Berenguela de Castilla (1180 – 1246)
María Teresa García PardoDoctora en Historia del Arte |
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BERENGUELA DE CASTILLA(1180 – 1246) |
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INVASIÓN MUSULMANA, 711La invasión musulmana en la península Ibérica se inició en el año 711, cuando las tropas árabes y bereberes derrotaron al ejército visigodo del rey don Rodrigo, víctima de la traición de sus allegados, entre los que destacaba el arzobispo de Sevilla. Don Rodrigo resultó derrotado en la batalla a orillas del río Guadalete, en Cádiz, a finales de julio del año 711, precedida de diversos escarceos durante varios días y muriendo en ella o inmediatamente después el propio rey Rodrigo y los nobles que permanecieron junto al rey. Entre el 711 y el 722, se consuma lo que la historiografía española denomina la pérdida de España, pero también la reacción que se inició en Asturias contra los conquistadores, capitaneada por el noble visigodo D. Pelayo, que obtuvo una gran victoria en la batalla de Covadonga, en el año 722. El historiador D. Claudio Sánchez Albornoz explica la pérdida de España por la discordia crónica entre los visigodos, que permitió con facilidad la invasión. Todo ello se explica y queda reflejado en su importante obra “El reino de Asturias, con el antetítulo Orígenes de la nación española”. El apoyo de los judíos de Toledo y Granada fue decisivo para el éxito de las campañas islámicas en la península, vengándose así de la prolongada e injusta persecución a que les habían sometido los reyes y concilios de los visigodos, y generando el posterior antisemitismo. El sistema de pactos concebido por los invasores musulmanes, en el que se garantizaban ciertos derechos a los vencidos, contribuyó a minar el espíritu de resistencia y a dulcificar la situación. Según D. Claudio Sánchez Albornoz había pactos de dos clases: 1. El que se concertó con Teodomiro en Murcia con una autonomía política considerable y 2. El otorgado a Mérida, que imponía el respeto a las vidas y los bienes, aunque confiscaba las propiedades de la Iglesia y las de los huidos al norte.
LA BATALLA DE LAS NAVAS DE TOLOSA, 1212 (JAÉN)En el siglo XIII, nos encontramos con una Península Ibérica dividida y enfrentada en cinco reinos cristianos:
Estos reinos, en continúa disputa por los territorios, descuidaron la Reconquista, ya que no consiguieron unirse hasta el siglo XIII. Frente a estos reinos cristianos, desunidos y enfrentados, se encontraba el Imperio Almohade, con su califa Yusuf Al-Mansur a la cabeza, sucedido por su hijo Mohamed Al-Nasir en 1199. Los almohades se dirigieron al Algarve, y después a Sevilla, ciudad que se erigió como capital del Imperio en Al-Ándalus. Los almohades arrinconaron a los reinos cristianos, sometiendo a los andalusíes, apartando las costumbres relajadas de los almorávides e imponiendo el Islam. El Imperio Almohade ocupaba al principio del siglo XIII la mitad meridional de la Península Ibérica y el norte de África hasta Trípoli (Libia). La derrota en Alarcos (1195) de Alfonso VIII de Castilla frente al califa almohade Yusuf Al-Mansur fue decisiva. Alfonso VIII no quiso esperar refuerzos que otros reinos cristianos y los jinetes arqueros musulmanes masacraron a la caballería castellana, teniendo que retroceder hasta Toledo. Los musulmanes tras la victoria de Alarcos decidieron pasar al ataque. Sin embargo, la repentina muerte del califa Yusuf Al-Mansur (1199) y la proclamación de su hijo retrasaron los planes ofensivos. Alfonso VIII buscó el apoyo del Papa Inocencio III, quien puso en marcha una bula de cruzada que garantizó la protección de Castilla, la cual no podría ser atacada por ninguno de sus reinos vecinos bajo pena de excomunión. La amenaza musulmana y la bula de cruzada lograron cierta unidad entre los reinos cristianos de Aragón, Castilla y Navarra. Mapa de la península en Las Navas de Tolosa (1212) La batalla de las Navas de Tolosa fue el mayor enfrentamiento bélico de la época. El contingente armado cristiano abandonó Toledo en mayo de 1212 y avanzó hacia el sur. Almohades y cristianos se encontraron el 13 de julio de 1212, separados únicamente por la llanura de las Navas de Tolosa (Jaén). Alfonso VIII decidió cambiar la estrategia empleada en Alarcos, en esta ocasión el ejército cruzado se dispuso en tres líneas, la primera ocupada por varias milicias castellanas y numerosos caballeros, todos ellos liderados por Diego López de Haro, señor de Vizcaya. La segunda albergaba a más milicianos, a los aragoneses, a los navarros, a los portugueses y a las órdenes militares y la tercera, en retaguardia, fue el lugar escogido para los tres monarcas cristianos, Alfonso VIII de Castilla, Pedro II de Aragón y Sancho VII de Navarra. Los cruzados estuvieron a punto de ser vencidos. Pero, Alfonso VIII, no volvería a Castilla otra vez derrotado y se lanzó a la carga, siendo seguido por los monarcas de Aragón y Navarra, produciéndose la famosa carga de los tres reyes. Con los almohades derrotados, los cristianos tomaron el campamento musulmán y la tienda roja del califa. Quien había estado toda la batalla encerrado leyendo el Corán. En la batalla de las Navas de Tolosa fue fundamental el cambio de estrategia. Se decidió que Sancho VII de Navarra no entraría con su caballería en la primera cabalgada, lo que fue decisivo ya que cuando los almohades empezaron a envolver a la caballería cristina, Sancho VII entró en juego con sus tropas, junto a Alfonso VIII y Pedro II, arrasando las defensas almohades y decantando la batalla del lado cristiano. Sin embargo, a pesar de la contundente victoria cristiana las bajas fueron numerosas para ambos bandos. Consecuencia inmediata de la victoria fue la toma de Úbeda y Baeza. La victoria habría sido mucho más efectiva si no se hubiera desencadenado una hambruna que ralentizó la Reconquista y se prolongó hasta 1225. Por primera vez desde el año 711 la frontera castellana se restableció en la línea de Sierra Morena. El poder musulmán comenzó su declive y la Reconquista tomó un impulso que produjo en los siguientes cuarenta años el avance de los reinos cristianos, que conquistaron casi todos los territorios del sur bajo poder musulmán. Castilla, que aportó 2 tercios de las tropas y fue impulsora de la empresa bélica, fue la mayor beneficiada con la victoria. Sus fronteras se fortalecieron y se posicionó como el reino peninsular predominante, impulsando la conquista del sur peninsular. Este proyecto alcanzó su máximo esplendor tras la unión de los reinos de Castilla y León bajo el reinado de Fernando III el Santo, quien logró tomar: Córdoba en 1236, Murcia en 1243, Jaén en 1245 y Sevilla en 1248. A lo largo del siglo XIII la presencia musulmana en la Península fue difuminándose. Erigiéndose como único bastión musulmán el reino Nazarí de Granada, vasallo del rey de Castilla, cuya conquista no planteaba prisa, ya que pagaba importantes tributos de oro a la Corona. En 1492, durante el reinado de los Reyes Católicos, se conquistó Granada, poniendo fin a la Reconquista. Herencia cultural, gastronómica y lingüística árabe La conquista no solo tuvo consecuencias políticas y económicas, sino que existió un fuerte impacto cultural y lingüístico. Diversas tecnologías fueron traídas a la península por los musulmanes, además parte del pensamiento griego que había sido asimilado por los musulmanes en Mesopotamia (de pensadores y traductores árabes cristianos) y llegó a la península y de aquí paso a Europa. Adoptaron el arco de herradura visigodo en la arquitectura musulmana, como queda de manifiesto en la Mezquita de Córdoba o en la Alhambra de Granada. En el ámbito lingüístico se introdujeron muchos términos árabes. Se calcula que en el español, el componente léxico árabe es el componente más numeroso tras el léxico de origen latino, usadas todavía en español moderno: almohada, algarabía, acequia, aljibe, algodón, alcohol, algoritmo, álgebra, etc. que tiene su origen en esta etapa y que se han ido consolidando hasta nuestros días. También es notable la influencia árabe en la toponimia y en los apellidos: Aznar, Alcázar, Alcolea, Alcántara, Alcocebre, Benicásim, Benalmádena, etc. Un efecto inesperado de la invasión del reino visigodo fue la huida de gran número de eruditos, nobles, religiosos y obispos visigodos. Con ellos se llevaron buen número de libros clásicos, romanos y griegos, que estaban en la antigua Hispania y que habían sido conservados o copiados por los visigodos. Con ellos se llevaron obras visigodas, como las Etimologías del San Isidoro, obispo de Sevilla, obra monumental que recopilaba buena parte del saber de entonces, y que fue para esa época y los primeros siglos de la Edad Media La Enciclopedia en la Ilustración. Por ello, algunos autores destacan el importante papel de los emigrados visigodos en el renacimiento carolingio del siglo VIII. Los árabes influyeron en nuestra gastronomía de distintas maneras: introdujeron nuevas técnicas en la agricultura; nuevos productos y cosechas hasta entonces inexistentes en la península; introdujeron un nuevo ceremonial de mesa y novedosas recetas mezclando distintos ingredientes, recetas que continúan formando parte de nuestra gastronomía. Con la llegada de los árabes, empieza la “revolución agrícola. Los productos e ingredientes introducidos más importantes fueron: el arroz, azafrán, azúcar, frutas cítricas (naranjas y limones), frutos secos. Fue un gran impacto el que causaron en la gastronomía, cambiando desde los ingredientes hasta el ceremonial de la mesa con la introducción de un orden en el servicio: primero los entrantes, luego los platos fuertes y para finalizar los postres.
Frutas y verduras Se produjeron nuevas introducciones: la alcachofa, el espárrago y la berenjena, las naranjas (de origen Chino), los dátiles y los cocos. En la España romana, estos alimentos eran consumidos como un plato principal, no formaban parte de los guisos o de un plato con varios ingredientes. Los árabes inculcaron la mezcla de los diferentes ingredientes, como puede ser el caso de las ensaladas de lechuga a las que añadieron hierbas, aceite de oliva y aceitunas. También introdujeron el método de secado de frutas como los higos, ciruelos, albaricoques y uvas. Integraron el uso de las frutas en varias recetas que todavía hoy perduran en nuestra cultura gastronómica, como son los sorbetes y los zumos.
La miel y el Islam El Corán afirma sobre la miel que es una “curación para la humanidad”. Es el oro líquido. La miel ofrece extraordinarias propiedades antisépticas, antioxidantes y estimulantes del sistema inmunológico para la salud. No solo combate la infección y ayuda a la cicatrización de tejidos, sino que también ayuda a reducir la inflamación y a menudo es utilizada para tratar problemas estomacales, como la indigestión, úlceras y gastroenteritis. Investigadores de todo el mundo están investigando sobre los beneficios de la miel y otros elementos de curación producidos en la colmena, como el propóleo, la jalea real y el polen de abejas. Los beneficios de la miel dependen de su calidad. La miel pura proviene directamente del panal. Esta miel sin procesar tiende a cristalizarse y al baño María regresa a su estado líquido. Cuando la miel es procesada mantiene una vida útil más larga, pero las vitaminas y minerales que benefician al sistema inmunitario son destruidos en su mayor parte durante el proceso. Por lo tanto, no es tan nutritiva como la miel cruda. La miel ámbar y oscura posee las mejores propiedades medicinales. Además de carbohidratos, la miel contiene proteínas (incluyendo enzimas) y aminoácidos, y es rica en vitaminas: B6, tiamina, niacina, riboflavina, ácido pantoténico y aminoácidos. Los minerales incluyen calcio, cobre, hierro, magnesio, manganeso, fósforo, potasio, sodio y zinc. El contenido de 18 aminoácidos presentes en la miel es único y varía según la fuente floral. También posee polifenoles que actúan como antioxidantes y limpian el cuerpo de radicales libres y de compuestos reactivos que ayudan en enfermedades como el cáncer y las enfermedades del corazón. La miel contiene una gama similar de antioxidantes a la encontrada en vegetales verdes, como el brócoli y las espinacas, y en frutas como las manzanas, naranjas y fresas. La miel pura se utiliza para ayudar a aliviar la tos nocturna y mejorar el sueño. En relación al cuidado de heridas, la Revista Estadounidense de Dermatología, dice que la miel aplicada de forma tópica a una herida puede promover su curación tan bien o mejor que las pomadas convencionales. Sus propiedades antinflamatorias reducen la inflamación y el dolor, mientras que sus propiedades antibacterianas previenen la infección. La glucosa contenida en la miel se absorbe rápidamente por el organismo, dando un impulso energético inmediato, mientras que su contenido de fructosa es absorbido más lentamente, proporcionando energía sostenida. La miel mantiene los niveles de azúcar en la sangre y es una fuente de carbohidratos suave en comparación con otros carbohidratos. Conclusión:
Los árabes poseen una de las grandes reposterías del mundo y utilizaban la miel en muchos de los platos desde el medievo, especialmente en los postres, dotándoles de una suavidad que se fue imponiendo con el paso de los siglos hasta que se popularizó el azúcar. La miel y los frutos secos son característicos de la repostería árabe. Introdujeron frutos secos partidos, enteros o machacados en panes dulces y postres. Avellanas, pistachos, piñones, nueces y almendras formaban parte de sus principales dulces.
Las especias Con ellos llegaron especias como la canela, el azafrán, el sésamo, el jengibre, el anís y la nuez moscada, entre muchas más. No sólo fue una aportación a la gastronomía sino también a la economía, ya que con la llegada de los árabes se promovió la exportación al resto de Europa, enriqueciendo y dando color a los platos europeos.
Los cereales Los árabes mejoraron el cultivo de los cereales e introdujeron otros nuevos como el arroz. Era la base de la elaboración pucheros y dulces. Uno de los postres de la alta cocina árabe más apreciados era el arroz cocido con leche, manteca y azúcar; más conocido como “arroz con leche”, un postre que forma parte del extenso recetario de nuestra cocina. Existen estudios que apuntan a que el origen de la famosa paella se remonta a esta época.
Repostería y dulces Además del arroz con leche, la gran mayoría de recetas que incluyen como ingrediente la almendra y los dulces hechos con azúcar fino, tienen su origen en esta época. Los dulces principalmente se consumían fritos y horneados. Entre los fritos encontramos los famosos buñuelos y las almojábanas (tortas de queso fritas). Con respecto a los horneados destacan los bollos o pasteles maimones. No nos podemos olvidar de los dulces más típicos de la navidad que no faltan en ninguna mesa española: los turrones y los mazapanes, el origen de ambos se remonta a la época Islámica.
BERENGUELA DE CASTILLA (1180 – 1246)Reina de León (1197-1204) y Reina de Castilla (1217-1246) Esposa de Alfonso IX de León y madre de Fernando III. El Santo Se desconocen el lugar y la fecha exacta de su nacimiento, aunque parece que debió de ser en los primeros meses del año 1180, probablemente en Burgos, siendo la primogénita de los reyes de Castilla, Alfonso VIII y Leonor de Inglaterra, y como tal reconocida como heredera del reino, hasta el día que nació su hermano varón Sancho, el 5 de abril de 1181, que adquirió como varón la condición de infante heredero. El fallecimiento del infante, el mismo verano de 1181, hizo recobrar a la infanta Berenguela su rango de heredera, y como tal fue reconocida y jurada hasta el día en que volviera a nacer otro hermano varón. La infanta Berenguela, cuando apenas contaba ocho años de edad, fue prometida en matrimonio al príncipe alemán Conrado, duque de Rotenburch, por el tratado suscrito el 23 de abril de 1188 en Seligenstadt por los padres de los esposos, Alfonso VIII de Castilla y Federico I de Alemania. Según este tratado, Berenguela era la heredera del reino de Castilla, siempre subordinada a la posibilidad del nacimiento de un hermano varón, que la precedería en sus derechos al trono. Conrado y Berenguela fueron jurados en la curia de Carrión en junio de 1188 como herederos, si los reyes al morir careciesen de descendencia masculina. Con este acuerdo matrimonial, el emperador Federico I había buscado un trono para su tercer hijo, Conrado; por eso, cuando el 29 de noviembre de 1189 nacía en Castilla el infante Fernando, el príncipe alemán, desestimó el compromiso contraído, ya que el derecho sucesorio de Berenguela se postergaba al del infante Fernando. Este compromiso, ante el incumplimiento por parte del príncipe Conrado, fue anulado por el legado pontificio, el cardenal Gregorio de Sant Angelo, que ejerció su legación entre los años 1192 y 1194. Cuando doña Berenguela se liberó del compromiso, su padre, Alfonso VIII, acordó su matrimonio con el rey de León, Alfonso IX para finalizar la guerra entre ambos monarcas cristianos. Alfonso VIII, preveía las dificultades que iban a encontrar por razón de parentesco ambos contrayentes. Alfonso VIII y Alfonso IX eran primos carnales, nietos los dos de Alfonso VII. Pero el enlace era la mejor alternativa para instaurar una sólida paz entre Castilla y León. El matrimonio se celebró en la iglesia de Santa María de Valladolid en el otoño de 1197 con el apoyo de los prelados de los reinos de Castilla y de León, con la esperanza de la futura dispensa pontificia del impedimento de consanguinidad, dada la importancia de la unión para asentar la paz entre príncipes cristianos. El papa Celestino III no autorizó el enlace, aunque no mostró ninguna oposición al mismo, pero falleció el 8 de enero de 1198, antes de haberse pronunciado sobre la viabilidad del matrimonio, sucediéndole Inocencio III, muy opuesto a los matrimonios entre consanguíneos. Inocencio III mostró su oposición al matrimonio y una negativa resuelta a la concesión de cualquier dispensa, ordenando el 16 de abril de 1198 a su legado el cardenal Rainiero, que motivara a los reyes de Castilla y de León a deshacer esa unión ilícita y, si se negaren, que procediera a la excomunión de ambos monarcas y a decretar el interdicto (juicio sumarísimo) sobre ambos reinos, hasta que los mandatos pontificios fueran obedecidos. La excomunión es la expulsión, permanente o temporal, de una persona de una confesión religiosa. Durante el período de la excomunión, el afectado sigue formando parte de la comunidad, pero debe cumplir sentencia. En los casos más severos, pierde la facultad de concurrir al culto normalmente y de tomar parte en las ceremonias religiosas. Las diversas iglesias cristianas cuentan con normas para la excomunión o el trato con los excomulgados El 21 de abril de 1198, cinco días después, una carta del Papa concedía al legado facultades para proceder a levantar las penas anteriores si los interesados prestaban garantías suficientes de acatar la decisión pontificia. Las órdenes de Inocencio III fueron ejecutadas por el legado pontificio, que decretó la excomunión e impuso el interdicto sobre el reino leonés, no en el reino castellano, ya que Alfonso VIII se declaró dispuesto a recibir a su hija, si le fuere devuelta. Los reyes de Castilla y de León intentaron mejorar la situación con generosas dádivas en favor de la Iglesia. También enviaron a Roma una comisión para informar al Papa y tratar de alcanzar la dispensa del impedimento. Esa comisión estuvo compuesta por los obispos de Toledo, Zamora y Palencia, en señal de la concordia con que procedían ambos monarcas. El Papa no cedió y el 25 de mayo de 1199 ordenaba al arzobispo de Compostela y a los obispos del reino de León observar la sentencia impuesta sobre dicho reino. Autorizaba la celebración de los sacramentos y oficios eclesiásticos, pero mantenía la prohibición de sepultura para todos los fieles, excepto los clérigos, la excomunión del rey, de la reina y de sus principales consejeros, así como el más riguroso interdicto en los lugares donde moraren. A los reyes de Castilla les exigía que prestasen juramento de que contribuirían a la disolución del matrimonio; si no lo hicieren, también incurrirían en la pena de excomunión y en interdicto los lugares donde morasen. En cuanto a los lugares dados a Berenguela como dote, que según el pacto matrimonial debían seguir siendo suyos, aun en el caso de disolverse el matrimonio, el Papa declaró la nulidad de tal donación. Las medidas fueron tremendas, pero la situación siguió inalterable en 1199, 1200, 1201 y 1202, hasta que el 5 de mayo de 1203 Inocencio III se dirigió directamente al rey de Castilla, Alfonso VIII. El Papa le dice que ha engañado y ha atrapado de tal forma al rey de León que éste, aunque quisiera, no podía romper el matrimonio con Berenguela, pues en ese caso perdería la mayor parte y las mejores fortalezas de su reino, que seguirían gobernadas y retenidas en manos de Alfonso VIII. Inocencio III declaró a los hijos de esa unión incestuosa privados de cualquier derecho de sucesión en los bienes paternos, aunque el rey de Castilla había logrado que a esa descendencia se le jurara como propio casi todo el reino leonés. Inocencio III considera que Alfonso VIII tiene aprisionado al reino leonés, disponiendo de él como del suyo propio, y le ordena que ponga fin a esos lazos y llame de una vez a su hija, so pena de proceder contra él. Con esta carta Inocencio III, tras cuatro años, había dado con la clave de la solución, la voluntad de Alfonso VIII. El rey de Castilla con los pactos firmados y los castillos dados como dote a Berenguela tenía atrapado a Alfonso IX. Tras la carta papal, llegó la solución. Se reunieron en Valladolid los obispos de Castilla, durante los meses de abril y mayo de 1204, y se dirigieron por medio del obispo de Burgos al Papa solicitando levantase la pena de excomunión a Berenguela, previa promesa de abandonar la corte leonesa. El Papa, para terminar con este problema iniciado seis años y medio antes, comisionó el 22 de mayo de 1204 a los obispos de Toledo, Burgos y Zamora para que absolviesen a Berenguela, previo alejamiento del esposo, promesa de no volver a vivir con él y de cumplir los mandatos apostólicos. Cinco fueron los hijos nacidos durante los seis años y medio que duró el matrimonio entre Alfonso IX y Berenguela:
Berenguela regresó a Burgos junto a sus padres, consagrada a la educación de sus hijos. Cuando Berenguela llegó a Burgos, acababa de nacer, el 14 de abril de 1204, el último de los hijos de Alfonso VIII y Leonor, el infante Enrique. Con este nacimiento, Berenguela pasaba a ocupar el tercer lugar en el orden sucesorio, tras sus dos hermanos varones, Fernando y Enrique. El 14 de octubre de 1211 fallecía en Madrid el infante Fernando, a punto cumplir veintidós años; su cadáver fue llevado a las Huelgas Reales de Burgos. Sólo separaba a doña Berenguela del trono de Castilla su hermano Enrique, de siete años de edad. La noche del 5 al 6 de octubre de 1214 moría en el camino de Burgos a Plasencia, en aldea de Arévalo, el vencedor de la batalla de las Navas, el rey Alfonso VIII de Castilla. Le acompañaban su esposa, la reina Leonor, su hija Berenguela, sus hijos Enrique y Leonor, y los hijos de Berenguela, Fernando y Alfonso. Sus restos mortales fueron trasladados a Burgos, donde recibieron sepultura en el panteón de las Huelgas Reales de Burgos. Unos días después, el 31 de ese mismo mes de octubre, falleció su esposa Leonor. Acabadas las exequias de Alfonso VIII, fue proclamado rey de Castilla su hijo Enrique, de once años de edad. Al morir sus padres, casi al mismo tiempo, Berenguela se convirtió en tutora del pequeño rey y en la regente y gobernadora del reino. Berenguela obró con gran prudencia, pero las intrigas de algunos nobles, especialmente, los condes Fernando, Álvaro y Gonzalo, hijos del conde Nuño Pérez de Lara, el último tutor de Alfonso VIII, consiguieron que el ayo designado por Berenguela para guardar al nuevo rey entregara al joven monarca a Álvaro Núñez de Lara. Con el rey en su poder, Álvaro consiguió que Berenguela le entregase la regencia del reino pero con algunas limitaciones, pues le hizo jurar que sin su consejo no consentiría lo siguiente:
Pronto Álvaro comenzó a atropellar a los nobles que no eran sus partidarios. Éstos se quejaron a Berenguela, lo que provocó represalias de Álvaro contra la reina, que buscó refugió en el castillo de Autillo, que era del mayordomo real Gonzalo Rodríguez, mientras enviaba a su hijo Fernando junto a su padre a León. En abril de 1217 Álvaro inició el ataque armado contra los partidarios de Berenguela en Tierra de Campos, llegando incluso a sitiarla en su residencia de Autillo de Campos, mientras dejaba al rey Enrique en Palencia en el palacio episcopal. Aquí, durante un juego infantil, una teja alcanzó al niño rey en la cabeza, que gravemente herido falleció a los pocos días. Berenguela, al conocer la noticia, hizo venir a su hijo desde Toro. Con sus partidarios se dirigieron a Palencia, abandonada por Álvaro; luego por Dueñas fue a instalarse en Valladolid, desde donde dirigió todas las negociaciones que conducirían a que los concejos la reconocieran como legítima heredera y reina de Castilla, con el ruego de que entregase el reino a su hijo. Esta proclamación de Berenguela y de su hijo Fernando como reina y rey de Castilla tuvo lugar en la plaza del mercado de Valladolid entre el 2 y el 3 de julio de 1217. Casi treinta años duró esta alianza entre madre e hijo. Fernando será el rey de Castilla y gobernará con plenos poderes, pero el consejo prudente de su madre estará presente en todas las decisiones de Fernando III. Los diplomas se expiden siempre a nombre de Fernando, pero éste consignará en todos ellos que lo hace “con el beneplácito de la reina doña Berenguela”. Entre madre e hijo siempre hubo diálogo y prudencia. En 1224, Fernando inicia sus conquistas por Andalucía y su madre se queda en Castilla, casi siempre en Burgos, gobernando el reino con prudencia y apoyando las campañas de su hijo. Aconsejó a Fernando en la elección de sus dos esposas y en dialogar con los nobles, consiguiendo el perdón y reconciliación de los hombres alzados. Berenguela contribuyó con su prudencia a que Fernando III sucediera de forma pacífica a su padre en el reino de León. Berenguela murió el 8 de noviembre de 1246, con merecida fama de mujer y de gobernante prudente y discreta. Sus restos mortales fueron depositados en las Huelgas de Burgos junto a sus padres. Castillo de Doña Berenguela, Bolaños de Calatrava (Ciudad Real)Su actual Torre del Homenaje es lo que conservamos de la originaria construcción árabe. Fue conquistado por los cristianos. Perdido tras la batalla de Alarcos y vuelto a recuperar en 1212 definitivamente. La reina Berenguela lo donó a la Orden de Calatrava, para que defendiera su campo de los continuos ataques musulmanes. La Orden se mantuvo allí hasta 1544, momento en que lo abandonó. De planta rectangular, estuvo rodeado de un foso que actualmente está recuperado en dos de las cuatro murallas. Tiene dos torres, la del Homenaje y la Torre Prieta, con muros rematados por almenas. La Torre Prieta es una mole de piedra de forma rectangular, sin almenas, y en la que apenas pueden apreciarse vanos o elementos decorativos. Está compuesta por tres pisos y sus dimensiones son mayores que las de la Torre del Homenaje. Uno de los aspectos significativos del edificio es su escudo, en el que pueden apreciarse dos partes bien diferenciadas: un castillo de oro, en el que aparece representada la vecindad y una espada que atraviesa el pan, que representa el impuesto que se pagaba a la orden de la que dependía su defensa.
Castillo de Doña Berenguela. Bolaños de Calatrava
Foto de Portada: Dª Berenguela, Reina de Castilla1850. Óleo sobre lienzo, 224 x 140 cm. Museo del Prado. No expuesto En 1847, José de Madrazo, como director del Real Museo, recibió el encargo de Isabel II de realizar una genealogía iconográfica de todos sus antepasados reales. El proyecto tenía un evidente sentido político de legitimación de los derechos de la Soberana, en un período caracterizado por una incesante lucha contra el poder femenino. Se implicó en la ejecución del encargo a un considerable número de artistas contemporáneos, tanto reconocidos como noveles, pero casi todos asociados al círculo protector de José de Madrazo. En mayo de 1850 se encarga la pintura a Francisco Prats y Velasco, «haga el retrato de la Reyna de Castilla Doña Berenguela… Pagado».
BIBLIOGRAFÍA R. Jiménez de Rada, “De rebus Hispaniae”, y L. de Tuy, “Chronicon mundi”, en A. Schott (ed.), Hispania Illustrata, Frankfurt, 1608, t. II, págs. 25-194 y t. III, págs. 1-116, respect.; A. Lupián Zapata, Epítome de la vida y muerte de la reina doña Berenguela […], Madrid, Nogués, 1665; M. de Manuel Rodríguez, Memorias para la vida del Santo Rey don Fernando III, Madrid, 1800; G. Martínez Díez, Fernando III (1217-1252), Burgos, La Olmeda, 1993 (col. Reyes de España). Real Academia de la Historia museodelprado.es http://www.verema.com (Gastronomía) http://www.turismocastillalamancha.es (Castillo de doña Berenguela) Imágenes tomadas de Wikipedia |
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ALFONSO X “EL SABIO” (1221-1284) Rey de Castilla y León
María Teresa García PardoDoctora en Historia del Arte |
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ALFONSO X “EL SABIO” (1221-1284)Rey de Castilla y León |
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Pedro III de Aragón
María Teresa García PardoDoctora en Historia del Arte |
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Pedro III de Aragón. El Grande (1240 – 1285) |
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Jaime I El Conquistador
María Teresa García PardoDoctora en Historia del Arte |
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Jaime I El Conquistador (1208 – 1276)(Montpellier, Francia, 2.II.1208 – Valencia, 26.VII.1276) |
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Jaime I. Escultura en el Parterre de Valencia Rey de Aragón, de Mallorca y de Valencia, conde de Barcelona y de Urgel y señor de Montpellier. Jaime I era hijo de Pedro II de Aragón y de María de Montpellier. Su infancia fue muy difícil, porque su padre abandonó a la reina María y también al propio Jaime, envuelto por las guerras en el Midi francés, donde el rey Pedro II halló la muerte en 1213. Jaime I heredó la bancarrota financiera que dejó su padre, Pedro II, y los enfrentamientos con los nobles. Jaime sufrió un atentado en su propia cuna, como el héroe griego Heracles. Su reinado se inició en su minoría bajo la protección del papa Inocencio III. Desde 1215 fue confiado a la Orden del Temple, según las disposiciones testamentarias de su madre, la reina María. Jaime I se casó el 6 de enero de 1221 con Leonor, hija de Alfonso VIII de Castilla y de Leonor de Inglaterra, a punto de cumplir 13 años. El matrimonio fue anulado por la Iglesia, a petición del propio Jaime, por razones de parentesco, cuando el rey cumplió veintidós años y tenía ya un hijo, Alfonso, muerto en 1260. Su segundo matrimonio se celebró en Barcelona el 8 de septiembre de 1235, a los 27 años, con Violante, hija de Andrés II de Hungría, que murió en Huesca, el 12 de octubre de 1251. Tuvieron cuatro hijos y cinco hijas: Pedro III, el sucesor al Trono; Jaime, que reinaría en Mallorca; Fernando, que murió en vida del padre; y Sancho, abad de Valladolid y arzobispo de Toledo, falleciendo en 1275 prisionero de los moros granadinos. Las hijas fueron: Violante, que casó con Alfonso X de Castilla; Constanza, casada con el infante castellano don Manuel, hijo de Fernando III; María, que profesó monja; Sancha, que murió como peregrina en Tierra Santa; e Isabel, casada en 1262 con Felipe III de Francia. Jaime I partió sus reinos entre sus hijos. Hizo 4 testamentos con 4 repartos diferentes. En el último, de 1262, legó a Pedro Aragón, Cataluña y Valencia y a Jaime, las Baleares, Rosellón y Cerdaña. Tras la muerte de Violante, el rey tuvo múltiples amoríos. Se casó con Teresa y de este matrimonio nació Jaime, señor de Jérica, y Pedro, señor de Eyerbe. De las relaciones amorosas con Blanca de Antillón nació Fernán Sánchez, al que entregó la baronía de Castro. Con Berenguela Fernández tuvo a Pedro Fernández, señor de la baronía de Híjar, mientras que con Berenguela Alfonso, hija del infante Alfonso de Molina, no tuvo descendencia. Sus bastardos fueron el origen de las más importantes casas nobiliarias de Aragón y Valencia. Jaime I fue un monarca de fuerte personalidad, como se refleja en su propia Crónica. Era un personaje de considerable estatura, de presencia caballeresca y de cabello rubio. Entre sus cualidades sobresalen dos: su generosidad y su palabra. Su educación le puso al servicio de la cristiandad contra el islam y transformó muchas mezquitas en iglesias o templos consagrados a la Virgen María. Su valentía se plasmó en el episodio de sacarse él mismo la flecha que le atravesó el hueso del cráneo. Su sensibilidad quedo reflejada en las lágrimas derramadas al conquistar Valencia. En su leyenda negra figura cortarle la lengua al obispo de Gerona y ser muy mujeriego, incluso en vísperas de su muerte. A partir de la batalla de las Navas de Tolosa, en 1212, se produjo la fragmentación del poder almohade, propiciando en las décadas siguientes el avance de los reinos cristianos hacia el sur. Desde 1228 Jaime I intentaba recuperar el prestigio de la Corona, en una empresa militar colectiva que beneficiara a todos, con el monarca como motor y cabeza de este proyecto. Su principal objetivo fue Valencia. La fidelidad y apoyo del noble Blasco de Alagón fue compensada por Jaime I en 1226 con la concesión de todos los lugares y castillos que pudiera conquistar en territorio musulmán valenciano, hecho que años después tendría importantes consecuencias. En 1227, la intervención papal a través del arzobispo de Tortosa permitió firmar la concordia de Alcalá, que procuraba una paz entre el rey y sus aliados, por un lado, y las facciones de los barones, por otro, lo que dejó la puerta abierta a las grandes empresas conquistadores de Jaime I. El musulmán Zayd buscó la ayuda de Jaime I y el 20 de abril de 1229 firmó en Calatayud (Zaragoza) un acuerdo por el que se declaró vasallo del rey de Aragón y la donación de Peñíscola, Morella, Alpuente, Culla y Segorbe, a cambio de ayuda militar y la entrega de los castillos de Ademuz y Castielfabib. Jaime I fue el primer gran protagonista de la expansión mediterránea de la Corona de Aragón, comenzando por la conquista de Mallorca, que Jaime promocionaría como una obra colectiva, que a todos beneficiaría. Los piratas mallorquines musulmanes agredían a los mercaderes de Barcelona, Tarragona y Tortosa, que pidieron ayuda al Monarca. Los barones catalanes participaron en la empresa a cambio del botín y tierras. La conquista de Mallorca, aunque con participación de caballeros aragoneses por sus obligaciones con el Soberano, fue una empresa fundamentalmente catalana, siendo ellos la mayor parte de sus repobladores. En Lérida los barones aragoneses sugirieron al rey que la empresa se dirigiera contra los musulmanes de Valencia. Las Cortes catalanas de 1228 reunidas en Barcelona concedieron al rey el subsidio correspondiente a la recaudación del impuesto del bovaje, que se cobraba en dinero o servicios personales, aunque inicialmente consistía en marcar las parejas de bueyes, hecho que le dio nombre. La expedición estaba integrada por 150 naves y salió desde Salou y Tarragona el 5 de septiembre de 1229. Tras un largo asedio de tres meses, la ciudad de Palma se rindió el 31-12-1229 y con ella el resto de la isla, que apenas ofreció resistencia. El rey volvió en 1231 a la isla, cuando moros no sometidos se ofrecieron al rey, reduciendo Menorca a la condición de tributaria. La isla de Ibiza fue conquistada en 1235 por el arzobispo de Tarragona, Guillem de Montgrí, y su hermano. Mallorca se constituyó como un territorio más de la Corona bajo el nombre de “regnum Maioricarum et insulae adyacentes”. La institución en 1249 del municipio de Mallorca institucionalizó el reino. La conquista supuso acabar con la piratería islámica en las Baleares, que se constituían en puente para el comercio entre Cataluña y el norte de África. Los participantes en la conquista recibieron donaciones en la isla, especialmente la nobleza, plasmadas en el “Libre del repartiment de Mallorca”, fortaleciendo su poder político y social. La conquista de Valencia, gran obsesión de Jaime I durante 15 años, se preparó con minuciosidad dada su trascendencia, una vez ocupada Mallorca y alejado el peligro musulmán del Mediterráneo. En 1233 en Alcañiz se planificó la campaña en tres etapas: 1. La primera dirigida a las tierras de Castellón, con la toma de Burriana en 1233 y otros enclaves, como Peñíscola; 2. La segunda abarca la zona central con la conquista de Valencia (1238) y las tierras llanas hasta el Júcar, para lo cual las Cortes concedieron la ayuda necesaria y el papa Gregorio IX dio a la empresa el carácter de cruzada. El rey entró en la ciudad el 9 de octubre; 3. La tercera fase abarca desde 1243 a 1245 llegándose a los límites estipulados para la conquista entre Aragón y Castilla en el tratado de Almizrra en 1244, firmado entre Jaime I y el infante Alfonso para delimitar las áreas de reconquista de las Coronas de Castilla y Aragón. Las tierras al sur de la línea Biar-Villa Joyosa quedaron reservadas para Castilla, incorporándose al reino de Valencia por Jaime II tras la sentencia arbitral de Torrellas (1304) y Elche (1305). En 1239 Jaime I obtuvo un gran triunfo sobre la nobleza, al considerar las tierras conquistadas en Valencia como un reino con una entidad político-jurídica propia unido a la Corona de Aragón, lo que provocó la reacción de la nobleza aragonesa, que veía truncadas sus posibilidades de hacer de las tierras valencianas una prolongación de sus señoríos aragoneses. El reino fue repoblado por catalanes y aragoneses, aunque durante mucho tiempo la población musulmana siguió siendo mayoritaria. Pero la falta de respeto de los cristianos por los pactos firmados con los mudéjares llevó a la sublevación de al-Azraq en 1247. En Navarra, la falta de descendencia del monarca Sancho VII estuvo a punto conseguir la unión con Aragón. Sancho VII hizo en 1231 un pacto de prohijamiento mutuo con Jaime I, en virtud del cual Sancho se convertía en padre de Jaime, y al morir uno de ellos, el otro le sucedería en sus territorios. El pacto favorecía a Jaime I, muy joven, ante la avanzada edad de Sancho VII, y contenía diversas cláusulas por las que el rey de Aragón debía defender Navarra frente a agresiones exteriores. Pero las campañas en Mallorca y Valencia hicieron que Jaime I se desentendiera de Navarra, donde al morir Sancho VII en 1234, subió al trono como su sucesor Teobaldo de Champaña. Con el reino de Castilla, Jaime ayudó a su yerno Alfonso X a pacificar la rebelión de los mudéjares murcianos. Pero desató la oposición de la nobleza aragonesa en las Cortes de Zaragoza (1264), que se negó a cooperar, alegando que no obtenía beneficios en tal empresa. A pesar de todo, Jaime I acudió en ayuda del rey de Castilla. Sometió Murcia en 1266 e inició la repoblación con catalanes y aragoneses, devolviendo luego Murcia a Alfonso X el Sabio. Además autorizó a sus súbditos a luchar con el rey de Castilla frente a la ofensiva de Marruecos y Granada. Para resolver sus diferencias con Francia, el 11 de mayo de 1258 Jaime I firmó con Luis IX (san Luis), el tratado de Corbeil, en virtud del cual Luis IX renunció a los derechos que desde tiempos de Carlomagno pretendía tener sobre el Rosellón y Cerdaña y a los condados catalanes (Barcelona, Urgel, Besalú, Ampurias, Gerona y Vic), y Jaime I a los derechos que le asistían sobre diversos lugares del mediodía francés. El pacto se selló con el matrimonio de la infanta Isabel, hija menor de Jaime I, con Felipe, hijo y heredero de san Luis. Jaime I cedió a la reina de Francia, Margarita, sus derechos a los condados de Provenza y Folcalquier, lo que tenía en el marquesado de Provenza y el señorío de las ciudades de Arles, Marsella y Aviñón, que fueron del conde Ramón Berenguer. El tratado ha sido juzgado con dureza por los historiadores catalanes, ya que ponía fin a la expansión ultra pirenaica de la Corona de Aragón. Respecto a la política norteafricana de Jaime I, éste se benefició del interés comercial de los catalanes, aprovechando su presencia en Marruecos y Túnez, utilizando el procedimiento de unir el comercio catalán al pago de un tributo por el sultán. El espíritu de cruzada de Jaime I le llevó a emprender una expedición a Tierra Santa, como resultado de la embajada tártara que recibió en Toledo en la Navidad de 1268, mientras asistía a la primera misa de su hijo el infante Sancho, arzobispo de la ciudad. Los tártaros, enemigos de los turcos, ofrecían unir su ayuda a la del emperador bizantino Miquel Paleólogo en la expedición a Tierra Santa, que desde hacía tiempo Jaime I proyectaba. El 4 -9- 1269 zarpó de Barcelona una flota que fracasó, pues una tempestad les obligó a refugiarse cerca de Montpellier, donde desembarcó el rey, que regresó por tierra a Cataluña, olvidándose de la empresa en el Concilio de Lyon de 1274. En los últimos años del reinado se produjo una revuelta de la nobleza catalana, en 1259, encabezada por el vizconde Ramón de Cardona y Fernando Sánchez de Castro (bastardo de Jaime I). En la década de 1270 se produjo una auténtica guerra civil, cuando el rey se vio presionado por los partidarios de su primogénito, el infante Pedro, y por los rebeldes encabezados por el bastardo Fernández de Castro, que pretendían imponer su autoridad a la Corona. La lucha se saldó con la muerte del hermanastro Fernández de Castro por el infante Pedro (1275), mientras que sus partidarios aguardarían la hora de la venganza. En 1275 se sublevaron los mudéjares valencianos y Jaime I fue en persona a sofocar la revuelta. El rey fue derrotado en Llutxent en junio de 1276, falleciendo el mes de julio de ese mismo año. En 1262 el rey se vio obligado a hacer un nuevo reparto testamentario, tras la muerte de su primogénito Alfonso que tenía como destino heredar Aragón. Finalmente el reino se reparte entre sus dos hijos varones supervivientes: 1. Pedro III, Aragón, Cataluña y Valencia, 2. Jaime II, las Islas Baleares. Su herencia se repartió entre sus hijos: Pedro III de Aragón (Valencia y condado de Barcelona) y Jaime (Mallorca, los condados de Rosellón y Cerdaña y el señorío de Montpellier). Durante el reinado de Jaime I nació la conciencia territorial en la Corona de Aragón, sobre todo, en los Estados fundacionales de Aragón y el principado de Cataluña, con la actuación de dos fuerzas:
En el ámbito jurídico, los Fueros de Aragón superaban el derecho consuetudinario (habitual o de costumbre). Jaime I encargó al obispo de Huesca, el jurista Vidal de Cañellas, una obra, promulgándose en las Cortes de Huesca de 1247, sustituyendo a tradiciones jurídicas locales como el fuero de Jaca. En el Principado de Cataluña, que fue la entidad política que existió durante gran parte de la Edad Media, la protección de la Monarquía permitió el triunfo legislativo de los Usatges de Barcelona (Derecho consuetudinario) y su difusión a mediados del siglo XIII. Jaime I otorgó a Valencia una ordenación político-administrativa, la Costum (1240), revisada en 1251. Los Foris et consuetudines Valentiae fueron confirmados por el rey en 1271, a pesar de la oposición de la nobleza aragonesa, deseosa de mantener su legislación, lo que generó una pugna foral no resuelta hasta 1329 con el triunfo de los Fueros valencianos. Desde que en 1244 se decidió que el río Cinca fuera el límite entre Aragón y Cataluña y las Cortes se reunieron por separado. El Cinca nace en el Parque Nacional de Ordesa y Monte Perdido, en el Pirineo Aragonés y desemboca en el río Segre en la Granja de Escarpe (Lérida). Con Jaime I las ciudades interiores de la Corona perdieron impulso a favor de las ribereñas, estableciéndose la Corte y la Cancillería, base del actual Archivo de la Corona de Aragón por sus documentos diplomáticos, en Barcelona. El reinado estuvo lleno de conflictos, pero el balance es positivo:
Para los historiadores aragoneses el juicio sobre Jaime I suele ser negativo, ya que no pensó en la unidad de la Corona, ya cimentada, y separó Aragón y Cataluña, entregando la primera a Alfonso y la segunda a Pedro, quedando Valencia para el tercer hijo, Jaime. Complicó el problema de la frontera entre Aragón y Cataluña, tras la adjudicación final de Lérida a Cataluña, y puso la frontera en el cauce del Cinca, provocando el enfrentamiento entre zonas, que llevaban cien años unidas. La creación de los reinos de Valencia y de Mallorca fragmentó la unidad de la Corona, que de ser un espacio unificado pasó a cuatro estados bajo la soberanía de un mismo rey, Jaime I. Para mallorquines y valencianos, la visión del Monarca es radicalmente opuesta. Jaime I es el punto de partida de los futuros reinos de Mallorca y de Valencia y el creador de sus señas de identidad hasta nuestros días: territorio, fueros, moneda, instituciones, etc. JAIME EL CONQUISTADORAutor: Juan de LEÓN. 1750. Material: piedra caliza y granito. Altura: 2,98 x Anchura: 0,99 x Fondo: 0,91 m. Jardines de Sabatini. La escultura del rey Jaime I el Conquistador en pie está realizada como toda la serie en dos piezas de piedra de Colmenar, de tamaño mayor que el natural, vestido con coraza y cubierto con manto de armiño. En la mano derecha porta el cetro real y con la izquierda se recoge el manto. A sus pies aparece la cabeza de un moro. En la inscripción: “JAIME 1º / REI DE ARAGON. / Mº Aº DE 1276”. Esta serie de esculturas fue concebida por el fraile benedictino Padre Sarmiento entre 1750 y 1753 para la decoración exterior del Palacio Real y concretamente de la balaustrada corrida superior, atendiendo a los proyectos de Juvarra y Sacchetti. Fueron esculpidas 114 estatuas, bajo la dirección de los escultores de S.M. Juan Domingo Olivieri y Felipe de Castro, que se llegaron a colocar total o parcialmente, pero durante el reinado de Carlos III el arquitecto mayor Francisco Sabatini llevo a cabo su desmontaje y almacenamiento en el Palacio. En 1943 ocho de las estatuas de reyes que estaban en la plaza de Oriente pasaron a los Jardines de Sabatini y se instalaron alrededor del estanque que ordena el conjunto. Jaime I, “el Conquistador”, a su muerte dividió los reinos entre sus hijos: a Pedro III le correspondió el reino de Aragón, y a Jaime, los reinos de Mallorca, el Rosellón y Cerdeña.
BIBLIOGRAFÍAReal Academia de la Historia F. Soldevila, Vida de Jaume I el Conqueridor, Barcelona, Aedos, 1958 (reed. 1969); J. Torres Fontes, La reconquista de Murcia en 1266 por Jaime I de Aragón, Murcia, Academia Alfonso X el Sabio, 1967, 2.ª ed.; J. Lalinde, La Corona de Aragón en el Mediterráneo medieval, 1229-1479, Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 1979; F. Soldevila, Jaume I. Pere el Gran, Barcelona, Vicens- Vives, 1980 (3.ª ed.); R. I. Burns, Jaume I i els valencians del segle XIII, València, Tres i Quatre, 1981; J. M.ª Salrach, Història dels Països Catalans dels orígens a 1714, vol. I, Barcelona, Edhasa, 1981; E. Belenguer Cebriá, Jaume I a través de la Història, València, Tres i Quatre, 1984; R. I. Burns, Colonialismo Medieval, Valencia, Tres i Quatre, 1987; VV. AA., En torno al 750 aniversario. Antecedentes y consecuencias de la conquista de Valencia, Valencia, Consell Valencià de Cultura, 1989; A. Santamaría, Ejecutoria del reino de Mallorca, Palma de Mallorca, Ayuntamiento, 1990; R. Ferrer Navarro, Conquista y repoblación del reino de Valencia, Valencia, Del Senia al Segura, 1999; J. A. Sesma, La Corona de Aragón. Una aproximación histórica, Zaragoza, Caja de Ahorros de la Inmaculada de Aragón, 2000; J. L. Villacañas, Jaume I el Conquistador, Madrid, Espasa Calpe, 2003; J. Laínz, La Nación Falsificada, Madrid, Encuentro, 2006, págs. 41-46; E. Belenguer, Jaime I y su reinado, Lérida, Milenio, 2008. Fotografía tomada de la Wikipedia: Estatua ecuestre de Jaime I en el Parterre de Valencia de Agapito Vallmitjana, 1891. Es una representación idealizada, pues porta la cimera del Rey de Aragón, que es anacrónica, ya que fue una innovación heráldica del siglo XIV de Pedro IV el Ceremonioso. La cimera es la parte superior del yelmo, generalmente adornado con plumas u otros motivos.
Creado en diciembre de 2019 |
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