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UNED

POLONIA HISTÓRICA Y MONUMENTAL 8 DÍAS DEL 17 AL 24 DE JUNIO DE 2025

María Teresa García Pardo

Doctora en Historia del Arte

POLONIA HISTÓRICA Y MONUMENTAL

8 DÍAS

DEL 17 AL 24 DE JUNIO DE 2025

Polonia, situada en el corazón de Europa, cautiva con su rica historia, su vibrante cultura y su hermoso paisaje. Cada rincón del país tiene algo especial que ofrecer y nos transporta a través de los siglos. Desde Gdansk, donde la historia se siente en el aire marino, pasando por Torun, una joya medieval y ciudad natal de Nicolás Copérnico, y Varsovia, una mezcla de lo antiguo y lo moderno, hasta Cracovia, una perla polaca que nos envuelve en un abrazo de historia viva. 

 

17 JUNIO (M) MADRID – FRANKFURT – GDANSK

A la hora acordada presentación en aeropuerto de Madrid – Barajas T2 para salir en el vuelo de Lufthansa a las 08.35 con destino a Frankfurt. Llegada a Frankfurt a las 11.10 y salida en el vuelo de Lufthansa a las 12.25 con destino a Gdansk con llegada a las 13.55. Traslado a un restaurante. Almuerzo y continuación al hotel, para entregar las habitaciones y después haremos la visita panorámica de la ciudad. Conoceremos su casco histórico, cuidadosamente reconstruido respetando su gloria de la época de la Liga Hanseática tras quedar arrasado en la Segunda Guerra Mundial. Pasearemos por la Puerta Alta de Gdańsk, fragmento de las fortificaciones de la ciudad y una de sus puertas principales, veremos la Torre de la Cárcel y la Casa de las Torturas; la Puerta Dorada, que se abre a la calle Długa, llena de espectaculares casas donde el manierismo, el barroco y el rococó se entrelazan en las fachadas de aquellas residencias de los acaudalados vecinos de Gdańsk. Regreso al hotel. Alojamiento. 

 

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Juan II de Aragón y Navarra

María Teresa García Pardo

Doctora en Historia del Arte

JUAN II DE ARAGÓN Y NAVARRA

(1398 -1479)

 

JUAN II DE ARAGÓN Y NAVARRA (1398 -1479)

 

(Medina del Campo, Valladolid, 29.VI.1398 – Barcelona, 19.I.1479)

 

Rey de Navarra (1425- 1479)

 

Rey de Aragón (1458-1479)

Retrato imaginario del rey Juan II de Aragón

 

Nacido del matrimonio formado por Fernando I de Antequera, rey de Aragón (1412-1416), y Leonor, condesa de Alburquerque y la mujer más rica de Castilla, fue el segundo de sus hijos varones.

 

Por nacimiento pertenecía a la rama menor de la dinastía castellana de los Trastámara, linaje muy enriquecido gracias a su abuelo, el monarca Juan I de Castilla.

 

Criado y educado en su residencia natal de Medina del Campo, en una auténtica Corte principesca, sobre la cabeza del infante D. Juan recayeron las Coronas de Navarra y, años después, de Aragón.

 

Recibió, como sus hermanos, una formación adecuada, siguiendo el modelo aristocrático, con destreza en el ejercicio de las armas y de la caza, que se verían completadas con una buena preparación literaria.

 

Como todos los grandes personajes, su biografía arroja un balance de luces y sombras según las distintas aproximaciones historiográficas que se han realizado sobre su figura, ya que mientras unos lo tachan de ‘castellanista’, como a todos los reyes aragoneses de la dinastía Trastámara, otros le atribuyen un ‘feroz absolutismo’, radicalmente antagónico de quienes le califican de ‘monarca liberal’ por apoyar a los campesinos catalanes.

 

Juan II de Aragón y de Navarra dada su longevidad (vivió 80 años) y los cargos desempeñados, fue actor principal de buena parte de los acontecimientos políticos acaecidos a lo largo del siglo XV e intentó por todos los medios afirmar su autoridad monárquica y trazar un ambicioso proyecto para él y su dinastía que se hicieron realidad en la figura de su hijo y sucesor, Fernando el católico.

 

Tras el Compromiso de Caspe de 1412, se instauró en Aragón un nuevo linaje, el de los Trastámara castellanos, llevando al trono de la Corona a Fernando I que, no obstante, no renunciaba a la regencia de Castilla.

 

El 11 de febrero de 1414 el infante Juan, junto con sus hermanos, participó activamente en la solemne ceremonia de coronación de su padre, Fernando I de Trastámara, como rey de Aragón en la Seo de Zaragoza, portando el cetro de oro.

 

En la misma ceremonia, y una vez coronado, el nuevo Monarca designaba al infante Alfonso, su primogénito varón, como príncipe de Gerona y heredero de sus estados, mientras que Juan recibía el ducado de Peñafiel que, junto con el título de señor de Castrogeriz, le iba a proporcionar un importante patrimonio con unas elevadas rentas señoriales.

 

El título le obligaba, además, a ejercer la jefatura de la rama menor de los Trastámara, a la que el infante no renunció durante muchos años; de ahí que se viera involucrado en la política interna castellana como uno de sus principales actores, teniendo que intervenir en continuadas acciones bélicas, alguna de las cuales ocasionaron la pérdida de una parte sustancial de la herencia castellana.

 

Su padre, Fernando I de Trastámara, proyectó, como todos los monarcas de la época, una compleja estrategia de dominio político peninsular en la que sus hijos jugaban un destacado papel en las relaciones exteriores y así negociaba para emparentarlos con otras casas reinantes.

 

En dicha estrategia, el infante Juan era una pieza fundamental para consolidar el dominio aragonés en el Mediterráneo occidental. Para conseguir este objetivo recibió de su padre un primer cometido político de gran envergadura. En febrero de 1414 era nombrado lugarteniente real y gobernador general de Cerdeña y Sicilia, proyectando que se hiciera cargo de Sicilia como virrey, en un régimen autónomo de gobierno, e incluso que llegara a dominar sobre Nápoles, preparando para ello la boda del joven infante, de apenas diecisiete años, con la reina Juana II de Nápoles, viuda ya entrada en años, pactada en escritura pública en Valencia en enero de 1415, aunque dicho acuerdo no llegó a cumplirse.

 

En marzo de ese mismo año, el infante, acompañado de una importante escuadra, se hacía a la mar, llegando a Palermo (Sicilia) el 6 de abril de 1415.

 

En la isla, además de dedicarse “a la caza y al juego de dados”, empezó a fraguarse su personalidad política, ya que tuvo que contemporizar con el partido autonomista, que quería erigir una Monarquía independiente y separada de la aragonesa y nombrar al infante D. Juan como Rey, intentando enemistarle así con su propio padre que había declarado solemnemente que Sicilia quedaba indisolublemente unida a la Corona de Aragón (1414).

 

El infante conoció también en tierras insulares a Blanca, princesa de Navarra, y viuda desde 1409 de Martín el Joven, que había ejercido durante algún tiempo como lugarteniente real en Sicilia y que regresaba a Navarra en los primeros días de septiembre de 1415 como heredera del reino.

 

También vio cómo se rompía definitivamente su acuerdo matrimonial con la reina Juana de Nápoles, que se casó con el conde de la Marca, Jaime de Borbón, del linaje de los Anjou.

 

Los esfuerzos paternos por situar al infante en Nápoles fracasaron, y dirigió ahora sus miras hacia Castilla para ocuparse de los intereses familiares, mezclados en una verdadera maraña de asuntos políticos y económicos que el linaje quería imponer para alcanzar el control del reino castellano.

 

El 2 de abril de 1416 fallecía en Igualada el rey de Aragón, Fernando I. En su testamento dejaba como heredero del trono a su primogénito Alfonso V el Magnánimo, que se hizo cargo del gobierno de la Corona de Aragón.

 

El infante Juan, como segundogénito, recibió un buen número de títulos y propiedades en Castilla: el ducado de Peñafiel, el condado de Mayorga, el señorío de las villas de Alba de Tormes, Castrogeriz, Medina del Campo, Olmedo, Cuéllar, El Colmenar, Paredes de Nava, Villalón, Haro, Belorado, Briones, Cerezo y Roa, además del título catalán de duque de Montblanc.

 

El infante regresó a la Península en enero de 1418, siguiendo instrucciones de su hermano Alfonso, el nuevo titular de la Corona, que optó por encabezar él mismo la estrategia mediterránea.

 

El nuevo rey de Aragón y sus hermanos, los “infantes de Aragón”, tenían puestos sus intereses en toda la Península y participaban en la política interna de Castilla, en la que estaban fuertemente imbricados.

 

Alfonso V se había casado en 1415 con su prima María, hermana de Juan II de Castilla, mientras que sus restantes hermanos varones controlaban las dignidades más importantes:

 

·      Enrique, conde de Alburquerque y marqués de Villena, alcanzaba la dignidad de maestre de la Orden de Santiago, y en 1420 se casó con Catalina, la otra hermana del rey de Castilla;

 

·      Sancho, murió muy pronto;

 

·      Pedro, quedaba a la expectativa de ser nombrado maestre de Calatrava; de esta forma, los “infantes de Aragón” lideraban, desde distintos cargos de responsabilidad, la nobleza castellana;

 

·      En 1418, tenían lugar los esponsales de su hermana María con el propio Rey de Castilla, y la hermana menor, Leonor, fue reina de Portugal al casarse con el rey Duarte (1433-1438).

 

La siguiente estrategia de la rama menor de los Trastámara, ahora llamados los “infantes de Aragón”, se dirigía hacia Navarra y a dicho fin se iniciaron negociaciones matrimoniales entre el infante Juan, duque de Peñafiel, y Blanca de Navarra, hija del rey Carlos III el Noble (1387-1425) e infanta heredera de Navarra, que culminaron en las capitulaciones firmadas en Olite (Navarra), el 5 de noviembre de 1419.

 

Las bodas se celebraron en Pamplona, el 18 de febrero de 1420. Los acuerdos establecían que el primogénito habido de la pareja, fuera hombre o mujer, heredaría el reino de Navarra y las propiedades territoriales que el infante Juan tuviera en Castilla y en Aragón.

 

El 29 de mayo de 1421 nacía, en Peñafiel, el príncipe Carlos, que fue jurado como heredero de Navarra por las Cortes reunidas en Olite el 11 de junio de 1422. Recibía también el título de príncipe de Viana (Navarra), creado para él por su abuelo Carlos III. Otros hijos del matrimonio fueron la infanta Blanca, nacida en Olite el 7 de junio de 1424, y la infanta Leonor, nacida el 2 de febrero de 1426.

 

El interés dinástico y personal del infante Juan seguía centrado, no obstante, en Castilla. Juntamente con sus hermanos, los infantes Enrique y Pedro, intervino desde 1419 decisivamente en los asuntos castellanos, primero apoyando la causa del valido Álvaro de Luna, y desde 1425 luchando en su contra.

 

El 8 de septiembre de 1425 murió Carlos III, y Juan fue proclamado rey de Navarra en su propio campamento militar instalado en Tarazona (Zaragoza), mientras que su esposa Blanca era proclamada reina en el palacio real de Olite, donde residía.

 

Juan II, como rey de Navarra, actuó únicamente como rey consorte, sin intervenir directamente en los asuntos de gobierno, que quedaban en manos de su esposa. Utilizó la dignidad real, en cambio, para sus continuas intervenciones militares en Castilla.

 

Coincidiendo con su elevación al trono navarro, y junto con su cuñada María, la reina de Aragón abandonada por Alfonso V, Juan II de Navarra asumió las responsabilidades de gobierno encargadas por su hermano y, sobre todo, ejerció la jefatura de la familia en las operaciones castellanas en un momento en que la Corona se vio inmersa en una serie de guerras y conflictos internos que le conducían a una situación de caos y desorden político, alimentados por las ambiciones de los “infantes de Aragón” y sus partidarios para controlar al rey Juan II de Castilla.

 

Los intereses y alianzas fueron tan complejos que llevaron al enfrentamiento entre Juan, rey de Navarra, aliado circunstancialmente con Álvaro de Luna, y su propio hermano, el infante Enrique, que fue hecho prisionero.

 

Las luchas se prolongaron durante los años 1425 a 1429, estando a punto el rey Alfonso V y su hermano Juan II de Navarra de invadir Castilla en este año y derrotar a don Álvaro, ahora en el bando contrario.

 

La sangría en hombres y en dinero que tenían que sufragar aragoneses y catalanes sin obtener ningún beneficio, sólo se justificaba por los intereses del propio linaje familiar, de los “infantes de Aragón”.

 

En 1430, los infantes de Aragón, debían retirarse de Castilla, con los graves perjuicios que de ello se derivaban. La tregua debe interpretarse como la renuncia del monarca aragonés a seguir defendiendo sus intereses dinásticos en Castilla y los extensos dominios señoriales de los Trastámara ‘aragoneses’ para dedicarse, en exclusividad a la política italiana.

 

En junio de 1434, Juan II embarcaba desde Valencia con destino a Palermo para apoyar militarmente a su hermano Alfonso V en la empresa napolitana. Combatió en el sitio de Gaeta y, junto a sus hermanos, Alfonso y Enrique, fue hecho prisionero por los genoveses tras la derrota naval de la isla italiana de Ponza, el 5 de agosto de 1435, y conducido a Milán.

 

Obtuvo su libertad después de cuatro meses de prisión, con el encargo de trasladarse a Aragón y solicitar allí de las Cortes una fuerte suma para el rescate de Alfonso V y tras pactar con el duque Felipe María Visconti el reparto de las zonas de influencias en Italia.

 

Íñigo López de Mendoza, más conocido como el marqués de Santillana, en su obra “La comedieta de Ponza” exalta los valores aristocráticos representados por los infantes de Aragón y sus seguidores, un centenar de caballeros que también fueron hechos prisioneros, entre los que se encontraba el propio escritor.

 

A fines de 1435, Juan II era designado por su hermano Alfonso V, que ya no regresó a la Península, lugarteniente real de Aragón, Valencia y Mallorca, ocupando desde entonces un destacado papel en la gobernación de los territorios peninsulares de la Corona, en cuyas tareas alternó con su cuñada doña María, reina consorte que tenía amplios poderes delegados por su esposo.

 

El alejamiento definitivo de Alfonso V y la falta de descendencia, hicieron recaer en Juan II la categoría de heredero, por lo que en la práctica pudo actuar en el reino de Aragón como auténtico soberano.

 

Al igual que en Navarra, Juan II desarrolló en Aragón una política en la que primaron sus intereses dinásticos en Castilla. La Corona de Aragón se vio inmersa en un conflicto que le exigía una aportación continuada de dinero y de hombres, además de sufrir las zonas lindantes con Castilla los devastadores efectos de la guerra.

 

En 1436, Juan II presidió las Cortes aragonesas que se celebraron en Alcañiz (Teruel) y, tres años después, convocó Cortes en Zaragoza, ante la amenaza francesa en la frontera catalana.

 

De nuevo, en 1441, Juan II reunió Cortes en Alcañiz (Teruel) que prosiguieron luego en Zaragoza.

 

El 1 de mayo de 1441 moría en el monasterio de Santa María de Nieva (Segovia) Blanca I de Navarra.

 

La muerte de la Reina se producía mientras su marido, Juan, seguía inmerso en los intereses castellanos, capitaneando la liga de nobles castellanos que, aliada circunstancialmente con los “infantes de Aragón”, conseguía desterrar del reino al valido Álvaro de Luna y capturar al rey de Castilla en Medina del Campo. Durante los dos años y medio siguientes, Juan de Navarra pudo actuar como señor de Castilla.

 

Tras el fallecimiento de su esposa, Juan II quedaba en una complicada situación política: de un lado, la sucesión al reino de Navarra iba a generar un prolongado enfrentamiento entre dos bandos irreconciliables; de otro, los distintos estados de la Corona de Aragón se negaban en Cortes a seguir suministrando ayuda económica a su lugarteniente para la guerra frente a Castilla.

 

En Navarra el gobierno quedaba en manos del príncipe de Viana que, por ley, debía ser coronado, ya que, según el testamento de doña Blanca (17 de febrero de 1439), el primogénito Carlos quedaba como heredero universal de sus bienes, aunque le instaba a no tomar el título real sin contar con su padre.

 

El viudo rey consorte, no tenía intención de perder su cargo, y, ocupado en los asuntos castellanos, dejaba momentáneamente el gobierno de Navarra en manos de su hijo, al que nombraba lugarteniente general.

 

Basándose precisamente en el testamento, Juan II conservó el gobierno de Navarra como usufructuario de su esposa, argumento sin valor legal, ya que su hijo era mayor de edad (tenía 20 años).      Las aspiraciones del Monarca le llevaron a un enfrentamiento con su propio hijo, el príncipe Carlos, con el que nunca llegó a entenderse.

 

La situación de Juan II en Navarra se agudizó cuando decidió apartar del trono a su hijo, coincidiendo además con la negociación de su nuevo matrimonio, situación que, según el Fuero General, invalidaba el alegato de usufructo.

 

Juan II era perseverante y tenía una postura inflexible, agravada por la firma de las capitulaciones matrimoniales en septiembre de 1443 con Juana Enríquez, hija de Fadrique Enríquez, almirante de Castilla.

 

Las bodas se celebraron en Calatayud el 13 de julio de 1447, y de este segundo matrimonio nacieron cuatro hijos:

 

·      Fernando, el futuro Rey Católico,

 

·      las infantas Leonor y María (muertas con corta edad) y

 

·      Juana, que se casó con su primo Fernando o Ferrante, rey de Nápoles e hijo natural de Alfonso V.

 

Además de sus hijos legítimos, Juan II tuvo varios hijos naturales: Alonso de Aragón, que fue maestre de Calatrava y después conde de Ribagorza; Juan de Aragón, que fue arzobispo de Zaragoza, y Leonor de Aragón, que se casó con el condestable de Navarra, Luis de Beaumont, conde de Lerín.

 

Tras su definitiva derrota en la batalla de Olmedo (1445), alejado de los temas de Castilla, Juan II decidió en 1450 instalarse, junto con su nueva familia, en la Corte navarra, agravando así la crisis sucesoria.

 

Entonces tomó las riendas del gobierno y organizó la Corte navarra de acuerdo con modelos castellanos. Pasó de ser rey consorte, a rey efectivo, en detrimento de su primogénito y legítimo heredero.

 

La destitución de su hijo, el príncipe de Viana, del cargo de lugarteniente, se completó con el ascenso político de los partidarios de Juan II, culminando así la ruptura entre padre e hijo, que arrastró al reino de Navarra a una situación de guerra civil.

 

Desde 1450 el príncipe Carlos, despojado de poder, tuvo que huir del reino y entrar en negociaciones con Castilla en los pactos de Puente la Reina y Pamplona firmados en septiembre de 1451, que sirvieron de argumento principal para ser acusado por su padre de alta traición. El enfrentamiento civil se saldó con la derrota de Aybar, el 23 de octubre de 1451, en la que el propio príncipe fue hecho prisionero.

 

Tras unos años en los que nombró a Juana Enríquez, su segunda mujer, como gobernadora de Navarra, Juan II negoció, el 3 de diciembre de 1455 en Barcelona, la sucesión al trono navarro, desheredando para ello al primogénito Carlos, Príncipe de Viana, y a su hermana Blanca, en beneficio de su hija menor Leonor, casada con Gastón IV de Foix, a quienes nombró como lugarteniente general. El tratado fue definido por el historiador Jerónimo Zurita como “la más infame negociación” realizada por el monarca aragonés.

 

El príncipe Carlos, derrotado en Navarra, buscó apoyos exteriores, y acudió a Nápoles, donde fue bien acogido por su tío Alfonso V. Se instaló en Sicilia (1457), donde el Parlamento vio en él la bandera del independentismo y solicitó a Juan II que nombrara a Carlos como virrey, lo que generó nuevos recelos entre padre e hijo, quien exigió heredar el trono navarro.

 

La muerte del rey Alfonso V de Aragón, en 1458, modificó esta conflictiva situación, ya que Juan heredó el trono aragonés y su hijo Carlos se convirtió en el príncipe heredero de la Corona. Navarra desde entonces ocupó un lugar secundario en el desarrollo del conflicto por la sucesión entre padre e hijo.

 

Cuando el 27 de junio de 1458 murió Alfonso V, en Nápoles, dejó a Ferrante, su hijo natural, el reino de Nápoles, mientras que su hermano Juan, rey de Navarra, fue reconocido como rey de Aragón y heredero de los diversos estados de la Corona: Sicilia, Cerdeña, Córcega, Rosellón, Cerdaña, Aragón, Cataluña, Valencia y Mallorca, que quedaban bajo dominio del nuevo monarca.

 

Juan II de Aragón y de Navarra era un hombre de avanzada edad (61 años), pero tenía una amplia experiencia política, ya que había intervenido en buena parte de los acontecimientos más destacados.

 

En julio de 1458 aceptó su compromiso como rey de Aragón en la Seo de Zaragoza y juró los Fueros ante el Justicia de Aragón.

 

En aquel acto solemne encumbró a su hijo Fernando, habido de su segundo matrimonio con Juana Enríquez, con los títulos de duque de Montblanc, conde de Ribagorza y señor de Balaguer, que, según las capitulaciones matrimoniales con Blanca I de Navarra, deberían haber pasado al primogénito Carlos y, de acuerdo con la tradición, sucesor y heredero de los bienes paternos.

 

Tanto las Cortes de Aragón, como las catalanas, exigieron a Juan II que designara a su primogénito Carlos de Viana como príncipe heredero y futuro rey de la Corona de Aragón.

 

El monarca aragonés decidió firmar la Concordia de Barcelona, en enero de 1460, por la que perdonaba a su hijo Carlos y resolvía la crisis sucesoria navarra, mientras que la sucesión aragonesa no se abordaba.

 

El acercamiento entre padre e hijo duró poco tiempo ya que el príncipe Carlos, desde Barcelona, negoció con Enrique IV de Castilla su boda con Isabel de Castilla.

 

Estos contactos, a espaldas de su padre, sirvieron de justificación para que Juan II ordenara la detención de su propio hijo en diciembre de 1460.

 

Las consecuencias mostraron que fue un grave error político, no sólo en Navarra, donde se iniciaba una nueva fase de la guerra civil, sino en Aragón y en Cataluña, donde surgieron movimientos populares en favor de la liberación del heredero, D. Carlos.

 

Los parlamentarios aragoneses, reunidos en Calatayud (1461), exigieron que el príncipe de Viana fuera nombrado también príncipe de Gerona, sucesor de la Corona y heredero universal.

 

Los catalanes optaron por un pronunciamiento a favor del príncipe, el 7 de febrero, ante la respuesta negativa del Rey de declarar a su primogénito como heredero universal. El Consejo de Cataluña proclamaba heredero al príncipe de Viana, que aceptaba y asumía, por tanto, la lugartenencia real, convirtiéndose en el jefe del poder ejecutivo.

 

El Rey se vio obligado a capitular, y en febrero de 1461 liberó a su hijo Carlos. De forma inesperada, el 23 de septiembre de 1461 murió de tuberculosis el príncipe D. Carlos, en extrañas circunstancias, urdiéndose desde entonces una leyenda en torno a su persona.

 

El 28 de mayo de 1462 el Monarca rompió la Capitulación y entró con sus tropas en el Principado. Era el comienzo de la guerra civil, que ha sido definida por Jaime Vicens y la historiografía catalana como una verdadera revolución o levantamiento frente a Juan II, apoyada por los dirigentes eclesiásticos.

 

Fue una cruenta guerra civil que supuso la crisis política y social más grave de la Corona de Aragón. La Diputación de Cataluña, aglutinando al pueblo en su entorno, declaró la guerra al Monarca.

 

Las hostilidades comenzaron con el sitio de Gerona. La guerra civil movía a los contendientes a solicitar ayudas internacionales. Juan II logró, en mayo de 1462, el apoyo del monarca francés Luis XI, que colaboró con setecientas lanzas y otro material de guerra a cambio de recibir 200.000 escudos de oro y, como garantía del pago, el monarca aragonés entregó a Luis XI los condados del Rosellón y la Cerdaña.

 

Juan II obtenía victorias militares y éxitos diplomáticos, ya que en octubre de 1469 negociaba el matrimonio de su hijo Fernando con Isabel de Castilla, y conseguía la ayuda de Inglaterra y de Borgoña para luchar contra Francia que, de nuevo, amenazaba con invadir el Principado.

 

Barcelona se rendía, tras un largo asedio, firmándose la Capitulación de Pedralbes (24 de octubre de 1472). El Monarca, en una decisión política, se mostraba generoso con los rebeldes y se comprometía a no ejercer represalias, excepto con Hugo Roger III, conde de Pallars, y jefe de las tropas de la Generalitat.

 

Los graves problemas siguieron en los años siguientes con un Principado en estado deplorable y sumido en la miseria, situación que se detecta también en los restantes reinos de la Corona, como en Valencia o en Aragón, donde se dibujaba un panorama de anarquía casi absoluta.

 

En 1478 Cerdeña se sometía definitivamente a la Corona de Aragón. Fue el último éxito del anciano Monarca, en los últimos meses de su vida.

 

Juan II, aquejado de gota en su etapa final, murió en Barcelona el día 19 de enero de 1479, a los 80 años de edad, dejando como único heredero a su hijo Fernando, del que se despidió por medio de una carta recogida por su fiel secretario Juan de Coloma, en la que afirmaba que únicamente podía salvarle el “Creador y Redentor del mundo, en cuyas manos estamos”, y le recomendaba que se dejara regir por la justicia para conservar en paz “los regnos e súbditos […] evitando quanto el mundo podays todas guerras y discusiones”.

 

Las exequias fúnebres fueron muy costosas, hasta el punto de que hubo que empeñar una parte de las joyas del Monarca y vender oro y plata de la cámara real. Fue enterrado en el real monasterio de Poblet.

 

Tumbas de Juan II y de la reina Juana Enríquez en el Monasterio de Poblet

 

Su hijo, Fernando el Católico, le sucedía como rey de Aragón y de los restantes reinos y estados de la Corona, y representó el triunfo monárquico y el tránsito a la Modernidad.

 

Su hija Leonor, habida con su primera esposa Blanca, le sucedió en el reino de Navarra.

 

BIBLIOGRAFÍA

 

N. Baranda Leturio, “Una crónica desconocida de Juan II de Aragón (Valencia, 1541)”, Cuadernos de Filología Hispánica, 7 (1988), págs. 267-288.

 

M.ª I. Falcón Pérez, “Juan II”, en Los reyes de Aragón, Zaragoza, Caja Inmaculada, 1993, págs. 157-162.

 

I. Ostolaza Elizondo, “D. Juan de Aragón y Navarra, un verdadero príncipe Trastámara”, en Aragón en la Edad Media (Zaragoza), XVI (2000), págs. 591-610.

 

L. M. Sánchez Aragonés, Las Cortes de la Corona de Aragón durante el reinado de Juan II (1458-1479). Monarquía, ciudades y relaciones entre el poder y los súbditos, Zaragoza, Institución Fernando el católico, 2004.

 

REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA

 

maitearte.wordpress.com

 

 

 

FOTOGRAFIAS

 

Portada. Archivo en Wikipedia

 

Descripción: Retrato imaginario del rey Juan II de Aragón (1398-1479) Segunda mitad del siglo XVI.

 

Fuente: Palacio Ducal, Pedrola (Zaragoza), procedente del Palacio de Villahermosa (hoy Museo Thyssen), Madrid

 

Autor: Roland de Mois  (1520–1592)

 


 

Entierro. Archivo en Wikipedia

 

Descripción: Tumbas de Juan II y de la reina Juana Enríquez en el Monasterio de Poblet.

 

De © José Luiz Bernardes Ribeiro, CC BY-SA 3.0, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=37183944

 

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ALFONSO V. EL MAGNÁNIMO (1396-1458)

María Teresa García Pardo

Doctora en Historia del Arte

ALFONSO V. EL MAGNÁNIMO

(1396-1458)

 

Valladolid, 1396 – Nápoles, 27.VI.1458

Monarca de la Corona de Aragón (1416- 1458)

Rey de Nápoles (1442-1458)

 

Hijo primogénito de Fernando I de Antequera y de Leonor de Alburquerque. Creció en Medina del Campo (Valladolid) junto a sus hermanos pequeños, especialmente Juan, que después serán conocidos en Castilla como los infantes de Aragón, siendo educado en las artes marciales y los libros.

La riqueza de su madre, a la que pronto se añadió la fortuna de su padre, hizo que el infante creciera en un ambiente de magnificencia, lujo y refinamiento.

Era un gran aficionado a la caza y también en el mundo de las letras y de las artes. Gustó de vestir bien y de seguir la moda, especialmente la francesa. Todo ello hacía de Alfonso un hombre moderno y con gran atractivo.

Como primogénito de la rama menor de los Trastámara le fue impuesto, desde muy joven, en 1406, el casamiento con su prima hermana María de Castilla, hija de Enrique III. La boda se celebró en 1415 en la ciudad de Valencia.

El inicio de su reinado en 1416 a la muerte de su padre Fernando I, no fue fácil, ya que en Castilla comenzaba a quebrarse el bloque de sus partidarios, que se denominaba como “aragonés”.

En el Mediterráneo, Génova, amenazaba una vez más con infiltrarse en los asuntos de Cerdeña. Mientras que Sicilia aumentaba sus exigencias.

En Cataluña quisieron aprovechar los primeros actos de gobierno del joven monarca, con la finalidad de imponer sus reivindicaciones políticas, administrativas, sociales y jurídicas, que no habían sido atendidas por Fernando I en las Cortes celebradas en Montblanc en 1414 y que finalizaron súbitamente por decisión real.

Algunos nobles catalanes decidieron desafiar al rey en las Cortes que se convocaron en Barcelona en el otoño de 1416. Esta actitud contó con un hecho favorable, el discurso que el nuevo Rey hizo en castellano, que, aunque redactado en términos heroicos y favorable a los intereses de Cataluña, ya que solicitaba una ayuda para luchar contra dicha república de Génova, se interpretó como una afrenta a las libertades, privilegios y prerrogativas de Cataluña.

En esta situación los estamentos de las Cortes designaron una comisión de 14 personas encargadas de obtener del Monarca la convocatoria de una nueva legislatura donde se discutiría la reforma, que venían arrastrando desde 1414. Era la continuación de la ofensiva pactista iniciada ya a finales del siglo XIV.

La Comisión de los Catorce comenzó a actuar en 1417 e intervino públicamente cuando se supo el propósito del rey, que se encontraba en Valencia, de armar una flota para ir a Cerdeña y Sicilia.

La Comisión envió una embajada a Valencia para exigir al rey la reforma del Gobierno y la expulsión de los extranjeros de la Corte y del Consejo Real. La situación se complicó para el soberano, ya que las ciudades de Valencia y Zaragoza estaban de acuerdo con las exigencias de la delegación catalana.

Alfonso V, el Magnánimo, hizo gala de una gran diplomacia cuando intentó dividir a los miembros de la delegación asegurando que atendería las peticiones de Cataluña, pero en cambio defendió a sus servidores castellanos aduciendo que eran antiguos servidores.

La situación se complicó en el Principado e hizo necesario que el Rey se trasladase nuevamente a Cataluña. El 21 de marzo de 1419 se convocaban las Cortes catalanas desde Barcelona, que se reunieron en San Cugat del Vallés, de donde se trasladaron más tarde a Tortosa, Tarragona, alargándose hasta 1420.

En esta ocasión el Rey leyó la proposición en catalán. A pesar de ello el enfrentamiento entre el Monarca y los estamentos privilegiados catalanes fue muy duro, precisamente cuando Alfonso tenía una única idea, partir hacia Italia.

En primer lugar, se llegó a un principio de acuerdo cuando se publicó un convenio con el brazo eclesiástico, entre cuyos acuerdos figuraba el que los no catalanes no pudiesen obtener beneficios eclesiásticos en Cataluña, a la vez que se aprobó el nombramiento de una comisión para resolver los agravios que tenían desde siempre. A cambio de todo ellos las Cortes avanzaron un donativo de 50.000 florines al Rey para su empresa mediterránea.

La realidad del choque entre el Rey y las Cortes catalanas no fue por la excusa inicial de los servidores castellanos del Monarca, sino por la divergencia en la manera de contemplar el mecanismo político del Principado.

Finalmente, el 10 de mayo de 1420, Alfonso V se embarcaba en el puerto de los Alfaques (Tarragona), al mando de una escuadra de 23 galeras y 50 velas, destino Mallorca para ir a Cerdeña, con la finalidad de frenar a los genoveses con una intervención en Córcega, isla que pertenecía a la Corona de Aragón desde el reinado de Jaime II.

Alfonso con el inicio de su aventura mediterránea enlazaba con la más pura tradición de la política catalana y proseguía su expansión iniciada en 1282. En Cerdeña afirmó la presencia catalana merced a un acuerdo definitivo con el vizconde Guillermo III de Narbona, por el cual se comprometió a entregarle 100.000 florines de oro a cambio de todas las tierras que poseía dicho noble en la isla.

El fracaso del asedio de la ciudad corsa de Bonifacio se debió a la ayuda que los genoveses prestaron a los sitiados, así como a la mala mar imperante en la zona. La imposibilidad de dominar a los corsos fue una de las causas que hizo a Alfonso dirigir sus ambiciones hacia el Reino de Nápoles, en donde la debilidad de la Monarquía era bien patente frente a los poderosos barones y los condotieros, en los que se apoyaba la realeza napolitana para hacer frente a los primeros.

Los condotieros eran mercenarios al servicio de las ciudades-estado italianas desde finales de la Edad Media hasta mediados del siglo XVI. La palabra condottiero deriva de condotta (conducta), término que designaba al contrato entre el capitán de mercenarios y el gobierno que alquilaba sus servicios.

Los condotieros consideraban la guerra como un verdadero arte. Sin embargo, sus intereses no eran siempre los mismos que los de los Estados a cuyo servicio estaban. Buscaban riqueza, fama y tierras para sí, y no estaban ligados por lazos patrióticos a la causa por la que luchaban. Eran célebres por su falta de escrúpulos: podían cambiar de bando si encontraban un mejor postor antes o incluso durante la batalla. Conscientes de su poder, en ocasiones eran ellos los que imponían condiciones a sus supuestos patronos.

Los primeros condotieros fueron mercenarios extranjeros, sobre todo alemanes, pero ya en el siglo XV casi todos los profesionales de las armas eran italianos. Este siglo supuso la verdadera edad de oro de los condotieros, con grandes figuras como el condotiero Gattamelata y el condotiero Colleoni.

En Padua, delante de la basílica de San Antonio, tenemos la escultura ecuestre del condotiero Erasmo de Narni, conocido como Gattamelata, de Donatello, realizada en 1453.

La estatua ecuestre de Bartolomeo Colleoni está ubicada ante la iglesia de San Giovanni e San Paolo de Venecia, obra de Andrea del Verrocchio creada entre 1480 y 1488 con casi 4 metros de altura.

La reina de Nápoles, Juana II, conservaba su corona gracias a Sforza el Viejo. La falta de herederos directos de la soberana llevó a que el Sforza se inclinase por Alfonso V de Aragón.

Por otro lado, éste contaba con el apoyo de los mercaderes catalanes, así como una serie de nobles napolitanos que le habían hecho llegar que la conquista de dicho reino sería cosa muy fácil.

En 1421 Juana II de Nápoles estaba sitiada por Luis de Anjou, por lo que pidió ayuda a Alfonso V de Aragón, adoptándolo como hijo y heredero y nombrándole duque de Calabria.

Alfonso el Magnánimo aceptó la propuesta que a su vez le permitía combatir a Luis de Anjou, aliado de Génova. El 25 de junio de 1421 entraba en Nápoles, donde fue recibido por la Reina como un verdadero libertador. Pero la reina de Nápoles, ante el temor de la fuerte personalidad de su nuevo heredero revocó el prohijamiento y llamó contra él a sus rivales.

Derrotado por Sforza cerca de Nápoles, Alfonso con sus tropas se hizo fuerte en los castillos Nuevo (Castel Nuovo) y del Huevo (Ovo), en donde esperó los refuerzos navales catalanes que le permitieron nuevamente apoderarse de la ciudad.

Juana II revocó la adopción hecha en favor de Alfonso V, nombrando nuevo heredero a Luis de Anjou el 21 de junio de 1424. Alfonso de Aragón, decepcionado y despechado, volvió a sus reinos ibéricos, en donde permaneció nueve años, iniciándose un entreacto peninsular, en la trayectoria vital del Monarca.

De regreso a Cataluña su escuadra saqueó la ciudad de Marsella, llevándose como botín las cadenas, que impedían el acceso a dicho puerto, y el cuerpo de san Luis, obispo de Toulouse.

En esta primera intervención en Italia, Alfonso, aprendió como era la realidad política italiana. Ya que después de haber vencido a los genoveses; de haber conseguido del pontífice Martín V una bula que le confirmaba como heredero del Reino de Nápoles. Hubo un levantamiento del pueblo napolitano contra él, teniendo que abandonar la ciudad.

Con todo el balance de esta primera etapa itálica tuvo connotaciones favorables, ya que supuso la pacificación de Cerdeña y Sicilia; a la vez que proporcionó dos importantes bases navales a la marina de la Corona aragonesa, a cambio de la renuncia a la isla de Córcega, teóricamente de la Corona de Aragón, aunque en la práctica nunca se había dominado.

Los nueve años que estuvo el monarca en la Península es el período de las luchas de la rama aragonesa de los Trastámara contra la castellana, y más concretamente, contra don Álvaro de Luna.

En 1429 las tropas de Alfonso V, unidas a las de su hermano Juan de Navarra, penetraron en Castilla por Ariza (Zaragoza), llegando hasta cerca de Jadraque (Guadalajara) y Cogolludo (Guadalajara). Las hostilidades con Castilla continuaron hasta julio de 1430, en que se acordó una tregua de cinco años, firmándose la paz el 23 de septiembre de 1436.

A la vez que la política castellana centraba sus preocupaciones, empezaron a sentirse los primeros efectos de la crisis económica que dejaban su huella en Cataluña, apareciendo las primeras disensiones internas graves en el Principado.

Las Cortes de 1431 son un fiel reflejo de la angustia y preocupación que tenían los distintos estamentos representados en ellas. Ante el movimiento de liberación de los campesinos, la nobleza, los eclesiásticos y los nobles instaron al rey a que los campesinos remensas no pudieran reunirse para solicitar liberarse de sus servidumbres, bajo pena de prisión perpetua.

Con el término remensa, del latín redimentia, se designaba en el Principado de Cataluña, en la Edad Media, el pago que en concepto de rescate habían de dar los campesinos o payeses a su señor para abandonar la tierra. ​

En esta complicada situación, Alfonso, abandonó Cataluña el 29 de mayo de 1432, dejando a su esposa, la reina María, la complicada misión de buscar una solución a este grave problema, porque Nápoles volvía a ser el objetivo.

Llamado por sus partidarios napolitanos, a cuyo frente había dejado a su hermano Pedro, como lugarteniente de dicho reino, Alfonso recuperó el sueño de Italia, que siempre estuvo en su mente.

Esta nueva partida fue definitiva, ya que nunca más volvió a la Península Ibérica. Primero se dirigió a Sicilia, donde se preparó para atacar Nápoles. Durante su estancia en los reinos peninsulares, los genoveses se habían apoderado de Nápoles, hecho que hizo que el 4 de abril de 1433 la reina Juana II protegiese nuevamente a Alfonso de Aragón.

Este nuevo cambio en la actitud de la reina hizo que se formase una coalición formada inicialmente por el papa Eugenio IV, a la que se añadieron Florencia, Venecia y el duque de Milán. La envergadura de los enemigos hizo que Alfonso postergase sus planes y firmase una tregua por diez años con la reina Juana en julio de 1433.

Pero la muerte de su rival Luis de Anjou, el 12 de noviembre de 1434, y poco después de la reina de Nápoles, el 2 de febrero de 1435, le hizo poner sitio a la ciudad de Gaeta, en la región del Lacio.

La escuadra genovesa mandada en ayuda de los sitiados derrotó a la catalano-aragonesa frente a la isla de Ponza, en el Mar Tirreno, en la zona del Lacio, cayendo prisioneros el propio rey Alfonso y sus hermanos Juan y Enrique.

Esta derrota, y sus graves consecuencias, desconcertó a la Corona de Aragón, situación que fue salvada gracias a la prudencia de la reina María, que firmó treguas con Castilla, y convocó Cortes generales en Zaragoza para tratar la delicada situación en Cerdeña y en Sicilia.

La situación comenzó a cambiar cuando Juan, rey de Navarra, fue liberado por el duque de Milán y nombrado lugarteniente de los reinos de Aragón, Mallorca y Valencia, mientras que la reina María quedaba como responsable del Principado de Cataluña, desde donde continuó enviando naves y soldados para la empresa napolitana.

Alfonso V se ganó la amistad del duque de Milán, que le liberó y firmó con él una alianza para poder apoderarse del Reino de Nápoles. En 1436 las tropas del Magnánimo se apoderaron de casi todo el reino, únicamente quedaban fuera de su control Calabria y la capital, Nápoles fiel a Renato de Anjou.

Durante el sitio de Nápoles, a finales de 1438, murió el infante don Pedro, hermano del rey. Dominado ya todo el reino, Alfonso puso sitio a Nápoles el 17 de noviembre de 1441 hasta el 2 de junio de 1442 en que cayó en su poder.

Alfonso el Magnánimo entró solemnemente en la ciudad de Nápoles el 23 de febrero de 1443, al estilo de los antiguos césares, como quedó inmortalizado en el famoso arco triunfal que se colocó sobre la puerta del castillo Nuevo.

Cinco días después de su entrada en la capital reunió el Parlamento, haciendo jurar como heredero a su hijo natural, Fernando, duque de Calabria.

Para consolidar su conquista firmó la paz con el papa Eugenio IV, al que reconoció como pontífice legítimo, recibiendo por ello la investidura del Reino de Nápoles, en el momento que Amadeo, duque de Saboya, había sido proclamado también Papa por sus partidarios con el nombre de Félix V.

El reconocimiento mutuo entre Eugenio IV y Alfonso V como rey de Nápoles comportó la ayuda de Alfonso al Papa para recuperar la región de las Marcas en donde fue derrotado Francisco Sforza. Las Marcas es una región del este de Italia ubicada entre los montes Apeninos y el mar Adriático, próxima a San Marino y Rávena.

Los dos primeros años, como rey de Nápoles, fueron difíciles tanto en el plano internacional como en el interno, ya que tuvo que vencer en Calabria una revuelta. A pesar de todo, su posición se consolidó al firmar un tratado de paz en 1444 con Génova.

Esta segunda campaña de Alfonso en la península itálica fue aprovechada por el conde de Foix y compañías francesas para amenazar el Rosellón, llegando a algunos núcleos cerca de su capital, Perpiñán.

El Rosellón es una región histórica de Francia que corresponde al antiguo condado de Rosellón y parte del condado de Cerdaña. Ambos fueron parte de España hasta el Tratado de los Pirineos (1659), con el que se dio fin a las hostilidades desde 1635 entre España y Francia, durante la guerra de los Treinta Años.

Ante esta invasión, el hermano de Alfonso V, el infante don Juan, como lugarteniente, convocó Cortes Generales en Zaragoza en 1439 y reclamó la presencia de su hermano, el rey, en los territorios peninsulares.

Alfonso el Magnánimo no atendió dicha solicitud, excusándose por la importancia de los asuntos italianos. Esta ausencia afectó también al orden interno de Cataluña por las continuas reivindicaciones de los payeses de remensa, que pretendían la abolición de los estos llamados “malos usos”.

Alfonso, consolidado en el Trono de Nápoles, ejerció como un mecenas renacentista, rodeándose de una Corte con importantes hombres de letras y artistas.

El rey se preocupó por las instituciones universitarias. En su etapa napolitana fundó tres nuevos Estudios Generales: los de Catania (1445), Gerona (1446) y Barcelona (1450). Aunque durante su reinado únicamente llegó a funcionar el de Catania, retrasándose la puesta en marcha de los otros dos por problemas económicos.

Alfonso tuvo una intensa vida amorosa fuera del matrimonio, su relación con Lucrecia de Alagno, es responsable para muchos historiadores de su definitiva permanencia en Nápoles.

Fruto de unos amores anteriores con una dama valenciana, nació en Valencia, en 1423, Fernando, que sería rey de Nápoles de 1458 a 1494.

La política oriental de Alfonso el Magnánimo hizo que los príncipes y reyes balcánicos amenazados por los turcos otomanos vieran en él un posible protector. El caudillo albanés Jorge Castriota inició negociaciones con Alfonso el Magnánimo para que le enviase ayuda para defenderse de los turcos por una parte y de los venecianos por otra.

Eran unos momentos muy críticos para el Mediterráneo oriental especialmente por la presión otomana sobre Constantinopla y demás restos del Imperio Bizantino. Alfonso realizó varios intentos por salvar Constantinopla por iniciativa del pontífice Nicolás V. Pero los intereses de Génova y de Venecia, malograron dichos intentos.

Después de la conquista de Constantinopla por los turcos en 1453, Alfonso el Magnánimo murió el 27 de junio de 1458 en el castillo del Ovo en Nápoles. Sus restos fueron enterrados en la iglesia de Santo Domingo de esta ciudad, siendo en 1671 trasladados al monasterio de Poblet.

En su último testamento dejó el reino de Nápoles para su hijo legitimado Fernando, duque de Calabria, mientras que a su hermano Juan, rey de Navarra, todos los demás reinos y territorios. Además, tuvo dos hijas bastardas: Leonor, que se casó con Mariano Marzano, príncipe de Rossano y duque de Sessa, y María, casada con Leonelo de Este, marqués de Ferrara.

Retrato del monarca Alfonso V, rey de Aragón, por Juan de Juanes. 1557, Museo de Zaragoza

Medalla de ALFONSO V DE ARAGÓN, EL MAGNÁNIMO, en el Museo Arqueológico Nacional de España, en Madrid. Realizado por Antonio di Puccio (Pisanello) y fundido en plata en 1449.

En 1557, el pintor valenciano, Juan de Juanes, realizó un retrato de Alfonso V de Aragón en óleo sobre tabla (115 x 91 cm), que fue adquirida por compra del Gobierno de Aragón en 2006, procedente de una colección particular de Madrid, y se conserva en el Museo de Zaragoza.

En el alféizar de la ventana aparece la leyenda “ALFONSVS QVIN/TUS ARAGONUM REX” (Alfonso V rey de Aragón).

El retrato fue encargado por la Ciudad de Valencia a Juan de Juanes. Es una imagen idealizada del monarca, ya que Alfonso V falleció un siglo antes, en 1458.

Juan de Juanes se basó en una medalla conmemorativa de Pisanello de 1449, en la que se representa al rey aragonés con cincuenta y dos años. Alfonso V de Aragón viste una armadura anacrónica, de época de Carlos I de España. Su rostro manifiesta la serenidad típica del Renacimiento y la cortina ofrece solemnidad a la escena.

En primer término, sobre la mesa, aparece la corona ornamentada con piedras preciosas, símbolo de prosperidad y alusiva a su condición real; el yelmo alude a su labor como conquistador del Reino de Nápoles y un libro abierto bajo la corona que revela su título y autor: “DE BELLO CIVILI LIB. I y C. IVLI. CAESARIS” (La guerra civil de Julio César). El libro abierto es una de las divisas personales y más antiguas de este monarca. ​

La pintura representar al rey con los atributos clásicos del poder y del ideal renacentista, como hombre formado en las armas y las letras, (triunfador y pacífico), como figura en la medalla de Pisanello.

EL CASTEL DELL’OVO (CASTILLO DEL HUEVO)

El castillo se encuentra sobre el islote de tufo de Megaride, prolongación natural del Monte Echia, que estaba unido a la tierra por un sutil istmo de roca.

Construido en 1128 en un islote junto a la costa de Nápoles, el Castillo del Huevo es una imponente fortificación que a lo largo de su historia ha funcionado como elemento defensivo, cárcel, residencia real y actualmente es centro de eventos y exposiciones.

Cuenta la leyenda que Virgilio escondió un huevo mágico bajo los cimientos de la fortaleza y, que, si éste llegara a romperse, la ciudad sufriría una enorme catástrofe. De esta leyenda surgió el nombre del Castillo del Huevo (Castel dell’Ovo).

Actualmente el Castillo del Huevo se encuentra prácticamente vacío, pero aún es posible rememorar la antigua majestuosidad de la austera fortaleza y recorrer sus rampas y sus terrazas disfrutando de las vistas, o bien pasear por los túneles excavados en la roca.

Viaje a Nápoles, Costa Amalfitana y Capri. 2015

El Castillo del Huevo ofrece excelentes vistas de la bahía de Nápoles y del Monte Vesubio desde sus terrazas. La visita es gratuita y es una de las principales atracciones de la ciudad.

El rey Carlos I de Anjou trasladó al Castel Nuovo la corte, pero mantuvo en el Castel dell’Ovo, los bienes que se debían custodiar en el lugar mejor fortificado. Fue residencia de la familia real, realizando con este objetivo numerosas restauraciones y modificaciones, y mantuvo allí el tesoro real. También fue prisión de estado.

Alfonso V de Aragón, iniciador de la dominación aragonesa de Nápoles, enriqueciendo el palacio real, restaurando el muelle, potenciando las estructuras defensivas y bajando las torres. Después le sucedió en el trono su hijo Fernando I.

En 1503, el asedio de Fernando el Católico derribó definitivamente lo que quedaba de las torres. Posteriormente el castillo fue remodelado de nuevo profundamente, asumiendo así la forma que vemos en la actualidad. Como consecuencia de la evolución de los sistemas de armamento, se reconstruyeron las torres octogonales, se engrosaron los muros y las estructuras defensivas se orientaron hacia tierra en lugar de hacia el mar. Derrotados los franceses dos veces, en Cerignola y en el Garigliano, se produjo la completa conquista de todo el Reino de Nápoles a favor de Aragón.

Durante el reinado de los virreyes españoles y posteriormente de los Borbones, el castillo fue fortificado más con dos puentes levadizos. La estructura perdió completamente la función de residencia real y desde el siglo XVIII fue dedicado a puesto avanzado y a prisión.

 

CASTEL NUOVO DE NÁPOLES

La construcción de Castel Nuovo comenzó en 1279 por encargo de Carlos I de Anjou después de que derrotara a los Hohenstaufen y ascendiera al trono de Sicilia y decidiera hacer de Nápoles la capital.

El Castel Nuovo fue diseñado por dos arquitectos franceses. Es de estilo gótico y tiene forma de rectángulo irregular, rodeado por cuatro torres defensivas y una gran puerta con puente levadizo.

Castillo Nuevo - Viaje a Nápoles, Costa Amalfitana y Capri. 2015

El Castillo se llamó «Castel Nuovo» (Castillo Nuevo) desde el principio, para distinguirlo de Castel dell’Ovo. Este castillo fue construido para proteger la ciudad de Nápoles y, de hecho, tiene el mismo sistema defensivo que el Castel dell’Ovo, considerado uno de los mejores, y está situado en una posición muy estratégica.

Fue mandado construir por el rey Carlos I, pero éste nunca vivió en él ya que las obras terminaron en 1285, año de su muerte. El primer rey que consiguió instalarse en esta residencia fue Carlos II, conocido como el Cojo. Eligió ampliar este castillo y decorarlo al igual que sus sucesores. A lo largo de los siglos, el Castel Nuovo sufrió muchas restauraciones y se enriqueció con obras de arte.

Actualmente, tras el pago de la entrada accedemos al interior, donde se conserva el Museo Cívico y se puede subir a la terraza para contemplar las vistas de la ciudad.

 

La Capilla Palatina

Fue construida en 1307. Tuvo que ser parcialmente reconstruida en 1456 a causa de un terremoto que destruyó parte de ella. Está lleno de pinturas de artistas como Maso di Banco y esculturas de Domenico Gagini, alumno de Donatello y Brunelleschi.

 

La Ermita de San Francisco De Paola

Consagrada en 1668 y construida en estilo barroco.

 

Sala de los Barones

También conocida como Sala Maior, es la sala principal del castillo y fue creada como sala del trono y originalmente decorada con frescos de Giotto que, lamentablemente, se perdieron a lo largo de los siglos.

 

Las leyendas de las prisiones y el foso del cocodrilo

La ciudad de Nápoles está llena de leyendas que se transmiten de generación en generación.

Una leyenda muy particular sobre Castel Nuovo que probablemente se te quedará grabada es la de sus prisiones. Justo debajo de la Capilla Palatina, puedes encontrar dos salas que solían ser prisiones: la Prisión Millet y la Prisión de los Barones.

La prisión de Millet se utilizó principalmente para albergar a los presos que debían recibir fuertes castigos. Sin embargo, a lo largo de los años, los prisioneros habían comenzado a desaparecer. más tarde cuando descubrieron que un cocodrilo había penetrado en el edificio a través de una abertura y arrastrado a los prisioneros al mar.

 

FACHADA Y ARCO TRIUNFAL

Entre las torres occidentales se encaja un arco de triunfo de mármol blanco de 35 metros de altura, construido en 1470, que conmemora la entrada de Alfonso V de Aragón en Nápoles en 1443.

La entrada está flanqueada por columnas, mientras que la escultura de primer nivel representa una cuadriga triunfal que conduce Alfonso en el desfile, como si fuera un emperador de Roma. El centro tiene un escudo con los símbolos del rey de Aragón.

Castillo Nuevo - 2019 Napoles y Costa Amalfita

 

Castillo Nuevo - 2019 Napoles y Costa Amalfita

 

BIBLIOGRAFÍA

A. Giménez Soler, Retrato histórico de Alfonso V de Aragón, Madrid, 1952.

VV. AA., Estudios sobre Alfonso el Magnánimo con motivo del quinto centenario de su muerte: Curso de conferencias (mayo de 1959), Barcelona, Universidad de Barcelona, 1960.

L. Suárez Fernández, “Los Trastámara y los Reyes Católicos”, en Historia de España, 7 (1985).

S. Claramunt, “La política universitaria di Alfonso il Magnánimo”, en VV. AA., XVI Congresso Internazionale di Storia della Corona d’Aragona, vol. II, Nápoles, Paparo Edizione, 2000, págs. 1335-1351.

El cuadro en el Museo: Alfonso V el Magnánimo, rey de Aragón, pintado por Juan de Juanes hacia 1577, Hoja de Sala, Zaragoza. 2006.

REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA

https://www.napoles.net

maitearte.wordpress.com

 

FOTOS:

– Eduardo Benito viajes de 2015 y 2019

– Fotos Alfonso V y medalla: De Juan de Juanes – [1], Dominio público, https://commons.wikimedia.org/w/index.php?curid=1506984

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JUAN II DE CASTILLA (1405 – 1454)

María Teresa García Pardo

Doctora en Historia del Arte

JUAN II DE CASTILLA (1405 – 1454)

Juan II de Castilla - Retrato imaginario del rey Juan II de Castilla pintado por Juan María Rodríguez de Losada hacia 1892-1894clip_image003[4]

JUAN II DE CASTILLA (1405 – 1454)

Toro (Zamora), 6.III.1405 – Valladolid, 21.VII.1454. Rey de Castilla.

Fue hijo de Enrique III, rey de Castilla, y de Catalina, hija del duque de Lancaster, Juan de Gante, y de su segunda esposa, Constanza, hija del monarca castellano Pedro I.

El matrimonio, celebrado en septiembre de 1388, había supuesto la renuncia a los derechos de Constanza al Trono castellano y la consolidación en éste de los Trastámara.

El 25 de diciembre de 1406 murió Enrique III en Toledo y el nuevo Monarca sería un niño que todavía no había cumplido dos años, lo que significaba una larga y difícil minoría.

El testamento de Enrique III disponía la custodia del rey niño por Diego López de Stúñiga y Juan (Fernández) de Velasco. El ejercicio del poder de modo conjunto por su esposa Catalina y por su hermano Fernando.

Quiso ganarse el apoyo de su hermano Fernando a través del matrimonio de su primogénito Alfonso, con María, su hija primogénita, a quienes se reconocía la herencia de Castilla si Juan II moría sin sucesión. Hubo quienes pidieron a Fernando que se proclamase rey, pero éste lo rechazó. Esta renuncia fue una gran muestra de lealtad y le convirtió en la gran figura del momento.

Se introdujeron algunas modificaciones en las disposiciones del difunto Rey. La regencia conjunta fue sustituida por un reparto del territorio del reino en dos partes. A Catalina se le entregó la custodia del rey y se confió a Fernando la administración de los elevados subsidios que habían acordado las Cortes para la guerra contra Granada y el mando de las tropas.

Pocas semanas antes de la muerte de Enrique III, tropas granadinas, a pesar de la tregua recientemente firmada, habían derrotado a un contingente castellano en Los Collejares, cerca de Baeza. La agresión exigía la respuesta que Fernando pensaba encabezar y a cuyo efecto habían sido convocadas las Cortes por su hermano. Esta heroica empresa le proporcionó poder y fama, aunque comenzó mal.

La vinculación de Fernando con Benedicto XIII es otra de las bases de su poder. El Pontífice, tras el fracaso de 1408 para solucionar el Cisma de Occidente, precisaba crear un fuerte bloque de apoyo en las monarquías hispánicas. Fernando, a quien compensó con el maestrazgo de las órdenes militares para sus hijos, fue ese gran apoyo en Castilla y, enseguida, en Aragón. El maestrazgo es el cargo de maestre de una orden militar.

La muerte del heredero de Aragón, Martín el Joven (julio de 1409), dejaba al monarca aragonés, Martín I, sin descendientes legítimos. Fernando era uno de los más próximos parientes y sus derechos estaban entre los más firmes para alcanzar la herencia aragonesa.

Este acontecimiento fue decisivo en el diseño de la campaña de 1410. El objetivo elegido, Antequera (Málaga), era un punto neurálgico en las comunicaciones del Reino de Granada.

Durante las operaciones, que se alargaron más de lo esperado, murió el monarca aragonés en mayo de 1410; Antequera resistió hasta septiembre, pero al fin se rindió. Era su mejor carta de presentación. El dinero castellano y el apoyo de Benedicto XIII lograron el reconocimiento de Fernando como rey de Aragón, en virtud del denominado Compromiso de Caspe (24 de junio de 1412).

El programa del nuevo monarca aragonés dio como resultado la indiscutible hegemonía peninsular de los Trastámara:

· Alfonso, heredó Aragón, se casó con María, hermana de Juan II de Castilla;

· María se desposó con el monarca castellano;

· Juan, para quien se proyectaba el matrimonio con Juana de Nápoles, se encargó de la política mediterránea;

· Enrique, Sancho y Pedro tuvieron los maestrazgos de las órdenes militares;

· Leonor, la menor, contrajo matrimonio con Duarte de Portugal.

La muerte de Fernando, el 1 de abril de 1416, modificó el panorama político castellano:

· Alfonso V se hizo cargo personalmente de la política mediterránea y

· Juan, fracasado el proyecto de matrimonio napolitano, regresó a la política peninsular y negoció su matrimonio con Blanca, heredera de Navarra.

En junio de 1418 moría la reina Catalina y el infante Juan promovía la declaración de mayoría de edad de Juan II cuando, unos meses después, cumpliese catorce años, y el cumplimiento del compromiso matrimonial con su hermana María. Los desposorios tuvieron lugar en Medina del Campo el 20 de octubre de 1418.

El 14 de julio de 1420, aprovechando la ausencia de Juan, que había viajado a Navarra para contraer matrimonio, y también la de Alfonso V, que acababa de iniciar su aventura italiana, el infante Enrique se apoderó de la persona del rey de Castilla, en Tordesillas.

El objetivo de este golpe de estado era someter a tutela al monarca y contraer matrimonio con Catalina, la otra hermana de Juan II, obtener el marquesado de Villena como dote de la infanta y alcanzar un poder indiscutible que ejercería apoyado en las Cortes. La boda tuvo lugar en Ávila, el domingo 4 de agosto de 1420.

D. Álvaro de Luna, un joven bien visto por ambas partes, implantó un gobierno de autoridad real. Fue él quien organizó la fuga del rey de Talavera y su refugio en Montalbán y logró que Enrique se presentara en la Corte. Allí, a instancias de su hermano Juan y de sus partidarios, fue detenido en junio de 1422.

El nuevo Gobierno procedió a un reparto de prebendas entre los vencedores y a la confiscación de bienes de los partidarios de Enrique. Se creó un grupo de exiliados castellanos en Aragón que comunicaba a Alfonso V noticias diferentes del relato oficial de lo sucedido en Castilla.

Para el Monarca aragonés, que se hallaba en Nápoles, esas noticias eran una amenaza en su política italiana y regresó a la Península.

Nápoles aprovechó el momento y se sublevó contra los aragoneses en junio de 1423. Empeoraron también las relaciones con Martín V por el visible apoyo a Benedicto XIII, residente en Peñíscola, y la prolongación del agonizante Cisma, sólo posible gracias al compromiso regio.

Alfonso V volvió a su reino con el objetivo de poner orden en los intereses familiares en Castilla. Para ello había de lograr la libertad de Enrique, reconciliar a sus hermanos, apelar a la unión de la nobleza contra la tiranía de don Álvaro y recuperar las rentas familiares.

D. Álvaro de Luna supo ceder el protagonismo a Juan, lo que contradecía sus acusaciones de autoritarismo, pero eso hacía inevitable la liberación de Enrique, a la que su hermano no podía oponerse, y una pública reconciliación.

La constitución de un partido nobiliario en torno a los infantes fue lo que significó el pacto de Torre de Arciel el 3 de septiembre de 1425. D. Álvaro seguía siendo miembro del Consejo, pero el objetivo final era derribarle; la actuación de ese partido en 1427 la salida de Álvaro de la Corte durante año y medio como medida de paz.

La realidad era una sustitución del gobierno personal de don Álvaro por el de los infantes, hecho que infundía temor a una parte de la nobleza; por ello el destierro de don Álvaro fue fugaz. Como respuesta a una petición general regresaba el condestable a la Corte el 6 de febrero de 1428 desplegando un lujo extraordinario. El condestable era el hombre que ejercía, en nombre del rey, el máximo poder en los ejércitos.

Las grandes fiestas celebradas en Valladolid entre junio y julio de 1428 con motivo del viaje de Leonor, hermana de los infantes, a Portugal para contraer matrimonio con el futuro rey Duarte fueron un engañoso paréntesis de cordialidad en la tensión.

Juan II, de la mano de don Álvaro, preparaba la eliminación del poder de los infantes. A D. Juan su esposa le reclamaba en Navarra, de la que ambos eran reyes desde septiembre de 1425 y recibió una poco amistosa petición de marchar hacia su reino.

Al infante D. Enrique se le ordenó partir hacia la frontera andaluza, realmente amenazada por una nueva guerra civil en Granada. Alfonso V, que precisaba acudir a Italia, interpretó los hechos como una verdadera declaración de guerra y comenzó a preparar una intervención armada en Castilla que le permitiese asegurar los intereses familiares en ella.

En abril de 1429 se iniciaba la invasión aragonesa de Castilla, con gran despliegue bélico y propagandístico, pero era consciente de sus limitaciones y de lo que le urgía una solución. Esperaba que Juan II se inclinase hacia la negociación.

En caso contrario, confiaba en la mediación de su esposa y del legado apostólico que le acompañaban y que, con su intervención, frustraron el deseo de Juan II y de don Álvaro de resolver definitivamente la situación en un choque armado y permitieron una retirada sin deshonor del Monarca aragonés. Fue una derrota de los infantes, cuyas rentas fueron confiscadas y distribuidas entre los vencedores, unidos desde ahora para impedir el regreso de los aragoneses.

Los infantes Enrique y Pedro decidieron resistir en Extremadura, pero se sometieron en noviembre de 1432 y marcharon a reunirse con su hermano Alfonso que, desde finales de mayo de ese año, se había trasladado definitivamente a Italia.

Se iniciaba una etapa de gobierno de la oligarquía nobiliaria presidida por don Álvaro, en la que se lograron los éxitos más notables del reinado de Juan II.

En octubre de 1431 se alcanzaba, en Medina del Campo, un acuerdo de paz con Portugal, ratificado por el monarca portugués, Juan I, el 27 de enero de 1432. Era el colofón de un largo proceso, perseguido por la diplomacia portuguesa, que ahora era posible culminar, por el fallecimiento de Beatriz, hija de Fernando I de Portugal, viuda de Juan I de Castilla, cuyos derechos al trono portugués habían sido preteridos por la entronización de los Avis.

La guerra contra Granada, siempre una empresa heroica, era otra de las acciones del momento. Una penetración castellana, el 1 de julio de 1431, en la batalla de La Higueruela, permitió instalar a un nuevo sultán bajo protectorado castellano: sin duda, una acción no muy relevante, pero extraordinaria desde el punto de vista propagandístico, equiparada a la de Antequera.

La Sala de Batallas de El Escorial, conocida en la época como Galería del rey, comenzó a denominarse Sala de Batallas en el siglo XVII por las escenas representadas al fresco en sus muros. En la bóveda, también pintados al fresco hay adornos de grutescos típicamente renacentistas. Las hazañas bélicas españolas tenían un gran valor propagandístico y se representaron, como tapices fingidos: La batalla de la Higueruela que mantuvo Juan II de Trastámara en las inmediaciones de Granada en julio de 1431; entre las ventanas, la campaña de San Quintín, el 10 de agosto de 1557, por cuya victoria y en acción de gracias se levantó el monasterio, y, por último, en los testeros, dos episodios de la anexión de Portugal ya en 1583, la conquista de las islas Azores.

Hubo éxitos también en el golfo de Vizcaya, donde se afirmó la presencia de mercaderes castellanos en Borgoña e Inglaterra, apoyados en sendos acuerdos. Se ratificó la amistad de Castilla y Francia, que arrancaba del Tratado de Toledo de 1368.

La política italiana de Alfonso V repercutió en Castilla. Derrotado y prisionero del duque de Milán, logró el monarca aragonés un brillante éxito diplomático con éste, que supuso un verdadero reparto de Italia.

La decisión de permanecer en ella implicaba el nombramiento de Juan como gobernador de Aragón y la consiguiente necesidad de lograr una efectiva paz. Fue el tratado de Toledo (22 de septiembre de 1436) la aparente culminación del éxito de don Álvaro: se establecían unas pequeñas compensaciones a los infantes, pero también el compromiso matrimonial entre el heredero castellano, Enrique, y Blanca, hija del rey de Navarra; fue la vía de retorno de los infantes a la política castellana.

En el acuerdo pesó la resistencia nobiliaria contra el condestable; los nobles pedían que el rey tomase el gobierno del reino. Como contrapeso, don Álvaro acabó solicitando el retorno de los infantes a Castilla. Regresaron en abril de 1439, pero se incorporaron a los grupos enfrentados: don Juan a la Corte, don Enrique al lado de los nobles levantados.

Desde 1439 los infantes pretendían controlar el poder, recuperar sus rentas y desplazar a don Álvaro. Cuando Juan II intentó recuperar el gobierno fue reducido a tutela por el infante don Juan, y don Álvaro apartado de la Corte en octubre de 1439.

Aparentemente fueron los infantes de Aragón quienes tomaron el poder y lo ejercieron en los próximos años, pero entraba en escena un nuevo factor con el que en el futuro había que contar: el príncipe heredero y Juan Pacheco, su hombre de confianza.

En Portugal, su hermana Leonor, viuda desde septiembre de 1438, se vio obligada a abandonar Portugal. La intervención en Portugal para reinstalar a Leonor y el destierro de don Álvaro durante seis años, fue un triunfo de los infantes, convertidos en cabeza de un bando nobiliario. Para consolidar su poder, los infantes buscaron una estrecha alianza con la nobleza mediante los enlaces matrimoniales de Juan y Enrique, ambos viudos, con Juana Enríquez y Beatriz Pimentel, respectivamente.

Para eliminar toda disidencia Juan depuró el Consejo situando en él a partidarios de toda confianza y redujo prácticamente a reclusión a Juan II.

Fue un golpe de estado (Rámaga, 9 de julio de 1443) que ponía al descubierto la contradicción de un rey que trataba de ejercer personalmente el poder sometiendo a tutela a otro monarca, y proporcionaba a Álvaro de Luna un gran argumento para el levantamiento: la liberación del rey, que teóricamente lo encabezó el príncipe, que cobraría su apoyo con la concesión del título de príncipe de Asturias.

Los hechos se precipitaron a partir del momento en que Juan II se fugó de la fortaleza de Portillo el 15 de junio de 1444.

Juan de Navarra huyó hacia Aragón y solicitó ayuda de su hermano Alfonso que, empeñado en la empresa napolitana, se limitó a enviar embajadas quejándose del trato dado a sus hermanos y lanzando amenazas.

Sin ayuda, el partido de los infantes se desmoronó. Con pocos días de diferencia, en enero y febrero de 1445, fallecían Leonor y María. Juan y Enrique, penetraron en Castilla con un verdadero ejército, pero fueron derrotados en Olmedo el 19 de mayo de 1445. Enrique moría unos días después, en Calatayud, como consecuencia de una herida recibida en combate.

El poder parecía llegar al fin a las manos de Álvaro de Luna, pero lo hacía demasiado tarde y de modo ficticio, porque no se recuperaba la autoridad real. Una liga de nobles, integrada incluso por recientes partidarios de los infantes, a quienes había sido necesario perdonar por decisión del príncipe, actuaba como cabeza de aquella liga. El reparto de prebendas entre los miembros de esa nobleza mostraba la situación real.

Como quince años atrás, el condestable Álvaro de Luna buscó éxitos exteriores y estrechar relaciones con Portugal, gobernado por el duque de Coimbra, que se enfrentaba también a dificultades.

Poco antes de Olmedo, se había propuesto un nuevo matrimonio de Juan II, viudo hacía unas semanas, con Isabel, hija del infante portugués don Juan, para reforzar la alianza contra los infantes.

Sin embargo, los acontecimientos no se desarrollaron de modo positivo. La guerra contra Aragón derivó en una oscura querella fronteriza de gran desgaste.

La intervención en Granada tampoco logró el objetivo de situar en el trono al candidato propuesto y se cerró con la pérdida de casi todas las posiciones ganadas en la campaña de 1431.

La negociación con Portugal obtuvo el éxito deseado. En octubre de 1446 quedó acordado el matrimonio de Juan II e Isabel, aunque la boda no tuvo lugar hasta el 22 de julio de 1447, en Madrigal de las Altas Torres (Ávila). De este matrimonio nació Isabel, la futura Reina Católica, en esta misma villa, el 22 de abril de 1451, y el 17 de diciembre de 1453, en Valladolid, nació Alfonso, proclamado Rey en 1465, y fallecido el 5 de julio de 1468. Sin embargo, la nueva reina fue enemiga del condestable y, seguramente responsable de la terrible decisión que un día tomaría Juan II.

Los acontecimientos portugueses marcaron la vida política castellana. En julio de 1447, el duque de Coimbra era desterrado de la Corte, pero don Álvaro no estaba dispuesto a consentirlo. Para evitarlo, encabezó un golpe de estado (Záfraga, 11 de mayo de 1448) y depuró el Consejo y los principales oficiales de la Administración.

Era el establecimiento de un poder personal sin apelar a la defensa de la persona del Rey. Diseñaba, además, una alianza peninsular con el duque de Coimbra y con Carlos, príncipe de Viana, enemistado con su padre, que actuaba como rey de Navarra para seguir dirigiendo desde ella sus intereses castellanos.

La guerra civil portuguesa se cerró con la derrota y muerte del duque de Coimbra (Alfarrobeira, 20 de mayo de 1449). La nueva situación permitía intentar una alianza diferente. Juan Pacheco intentó proponer la declaración de nulidad del primer matrimonio del príncipe Enrique y la negociación de un nuevo matrimonio con Juana, la hermana menor del rey de Portugal.

Las dificultades del Gobierno castellano parecían augurar la rápida caída de don Álvaro. Además en Navarra se produjo el levantamiento del príncipe de Viana y estalló la guerra civil.

En los meses siguientes se vivió también en Castilla un enfrentamiento que fue favorable a don Álvaro; los éxitos sobre la nobleza se incrementaron en 1452 y a ellos se sumaron acciones también victoriosas en la frontera de Granada.

En el verano de 1452 la posición política del condestable era fuerte y sus relaciones con Juan II parecían excelentes; sin embargo, la relación con el príncipe se había deteriorado de modo irreversible. Pero la turbación en el reino seguía siendo muy alta y la liga nobiliaria parecía recuperarse. Juan II, desde finales de 1452, se mostraba decidido a sumarse a la liga y terminar con don Álvaro.

Desde marzo de 1453 había una trama para acabar con D. Álvaro y a petición de la reina, Juan II firmó un documento autorizando su arresto.

En las semanas siguientes Juan II se debatió en la angustia por la decisión a tomar. Es probable que la codicia de obtener las riquezas del condestable y la dura resistencia de Juana Pimentel, esposa de don Álvaro, decidieran al rey a tomar la decisión de imponer la pena capital a su hombre de confianza durante tantos años.

Don Álvaro fue ejecutado en Valladolid el 3 de junio de 1453; quince días después, Juan II lo comunicaba oficialmente al reino. Para algunos comenzaba ahora el gobierno personal del monarca, para lo que carecía de dotes personales y se hallaba entre dos grupos de presión. Por un lado, el del príncipe de Asturias, defensor ahora de la política de don Álvaro: la alianza con Portugal y lucha contra los aragoneses. Por otro, la liga de nobles, que esperaba un retorno de Juan de Navarra a la política castellana, posibilidad que causaba grave inquietud en el entorno del rey de Castilla.

Varias semanas de negociaciones en Valladolid, con presencia de la reina aragonesa María, hermana de Juan II, condujeron a un acuerdo en diciembre de 1453, que lograba detener las hostilidades entre Castilla, Aragón y Navarra y restablecer los intercambios comerciales.

Desde marzo de 1454 en que se marchó a Ávila, Juan II se hallaba enfermo; a comienzos de junio se trasladó de Medina a Valladolid. Aquí murió, el 21 de julio de 1454, tras ordenar su sepelio temporal en San Pablo de Valladolid, hasta su definitivo traslado a la cartuja de Miraflores. Le sucedió su hijo Enrique, aunque el monarca había intentado inútilmente hacer recaer la sucesión en su hijo Alfonso.

ISABEL DE AVÍS (PORTUGAL)

(Reino de Portugal, 1428 – Arévalo, 15 de agosto de 1496)

Fue una noble portuguesa perteneciente por nacimiento a la casa de Avís y por su matrimonio con Juan II de Castilla fue reina consorte castellana entre 1447 y 1454.

Fue hija del infante Juan de Portugal y de Isabel de Barcelos, nieta del rey Juan I de Portugal y madre de la reina Isabel la Católica y del infante Alfonso de Castilla.

En su época se consideró que sufría enajenación mental y, aunque en el siglo XXI se le siga atribuyendo la locura, parece que los síntomas que presentaba responden al diagnóstico de depresión postparto.

Se estipularon las condiciones del matrimonio, ya que el rey tenía 41 años y ella 18, y se establecieron las disposiciones en las que ella quedaría en caso de enviudar. Podría regresar a Portugal y casar de nuevo, sin renunciar a las rentas vitalicias asignadas.

El compromiso matrimonial fue celebrado en Portugal en mayo de 1447 con grandes fiestas en Lisboa y Coímbra. Fue recogida por un séquito castellano para entregarla en Madrigal de las Altas Torres (Ávila). El 22 de julio de 1447 contrajo matrimonio con Juan II en el palacio real de Madrigal de las Altas Torres. Fruto de su matrimonio con Juan II nacieron dos hijos:

Isabel I de Castilla (1451-1504). Reina de Castilla. Sucedió a su hermanastro Enrique IV de Castilla. Contrajo matrimonio con su primo Fernando II de Aragón.

Alfonso de Castilla (1453-1468). Príncipe de Asturias y pretendiente al trono con el nombre de “Alfonso XII”. Fue sepultado en la Cartuja de Miraflores.

Las crónicas reflejan una buena relación del matrimonio. Juan II encontró en ella la belleza y el amor que no tuvo de María de Aragón. Sus muestras de cariño y abrazos en público son reflejados por los cronistas y consiguió rejuvenecer el espíritu del rey. Cuando empezó a mostrar los primeros síntomas de inestabilidad emocional, su marido intentó levantar su ánimo con regalos, como una cadena de oro y una renta de 6.000 maravedíes.

Cartuja de Miraflores (Burgos)

La Cartuja de Santa María de Miraflores es un monasterio de la Orden de los Cartujos, edificado en una loma conocida como Miraflores, situada a unos tres kilómetros del centro de la ciudad de Burgos.

El rey Juan II de Castilla donó a la Orden de los Cartujos el palacio y alcázar de Miraflores, mandado construir en 1401 por su padre, Enrique III de Castilla. Era un pabellón de caza ubicado a las afueras de la ciudad de Burgos. De esta manera, Juan II cumplía la voluntad testamentaria de Enrique III.

La cartuja de Miraflores fue fundada en 1442 por el rey Don Juan II de Castilla, aunque esta cartuja es, en realidad, obra casi exclusiva de su hija la reina Isabel la Católica.

En 1454 un incendio obligó a plantear un edificio de nueva planta. Entre los años 1454 y 1488 se desarrollan las obras del nuevo monasterio, que ahora es puesto bajo la advocación de Santa María de la Anunciación de Miraflores.

Las obras se encargaron a Juan de Colonia, que trabajaba por entonces en la catedral de Burgos, y comienzan en 1454. Ese año Enrique IV sucede a su padre, Juan II, y las obras quedan casi paradas.

Es en 1477 son impulsadas por la reina Isabel la Católica. En su reinado se termina el Retablo Mayor y el sepulcro de Juan II de Castilla e Isabel de Portugal, situado en el presbiterio.

La iglesia de la cartuja es sobre todo un panteón real, ocupado por la familia de Isabel. Cuando muere Juan de Colonia, continúa la tracería arquitectónica Garci Fernández de Matienzo. Este muere de peste en 1478 y es sucedido por Simón de Colonia, hijo de Juan de Colonia. Las obras para cubrir el templo se terminan hacia 1488.

Entre 1532 y 1539, se crean las capillas laterales y se procede a incorporar agujas y pináculos.

Planta

El monasterio sigue el modelo de otros monasterios cartujos de la Edad Media. La planta se desarrolla a partir de la colocación de la iglesia y el trazado de dos claustros principales para cada uno de los grupos de monjes cartujos que lo habitan: padres y hermanos.

Alrededor de estos dos claustros están las ermitas individuales que permiten a los monjes vivir en la soledad y el silencio propios de la espiritualidad cartujana. Esta parte del monasterio no es visitable.

La planta de la iglesia está formada por una sola nave longitudinal cuatripartita, distinguiéndose los espacios del presbiterio, el coro de los Padres, el coro de los Hermanos y la estancia de los fieles. La nave está cerrada con bóvedas de crucería con terceletes, manteniéndose el original trazado de estilo gótico.

Portada de la Cartuja de Miraflores

La portada de la iglesia se alzó en 1486 y fue ubicada originalmente en el lateral izquierdo del templo, proporcionando el acceso de los fieles directamente desde el exterior del monasterio.

Está formada por arquivoltas apuntadas decoradas con vegetales, animales y algunos motivos figurativos humanos. La arquería está situada bajo un gran arco conopial.

En el tímpano se representa a la Virgen, que presenta a la Virgen sentada sujetando con sus brazos a su Hijo muerto, y los símbolos de la luna y el sol sobre los brazos de la cruz.

Entre 1657 y 1659 se ordenó su traslado a la ubicación actual, la fachada oeste, a los pies de la nave del templo. Se accede a ella desde el patio de la portería. En 2010 se procedió a restaurar la portada para devolverla a su estado original y, además, recuperar la escultura de la Compasión de la Virgen.

Retablo

En el retablo mayor de la Cartuja de Miraflores aparece representada la reina Isabel de Avís de Portugal en actitud orante, acompañada de su patrona, santa Isabel con su hijo pequeño san Juan Bautista. Sobre ella, dos ángeles sostienen su escudo, en el que aparecen las armas de Castilla y León, y de Portugal. En el lado del Evangelio se encuentra la efigie de su marido, el rey Juan II, acompañado del apóstol Santiago.

El retablo mayor de la Cartuja fue tallado en madera por el artista Gil de Siloé y policromado y dorado por Diego de la Cruz, con oro que procedía de los primeros envíos del continente americano tras el descubrimiento.

Realizado entre 1496 y 1499, se trata sin duda de una de las obras más importantes de la escultura gótica hispana, por su originalidad compositiva e iconográfica y la excelente calidad de la talla, valorada por la policromía.

Uno de los elementos más destacados del retablo es el Cristo crucificado. En la parte más externa se sitúan las figuras de Dios Padre, a la izquierda, y del Espíritu Santo, a la derecha, sosteniendo el travesaño de la cruz.

En la parte inferior, completan la escena las figuras de la Virgen María y San Juan Evangelista. El pelícano situado en la parte superior de la cruz confiere al conjunto central un gran valor simbólico, alegoría del sacrificio eucarístico, porque el ave alimenta a sus crías con su propia sangre.

En el retablo también se ubican las efigies orantes de Juan II de Castilla, vestido con un manto dorado y de su esposa la reina Isabel de Avís.

retablo mayor de la Cartuja de Miraflores

Sepulcro del rey Juan II y de su esposa Isabel de Avís de Portugal

Sepulcro del rey Juan II y de su esposa Isabel de Avís de Portugal se conserva en la Cartuja de Miraflores (Burgos).

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REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA

maitearte.wordpress.com

PORTADA:

Retrato imaginario del rey Juan II de Castilla pintado por Juan María Rodríguez de Losada hacia 1892-1894 – Wikipedia

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