FERNANDO I. EL DE ANTEQUERA (1379 – 1416)
María Teresa García PardoDoctora en Historia del Arte |
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FERNANDO I. EL DE ANTEQUERA(1379 – 1416) |
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FERNANDO I. EL DE ANTEQUERA (1379 – 1416)Medina del Campo (Valladolid), 1379 – Igualada (Barcelona), 1.IV.1416.Regente de Castilla y rey de Aragón.Fue el segundo hijo de Juan I de Castilla y Leonor de Aragón, hija de Pedro IV el Ceremonioso. Se educó en la Corte de su hermano Enrique III y a la muerte de éste, en diciembre de 1406, fue nombrado regente de su sobrino, el príncipe Juan, en unión de la reina viuda Catalina de Lancaster. Se iniciaba una larga minoría de edad, porque el pequeño príncipe Juan no contaba ni tan siquiera dos años, que estuvo plagada de dificultades superadas gracias a la diplomacia del infante. En el momento en que don Fernando tomó posesión del cargo de regente, el 15 de enero de 1407, su poder en la Península era indiscutible. Su padre le había nombrado duque de Peñafiel (Valladolid) y conde de Mayorga (Valladolid) en las Cortes de Guadalajara de 1390. En esas mismas Cortes se concertó su matrimonio, celebrado unos años después, con su tía Leonor de Alburquerque, hija del conde Sancho de Castilla, y heredera de fértiles tierras en La Rioja, Castilla y Extremadura. Además de duque de Peñafiel, era señor de Lara, separada ésta definitivamente de Vizcaya, y tenía en sus manos algunos de los puntos clave del reino: Medina del Campo (Valladolid), Olmedo (Valladolid), Cuéllar (Segovia), San Esteban de Gormaz (Soria), Villalón (Valladolid), Urueña (Valladolid), etc. Por su matrimonio con su tía Leonor de Alburquerque, un condado con tres núcleos de tierra en torno a Haro (La Rioja), Ledesma (Salamanca) y Alburquerque (Badajoz). Medina del Campo, Olmedo, Cuéllar y Villalón constituían los puntos centrales de la vida económica de Castilla: Lana, trigo y cuero. El comercio era la base del crecimiento económico castellano, potenciado por la recuperación demográfica. Las ferias de Medina del Campo, fundadas y organizadas por don Fernando no fueron ajenas a este proceso. Tampoco Cuéllar con ferias desde 1390, año en que había sido cedida al infante, o Lerma (Burgos), con celebraciones feriales desde 1409. Don Fernando hizo brillar el espejismo de la guerra musulmana, como respuesta a la derrota en la batalla de Collejeras por los granadinos a las tropas cristianas de Enrique III en 1406. A partir de entonces, y durante toda la regencia, la guerra fue la gran empresa del infante que espera convertirse en defensor de la cristiandad, y obtener ventajas políticas. Algunas fueron inmediatas. La dirección de las operaciones le proporcionó la administración de una gran cantidad de dinero que las Cortes habían votado, y un reparto en el gobierno del reino con la reina viuda, previsto ya en el testamento de Enrique III. Al infante D. Fernando le correspondía gobernar la mitad meridional de Castilla, contando desde los puertos de Guadarrama, incluyendo todos lo señoríos que a él como duque de Peñafiel, conde de Alburquerque y señor de Lara correspondían, además de Alba de Tormes (Salamanca) y Ayllón (Segovia). Todos sus señoríos, menos Alburquerque, en Badajoz, estaban enclavados en la mitad norte de la Península. En su zona de gobierno se hallaban los núcleos principales de las órdenes militares de Alcántara y de Santiago, a cuyos maestrazgos aspiraba en beneficio de sus hijos. El infante llevó a cabo dos grandes campañas contra los musulmanes. La desarrollada en 1407 y la de 1410, que culminó con la toma de Antequera (Málaga), lugar de gran interés estratégico, y que le granjeó el sobrenombre con que ha pasado a la Historia. En la primera, tomó Zahara (Cádiz) pero, en contra de su voluntad, tuvo que ordenar la retirada y mostrarse como vencido cuando el 10 de noviembre hacía su entrada en Sevilla. Su posición política se debilitó enormemente. Sus fracasos en la guerra hicieron que la oposición reiniciara sus ataques, y don Fernando tuvo que enfrentarse a la rebeldía de un importante sector de la nobleza, auspiciado, por la propia reina viuda Catalina de Lancaster. Fue una etapa muy difícil pero que se cerró con un saldo positivo. Las negociaciones fueron fructíferas y sus mayores adversarios colaboraron desde entonces con el fiel Sancho de Rojas en todas las empresas de D. Fernando. Paralelamente, diseña un plan para hacerse con el control de los maestrazgos de las órdenes militares que afectaría a la de Alcántara y a la de Santiago, cuyas máximas dignidades quedaron vacantes por fallecimiento de los titulares. En la de Alcántara, la muerte del maestre Fernando Rodríguez de Villalobos en 1408, daba paso a un enfrentamiento por el poder. D. Fernando presentó la candidatura de su hijo, el infante Sancho, de apenas ocho años de edad. Con esta candidatura se justificó que se ponía fin a la discordia en la Orden y se atendía un sagrado deber cristiano, ya que las rentas del maestrazgo se destinarían, hasta la mayoría de edad de don Sancho, a la guerra contra los infieles. Los comendadores no presentaron resistencia y, tras la licencia por razón de edad, don Sancho fue elegido maestre en el monasterio de San Pablo de Valladolid, en presencia del rey y de la Corte. Un año después, en 1409, moría el maestre de la Orden de Santiago. Don Fernando hizo elegir como maestre a otro de sus hijos, Enrique, también menor, pero en este caso tuvo que vencer la resistencia mediante la entrega de 500.000 maravedís. Todo parecía en orden para reanudar las hostilidades. Y así, se preparó la segunda y decisiva gran campaña protagonizada por don Fernando que culminó con la conquista de Antequera el 16 de septiembre de 1410. El regente rodeó la victoria de gran solemnidad y quiso hacer presente la tradición reconquistadora castellana ordenando traer de León el histórico pendón de las Navas, custodiado en la colegiata de San Isidoro. La victoria había sido rotunda y su rentabilidad política también. La victoria de las Navas de Tolosa, que tuvo lugar en Jaén, el 16 de julio de 1212, fue un punto de inflexión en la Reconquista. La muerte sin sucesión del monarca aragonés Martín el Humano, el 31 de mayo 1410, conocida por el infante cuando sitiaba Antequera, abría la posibilidad de que su familia ostentase la hegemonía en la península. En calidad de hijo de Juan I de Castilla y Leonor de Aragón y como nieto de Pedro el Ceremonioso, don Fernando se dispuso a hacer valer sus derechos al Trono. Castilla, en las Cortes de Valladolid, apoyó su candidatura al Trono aragonés y se aceptó, tras mediación expresa de la reina viuda Catalina que se planteaba la posibilidad de una regencia única. Los 45.000.000 de maravedís, votados para la guerra de Granada, se destinaron a los gastos de su elección, considerada muy conveniente. Las tres líneas de acción esbozadas por el infante D. Fernando cuando asumió la regencia:
Castilla había entrado en el siglo XV apoyada en los siguientes pilares:
Castilla valoró conseguir la corona aragonesa, al tratar de cumplir la última voluntad del rey Martín, muerto sin sucesión: “determinar en justicia al sucesor”. En un primer momento fueron cinco los candidatos: Jaime, conde de Urgell, bisnieto de Alfonso IV; Luis de Anjou, duque de Calabria, nieto de Violante de Bar, viuda de Juan I; Alfonso, duque de Gandía, bisnieto de Jaime II; Fernando de Castilla, nieto de Pedro IV y sobrino del rey Martín por vía femenina; y Fadrique, nieto directo del rey Martín, pero pronto descartado por la ilegitimidad de su nacimiento, ya que era hijo de Martín I, el Joven, y una siciliana. Fernando de Castilla fue el candidato más apoyado porque supo conjugar los intereses de algunos protagonistas a título particular. Benedicto XIII, el papa Luna, veía en Fernando un firme apoyo en la cuestión del cisma al asegurar la mayoría peninsular hacia su causa; o el futuro san Vicente Ferrer, quien encontró en él, como regente castellano y después como monarca aragonés a un colaborador en sus planteamientos antisemitas. La decisión fue bien recibida en Aragón, no tanto en Valencia y mucho menos en Cataluña. Pero satisfacía, a la mayoría y evitaba el enfrentamiento, a excepción del candidato desestimado Jaime de Urgell, que obligó al nuevo rey Fernando I (1412-1416) a combatirle hasta sitiarlo a lo largo de 1413 y desterrarlo, con el consentimiento casi generalizado de las fuerzas sociales y políticas de la Corona. El Compromiso de Caspe fue una decisión equilibrada, que supo conjugar los intereses aragoneses, valencianos y una parte de los catalanes. Los aragoneses aspiraban a un protagonismo mayor, perdido con los últimos monarcas de la Casa de Barcelona. Los valencianos deseaban escalar una posición equiparable a la de los otros reinos en el conjunto de la Corona; y los intereses catalanes con una nobleza más dinámica y una burguesía barcelonesa que controlase las finanzas. Pero D. Fernando era un Trastámara castellano y Castilla superaba en territorio y población a la Corona de Aragón (4.000.000 de hombres frente a 800.000 y esto causaba un gran recelo. Cuando en 1412 llegó al Trono de Aragón la nueva dinastía Trastámara castellana, el monarca se vio obligado, en primer lugar, a jurar los Fueros, Usos, Costumbres y Libertades del país, que sus súbditos guardaban celosamente. Fernando I los juró con gran solemnidad en la Seo de Zaragoza el 3 de septiembre de 1412, sobre la Cruz y los Evangelios sostenidos por el prelado de mayor dignidad del reino, el obispo de Huesca al estar vacante Zaragoza, y ante la mirada del justicia de Aragón, la más alta magistratura del Reino. A continuación, los procuradores o representantes de los cuatro estamentos parlamentarios, prestaron juramento al rey según el formulario habitual. Cuatro días más tarde, el primogénito don Alfonso, futuro Alfonso V, fue jurado como heredero legítimo, después de que él mismo jurase los fueros igual que su padre. Tras estas ceremonias, las primeras Cortes se celebraron en Zaragoza en el breve plazo de los cuatro años de reinado. Su finalidad primordial era:
Para la coronación se recuperó el rito tradicional de la Corte aragonesa. Fiestas, torneos, representaciones teatrales y una rememoración alegórica del sitio del castillo de Balaguer, último bastión del conde de Urgell. La ocasión era la más propicia para el acercamiento popular y la contemplación personal del séquito real. Antes de estas ceremonias, Fernando I pasó una larga estancia en Barcelona, reuniendo Cortes, en las que demostró, una vez más, su voluntad negociadora. Los nobles aparecieron ante él como representación auténtica de Cataluña y con ellos pactó una política que anunciaba la que más adelante fue preconizada por la Biga. Las concesiones indicaban un retroceso hacia posiciones conservadoras:
La tónica general del reinado fue de apuros financieros. De estas penurias hablan todas las Cortes convocadas por Fernando I y las medidas tomadas por la Administración. La crisis se debía más a la anormalidad imperante en el control de los recursos del país, a la no administración del patrimonio regio y a la ilimitación del gasto público, desorden que intentó corregir el Monarca desde su acceso al Trono. Quiso conocer desde el primer momento las rentas que le pertenecían y expresó su deseo de anular aquellas que habían provocado una disminución en los recursos. Sanear la Hacienda y la política fiscal, constituyó la gran preocupación del primer Trastámara aragonés, que en cuatro años obtuvo más logros que los monarcas precedentes y los que le siguieron en el Trono. En política exterior, Fernando I intentó acceder a los deseos de los súbditos que confiaban en que el restablecimiento de la hegemonía mediterránea produjera un alivio en las dificultades económicas. Realizó una activa política en ese mar. Mantuvo la isla de Sicilia que se hallaba en guerra civil permanente desde la muerte de Martín el Joven. En Cerdeña, isla siempre rebelde a la soberanía aragonesa de acuerdo con Génova, compró al vizconde de Narbona, que había sido proclamado monarca y envió a la isla una expedición para que volviese a su obediencia. A la vez, había firmado una tregua con Génova por cinco años. Todo ello más los tratados con Egipto y Fez, permitieron un cierto respiro al comercio catalán por la ruta de las islas hasta Alejandría, cuyo consulado se restableció. Se consiguió una cierta estabilidad mediterránea. También se mantuvieron buenas relaciones con Francia e Inglaterra, y en general, con todas las potencias occidentales, incluido el Imperio alemán, con el que Fernando I tuvo que relacionarse por la cuestión del cisma de Occidente. La solución de este conflicto le llevó a una ruptura con Benedicto XIII, al que tanto debía. Siguiendo los acuerdos del concilio de Constanza, intentó, en vano, convencer al Pontífice para que renunciase a la tiara. Como éste no aceptó, tras el último intento de Perpiñán, Fernando I se apartó de su obediencia, el 6 de enero de 1416, poco antes de su muerte. La prematura muerte de Fernando I, tan sólo cuatro años de reinado, hace que se considere éste como un paso más en el largo período de transformaciones profundas que arranca en los años precedentes y culmina en el reinado de Fernando el Católico. Los importantes intereses en Castilla de la dinastía Trastámara hizo que en Aragón repercutieran en la trayectoria política de los dos primeros Trastámara aragoneses: Fernando I y su hijo Alfonso V el Magnánimo (1396-1458). De su matrimonio con su tía Leonor de Alburquerque (Badajoz) tuvo los varios hijos:
Tanto la Crónica de Juan II, de Alvar García de Santa María, como la de Lorenzo Valla, Historia de Fernando de Aragón, inspirada en gran parte en la primera, exaltan la gloriosa fidelidad del regente. Alvar García de Santa María recoge con admiración la escena en que algunos nobles aconsejan a Fernando, muerto Enrique III, que tome la Corona. Él rechaza la idea y es el primero en jurar al pequeño rey, futuro Juan II de Castilla. La escena la repite el cronista italiano en la obra que sobre su padre le encomendó Alfonso V de Aragón. Valla justifica el proceder de Fernando I como ejemplo de virtud. También El Romancero, en su serie de romances sobre la toma de Antequera, contribuye a forjar el mito de Antequera y a idealizar la mentalidad caballeresca de su héroe: Fernando el de Antequera. BIBLIOGRAFÍA:F. López Estrada, “La conquista de Antequera en el Romancero y en la épica de los siglos de oro”, en Anales de la Universidad Hispalense (Sevilla), vol. XVI (1955), págs. 133- 192; J. Vicens Vives, “Evolución de la economía catalana durante la primera mitad del siglo XV”, en IV Congreso de Historia de la Corona de Aragón, Mallorca, 1955, folleto de 27 págs., ponencia 3; L. Suárez Fernández, Á. Canellas López y J. Vicens Vives, Los Trastámara de Castilla y Aragón en el siglo XV, intr. de R. Menéndez Pidal, en J. M.ª Jover (dir.), Historia de España de Menéndez Pidal, t. XV, Madrid, Espasa Calpe, 1964, págs. 3-318; F. López Estrada, La toma de Antequera, Antequera-Sevilla, F. Vives, 1964; E. Sarasa Sánchez, “Fernando I y Zaragoza. La Coronación de 1414”, en Cuadernos de Zaragoza, 10 (1977); E. Sarasa Sánchez, Aragón en el reinado de Fernando I (1412-1416). Gobierno y Administración. Constitución política. Hacienda Real, Zaragoza, Institución Fernando el Católico, 1986; REAL ACADEMIA DE LA HISTORIA |
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