las cálidas aguas del Nilo se podía contemplar un bello eclipse de luna, que fue la culminación perfecta para un día tan especial.

El 17 de agosto visitamos el templo de Edfú, consagrado a Horus y considerado el templo mejor conservado de todo Egipto. Su estructura es la típica de los templos ptolomaicos y se asemeja al de Dendera. Dos hermosos halcones de granito negro flanquean el acceso al templo que está constituido por dos macizos pilonos. A continuación la sala hípetra dará paso a la gran sala hipóstila. Ubicado delante del santuario está el Mammisi. El término “mammisi” deriva del idioma copto y significa lugar del parto. Con el mismo se define el lugar en que cotidianamente se renueva el nacimiento de Horus, el hijo Divino. Es un lugar sagrado para todas las mujeres que son madres o pretenden serlo.

Ese día volvimos al barco con el tiempo suficiente para disfrutar de un vigoroso masaje en el Spa antes de la comida. Continuamos nuestra travesía y a primera hora de la tarde llegamos a Kom ombo, donde encontramos un templo insólito en el que se fusionan dos edificios contiguos. El lado izquierdo está consagrado al dios-halcón Haroeris “Horus anciano”, representado por el disco alado y exterminador de los enemigos de Osiris. Con sus alas protege de todo mal, por esta razón se le representa en todas las puertas de acceso y el templo es considerado un lugar de sanación, tanto de dolencias físicas como espirituales. La parte derecha está dedicada al dios-cocodrilo Sobek. Dios de la fertilidad, al que se atribuye la creación del mundo y también un poderoso enemigo del mal.

Tras la cena disfrutamos de una agradable charla en cubierta mientras continuamos nuestra navegación hacia Asuán. Aquí acaba el Valle del Nilo y su típico y entrañable paisaje. Aquí termina Egipto y comienza Nubia. Desaparecerá de nuestra vista el vergel que bordea el río para dar paso a la inmensidad del desierto y a las aguas inmóviles y majestuosas del Lago Nasser.

En la mañana del día 18 visitamos las canteras de Asuán, de las que se extraía el granito para las construcciones del Egipto faraónico. Aquí se encuentra todavía el famoso “Obelisco inacabado”, jamás arrancado de la roca porque se quebró en varios puntos. Si se hubiera terminado, habría tenido una altura de 42 metros y un peso de 1150 toneladas.

Nuestra siguiente visita fue la presa, una gran obra de ingeniería que provee a todo Egipto de electricidad. Pero la mañana no podía concluir sin una visita cultural, así que tomamos una barca para acceder al templo de Filae. Con la construcción de la alta presa, en la década de los sesenta, los templos de Filae tuvieron que ser desmontados y reconstruidos en la vecina isla Agilika, situada a 500 metros de la de Filae.

El templo de Filae es uno de los tres monumentos religiosos ptolomaicos que mejor se conservan, junto con los de Edfú y Dendera, y que al igual que los anteriores se caracteriza por tener un muro en sus intercolumnios. Está dedicado al culto de la diosa Isis, la fiel esposa que con la fuerza de su amor reunió los miembros dispersos de su amado Osiris hasta que consiguió resucitarle. El culto a la diosa en esta isla se remonta a tiempos muy antiguos y los egipcios acudían en peregrinación a la isla sagrada para ver el santuario.

Tras la comida hicimos un paseo en faluca por el Nilo para contemplar la belleza de Asuán. Nos sorprendió como se nos acercaban unos guapísimos niños, en pequeñas barcas de fabricación casera, para cantarnos canciones en español hasta el borde de nuestra faluca a cambio de algún obsequio.

A continuación una parte del grupo fue a visitar un pueblo nubio y el resto nos perdimos por el mercado de artesanía de Asuán para hacer las últimas compras.

Nuestra vuelta al barco fue nostálgica para todos, ya que iba a ser nuestra última noche en el Antares. Habíamos pasado 5 días a bordo en los que Isis nos ofreció bellísimas puestas de sol en el Nilo, coincidentes con la salida de la luna llena. Incluso habíamos contemplado el espectáculo singular que supuso el eclipse y sabíamos que este viaje iba a ser inolvidable para todos y cada unos de nosotros, pero todavía nos aguardaba la perla del Egipto faraónico: Abu Simbel.

A unos 300 kilómetros de Asuán (30 minutos en avión) en pleno corazón de Nubia se encuentra Abu Simbel. El día 19 sobrevolamos el Lago Nasser para dirigirnos a este enigmático lugar, que durante largo tiempo permaneció sepultado bajo las arenas del desierto. El 22 de mayo de 1813 el suizo, Johann Ludwig, vio asomar entre la arena cuatro gigantescas cabezas de piedra. El 1º de agosto de 1817, el italiano Giovanni Battista Belzoni, hallaba el acceso al interior. Pero el peligro de que quedase sepultado bajo las aguas del lago Nasser, convirtió Abu Simbel en un caso de resonancia mundial. Egipto obtuvo el apoyo de la UNESCO en un proyecto de salvamento que duró desde 1964 hasta 1968. Los templos fueron trasladados más de 60 metros por encima de la colina de roca donde habían sido construidos 3000 años antes y cubiertos por una montaña artificial. El tesón y la técnica consiguieron los trabajos de desmantelación y reconstrucción más importantes de la arqueología del siglo XX.

Ante las colosales esculturas sedentes de Ramsés II, de 20 metros de altura, hicimos nuestras tablas de Tai Chi Xin Yi, de 24 y de 78 movimientos, en el momento especial que supone la puesta de sol. Todo parecía tan perfecto que no creíamos que se pudiera superar, pero aún nos aguardaba lo más impactante del viaje: el cielo plagado de estrellas de Abu Simbel.

Cuando al anochecer dio comienzo el espectáculo de luz y sonido del templo, empezamos a contemplar una de las visiones más bellas que un ser humano puede tener: un cielo mágico y enigmático que en aquel instante nos hizo comprender porque el gran Ramsés II mandó construir estos speos en Abu Simbel. La emoción nos impidió a muchos dormir aquella noche. Seguimos contemplando las estrellas desde la terraza del hotel Seti I y comprendimos que nuestro viaje a Egipto se había convertido en inolvidable para todos nosotros.

El día 20 volamos a Asuán y seguidamente de allí a El Cairo. Almorzamos en el barco Nile Maxim, anclado en el Nilo y por la tarde unos volvimos al Museo de El Cairo, otros hicieron sus últimas compras en al Khan el Khalili y otros sencillamente pasearon por la ciudad. Finalmente, a las 23:45 cogimos el avión para regresar a Madrid.

Egipto es una civilización fascinante, cargada de historia, arte y energía, pero la laboriosa organización de nuestros queridos compañeros Antonio y Nati, los extensos conocimientos de Wael, el mejor guía del país, que elegía siempre los momentos más apropiados para cada visita y el ambiente de alegría, cariño y respeto de todos los amigos y compañeros con los que hemos compartido este viaje es lo que han hecho de él el más especial de toda mi vida. Gracias a todos y espero seguir compartiendo con vosotros momentos inolvidables.

Maite.