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Archivo de Autor

Juan I de Castilla (1358 – 1390)

María Teresa García Pardo

Doctora en Historia del Arte

JUAN I DE CASTILLA (1358 – 1390)

Sepulcro de Juan I, rey de Castilla y León.Capilla de los Reyes Nuevos de la Catedral de Toledo

Sepulcro de Juan I, rey de Castilla y León.

Capilla de los Reyes Nuevos de la Catedral de Toledo

 

DINASTÍA TRASTÁMARA

Fue una familia de la nobleza castellana que reinó en Castilla entre 1369 – 1504 y en Aragón desde 1412 – 1516.

El fundador de la dinastía fue Enrique II a quien su padre, el rey Alfonso XI de Castilla, le concedido el condado de Trastámara en Galicia.

Enrique II, nació en Sevilla en 1333, fruto de las relaciones de Alfonso XI con su favorita Leonor de Guzmán. Se convirtió en rey de Castilla y de León al vencer a su hermanastro Pedro I en 1369 y fue rey hasta 1379. Su reinado se caracterizó por los privilegios que le concedió a la nobleza terrateniente, en la cual se había apoyado para subir al trono.

 

CASTILLA

A Enrique II le sucedió en el trono castellano su hijo Juan I (1379-1390), que intentó sin éxito someter a Portugal, reclamando los derechos al trono de su segunda esposa Beatriz de Portugal, pero fue vencido en la batalla de Aljubarrota (1385).

Juan I fue sucedido por su hijo Enrique III (1390-1406), casado con Catalina de Lancaster, hija de Juan de Gante y de Constanza, hija de Pedro I el Cruel.

A Enrique III le sucedió, siendo niño, Juan II (1405 – 1454), quien fue padre de Enrique IV, Alfonso y de la reina Isabel, la Católica.

El sucesor de Juan II fue Enrique IV (1454-1474), pero un importante sector de la nobleza intentó poner en el trono a su hermano el infante D. Alfonso, que falleció en Ávila en 1465. Enrique IV fue sucedido por su hermana Isabel I (1474-1504).

Aunque siempre se ha considerado que los últimos Trastámara fueron los Reyes Católicos, Isabel y Fernando, la última Trastámara realmente fue la Reina Juana I de Castilla, aunque nunca ejerció el poder.

Enrique II

Juan I

Enrique III

Juan II

Enrique IV

Isabel I, la Católica (1474-1504)

Juana I


ARAGÓN

La Corona de Aragón quedó vacante al morir Martín el Humano, reclamándolo Fernando I, hermano de Enrique III de Castilla, que accedió a la Corona de Aragón en 1412 por el Compromiso de Caspe, localidad de Zaragoza, limítrofe con Huesca y Teruel.

En 1410 murió el rey de Aragón Martín I, conocido como “El Humano”. Al carecer de descendientes legítimos, había demasiados candidatos que reclamaban sus derechos y el riesgo de una guerra civil, desórdenes y pillaje era muy habitual en la época.

Nueve hombres de leyes, tres por cada uno de los principales brazos del Reino: Aragón, Valencia y los Condados Catalanes, se reunieron para decidir con el diálogo y no con la fuerza quien de los candidatos debía ocupar legítimamente el trono.

El elegido fue un infante castellano de la Casa de los Trastámara con ascendencia aragonesa: Fernando I de Aragón, abuelo de Fernando el Católico.

Fue sucedido por su hijo Alfonso V (1416-1458) y éste a su vez fue sucedido por su hermano Juan II (1458-1479).

El hijo de Juan II, Fernando II «el Católico» (1479-1516) accedió al trono al morir su padre.

Fernando I

Alfonso V

Juan II

Fernando II, el Católico (1479-1516)


LOS TRASTÁMARA

CASTILLA


ARAGÓN


ENRIQUE II, INICIADOR DE LA DINASTÍA TRASTÁMARA


JUAN I DE CASTILLA


ENRIQUE III DE CASTILLA


FERNANDO I. EL DE ANTEQUERA


JUAN II


ALFONSO V


ENRIQUE IV


JUAN II


ISABEL I. LA CATÓLICA


FERNANDO II. EL CATÓLICO



JUAN I DE CASTILLA (1358 – 1390)

Épila (Zaragoza), 24.VIII.1358 – Alcalá de Henares, 9.X.1390.

Rey de Castilla y León.

Juan I de Castilla era hijo de Enrique II y de doña Juana Manuel. Nació en Aragón, donde sus padres estaban exiliados, y se educó en la Corte de Pedro IV, contando con la estrecha amistad de los hijos de éste, Juan, Martín y Leonor, con la que acabaría contrayendo matrimonio.

Al ser reconocido Enrique II como rey, se convirtió en heredero. En 1370, muerto el conde don Tello, recibió el señorío de Vizcaya, que desde entonces quedó incorporado al patrimonio real. En condición de tal, juró los Fueros de Vizcaya y otorgó también Fuero a Bilbao.

El 18 de junio de 1375 contrajo matrimonio con Leonor de Aragón y ninguno de los dos renunció a los derechos que, como infantes, podían corresponderles.

Al morir Enrique II, el 29 de mayo de 1379, le sucedió en el trono, y acompañó a su padre hasta darle sepultura en la capilla de los Reyes de la catedral de Toledo.

Alterando las costumbres castellanas, no se conformó con la proclamación y el 25 de julio, día de Santiago, se hizo coronar en Las Huelgas (Burgos).

Juan I y Leonor de Aragón tuvieron tres hijos: Enrique, Fernando y Leonor.

Frente a Juan I se alzó Juan de Gante, duque de Lancaster, hijo de Eduardo III de Inglaterra que, al contraer matrimonio con Constanza, hija de Pedro I El Cruel, comenzó a titularse también rey de Castilla, coincidiendo el nombre y el número.

Esto obligó al castellano a estrechar su alianza con Francia proporcionando flotas para combatir a los ingleses. Pero este acercamiento le obligaba también a aceptar al candidato francés, Clemente VII, frente a Urbano VI, en el Cisma de Occidente.

El 13 de septiembre de 1382 murió la reina Leonor y Juan I se casó con Beatriz de Portugal, llegando a ser Rey de Portugal, pero manteniendo las dos coronas separadas.

Las bodas se celebraron con gran pompa en Badajoz los días 13 y 14 de mayo. La novia tenía sólo diez años y tres meses. Pero se levantó acta, que estaba capacitada para consumar matrimonio. Juan demostró gran afecto por Beatriz y ella, cuando su marido falleció, se retiró a una vida privada diciendo que, habiendo perdido esposo de tanta calidad, no quería volver a casarse. La joven no tuvo hijos. Murió en Toro y allí continúa.

El año de 1383 fue el momento culminante del reinado. Se aseguró el comercio exterior en toda la costa hasta Flandes y la paz en el mar. En las Cortes se comenzó a tratar de un programa de reformas que abarcaba tres aspectos fundamentales:

  • el religioso, con la disciplina del clero,
  • el institucional, para mejorar las leyes y la justicia,
  • el social, poniendo límite a los excesos de la nobleza.

Las protestas armadas del reino de Murcia sirvieron para que el rey depusiera al adelantado, pasando el oficio a un miembro de la segunda nobleza, Alfonso Yáñez Fajardo, que hizo una buena labor de gobierno. Así se demostraron tres hechos: que el reino prefería la administración por los oficiales de la Corona, que se fortalecía el poder real y que la mediana y baja nobleza tenía, iniciaba su ascenso.

Juan I pidió a su suegro, Pedro IV El Ceremonioso de Aragón, un ejemplar de su Ordenamiento de Casa y Corte para emplearlo como guía en su proyecto. De ahí partía la separación del poder real en tres sectores:

  • legislativo (Cortes),
  • ejecutivo (Consejo)
  • judicial (Audiencia), que anuncian la tendencia del Estado moderno y que culminarán durante la Revolución Francesa de 1789.

La noche del 22 al 23 de octubre de 1383, murió Fernando de Portugal. Beatriz de Portugal, esposa de Juan I, se hizo cargo de la regencia. La nobleza la odiaba y pidió a Juan I de Castilla que tomara posesión del trono y éste, contra la opinión de sus colaboradores, se dispuso a hacerlo. Pero Lisboa y Oporto se alzaron en armas, y proclamaron al maestre de Juan Avis, bastardo real, como su jefe. Juan I, obligó a Leonor a trasladarse a Castilla y trató de apoderarse de Lisboa.

Pero se declaró la peste en el campamento castellano y el monarca Juan I, el 3 de septiembre de 1384, dio orden de retirada. Los portugueses decidieron convocar Cortes en Coimbra y allí declarar despojados de sus derechos por tiranía a Beatriz, eligiendo una nueva dinastía a partir de Juan de Avis, el 6 de abril de 1385.

El nuevo rey reconoció a Urbano VI como Papa, rompiendo la unidad hispánica, y solicitó de los ingleses el envío de fuerzas. Cuando Juan I intentó una nueva acción fue derrotado el 15 de agosto de 1385 por los portugueses y por los arqueros británicos.

Juan I reunió Cortes en Valladolid, reconociendo el error cometido, y obtuvo el apoyo de su reino, entendiendo la Monarquía como una relación estrecha entre el rey y sus súbditos.

Cuando el duque de Gerona sucedió a su padre Pedro IV en Aragón, también subió al Trono con el nombre de Juan I. Enrique, heredero de Castilla, contrajo matrimonio con Catalina de Lancaster, nieta de Pedro I.

Juan I decidió reformar el reino creando el Principado de Asturias para los jóvenes esposos. Fue establecido así en las Cortes de Briviesca (Burgos) de 1387. De este modo, el poder real se ordenaba en dos escalones, la Corona, correspondiente al rey, y la sucesión reconocida al heredero que iniciaba como Príncipe de Asturias su formación. Príncipe, será el título máximo en la jerarquía nobiliaria, no habría en adelante más que uno, el heredero.

Durante algunos años hubo una suspensión de hostilidades y una situación general de paz en Occidente, permitiendo a los caballeros trasladarse a Oriente para intentar con Segismundo, rey de Hungría, frenar el avance turco, aunque no lo consiguieron.

Esta situación permitió un desarrollo del comercio castellano, que comenzó a remontar las adversidades, alzándose a un primer nivel en la economía europea. Sobre todo, hizo posible retornar al programa de reformas iniciado en 1383.

En Briviesca (Burgos), las funciones reales quedaron definidas como un deber hacia el reino, al que los súbditos responden con obediencia, guardando uno y otros las “leyes, fueros, cartas, privilegios y buenos usos y costumbres”.

Quedó reorganizada la Audiencia o Chancillería, que tendría su asiento permanente en Valladolid, ciudad que contaba con la segunda de las universidades del reino.

La Cancillería fue concebida como una oficina de emisión y sellado de documentos reales y de recepción de cuantos se generan en el reino destinados al rey, así como de su registro y conservación.

La Audiencia sólo se ocupaba de pleitos civiles, pasando los criminales y las apelaciones al Consejo, que de este modo se escindía en dos funciones:

  • El gobierno del territorio y la administración de la justicia en nombre del rey.
  • La Mesta, organización de ganaderos, y uno de los principales sustentos de la economía castellana, también obtuvo entonces su regulación.

Tanto en las Cortes de Segovia de 1386, como en las de Briviesca de 1387, se afirmó el principio de la unidad religiosa en el catolicismo.

Aunque nunca quiso prescindir de sus colaboradores judíos, entre los que se contaban médicos y escribanos de gran talla, comenzaron a establecerse entonces algunas restricciones en la protección de que gozaban.

Una oleada antisemita se extendió por el reino, que comenzó a preparar grupos violentos para llevar a cabo el asalto a las juderías en 1391 aprovechando la muerte del obispo y del propio rey. Este odio, visible ya en las Cortes de Palencia de 1388, no se extendía a los musulmanes, mucho menores en número.

Tras la clausura de las Cortes, se acordó uno de los gestos más importantes, plasmado en las instrucciones que se enviaron a la Audiencia el 5 de marzo de 1390: se debía proceder a la restitución de bienes a todas aquellas personas que hubieran sido privadas de ellos por ser partidarios de Pedro I El Cruel.

Juan I fue hombre muy piadoso. El clero y las órdenes religiosas se habían visto afectadas por la gran depresión, que redujo drásticamente el poder adquisitivo de las rentas eclesiásticas.

El clero se vio sumido en la pobreza y coincidiendo con las Cortes de Palencia, en octubre de 1388, se celebró una Asamblea del clero que el cardenal legado presidió. En ella se adoptaron cuatro resoluciones:

  • perseguir el concubinato, tanto de clérigos como de laicos;
  • obligar a los eclesiásticos a vestir ropa adecuada;
  • cuidar de que los bienes de la Iglesia no fuesen enajenados, pues de ellos dependía su independencia,
  • asegurar el aislamiento de juderías y morerías porque se consideraba su influencia sobre los cristianos perjudicial.

Sin embargo, la labor más importante es la que se refiere a las nuevas órdenes religiosas. Desde 1374, los Jerónimos habían comenzado su tarea y se habían instalado en Ávila y en Toledo.

En 1389 Juan I les hizo un espléndido regalo, Guadalupe, con sus rentas jurisdiccionales, lo que iba a permitir grandes instalaciones, incluyendo la medicina.

En 1390, los cartujos de Scala Dei de Valencia aceptaron instalarse en Castilla, recibiendo, una amplia chopera que se llamaría Santa María del Paular.

En 1390 los benedictinos recibieron el castillo y los baños de Valladolid para iniciar una reforma de la Orden llevándola a la “observancia”.

Las Cortes de Guadalajara de 1390 supusieron el balance final del reinado. Preparando un viaje a Andalucía, Juan I se detuvo en Alcalá de Henares para recibir la visita de unos caballeros rescatados en África, quienes le regalaron muchas cosas.

El domingo 9 de octubre de 1390, después de misa, Juan I cabalgó hacia su campamento por campos recién arados. Su caballo tropezó arrojando al jinete con tal violencia que murió en el acto.

Le sucedió en el trono su hijo Enrique III (1390-1406), casado con Catalina de Lancaster, hija de Juan de Gante y de Constanza de Castilla, hija de Pedro I el Cruel.


REAL MONASTERIO DE GUADALUPE

El Real Monasterio de Santa María de Guadalupe es Patrimonio de la Humanidad, en 1993.

Está regentada por una Comunidad de la Orden Franciscana.

El Santuario se inició a finales del siglo XIII, siendo una pequeña ermita, pobre y humilde, custodiada en sus primeros años por el sacerdote Pedro García (1330), a la que sustituyó la denominada segunda iglesia a finales del siglo XIV. Alfonso XI, que cazaba por estas sierras, visitó Guadalupe en el año 1335, contemplando el estado ruinoso de la primitiva ermita y comenzando las gestiones para proceder a su restauración.

Se designó al cardenal Pedro Gómez Barroso como custodio, ocupándose de tal cometido desde 1335 hasta 1341. En este tiempo se fundó en 1337 la Puebla y por orden de Alfonso XI comenzó a construirse el Monasterio (1340) solicitando y obteniendo para este lugar la creación de un priorato secular y lo declaró de su real patronato.

El priorato secular, dotado con el señorío civil del prior sobre la Puebla, estuvo dirigido por cuatro priores entre los años 1341 y 1389, finalizando con la entrega del santuario a la Orden de San Jerónimo, que se mantuvieron en este lugar cuatro siglos, hasta que la desamortización de 1835 puso fin a este periplo, pasando a ser parroquia secular de la archidiócesis de Toledo, que regentaban sacerdotes diocesano hasta la llegada de la Orden Franciscana en 1908, que es quien rige desde entonces y hasta la actualidad el Monasterio y Santuario.

Como distinciones destacables:

  • el distintivo “Real” por concesión de Alfonso XI en 1340,
  • “Pontificio” por concesión de Pío XII en 1955,
  • “Monumento Nacional” en 1879 y
  • “Patrimonio de la Humanidad” por la UNESCO en 1993.
  • la imagen de Santa María de Guadalupe ostenta el título de “Reina de las Españas o de la Hispanidad” otorgado por Alfonso XIII en 1928 y Patrona de Extremadura” en 1907.

En sus siete siglos destaca su majestuosa biblioteca, sus capillas musicales, su Scriptorium o Escribanía de libros miniados o “iluminados”, sus talleres de bordados, de orfebrería, en sus reales hospitales, farmacia y en todas sus obras artísticas.

El Monasterio de Guadalupe fue el principal Monasterio de la Orden Jerónima y posee una excepcional arquitectura por su variedad de estilos, destacando el Templo, el Claustro Mudéjar y su templete, único en el mundo, vinculado a la historia media y moderna de España, por su relación con los reyes Católicos.

Arquitectura. Templo gótico (Siglos XIV y XV)

La iglesia de Guadalupe ha sido edificada tres veces a lo largo de su historia. La primitiva iglesia (extinguida en su totalidad) se hizo a finales del siglo XIII. La segunda de estilo mudéjar fue edificada a principios del XIV (subsiste un ábside) y la última (la actual) fue finalizada en torno a 1403.

Posee planta de cruz latina con tres naves, crucero y ábside poligonal. Destacan sus bóvedas de crucería. La nave central se ilumina por grandes ventanales góticos con bellas lacerías.

El Retablo mayor del templo es una obra trazada por Juan Gómez de Mora y ejecutada por Juan Bautista Montenegro, con esculturas de Giraldo de Merlo, Jorge Manuel Theotocópuli y Juan Muñoz. Los lienzos son de Vicente Carducho y Eugenio Cajés, con dorados de Gaspar Cerezo y Gonzalo Marín.

El sagrario, situado en la parte inferior del retablo, fue escritorio del rey Felipe II, realizado en madera de cedro con aplicaciones de bronce.

 

Coro

El Coro alto de la iglesia dispuesto a los pies destaca por su sillería de estilo barroco con 96 relieves. En el mismo coro se destaca la existencia de un gran atril o facistol barroco, labrado en bronce, dos retablos adosados a los pilares inmediatos al templo con dos lienzos grandes atribuidos a Zurbarán y otros más pequeños de autor desconocido.

Claustro mudéjar y templete

El Claustro mudéjar de Guadalupe es uno de los mejores de su estilo, construido entre 1389 y 1405.

Se compone de dos plantas de forma rectangular, con unos 40 metros de lado, y doble número de arcos en el cuerpo alto con respecto al bajo.

Destaca en el claustro el templete realizado con barro cocido y ladrillo, decorado con azulejos y yeserías. Corona su arquitectura una aguja con cerámica blanca y verde, que termina en una cruz de hierro. Su autoría es de Fray Juan de Sevilla, que probablemente fuera también del propio claustro.

Otro templete, más recoleto se localiza frente a la puerta que conecta la actual Hospedería con el claustro, el que existe una réplica de la fuente del lavabo o Lavatorium, realizada en 1402 por Juan Francés y que en la actualidad se sitúa en la Capilla de Santa Ana. Este templete es de planta cuadrada con cuatro arcos de herradura.

Claustro mudéjar y templeteClaustro mudéjar y templete


En este claustro hay lienzos de gran tamaño que nos muestran los numerosos milagros en los que ha intervenido la Virgen, de ahí que a este claustro también se le llama “de los milagros”. Son obra de fray Juan de Santa María, que los pintó entre 1621 y 1623.

En este espacio se encuentran también un buen número de sepulcros, donde destaca el realizado entre 1458 y 1460 para fray Gonzalo de Illescas, Obispo de Córdoba y Prior del Monasterio; también el del último Prior secular, Don Juan Serrano.

 

Claustro Gótico

Denominado también claustro de la enfermería o de la botica, actualmente utilizado dentro de las instalaciones de la Hospedería del Monasterio, es una obra mixta, mudéjar, gótica y clásica.

Posee planta rectangular y fábrica de ladrillo, con seis arcos en los lados este y oeste, y cinco en el lado norte. Posee tres pisos.

Los arcos son de medio punto (piso bajo), apuntados de tracería gótica de ladrillo aplantillado y calado con rosetones y nervaturas (segunda planta) y arcos escarzanos sobre pilares octogonales en la tercera planta.

El claustro está coronado en los ángulos por torreones cilíndricos rematados por chapiteles con tejas policromas de cerámica vidriada. Destacándose cuatro ventanales con motivos mudéjares y elementos decorativos de influjo islámico y gótico.

Claustro Gótico, Hospedería cedida por Jaime Cerezo

Claustro Gótico, Hospedería cedida por Jaime Cerezo


Capillas del monasterio


Capilla de Santa Ana

Es la capilla que se encuentra a la entrada del templo, construida en los primeros años del siglo XV, adornada con pinturas murales gótica-flamencas de la misma época. Destaca el Sepulcro de los Velasco de estilo gótico realizada por el escultor Egas Cueman.

Desde esta capilla, en el cuerpo inferior de la torre existe una fuente de bronce o lavatorio de 1402. En esta misma capilla sorprende un relieve gótico de la Anunciación tallado en alabastro y atribuido al mismo autor Egas Cueman. El retablo existente posee un retablo barroco con lienzos de Pablo de Céspedes.


Nave de Santa Paula

Es la nave que comunica la Basílica con el templo, donde destacan en su parte superior unas pinturas murales de estilo mudéjar y una inscripción latina en letras góticas. Destacan dos lienzos: “La Aparición de Nuestra Señora al Pastor Gil Cordero”, barroco de Pedro José de Uceda (1737) y Aparición de fray Fernando Yáñez a fray Juan de Carrión, del pintor fray Juan de Santa María.


Real Capilla de Santa Catalina

Construcción de mediados del siglo XV, de planta cuadrada cubierta con bóveda de crucería en la que se ubican dos retablos barrocos de Santa Catalina y Santa Paula, de Giraldo de Merlo (Siglo XVII), además de otras esculturas y una rica colección de siete lienzos, de tamaño mediano, barrocas de la escuela sevillana atribuidas a fray Juan de Santa María, pintor jerónimo del siglo XVII.


Capilla de San Gregorio

Ocupa la parte baja de la Torre del mismo nombre y en el pasadizo que comunica el claustro mudéjar con la Capilla de Santa Catalina, después de la Capilla de Santa Cecilia.

Destaca en este espacio el sepulcro del Prior Juan Serrano y el retablo en honor a San Gregorio que es un conjunto de clasicismo barroco, con dos lienzos de Pedro de Villafranca, San Gregorio Magno y Inmaculada Concepción de María.


Relicario o Capilla de San José

Es una de las construcciones más importantes de fines del siglo XVI. Concebida para albergar las numerosas reliquias que el monasterio poseía, este espacio se compone de una planta octogonal, cubierta con cúpula iluminada con linterna y ornamentación a base de flores, ángeles e hipogrifos al temple, de estilo barroco y escuela sevillana.

En cada casquete hay cuatro escenas de la vida de San José, que alternan con cuatro escudos. En las ocho ventanas hay ángeles de autor desconocido.


Bóveda del Relicario

Actualmente alberga una de las estancias museísticas del monasterio, en la que se exponen joyas, orfebrería de mucha calidad y valor, como la Arqueta de los Esmaltes de Juan de Segovia “El Platero” de segunda mitad del siglo XV y la Cruz relicario atribuida al mismo autor, entre otros.

Bóveda del Relicario

Bóveda del Relicario


Camarín de la Virgen

Construcción barroca, denominada por algunos como “la antesala del cielo” este espacio se configura como un espacio íntimo de estilo rococó, de planta octogonal con dos cuerpos: el camarín propiamente dicho, de planta central de líneas mixtas, con cúpula semiesférica abierta con linterna y cupulín superior; y una estancia inferior denominada “Panteón” o “Capilla de los Siete Altares” del siglo XVII.

El Camarín fue obra del maestro Francisco Rodríguez Romero, finalizado en 1696.

Pinturas murales, esculturas y lienzos de una gran calidad y valor artístico se dan cita en este espacio. Destacan los lienzos de Luca Giordano, las pinturas murales de Francesco Leonardoni, las pinturas al temple de Pedro José de Uceda, las esculturas de las ocho mujeres fuertes de la Biblia, atribuidas a Marcelino Roldán.

Detalle del Camarín de la Virgen

Detalle del Camarín de la Virgen

La imagen de Santa María de Guadalupe y su devoción son la razón de ser de este monasterio y santuario. Se trata de una imagen protogótica, fechada en el siglo XII, que sigue el tipo mariano de “Kiriotisa”, es decir Virgen como trono del Señor.

Realizada en madera de cedro, ennegrecida. Se sienta en posición frontal y sirve de trono al Niño, también en actitud hierática, ligeramente inclinado.

El concepto hierático plasma algo rígido y carece de expresividad, es señal de solemnidad y de majestuosidad.


Pabellón del capítulo y antigua librería

Se trata de dos elementos constructivos del siglo XV ubicados en el lado suroeste del monasterio, a los pies del templo. La primera planta fue sala capitular, dedicándose actualmente a sala de congresos y seminarios.

El piso superior, con bóvedas de crucería fue la antigua librería. El acceso a la sala capitular se realiza por un patio pequeño (desde donde se comienza la visita al monasterio) que se llama de la mayordomía

De la sala capitular destaca la pintura al fresco gótica, con una excelente conservación, especialmente en la bóveda de crucería, con motivos florales y el emblema del monasterio (el jarrón de azucenas).


Iglesia de la Santísima Trinidad

Actualmente llamada Auditorio o “iglesia Nueva”, es una construcción de influencia americana, levantada por un descendiente directo de Colón, el duque de Veragua y almirante de las Indias, Don Pedro Nuño Florentín Colón, que finalizó la obra en 1736, según planos de Manuel Lara y Churriguera.

De planta rectangular, con tres naves (la central como siempre más elevada). En la intersección del crucero se alza una cúpula, mientras el resto es de medio cañón con lunetos, y los laterales de aristas. En la actualidad se usa como espacio cultural.


Museo de bordados

Se ubica en el antiguo refectorio del monasterio, frente al templete del lavatorium y ha sido recientemente reformado para mostrar al visitante la gran calidad de sus bordados, realizados en el taller del monasterio que comienza su andadura a partir del año 1415.

Capas, tocas, mantos y un buen número de objetos estrechamente con la liturgia o los oficios propios del monasterio, realizadas por artesanos en los talleres del monasterio, confeccionados con telas ricas y variadas, y con las técnicas más depuradas de la época, diversidad y estilo, además de la inclusión de metales preciosos en su realización, destacan las piezas de este museo.


Museo de libros miniados

Se sitúa en el claustro mudéjar, y alberga una de las mejores colecciones de libros miniados o iluminados realizados en el scriptorium del monasterio durante más de 300 años.

En los manuscritos ilustrados de la Edad Media, las miniaturas o iluminaciones eran pinturas o dibujos que representaban temas de religiosos.

Al inicio del Renacimiento, los manuscritos se ilustraron con temas civiles y galantes. Alcanzaron gran apogeo y difusión internacional, principalmente a través de las cortes de la nobleza europea.

A partir del siglo XVI, el auge de la imprenta resta protagonismo a este tipo de costosas creaciones. La invención de la imprenta se atribuye al alemán, Johannes Gutenberg en el año 1440. El último gran maestro iluminador fue Giulio Clovio, a mediados del siglo XVI.

En los márgenes de las páginas de los manuscritos era frecuente que se incluyeran distintos motivos ornamentales. Los más conocidos son los dibujos que realzan las letras capitales o los que separan las columnas de texto mediante motivos que representan arquitecturas fingidas y tallos y hojas que se enroscan por los márgenes de las páginas.

La colección de miniados de Guadalupe consta de 107 códices, de los cuales 97 son cantorales de gran tamaño, destacándose por su calidad artística los realizados en la segunda mitad del siglo XV y primer tercio del siglo XVI.

Un Cantoral o libro del coro es un manuscrito musical de gran formato utilizado en iglesias y catedrales durante la Edad Media y el Renacimiento. El tamaño del pergamino es muy grande para que el coro completo pueda leer las notas musicales a distancia.

Los cantorales se situaban generalmente en los facistoles, en medio del coro. Los niños sopranos se situaban delante y los hombres detrás. El facistol es un atril grande donde se ponían los cantorales.

Su utilización empezó a decaer a partir del siglo XVI cuando la impresión de libros fue más barata y los libros más pequeños y más fáciles de manejar.

Un cantoral medieval era muy caro por la utilización del pergamino. Sólo en los principales monasterios o catedrales se podían contemplar cantorales con bellos decorados e iluminaciones.

En España destacan los Cantorales de la Catedral de Salamanca, Catedral de Granada y Catedral de Sevilla.


Museo de pinturas y esculturas

Se sitúa también en uno de los laterales del claustro del monasterio. Consta de un interesante fondo de pinturas y esculturas donde destacan lienzos de El Greco, Zurbarán, Goya o Juan de Flandes.

Sacristía

Es una de las joyas arquitectónicas y artísticas del monasterio. Fue construida entre 1638 y 1647, probablemente por el arquitecto fray Alonso de San José, con planta rectangular de 17,65 metros de longitud por 7,70 metros de anchura. Está cubierta con una bóveda de cañón, dividida en cinco tramos por arcos fajones.

El conjunto de la sacristía se divide a su vez en tres elementos:

1. El pórtico, de estilo gótico del siglo XV con bóvedas de crucería, donde se ubica una bella fuente de mármol que sirve de aguamanil y suministro de aguas para la basílica;

2. La nave de la sacristía se concibe como una iglesia con bóvedas de cañón y ornamentación pictórica al temple en muros y bóvedas, con la presencia de los ocho afamados lienzos del extremeño Francisco de Zurbarán;

3. Cierra el conjunto la capilla de San Jerónimo que se compone de dos tramos, uno cuadrado con bóveda semiesférica y otro cubierto por una pequeña bóveda de cañón. En ella existe un hermoso retablo en honor al santo que le da nombre, con interesantes pinturas al temple y otros 3 cuadros del pintor de Fuente de Cantos, entre los cuales se encuentra el denominado “La Perla de Zurbarán” que se refiere al lienzo “La Apoteosis de San Jerónimo” que corona el retablo.


Elementos exteriores

Además de las estancias interiores, el Monasterio de Guadalupe cuenta con otros elementos arquitectónicos de gran valor artístico en los que el mudéjar, el gótico, el renacimiento o el barroco conforman formas y elementos característicos propios de este lugar. Destacamos las siguientes:


Fachada principal del Santuario

Se sitúa en la zona sur del monasterio, frente a la principal de la Puebla, la plaza de Santa María de Guadalupe, protegida por un atrio de granito. Se extiende entre el espacio ocupado por las torres de Santa Ana y de la Portería, construcciones góticas del siglo XV.

Detalle Portada del Monasterio de GuadalupeDetalle Portada del Monasterio de Guadalupe


De estilo gótico español, con materiales y elementos mudéjares. Fue construido por el primer prior del monasterio fray Fernando Yáñez de Figueroa, muerto en 1412, aunque sufrió posteriormente muchas incorporaciones poco estéticas, hasta que finalmente, D. Luis Menéndez Pidal, entre 1951 y 1963, le otorgó la grandiosidad, tal y como hoy la contemplamos.

Consta de dos cuerpos: la doble entrada del templo con réplica de las puertas de bronce originales (éstas se encuentran en el Auditorio) que Pablo de Colonia repujase en el siglo XIV sobre las que se elevan dos arcos adornados con elementos góticos.

El segundo cuerpo posee dos grandes ventanales góticos con arcos apuntados y vidrieras sobre un zócalo adornado con arquería que recorre toda la fachada con un friso.

El rosetón gótico-mudéjar enmarcado en un cuadrado con las armas reales de Castilla y de León, está flanqueado por dos pilastras-contrafuertes.

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Detalle Rosetón Gótico-Mudéjar


Torre de Santa Ana

Esta torre presenta en su frente dos vanos con arcos góticos apuntados. Está rematado con una serie de almenas por sus cuatro lados que le imprimen un recio carácter de fortaleza.

Sobre esta torre se encuentra La Campana del rey Don Pedro fabricada hacia 1364 por los maestros broncistas Bernal Pérez y Alfonso Domínguez de Sevilla. También aloja la capilla de Santa Ana y el reloj actual. La torre está coronada por almenas.


Torre de las campanas

Levantada en 1363, consta de cuatro cuerpos de mampostería con sillares en las esquinas. El cuerpo que aloja el campanario tiene tres ventanas con arco apuntado encuadradas en alfiz de ladrillo en cada lado. En el cuerpo superior se aloja el reloj. La rematan unas almenas y una pequeña espadaña. Se ubica en la zona este del monasterio.

Torre de las campanas

Torre de las campanas


Torre de San Gregorio

Cerca de la torre de las campanas con la que se conecta mediante un arco puente. En la primera planta se aloja la capilla de San Gregorio próxima al claustro mudéjar; el segundo cuerpo forma parte del claustro alto.


Otras torres

Construidas en los Siglos XIV-XV son torres que se sitúan en los lados norte y oeste. Una de ellas, llamada del “Chapitel bonito” está en el ángulo noreste del claustro mudéjar; la de “Las Palomas” se sitúa en el ángulo noroeste y hay dos torreones semicirculares, el del Norte y el del Poniente.


BIBLIOGRAFÍA:

M. A. Ladero Quesada, Hacienda real castellana en el siglo XV, La Laguna, Universidad, 1973;

C. Álvarez, El condado de Luna en la Baja Edad Media, León, Universidad, 1982;

C. Olivera Serrano, Las Cortes de Castilla y León y las crisis del Reino, 1445-1474. El Registro de Cortes, Burgos, Instituto de Estudios Castellanos, Cortes de Castilla y León, 1986;

M. D. C. Morales Muñiz, Alfonso de Ávila, rey de Castilla, Ávila, Institución Gran Duque de Alba, 1988;

B. Netanyahu, Los orígenes de la Inquisición, Barcelona, Crítica, 1999; L. Suárez Fernández, Enrique IV, Barcelona, Ariel, 2001.

Real Academia de la Historia

monasterioguadalupe.com

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FERNANDO I. EL DE ANTEQUERA (1379 – 1416)

María Teresa García Pardo

Doctora en Historia del Arte

FERNANDO I. EL DE ANTEQUERA

(1379 – 1416)

FERNANDO I. EL DE ANTEQUERA (1379 - 1416)

FERNANDO I. EL DE ANTEQUERA (1379 – 1416)

Medina del Campo (Valladolid), 1379 – Igualada (Barcelona), 1.IV.1416.

Regente de Castilla y rey de Aragón.

Fue el segundo hijo de Juan I de Castilla y Leonor de Aragón, hija de Pedro IV el Ceremonioso. Se educó en la Corte de su hermano Enrique III y a la muerte de éste, en diciembre de 1406, fue nombrado regente de su sobrino, el príncipe Juan, en unión de la reina viuda Catalina de Lancaster.

Se iniciaba una larga minoría de edad, porque el pequeño príncipe Juan no contaba ni tan siquiera dos años, que estuvo plagada de dificultades superadas gracias a la diplomacia del infante.

En el momento en que don Fernando tomó posesión del cargo de regente, el 15 de enero de 1407, su poder en la Península era indiscutible. Su padre le había nombrado duque de Peñafiel (Valladolid) y conde de Mayorga (Valladolid) en las Cortes de Guadalajara de 1390.

En esas mismas Cortes se concertó su matrimonio, celebrado unos años después, con su tía Leonor de Alburquerque, hija del conde Sancho de Castilla, y heredera de fértiles tierras en La Rioja, Castilla y Extremadura.

Además de duque de Peñafiel, era señor de Lara, separada ésta definitivamente de Vizcaya, y tenía en sus manos algunos de los puntos clave del reino: Medina del Campo (Valladolid), Olmedo (Valladolid), Cuéllar (Segovia), San Esteban de Gormaz (Soria), Villalón (Valladolid), Urueña (Valladolid), etc.

Por su matrimonio con su tía Leonor de Alburquerque, un condado con tres núcleos de tierra en torno a Haro (La Rioja), Ledesma (Salamanca) y Alburquerque (Badajoz).

Medina del Campo, Olmedo, Cuéllar y Villalón constituían los puntos centrales de la vida económica de Castilla: Lana, trigo y cuero. El comercio era la base del crecimiento económico castellano, potenciado por la recuperación demográfica.

Las ferias de Medina del Campo, fundadas y organizadas por don Fernando no fueron ajenas a este proceso. Tampoco Cuéllar con ferias desde 1390, año en que había sido cedida al infante, o Lerma (Burgos), con celebraciones feriales desde 1409.

Don Fernando hizo brillar el espejismo de la guerra musulmana, como respuesta a la derrota en la batalla de Collejeras por los granadinos a las tropas cristianas de Enrique III en 1406. A partir de entonces, y durante toda la regencia, la guerra fue la gran empresa del infante que espera convertirse en defensor de la cristiandad, y obtener ventajas políticas.

Algunas fueron inmediatas. La dirección de las operaciones le proporcionó la administración de una gran cantidad de dinero que las Cortes habían votado, y un reparto en el gobierno del reino con la reina viuda, previsto ya en el testamento de Enrique III.

Al infante D. Fernando le correspondía gobernar la mitad meridional de Castilla, contando desde los puertos de Guadarrama, incluyendo todos lo señoríos que a él como duque de Peñafiel, conde de Alburquerque y señor de Lara correspondían, además de Alba de Tormes (Salamanca) y Ayllón (Segovia). Todos sus señoríos, menos Alburquerque, en Badajoz, estaban enclavados en la mitad norte de la Península.

En su zona de gobierno se hallaban los núcleos principales de las órdenes militares de Alcántara y de Santiago, a cuyos maestrazgos aspiraba en beneficio de sus hijos.

El infante llevó a cabo dos grandes campañas contra los musulmanes. La desarrollada en 1407 y la de 1410, que culminó con la toma de Antequera (Málaga), lugar de gran interés estratégico, y que le granjeó el sobrenombre con que ha pasado a la Historia.

En la primera, tomó Zahara (Cádiz) pero, en contra de su voluntad, tuvo que ordenar la retirada y mostrarse como vencido cuando el 10 de noviembre hacía su entrada en Sevilla. Su posición política se debilitó enormemente.

Sus fracasos en la guerra hicieron que la oposición reiniciara sus ataques, y don Fernando tuvo que enfrentarse a la rebeldía de un importante sector de la nobleza, auspiciado, por la propia reina viuda Catalina de Lancaster.

Fue una etapa muy difícil pero que se cerró con un saldo positivo. Las negociaciones fueron fructíferas y sus mayores adversarios colaboraron desde entonces con el fiel Sancho de Rojas en todas las empresas de D. Fernando.

Paralelamente, diseña un plan para hacerse con el control de los maestrazgos de las órdenes militares que afectaría a la de Alcántara y a la de Santiago, cuyas máximas dignidades quedaron vacantes por fallecimiento de los titulares.

En la de Alcántara, la muerte del maestre Fernando Rodríguez de Villalobos en 1408, daba paso a un enfrentamiento por el poder. D. Fernando presentó la candidatura de su hijo, el infante Sancho, de apenas ocho años de edad. Con esta candidatura se justificó que se ponía fin a la discordia en la Orden y se atendía un sagrado deber cristiano, ya que las rentas del maestrazgo se destinarían, hasta la mayoría de edad de don Sancho, a la guerra contra los infieles.

Los comendadores no presentaron resistencia y, tras la licencia por razón de edad, don Sancho fue elegido maestre en el monasterio de San Pablo de Valladolid, en presencia del rey y de la Corte.

Un año después, en 1409, moría el maestre de la Orden de Santiago. Don Fernando hizo elegir como maestre a otro de sus hijos, Enrique, también menor, pero en este caso tuvo que vencer la resistencia mediante la entrega de 500.000 maravedís.

Todo parecía en orden para reanudar las hostilidades. Y así, se preparó la segunda y decisiva gran campaña protagonizada por don Fernando que culminó con la conquista de Antequera el 16 de septiembre de 1410.

El regente rodeó la victoria de gran solemnidad y quiso hacer presente la tradición reconquistadora castellana ordenando traer de León el histórico pendón de las Navas, custodiado en la colegiata de San Isidoro. La victoria había sido rotunda y su rentabilidad política también.

La victoria de las Navas de Tolosa, que tuvo lugar en Jaén, el 16 de julio de 1212, fue un punto de inflexión en la Reconquista.

La muerte sin sucesión del monarca aragonés Martín el Humano, el 31 de mayo 1410, conocida por el infante cuando sitiaba Antequera, abría la posibilidad de que su familia ostentase la hegemonía en la península.

En calidad de hijo de Juan I de Castilla y Leonor de Aragón y como nieto de Pedro el Ceremonioso, don Fernando se dispuso a hacer valer sus derechos al Trono. Castilla, en las Cortes de Valladolid, apoyó su candidatura al Trono aragonés y se aceptó, tras mediación expresa de la reina viuda Catalina que se planteaba la posibilidad de una regencia única. Los 45.000.000 de maravedís, votados para la guerra de Granada, se destinaron a los gastos de su elección, considerada muy conveniente.

Las tres líneas de acción esbozadas por el infante D. Fernando cuando asumió la regencia:

· reconciliación con el papa de Avignon, Benedicto XIII;

· desarme de la oligarquía nobiliaria en cuyo poder se hallaba de hecho el rey niño y

· la reanudación de la guerra contra el infiel y

· exaltar su prestigio personal daban sus frutos.

Castilla había entrado en el siglo XV apoyada en los siguientes pilares:

· el ascenso de la nobleza colaboradora del rey,

· una gran importancia de las Cortes.

· el crecimiento económico debido a la expansión del comercio,

· el incremento de la producción textil y naval.

Castilla valoró conseguir la corona aragonesa, al tratar de cumplir la última voluntad del rey Martín, muerto sin sucesión: “determinar en justicia al sucesor”.

En un primer momento fueron cinco los candidatos: Jaime, conde de Urgell, bisnieto de Alfonso IV; Luis de Anjou, duque de Calabria, nieto de Violante de Bar, viuda de Juan I; Alfonso, duque de Gandía, bisnieto de Jaime II; Fernando de Castilla, nieto de Pedro IV y sobrino del rey Martín por vía femenina; y Fadrique, nieto directo del rey Martín, pero pronto descartado por la ilegitimidad de su nacimiento, ya que era hijo de Martín I, el Joven, y una siciliana.

Fernando de Castilla fue el candidato más apoyado porque supo conjugar los intereses de algunos protagonistas a título particular.

Benedicto XIII, el papa Luna, veía en Fernando un firme apoyo en la cuestión del cisma al asegurar la mayoría peninsular hacia su causa; o el futuro san Vicente Ferrer, quien encontró en él, como regente castellano y después como monarca aragonés a un colaborador en sus planteamientos antisemitas.

La decisión fue bien recibida en Aragón, no tanto en Valencia y mucho menos en Cataluña. Pero satisfacía, a la mayoría y evitaba el enfrentamiento, a excepción del candidato desestimado Jaime de Urgell, que obligó al nuevo rey Fernando I (1412-1416) a combatirle hasta sitiarlo a lo largo de 1413 y desterrarlo, con el consentimiento casi generalizado de las fuerzas sociales y políticas de la Corona.

El Compromiso de Caspe fue una decisión equilibrada, que supo conjugar los intereses aragoneses, valencianos y una parte de los catalanes. Los aragoneses aspiraban a un protagonismo mayor, perdido con los últimos monarcas de la Casa de Barcelona. Los valencianos deseaban escalar una posición equiparable a la de los otros reinos en el conjunto de la Corona; y los intereses catalanes con una nobleza más dinámica y una burguesía barcelonesa que controlase las finanzas.

Pero D. Fernando era un Trastámara castellano y Castilla superaba en territorio y población a la Corona de Aragón (4.000.000 de hombres frente a 800.000 y esto causaba un gran recelo.

Cuando en 1412 llegó al Trono de Aragón la nueva dinastía Trastámara castellana, el monarca se vio obligado, en primer lugar, a jurar los Fueros, Usos, Costumbres y Libertades del país, que sus súbditos guardaban celosamente.

Fernando I los juró con gran solemnidad en la Seo de Zaragoza el 3 de septiembre de 1412, sobre la Cruz y los Evangelios sostenidos por el prelado de mayor dignidad del reino, el obispo de Huesca al estar vacante Zaragoza, y ante la mirada del justicia de Aragón, la más alta magistratura del Reino.

A continuación, los procuradores o representantes de los cuatro estamentos parlamentarios, prestaron juramento al rey según el formulario habitual. Cuatro días más tarde, el primogénito don Alfonso, futuro Alfonso V, fue jurado como heredero legítimo, después de que él mismo jurase los fueros igual que su padre.

Tras estas ceremonias, las primeras Cortes se celebraron en Zaragoza en el breve plazo de los cuatro años de reinado. Su finalidad primordial era:

· fijar la política de orden interno y el continuismo por parte de gobernantes y gobernados,

· la extinción de las revueltas, desórdenes y alteraciones

· la superación de la crisis económica que se venía arrastrando desde tiempo atrás.

· Estos objetivos se pueden hacer extensivos también a las segundas Cortes zaragozanas de 1414, que coincidirían con la solemne coronación.

Para la coronación se recuperó el rito tradicional de la Corte aragonesa. Fiestas, torneos, representaciones teatrales y una rememoración alegórica del sitio del castillo de Balaguer, último bastión del conde de Urgell. La ocasión era la más propicia para el acercamiento popular y la contemplación personal del séquito real.

Antes de estas ceremonias, Fernando I pasó una larga estancia en Barcelona, reuniendo Cortes, en las que demostró, una vez más, su voluntad negociadora. Los nobles aparecieron ante él como representación auténtica de Cataluña y con ellos pactó una política que anunciaba la que más adelante fue preconizada por la Biga. Las concesiones indicaban un retroceso hacia posiciones conservadoras:

· se prohibieron todas las asociaciones que se oponían al monopolio de los privilegiados;

· se suprimió el privilegio que permitía a los caballeros constituirse en brazo real de las Cortes;

· la justicia en Cataluña se encomendó a un regente que nombraría el rey a propuesta del Canciller y el vicecanciller;

· todos los privilegios que aseguraban el funcionamiento de la Diputación General, que era la comisión permanente de las Cortes entre dos reuniones, fueron confirmados.

La tónica general del reinado fue de apuros financieros. De estas penurias hablan todas las Cortes convocadas por Fernando I y las medidas tomadas por la Administración.

La crisis se debía más a la anormalidad imperante en el control de los recursos del país, a la no administración del patrimonio regio y a la ilimitación del gasto público, desorden que intentó corregir el Monarca desde su acceso al Trono.

Quiso conocer desde el primer momento las rentas que le pertenecían y expresó su deseo de anular aquellas que habían provocado una disminución en los recursos. Sanear la Hacienda y la política fiscal, constituyó la gran preocupación del primer Trastámara aragonés, que en cuatro años obtuvo más logros que los monarcas precedentes y los que le siguieron en el Trono.

En política exterior, Fernando I intentó acceder a los deseos de los súbditos que confiaban en que el restablecimiento de la hegemonía mediterránea produjera un alivio en las dificultades económicas.

Realizó una activa política en ese mar. Mantuvo la isla de Sicilia que se hallaba en guerra civil permanente desde la muerte de Martín el Joven.

En Cerdeña, isla siempre rebelde a la soberanía aragonesa de acuerdo con Génova, compró al vizconde de Narbona, que había sido proclamado monarca y envió a la isla una expedición para que volviese a su obediencia. A la vez, había firmado una tregua con Génova por cinco años. Todo ello más los tratados con Egipto y Fez, permitieron un cierto respiro al comercio catalán por la ruta de las islas hasta Alejandría, cuyo consulado se restableció.

Se consiguió una cierta estabilidad mediterránea. También se mantuvieron buenas relaciones con Francia e Inglaterra, y en general, con todas las potencias occidentales, incluido el Imperio alemán, con el que Fernando I tuvo que relacionarse por la cuestión del cisma de Occidente.

La solución de este conflicto le llevó a una ruptura con Benedicto XIII, al que tanto debía. Siguiendo los acuerdos del concilio de Constanza, intentó, en vano, convencer al Pontífice para que renunciase a la tiara. Como éste no aceptó, tras el último intento de Perpiñán, Fernando I se apartó de su obediencia, el 6 de enero de 1416, poco antes de su muerte.

La prematura muerte de Fernando I, tan sólo cuatro años de reinado, hace que se considere éste como un paso más en el largo período de transformaciones profundas que arranca en los años precedentes y culmina en el reinado de Fernando el Católico.

Los importantes intereses en Castilla de la dinastía Trastámara hizo que en Aragón repercutieran en la trayectoria política de los dos primeros Trastámara aragoneses: Fernando I y su hijo Alfonso V el Magnánimo (1396-1458).

De su matrimonio con su tía Leonor de Alburquerque (Badajoz) tuvo los varios hijos:

1. Su primogénito, Alfonso, futuro Alfonso V de Aragón, contrajo matrimonio con María, hermana de Juan II de Castilla.

2. El segundo, Juan, fue rey de Navarra por su matrimonio con Blanca, hija de Carlos III el Noble, y posteriormente, rey de Aragón, al suceder a su hermano mayor.

3. Enrique, el tercer hijo, fue desde muy joven maestre de Santiago y obtuvo el ducado de Villena, al casarse con su prima Catalina, hermana de Juan II de Castilla.

4. El siguiente, Don Sancho, murió a los diecisiete años, tras haber sido desde los ocho años maestre de Alcántara.

5. Don Pedro, el último varón, murió en el sitio de Nápoles combatiendo por Alfonso V.

6. María fue mujer del rey castellano Juan II,

7. Leonor, esposa de don Duarte de Portugal y madre de Alfonso V el Africano.

8. Su nieta, la hija de Juan y Blanca de Navarra, llamada también Blanca, contrajo matrimonio con Enrique IV de Castilla,

9. El hijo de Juan, Fernando II, contrajo matrimonio con Isabel I de Castilla, hermana de Enrique IV.

10. El control que obtuvo de las órdenes militares de Alcántara y Santiago cuando consiguió los maestrazgos para sus hijos Sancho y Enrique, respectivamente.

Tanto la Crónica de Juan II, de Alvar García de Santa María, como la de Lorenzo Valla, Historia de Fernando de Aragón, inspirada en gran parte en la primera, exaltan la gloriosa fidelidad del regente.

Alvar García de Santa María recoge con admiración la escena en que algunos nobles aconsejan a Fernando, muerto Enrique III, que tome la Corona. Él rechaza la idea y es el primero en jurar al pequeño rey, futuro Juan II de Castilla.

La escena la repite el cronista italiano en la obra que sobre su padre le encomendó Alfonso V de Aragón. Valla justifica el proceder de Fernando I como ejemplo de virtud.

También El Romancero, en su serie de romances sobre la toma de Antequera, contribuye a forjar el mito de Antequera y a idealizar la mentalidad caballeresca de su héroe: Fernando el de Antequera.

BIBLIOGRAFÍA:

F. López Estrada, “La conquista de Antequera en el Romancero y en la épica de los siglos de oro”, en Anales de la Universidad Hispalense (Sevilla), vol. XVI (1955), págs. 133- 192;

J. Vicens Vives, “Evolución de la economía catalana durante la primera mitad del siglo XV”, en IV Congreso de Historia de la Corona de Aragón, Mallorca, 1955, folleto de 27 págs., ponencia 3;

L. Suárez Fernández, Á. Canellas López y J. Vicens Vives, Los Trastámara de Castilla y Aragón en el siglo XV, intr. de R. Menéndez Pidal, en J. M.ª Jover (dir.), Historia de España de Menéndez Pidal, t. XV, Madrid, Espasa Calpe, 1964, págs. 3-318;

F. López Estrada, La toma de Antequera, Antequera-Sevilla, F. Vives, 1964;

E. Sarasa Sánchez, “Fernando I y Zaragoza. La Coronación de 1414”, en Cuadernos de Zaragoza, 10 (1977);

E. Sarasa Sánchez, Aragón en el reinado de Fernando I (1412-1416). Gobierno y Administración. Constitución política. Hacienda Real, Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 1986;

REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA

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Martín I El Humano

María Teresa García Pardo

Doctora en Historia del Arte

MARTÍN I EL HUMANO (1356 – 1410)

Martín I el Humano, rey de Aragón

MARTÍN I EL HUMANO(1356 – 1410)

Perpiñán (Francia), 1356 – Barcelona, 31.V.1410.

Rey de Aragón, Valencia, Mallorca, Cerdeña, conde de Barcelona (1396-1410) y Rey de Sicilia (1409-1410).

Martín I El Humano fue el segundo hijo de Pedro IV el Ceremonioso y Leonor de Sicilia. Recibió de su padre los títulos de conde de Besalú y senescal de Cataluña (Mayordomo mayor de la casa real). Desde 1378 fue lugarteniente de su padre en el reino de Valencia. En 1387, su hermano, el rey Juan I, nada más comenzar su reinado, le otorgó el título de duque de Montblanc.

Desde niño, su padre concertó su matrimonio con María de Luna, hija primogénita de su fiel servidor Lope de Luna. Muerto Lope de Luna, fue la madre de María de Luna, Brianda d’Agout, la que aparece concertando el acuerdo matrimonial con el rey y la reina. Tanto interesaba al rey esta unión familiar que se estipuló que, si María moría, el infante se casaría con la hermana menor, Brianda.

Se acordó que cuando la condesa María cumpliese los ocho años de edad, sería entregada a la reina Leonor de Sicilia, para que fuese educada en la Corte. El 13 de junio de 1372, cuando Martín contaba 16 años, se efectuó la boda en la catedral de Barcelona.

Veinticuatro años separan la celebración del matrimonio de María y Martín con su subida al trono de la Corona de Aragón en 1396.

Durante los primeros años de matrimonio tuvieron cuatro hijos: Martín, Jaime, Juan y Margarita. Salvo el primogénito, los otros murieron prematuramente. Las relaciones entre los dos esposos fueron cordiales y respetuosas. Ambos fueron muy piadosos.

En 1375, murió la reina Leonor de Sicilia, tercera esposa de Pedro el Ceremonioso. En su testamento muestra el profundo afecto que sentía por su hijo Martín, del que fue tutora desde que él cumplió dos años de edad, nombrándole heredero universal de sus derechos y propiedades en la Corona de Aragón y en Sicilia. Esta herencia materna condicionó su acción política como rey.

El rey Federico III de Sicilia, de su matrimonio con la infanta Constanza, hija de Pedro el Ceremonioso, sólo tuvo una hija legítima, María, nieta del rey Pedro de Aragón.

En su testamento nombró a su hija María heredera del reino de Sicilia y de los ducados de Atenas y Neopatria, mientras que a su hijo natural, Guillermo, le dejó las islas de Malta y el derecho a sucederle en el trono en el caso de que la heredera legítima muriese sin descendencia. En última instancia, el Trono siciliano correspondería a los hijos de su hermana Leonor de Sicilia, Juan y Martín.

Esta herencia siciliana influyó mucho en las decisiones políticas de los últimos años de Pedro el Ceremonioso y marcó la de los reinados de Juan I y de Martín I el Humano.

Martín, como heredero de los derechos de su madre, dirigió las expediciones militares que entre 1378 y 1384 estuvieron destinadas a garantizar que María, fuera la sucesora en el trono siciliano.

Pedro el Ceremonioso intentó incorporar Sicilia a la Corona de Aragón y por ello pretendió casar a su primogénito Juan, viudo de Matha de Armañac, con su nieta María de Sicilia.

Fracasado este intento por la negativa del duque de Gerona, Pedro el Ceremonioso depositó todas sus esperanzas en el infante Martín, al cual cedió todos sus derechos sobre la isla en 1380.

Finalmente, se acordó que sería Martín el Joven, el primogénito del infante Martín y María de Luna, el que contraería matrimonio con su prima María de Sicilia. Tras largas negociaciones, la boda se celebró el 29 de noviembre de 1391.

En febrero de 1392, el infante Martín el Humano fue a Sicilia acompañando a su hijo Martín el Joven, que tenía dieciséis años, y a su esposa María de Sicilia, al frente de una escuadra con el único objetivo de reinstaurar en aquel trono a su nuera y a su hijo.

La reina María de Luna se quedó en la Península velando por el importantísimo patrimonio familiar y no volvió a ver a su marido hasta 1397, cuando regresó ya como rey, a la muerte de su hermano Juan I.

Martín el Humano se apoderó rápidamente de la isla, aunque la toma de Palermo y la ejecución de un magnate siciliano fue el comienzo de una rebelión nobiliaria, que puso en peligro la vida de los reyes de Sicilia y del infante Martín asediados en Catania.

En 1393, una escuadra enviada por Juan I, así como los refuerzos reunidos por María de Luna mejoró la situación de Martín el Humano y de sus hijos, aunque el estallido de una nueva rebelión hizo que la isla no estuviese pacificada del todo hasta 1398.

Tras la muerte de Juan I en mayo de 1396, Martín I se convirtió en el nuevo rey de Aragón. Hasta que no regresó a la Península, María de Luna actuó de regente y afrontó con éxito los hechos que ponían en peligro el trono, como las maniobras de la reina viuda, Violante de Bar, que alegaba estar embarazada.

Por otro lado, estaban las pretensiones del conde Mateo de Foix casado con Juana, hija de Juan I, que aspiraba al trono de Aragón, desembocaron en una invasión de tierras catalanas en 1396.

En 1401, murió María de Sicilia, y su hijo Martín el Joven se convirtió en heredero universal de su esposa. La gran preocupación de Martín I el Humano y María de Luna fue casar lo mejor posible a su único hijo Martín.

En 1401, Martín el Humano viajó a Navarra para entrevistarse con Carlos III de Navarra y concertar el matrimonio entre sus respectivos hijos, el rey Martín de Sicilia y la infanta Blanca de Navarra. Dicho enlace se efectuó en 1402.

El 29 de diciembre de 1406 María de Luna murió y Martín I el Humano perdió una esposa, una consejera fiel y una hábil estratega. Martín el Humano expresó su tristeza en una serie de cartas que escribió al maestre de la Orden de Montesa, a su tía la reina Leonor de Chipre y a su cuñada Violante de Bar.

La vida familiar del Rey se complicó al máximo cuando en 1409 murió inesperadamente su hijo Martín el Joven, rey de Sicilia, en Cagliari, sin herederos legítimos.

Este acontecimiento causó a Martín el Humano una terrible angustia, ya que le convertía en rey de Sicilia, aunque Blanca de Navarra permaneció como Reina nominal hasta 1410.

El problema planteaba la necesidad de intentar tener un nuevo heredero al trono lo más rápidamente posible. La presión decidió al rey a contraer nuevas nupcias. La elegida fue Margarita de Prades, joven y noble dama descendiente de Jaime II y Blanca de Anjou.

A tres meses de la muerte de Martín el Joven, a las afueras de Barcelona, Martín el Humano contrajo nuevo matrimonio, el 17 de septiembre de 1409. Pero el rey Martín estaba enfermo y tenía 53 años. Murió el 31 de mayo de 1410, ocho meses y medio después de haberse casado por segunda vez, sin descendientes y sin haber designado sucesor, aunque había nombrado lugarteniente y gobernador general de los reinos al conde de Urgell, cargo que ostentaban los herederos de la Corona.

Por otra parte, legitimó a su nieto Federico, hijo natural de Martín el Joven, con la finalidad de que sucediera a su padre en el condado de Luna, si bien no tuvo tiempo de hacerlo legitimar por el papa aviñonés Benedicto XIII, el papa Luna, lo que le hubiese convertido en el heredero de la Corona.

Su muerte abrió un conflicto de dos años, que finalizó en 1412 con el llamado Compromiso de Caspe, que proclamó rey a su sobrino Fernando de Antequera.

Martín I el Humano fue el último soberano en línea directa de la casa de Barcelona, dinastía que se había iniciado con el conde Wifredo a finales del siglo IX.

Martín el Humano fue un hombre tranquilo y negociador. Al comienzo de su reinado se encontró con la Hacienda arruinada. Tuvo que gobernar siempre de acuerdo con las Cortes y con las grandes ciudades, especialmente las tres grandes ciudades marítimas: Barcelona, Valencia y Mallorca.

En 1400, Martín el Humano convocó en Tortosa un Parlamento de ciudades marítimas a las que solicitó un donativo, para defender las posiciones catalanas en Cerdeña y, a la vez, acabar con los corsarios que atacaban desde dicha isla las naves de la Corona de Aragón perjudicando el comercio.

En contrapartida por la ayuda solicitada, las ciudades impusieron al rey la expulsión de los mercaderes italianos, pero esta medida sólo estuvo en vigor un año, debido a la bajada en los ingresos fiscales y a los intereses de los productores de materias primas, como lana, trigo, azafrán, y otras, muy perjudicados por la citada expulsión.

Ante tales hechos, en 1402, el rey decretó la libertad de comercio, con ciertas condiciones, para los mercaderes italianos, a la vez que negociaba un nuevo tratado de paz con Génova para acabar con la guerra entre la Corona de Aragón y la República de Génova.

El rey Martín obtuvo ayuda económica de las Cortes catalanas en 1406, encomendándose a Martín el Joven la campaña para socorrer las posiciones de la Corona en Cerdeña, lo que en 1408-1409 provocó la guerra con Génova. Poco después de la victoria, Martín el Joven murió en Cagliari, dejando a su padre el reino de Sicilia.

Martín el Humano heredó de su hermano, Juan I, un clima bélico con Granada, entre 1396 y 1400. En 1404, se iniciaron unas negociaciones para firmar un tratado de paz que solucionase la inseguridad existente.

A finales de 1405, el tratado estaba firmado, pero la guerra que estalló entre Castilla y Granada hizo que, aunque Martín el Humano se mantuvo neutral, procurara facilitar aprovisionamiento al Ejército castellano. A pesar de todo, las relaciones entre el monarca aragonés y el sultán nazarí continuaron siendo cordiales.

Martín el Humano fue uno gran defensor del papado de Aviñón, y especialmente de Benedicto XIII, el Papa Luna, pariente de su esposa, al que visitó en su palacio de Aviñón en 1397, en su viaje de regreso a la Península ya como rey. Siempre que pudo, le proporcionó ayuda diplomática y militar, y en 1408 le acogió en sus reinos, instalándose finalmente en Peñíscola.

La gran preocupación de Martín I el Humano fue sanear la economía y recuperar el patrimonio real cargado de deudas. En 1399 amplió la pragmática que obligaba a los monarcas a mantener la unidad de los reinos y condados que formaban la Corona de Aragón. El condado de Ampurias, que tantos problemas había ocasionado a su padre y a su hermano, quedó definitivamente incorporado a la Corona. Concedió a su esposa, María de Luna, el título de condesa de Ampurias.

Martín I el Humano fue un humanista. Su estancia en Sicilia le proporcionó un sentido del clasicismo, muy alejado de las cacerías y de las frivolidades cortesanas de su hermano Juan I. Los recuerdos de sus lecturas clásicas y las citas de Julio César aparecen constantemente en sus palabras.

Fue un gran lector de libros de historia y de escritores cristianos, se interesó mucho por los temas religiosos, por lo que también llegó a ser conocido como el Eclesiástico. También se pronunció a favor de quien que creyó como legítimo Papa, el familiar de su esposa María de Luna.

Su discurso de inauguración de las Cortes reunidas en el palacio de los reyes de Mallorca en Perpiñán, el 26 de enero de 1406, es una de las piezas de oratoria más famosas de la historia medieval, donde repasó todos los hechos más importantes de la historia de la Corona de Aragón desde el siglo XIII, e hizo una gran alabanza de los catalanes.

A principios de 1398 se inició la labor que el rey realizó a favor de la enseñanza superior en Barcelona y que se concretó en la fundación del Estudio General de Medicina y Artes. La fundación oficial del Estudio General de Medicina de Barcelona se hizo por voluntad regia, tal como consta en el privilegio del 10 de enero de 1401. En las cartas que dirigió a las autoridades barcelonesas, el rey declaró que realizó dicha fundación tanto para preservar su delicada salud, como la de los habitantes de la ciudad.

Martín I fue un esposo fiel, a quien no se le conocieron hijos bastardos. Su carácter fue bondadoso y familiar y tuvo en su esposa, María de Luna, de carácter fuerte, un complemento perfecto.

Los últimos años de su vida estuvieron marcados por la soledad y tristeza, especialmente después de la muerte de su mujer, en 1406, y de su hijo Martín el Joven un año antes de su propio fallecimiento, en 1410.

Algunos historiadores han valorado muy negativamente sus decisiones finales y le han hecho responsable de la entronización de la dinastía de los Trastámara en la Corona de Aragón.

Sus restos descansan en el monasterio de Santa María de Poblet, mientras que los de su hijo, Martín el Joven, en la catedral de Cagliari, en un magnífico panteón mandado construir por Felipe V.

BIBLIOGRAFÍA:

M.ª D. López Pérez, La Corona de Aragón y el Magreb en el siglo XIV (1331-1410), Barcelona, CSIC, 1995;

S. Claramunt y R. Conde, Privilegi de creació de l’Estudi General de Medicina de Barcelona. 1401, Barcelona, Universidad, 2001;

S. Claramunt, “La política matrimonial de la Casa condal de Barcelona y real de Aragón desde 1213 hasta Fernando el Católico”, en Acta Historica et Archaeologica Mediaevalia, 23-24 (2003), págs. 196-235.

REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA

Imagen:

Martín I el Humano, rey de Aragón

COPIA ARIOSTO, FELIPE

1634. Óleo sobre lienzo, 244 x 127 cm

Museo del Prado

Depósito en otra institución

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Juan I de Aragón (1350 – 1396)

María Teresa García Pardo

Doctora en Historia del Arte

JUAN I DE ARAGÓN

(1350 – 1396)

 

JUAN I DE ARAGÓN

Duque de Gerona, conde de Cervera.

El Cazador, el Músico, y el Amador de la gentileza.

Perpiñán (Francia), 1350 – Foixá (Gerona), 1396.

Rey de Aragón, Valencia, Mallorca, Cerdeña y conde de Barcelona

Juan I de Aragón

Hijo de Pedro IV el Ceremonioso y Leonor de Sicilia, desde 1351 ostentó el título de duque de Gerona, especialmente creado para él, al que también se añadió el de conde de Cervera.

A los dos años, en 1352, fue jurado como primogénito de la Corona, y desde 1363 ejerció como lugarteniente general de los reinos.

En 1370, fue prometido a Juana de Valois, hija de Felipe IV de Francia y tía del entonces monarca reinante en el país vecino, Carlos V el Sabio. Los acuerdos matrimoniales estuvieron a punto de romperse por la acción diplomática de Navarra y Castilla, que no veían bien este posible matrimonio.

A pesar de todos los obstáculos, la boda estuvo a punto de celebrarse en Perpiñán en 1371, pero la princesa Juana de Valois enfermó gravemente y murió el 16 de septiembre. Esta muerte le afectó mucho, por lo que vistió de riguroso luto los tres meses que pasó después en Perpiñán.

A principios de 1373, unos nuevos pactos matrimoniales estaban concluidos: la elegida era Matha, hija del conde de Armañac.

La boda se celebró en la catedral de Barcelona el 28 de abril de 1373, en medio de tres terremotos que afectaron a Barcelona el 2 de marzo y el 3 y 23 de mayo.

Matha de Armañac fue una mujer sumisa a su marido y a sus suegros, y tuvo mala suerte con su descendencia. Los tres hijos varones que tuvo, Jaime, Juan y Alfonso, murieron antes de cumplir un mes. De sus dos hijas, Juana y Leonor, la primera nació en 1375 y fue la única que sobrevivió a sus padres, casándose con Mateo, conde de Foix, la segunda vivió únicamente unas horas.

Pedro el Ceremonioso, viudo desde 1375 de Leonor de Sicilia, comunicó a los duques de Gerona en 1377 su deseo de contraer nuevo matrimonio con su amante Sibila de Fortiá, con la que había tenido una hija.

Juan no osó enfrentarse con su madrastra y su pacífica esposa Matha, murió en el palacio de la Aljafería de Zaragoza en 1378, como consecuencia del parto prematuro de su hija Leonor.

Juan se instaló en Barcelona y, una vez pasado el tiempo de luto, pudo comprobar cómo cada día era mayor la influencia de Sibila de Fortiá, que había dado un hijo al rey, llamado Pedro.

Todo ello le decidió a contraer nuevas nupcias a los veintiocho años. Su nuevo matrimonio se convirtió en una verdadera cuestión de estado y motivo de graves enfrentamientos entre el rey Pedro y el duque de Gerona.

Pedro el Ceremonioso ya había destinado como nueva esposa de su heredero a la reina María de Sicilia, su nieta, a la que había que proteger contra las ambiciones de los barones sicilianos, al tiempo que este proyectado enlace suponía el inicio de un plan para incorporar directamente el reino de Sicilia a la rama madre familiar de la casa real de Aragón.

En este empeño seguramente coincidieron el rey y los familiares de Sibila de Fortiá, que querían alejar de la Corte al incómodo heredero de la Corona. Pero junto a la propuesta del rey, estaba el ofrecimiento del monarca francés, al que interesaba tener como aliado al futuro soberano de la Corona de Aragón.

La propuesta de la Corte francesa era la sobrina del rey francés, Violante de Bar, hija de Roberto, duque de Bar, y de María, hermana del rey de Francia, Carlos V el Sabio.

Esta oferta matrimonial suponía que Juan se casaría con una nieta del hermano de Juana de Valois, la primera prometida del duque de Gerona, cuya boda no pudo celebrarse.

También llegaron otras propuestas matrimoniales como la que hizo el propio pontífice aviñonés Clemente VII, para casarlo con una sobrina suya, hija del conde de Ginebra.

Las inclinaciones francófilas de Juan determinaron la elección de su segunda esposa, en contra de la voluntad paterna que hubiese preferido a María de Sicilia.

El 30 de abril de 1379, Juan de Aragón se casó con Violante de Bar, en la catedral de Perpiñán, no asistiendo los reyes, siendo los personajes de más alto rango que presenciaron la ceremonia el infante Martín y el conde de Ampurias, cuñado del novio.

La nueva duquesa de Gerona, de quince años de edad, era de un carácter muy diferente al de su predecesora Matha de Armañac. El papel que desempeñó en la política de la Corona de Aragón fue muy importante, tanto en vida de su marido, como a la muerte de éste. Ejerció siempre una notable influencia sobre su esposo.

Violante de Bar era joven, guapa, alegre y estaba acostumbrada a una vida de lujo y refinamientos, en un ambiente festivo y desenfadado, que introdujo en la Corte. Preocupada por las joyas, los perfumes y los vestidos, fue el complemento ideal para su esposo, amante de la caza y de la poesía, siendo denominado “amador de la gentileza”.

Pero no fue ajena a las divergencias que se produjeron entre su marido y su padre, el rey Pedro el Ceremonioso, que llegaron a culminar con el enfrentamiento directo con la nueva soberana, la joven ampurdanesa Sibila de Fortiá, que fue coronada reina en 1381 en Zaragoza, acto simbólico que no recibieron las tres primeras esposas del monarca, sin la presencia de los hijos del rey, los infantes Juan y Martín.

Esta tensa situación familiar se agravó más al estallar la rebelión del conde de Ampurias (1384-1388), yerno y primo del rey y cuñado del duque de Gerona, que pasó de ser una simple protesta en defensa de sus derechos señoriales a una verdadera guerra civil.

El primogénito no quiso enfrentarse por las armas con su cuñado, hecho que permitió al rey dar el mando de las tropas a Bernardo de Fortiá, hermano de la nueva reina, y así postergar a su hijo.

Pero al agravarse la situación, el infante don Juan acudió con tropas a la frontera y ahuyentó a los invasores en 1385. Éste es el único hecho de armas en que se sabe que participó.

A pesar de esto, la ruptura definitiva con su padre llegó por conflictos con su madrastra Sibila de Fortiá. Pedro el Ceremonioso le llegó a destituir como lugarteniente general. Esta destitución fue declarada ilegal por la Justicia de Aragón.

Las fiestas que se celebraron en Barcelona en 1386 para conmemorar el medio siglo de reinado de Pedro el Ceremonioso, no contaron con la presencia del primogénito Juan y del infante Martín.

Poco tiempo después, el rey enfermó y cuando estaba agonizando, la reina Sibila de Fortiá abandonó la Corte y se refugió en el castillo de San Martín de Sarroca junto con algunos de sus fieles, en donde el infante Martín los hizo prisioneros.

Por orden del nuevo rey, Juan I, dos de los fieles de Sibila de Fortiá, Berenguer de Abella y Bartolomé Llunes fueron ejecutados, mientras que la reina viuda, no fue condenada gracias a la intervención pontificia, teniendo que renunciar a sus bienes a cambio de una asignación anual.

Uno de los primeros actos de Juan I fue preocuparse por la política internacional muy influenciado por su esposa.

Después de escuchar a una serie de juristas y teólogos reunidos en Barcelona en 1387, puso a sus reinos bajo la obediencia del papa aviñonés Clemente VII, poniendo fin, así, con la indiferencia demostrada por su padre respecto al Papa de Roma o de Aviñón. El mismo año pactó una alianza con Francia, que terminó con la política anglófila llevada a cabo por Pedro el Ceremonioso.

Esta nueva orientación supuso, gracias a la intervención de la Corte pontifica de Aviñón, la reconciliación con los Anjou, condes de Provenza y reyes de Nápoles, que se ratificó en 1392 con el compromiso matrimonial de su hija Violante con Luis II de Nápoles.

También firmó un tratado de paz con Génova en 1390, para asegurar su no intervención en los asuntos de Cerdeña, que se había vuelto a rebelar, y también para facilitar la expedición de su hermano, el infante Martín, a Sicilia, de la que sería rey entre 1402 y 1409. A pesar de los pactos con Génova en 1393, hubo una gran tensión con dicha república.

Desde el primer año de su reinado, se preocupó también de las relaciones con los restantes reinos peninsulares. Estableció una alianza con Juan I de Castilla, cuya época dorada finalizó en 1390 a la muerte del monarca castellano, a causa de los problemas que surgieron durante la minoridad de Enrique III, por el temor de Castilla a una intervención aragonesa.

En 1388 firmó un tratado con Navarra con la finalidad de delimitar pacíficamente las fronteras entre ambos reinos.

Las relaciones con el reino de Granada fueron bastante tensas. A finales de 1392, mientras una embajada de Juan I procuraba la devolución de los cautivos catalanes y aragoneses, pendiente todavía desde la paz de 1382, se produjo un ataque de los granadinos contra Lorca, tras el que se rompieron todas las negociaciones, poniéndose la Corona de Aragón al lado del rey de Castilla.

Juan I no dudó en conceder autorizaciones para hacer incursiones contra las tierras del sultanato de Granada, ni tampoco en otorgar licencias a navegantes para atacar a los granadinos. Mientras que guerrillas musulmanas afectaban a la frontera sur del reino de Valencia, en el área de Orihuela.

En política interior, su primera preocupación fue resolver la rebelión del conde Juan de Ampurias (norte de Gerona), que se arrastraba desde época de su padre.

Dicho condado fue ocupado e incorporado a la Corona en 1386, aunque un año después le fue devuelto al conde a ruegos del Papa de Aviñón. Siendo ya rey Juan I, inició un nuevo proceso contra el conde de Ampurias, pero la sentencia fue favorable a éste.

En 1395, el conde de Ampurias volvió a enemistarse con Juan I, al producirse la invasión del conde Mateo de Foix, siendo encerrado y muriendo en 1396 casi al mismo tiempo que su cuñado el rey.

Juan I convocó Cortes en Monzón (Huesca) en 1388, que ya se habían iniciado por su padre en 1383, en donde exigió la reorganización de la Casa Real y la expulsión de ciertos consejeros.

Las Cortes no pudieron concluirse porque en 1389 el conde de Armañac invadió Cataluña, alegando derechos sobre el reino de Mallorca, cedidos por la infanta Isabel de Mallorca, hija de Jaime III de Mallorca. Las tropas invasoras recorrieron el Ampurdán y llegaron ante Gerona, pero, faltas de aprovisionamiento y cansadas, fueron empujadas hasta la frontera en 1390 por un ejército mandado por el infante Martín y por el propio rey Juan I.

En 1391 se iniciaron en Valencia los disturbios antisemitas que se extendieron por toda la Corona de Aragón. Esta explosión antisemita coincidió con una grave crisis financiera y económica y supuso los momentos más críticos del reinado.

La persecución de los judíos se inició en Sevilla y extendió por toda la Península. Predicadores de Castilla arengaron los ánimos en Valencia, y de aquí los asaltos a las juderías. El 2 de agosto a la ciudad de Palma de Mallorca, el día 5 a Barcelona y después a Gerona, Lérida y, finalmente, el 17 de agosto llegaron a Perpiñán.

El más importante de los asaltos fue el de la judería de Barcelona, que fue completamente destruida. Juan I ordenó la ejecución de una veintena de responsables, pero las juderías de la Corona de Aragón nunca volvieron a recuperarse del todo.

Al mismo tiempo, el dominio sobre la isla de Cerdeña estuvo a punto de perderse. En 1392, el rey decidió organizar una expedición para sofocar la revuelta sarda, para la que contaba con la ayuda de su hermano Martín, que estaba a punto de alcanzar su proyecto siciliano. Pero las dificultades económicas impidieron su realización y finalmente fue abandonado en 1394. Las naves preparadas contra los sardos rebeldes fueron utilizadas para ayudar al infante Martín, que se había logrado apoderar del reino de Sicilia, pero tenía que hacer frente a una importante revuelta, a la vez que también sirvieron para mantener las posiciones catalano-aragonesas en Cerdeña.

Las dificultades financieras de la Corona se agravaron al final del reinado y tanto la gestión económica como la política fueron duramente criticadas especialmente por las dos grandes ciudades: Barcelona y Valencia.

A principios de 1396 una epidemia de peste bubónica se declaró en Gerona, encontrándose el rey y su esposa en el condado de Ampurias. El 19 de mayo el rey salió camino de Gerona, y como era su costumbre, hizo el camino cazando con sus cortesanos más íntimos. Un repentino ataque de corazón le hizo caer del caballo y murió poco tiempo antes de llegar a Gerona.

El historiador padre Mariana dice: “El rey don Juan de Aragón murió de un accidente que le sobrevino de repente. Salió a caza en el monte de Foxá, cerca del castillo de Montgriu y de Orriols en lo postrero de Cataluña. Levantó una loba de grandeza descomunal; quier fuese que se le antojó por tener lesa la imaginación, quier verdadero animal, aquella vista le causó tal espanto, que a deshora desmayó y se le arrancó el alma, que fue a los diez y nueve de mayo día miércoles”. Esta versión es fruto de la dramatización de un hecho que sirvió también de inspiración a los poetas románticos, que presentan al rey como un gran amante de la caza.

El mismo día de su muerte los consejeros de Barcelona proclamaron rey a su hermano Martín, que se encontraba en Sicilia, ya que el difunto rey no tenía hijos varones. Juan I fue enterrado en Barcelona y después en el monasterio de Poblet.

Nada más sepultado Juan I, el 2 de junio de 1396, el rey Martín I el Humano, abrió un proceso contra Barcelona, y los principales consejeros y funcionarios de la Corte de Juan I en el que se vio involucrada la reina Violante.

Todos ellos fueron acusados de haber formado una liga de consejeros para gobernar según sus intereses y de haber aconsejado mal al rey. La mayoría de los acusados fueron absueltos por el rey Martín entre 1397 y 1398. Pero los que habían ejercido de prestamistas de la Corte fueron obligados a rebajar los intereses de sus créditos.

Del matrimonio de Juan I con Violante de Bar nació la infanta Violante, que se casó en 1400 con Luis II de Anjou, y sería reina de Nápoles, duquesa de Anjou y condesa de Provenza, después de renunciar a sus posibles derechos al trono de la Corona de Aragón, aunque a la muerte de Martín el Humano, tales derechos fueron reclamados por su hijo Luis, duque de Calabria.

Juan I fue un rey refinado y sibarita como lo demuestran la gran cantidad de músicos, juglares, poetas y hombres de letras que estaban en su Corte y que se desplazaban con él y la reina en sus viajes y les acompañaban en sus largas estancias en ciudades como Valencia y Barcelona.

El rey mandaba buscar en las principales Cortes y ciudades europeas a los músicos más destacados, al igual que los instrumentos musicales más refinados e innovadores. El mismo monarca componía música para sus cortesanos y familiares.

En 1396, el rey redactó una carta en catalán para que en Barcelona cada año mantuvieran dicho certamen poético a la vez que les intentó convencer para que subvencionasen dicha fiesta.

La poesía se consideraba en la Corte de Juan I como un estímulo de la gallardía y un remedio para no caer en la ociosidad, madre de todos los vicios.

El rey poeta y músico no fue favorable a la obra de Ramón Llull, prohibiendo la enseñanza de sus doctrinas en sus reinos desde 1387, nada más subir al trono, por influencia del inquisidor Nicolás de Eimerich.

A su muerte, en 1396, su reinado terminó en medio de un descontento general por la crisis económica y por la corrupción que benefició especialmente a los hombres que formaban el círculo más íntimo del rey y la reina.

BIBLIOGRAFÍA:

S. Claramunt Rodríguez, “La política matrimonial de la casa condal de Barcelona y real de Aragón desde 1213 hasta Fernando el Católico”, en Acta Historica et Archaeologica Mediaevalia, 23-24 (2003), págs. 195-235.

REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA

IMAGEN:

WIKIPEDIA. Retrato imaginario de Juan I de Aragón, de Manuel Aguirre y Monsalbe. Ca. 1851-1854. (Diputación Provincial de Zaragoza).

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