Fernando IV, EL EMPLAZADO (1285-1312)
María Teresa García PardoDoctora en Historia |
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Fernando IV de Castilla. El Emplazado(Sevilla, 6-XII-1285 – Jaén, 7-IX-1312. Rey de Castilla y de León) |
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Hijo de Sancho IV y María de Molina, fue bautizado en la catedral de Sevilla y proclamado heredero de los reinos. Sancho IV dispuso que de su educación se encargara Fernán Pérez Ponce, que había sido mayordomo mayor de Alfonso X. El administrador de las rentas del infante fue el judío Samuel de Belorado, que ejerció una gran influencia sobre el mismo. Se barajaron para él dos alternativas matrimoniales, una infanta portuguesa o una francesa. El 15 de septiembre de 1291, Sancho IV y el rey Dionís de Portugal firmaron un tratado de paz cuyo punto fundamental era el compromiso matrimonial del heredero castellano con doña Constanza, hija del monarca portugués. Tres años más tarde, Sancho IV mantuvo negociaciones con el rey de Francia, Felipe IV, para que una hija de éste, la infanta doña Blanca, se casara con el heredero castellano. Finalmente, Fernando se casó con Constanza de Portugal. El compromiso matrimonial se ratificó solemnemente por el Tratado de Alcañices (12 de septiembre 1297) y la boda tuvo lugar en Valladolid, en enero de 1302. Su hijo y sucesor en el Trono fue Alfonso XI de Castilla. El 25 de abril de 1295, Sancho IV murió en Toledo y al día siguiente el infante don Fernando, que tenía nueve años, fue recibido como rey. En la catedral toledana el nuevo rey Fernando IV, “juró guardar los fueros a los fijosdalgo, e a todos los otros del su reyno”. Seguidamente hizo lo mismo María de Molina, a quien Sancho IV, poco antes de morir, había nombrado tutora de su hijo Fernando. La Crónica del reinado dice que Fernando IV era “de buen talante”, pero de carácter débil, y que murió a los 26 años. Fernando IV perdió a su padre a los 9 años y estuvo sometido a una nobleza sin escrúpulos que manejó la política teniendo presentes sus propios intereses en lugar de los generales del reino. La sentencia arbitral de Torrellas permite distinguir dos etapas en el reinado de Fernando IV. Hasta 1304 el panorama estuvo dominado por una larga guerra civil, en la que influyeron:
A partir de 1302 cesa la actividad militar, mientras los embajadores empiezan a tejer la sentencia arbitral de Torrellas, que sirvió para poner fin a la guerra civil y al conflicto con Aragón, motivado por el apoyo de Jaime II a las aspiraciones al Trono castellano de Alfonso de la Cerda. Durante las negociaciones previas el infante don Juan desplegó una intensa actividad diplomática, en Portugal y Aragón. El Tratado de Torrellas es el resultado final de las conversaciones que habían mantenido el infante don Juan y Jaime II de Aragón.
El rey castellano mantuvo los puntos de vista del infante don Juan, hermano de Sancho IV, que en aquellos momentos ejercía gran influencia sobre él. El papel de María de Molina, de rey Dionís y de Alfonso de la Cerda fue secundario, especialmente el de este último que era un mero instrumento en la política de Jaime II de Aragón. El 8 de agosto de 1304, el rey don Dionís de Portugal, el infante don Juan y el obispo de Zaragoza, dictaron la sentencia arbitral de Torrellas, referente a las disputas entre Fernando IV y Jaime II sobre el reino de Murcia. El Reino de Murcia, casi en su totalidad ocupado por Aragón, era repartido entre este reino y Castilla. El segundo asunto importante Tratado en Torrellas fue el problema de los infantes de la Cerda, cuyos derechos al Trono castellano habían sido uno de los argumentos de la guerra civil. El 8 de agosto de 1304, los reyes de Aragón y Portugal, en presencia del infante don Juan, procurador de Fernando IV, dictaron sentencia. Ambos monarcas dispusieron, para poner fin al largo enfrentamiento entre Fernando IV y Alfonso de la Cerda, que se entregara a este último un extenso heredamiento, del que formaban parte, entre otros lugares: Alba de Tormes, Béjar, Valdecorneja, Gibraleón y el Real de Manzanares, así como otros bienes y rentas en Córdoba, Bonilla, Toledo, Madrid, Medina del Campo, etc. Se tuvo especial cuidado en que tales heredamientos, que servirían en el futuro de base patrimonial a numerosos linajes nobiliarios, no formasen un todo unido sino disperso por Castilla, León y Andalucía. La generosidad de los jueces árbitros fue complementada dos días más tarde por el propio Fernando IV, que reconoció que si los bienes entregados a Alfonso de la Cerda no proporcionaban una renta anual de 400.000 maravedís le concedería nuevos lugares hasta alcanzar esa cantidad. La sentencia también contenía algunas obligaciones para Alfonso de la Cerda; entre otras, la de devolver algunas importantes plazas que retenía en Castilla, pero el aspecto más importante sin duda era el compromiso de renunciar en el futuro al título de rey y a usar las armas y el sello correspondientes. Tanto Fernando IV como Jaime II mostraron muy buena disposición respecto el cumplimiento del Tratado de Torrellas. Pero la delimitación de la frontera murciana se había hecho de forma imprecisa y sin el menor fundamento geográfico. Tratando de solucionar los problemas surgidos en la aplicación del Tratado de Torrellas en lo referente a la frontera murciana, Fernando IV y Jaime II se entrevistaron el 26 de febrero de 1305 en el monasterio de Santa María de Huerta (Soria). Fue el paso previo para llegar al Tratado de Elche (19 de mayo de 1305), por el que se fijaba definitivamente la frontera murciana entre Castilla y Aragón. A partir de 1305, el Reino de Murcia quedó dividido en dos partes: la septentrional, bajo soberanía aragonesa, y la meridional, con su capital, Murcia, bajo la castellana. A partir de 1305, se inicia una nueva etapa en el reinado de Fernando IV, con el triunfo político de la nobleza que, aunque dividida en facciones rivales, termina por imponerse al débil monarca. El triunfo de la nobleza trajo una cierta calma para Castilla, que permitió a Fernando IV entrevistarse con Jaime II con el fin de reanudar conjuntamente la actividad reconquistadora. En diciembre de 1308, Fernando IV y Jaime II se entrevistaron en el monasterio de Santa María de Huerta (Soria) y en Monreal de Ariza (Zaragoza). Los asuntos esenciales tratados fueron:
Fernando IV se comprometió a hacer la guerra al Rey de Granada tanto por mar como por tierra, iniciando la campaña el 24 de junio. Los castellanos atacarían Algeciras y Gibraltar y los aragoneses, Almería. El rey de Castilla no podría concluir tregua ni paz con el de Granada sin el consentimiento del rey de Aragón. Tras la firma del Tratado de Alcalá de Henares, tanto Castilla como Aragón iniciaron los preparativos diplomáticos, económicos y militares para la campaña contra Granada. Fernando IV y Jaime II enviaron embajadores al papa Clemente V para que otorgara a la empresa la condición de cruzada, lo que suponía el respaldo espiritual de la Iglesia e indulgencias para los combatientes, así como una considerable ayuda económica. Pero el resultado final de la campaña fue un rotundo fracaso, tan sólo paliado por una victoria aragonesa en el asedio de Almería el 23 de agosto de 1309, aunque no permitió la conquista de la plaza, y la toma de Gibraltar por los castellanos el 12 de septiembre de 1309. Durante el reinado de Fernando IV, la nobleza pretendió estructurar el gobierno de Castilla de forma que quedara consolidada la hegemonía de la nobleza a nivel político, social y económico. A partir de 1301, cuando Fernando IV alcanzó la mayoría de edad, se perfilaron dos bandos nobiliarios, uno encabezado por el infante don Juan, hermano de Sancho IV, y Juan Núñez de Lara, y otro rival, en el que estaban el viejo infante don Enrique, hermano de Alfonso X, Diego López de Haro y Juan Alfonso de Haro. Ambos perseguían obtener los máximos beneficios controlando el poder. Los nobles no trataban de eliminar la Monarquía, pero solicitaban la destitución inmediata de los consejeros privados del monarca y su sustitución por los candidatos que ellos presentaban. Sólo así los nobles se pondrían al servicio del monarca y formularían soluciones para la delicada situación del reino. En Burgos, en enero de 1311, Fernando IV trató de imponerse de forma violenta a la nobleza eliminando al infante don Juan. La intervención de María de Molina, avisando a su cuñado, permitió que el infante pudiera huir. De nuevo se impuso la prudente política conciliadora defendida por María de Molina. Además el proyecto de destronar a Fernando IV y sustituirle por su hermano, el infante don Pedro, candidato preparado por el infante don Juan y otros nobles, no tuvo éxito, gracias una vez más a la oposición de María de Molina. La posición del rey quedó muy debilitada, al igual que su salud. En enero de 1312 Fernando IV se entrevistó en Calatayud (Zaragoza) con Jaime II. Ambos monarcas acordaron reanudar la guerra contra los moros, aunque cada uno la haría por su cuenta. Lo que pone de relieve la entrevista de Calatayud es, sobre todo, el prestigio de Jaime II en la política peninsular y la influencia que tenía en la Corte castellana, que todavía se vio aumentada mediante el matrimonio de su hija, doña Constanza, con don Juan Manuel, que tuvo lugar el 3 de abril de 1312. En la primavera de 1312 Fernando IV convocó Cortes en Valladolid, que sirvieron para recaudar fondos para financiar la guerra contra los moros, pero lo que interesa destacar es que en ellas se procedió a una intensa reorganización de la administración de la Justicia para fortalecer el poder de la Monarquía, la más importante efectuada desde las Cortes de Zamora de 1274, y de la administración territorial y local. Fernando IV murió en Jaén, el 7 de septiembre de 1312, cuando estaba en plena campaña de reconquista, antes de que la nueva política surgida en las Cortes vallisoletanas surgiera efecto. Fue consciente de la necesidad de fortalecer el poder real, en sintonía con la política de Alfonso X, ante una nobleza más preocupada por la defensa de sus propios intereses que de los generales del reino. Durante el reinado de Fernando IV, la Corona de Castilla, a pesar de las dificultades internas tanto políticas como económicas, mantuvo una activa política exterior con los principales estados europeos, no sólo con Francia e Inglaterra, sino también con Flandes y Roma, así como con los otros reinos peninsulares.
CASADO DEL ALISAL, JOSÉVillada, Palencia, 24-03-1832 – Madrid, 09-10-1886Casado del Alisal es uno de los grandes pintores de historia del siglo XIX español. Su participación en las Exposiciones Nacionales de Bellas Artes y los numerosos encargos institucionales le llevaron a ser muy valorado en su época. Políticamente conservador, fue rival de Gisbert, quien encarnaba la ideología liberal en la pintura de la época. Su dibujo firme y su ejecución exquisita, en consonancia con el realismo burgués del Segundo Imperio en Francia, le llevaron al éxito y a la fama. Discípulo de Federico de Madrazo en la Academia de San Fernando, obtuvo por oposición, junto a Gisbert, una pensión para viajar a Roma en 1855, desde donde remitió sus primeros trabajos artísticos de importancia, muy influidos por el purismo académico. Con su primera gran pintura, «Los últimos momentos de Fernando IV el emplazado», obtuvo una primera medalla en la Exposición Nacional de 1860. Ese éxito le reportó dos importantes beneficios. Por un lado, la pensión que recibía le fue prorrogada y pudo marcharse a París, a proseguir sus estudios artísticos, y por otro lado, le fue encomendado un importante encargo, un lienzo de gran tamaño que representara «El juramento de las Cortes de Cádiz» (Madrid, Congreso de los Diputados) para decorar el testero del hemiciclo de la Cámara Baja, por el que le nombrarían comendador de la orden de Isabel la Católica y que presentó en la Exposición Nacional de 1862 fuera de concurso. Todavía en París, Casado concibió una obra con la que obtendría su consagración definitiva en este género y que le convertiría en uno de los grandes nombres de la pintura española contemporánea: «La rendición de Bailén«, ambientado en la guerra de la Independencia que pretende recuperar la tradición velazqueña desde una óptica internacional, todavía deudora del academicismo. A partir de ese éxito se estableció en Madrid, donde atendió numerosos encargos de retratos particulares, así como algunos oficiales entre los que destaca el de «Isabel II» (Madrid, Palacio Real), también de 1864. Aunque continuó con su dedicación a la pintura de historia y al retrato de encargo, a partir de la segunda mitad de la década de los sesenta Casado desarrolló una importante carrera como pintor de género, sobre todo después de su nombramiento como director de la Academia de España en Roma, en sustitución del malogrado Eduardo Rosales, en 1874. En Roma realizó uno de los cuadros más importantes de toda su producción y una de las claves de la pintura de historia en España, «La leyenda del rey Monje«, ideado según confesión propia como espejo en el que debían mirarse los jóvenes pensionados en Roma. Casado presentó el lienzo en Madrid, en la Nacional de 1881, con la esperanza de conseguir una medalla de honor, pero sólo obtuvo una mención honorífica, por lo que dimitió de su puesto en Roma. Al final de su vida recibió el encargo de la decoración de una capilla en la basílica madrileña de San Francisco el Grande, en el que fuera el gran proyecto artístico de la Restauración borbónica. Allí pintó la espléndida «Aparición de Santiago en la batalla de Clavijo» y comenzó a preparar el resto de pinturas para la basílica, pero la muerte le sorprendió cuando comenzaba a componer «La consagración de la orden de Santiago por el papa Alejandro III en Roma, en 1886 La batalla de Clavijo tendría su origen en la negativa de Ramiro I de Asturias a seguir pagando tributos a los emires árabes. Se produjo en las cercanías de Clavijo, La Rioja, el 23 de mayo del año 844. Las crónicas cuentan que Ramiro I de Asturias tuvo un sueño en el que aparecía el Apóstol Santiago, asegurando su presencia en la batalla, seguida de la victoria. Al día siguiente, el 23 de mayo de 844, los ejércitos de Ramiro I, animados por la presencia del Apóstol guerrero montado en un corcel blanco se enfrentaron al ejército musulmán. Ramiro obtuvo una gran victoria que liberó a los cristianos de pagar el ignominioso tributo de las cien doncellas “cincuenta nobles para tratar casamiento con ellas y las otras cincuenta para mancebas”. La milagrosa intervención del apóstol Santiago ha convertido esta victoria en una batalla legendaria.
Casado del Alisal. Últimos momentos del rey Fernando IV1860. Óleo sobre lienzo, 318 x 248 cm.Museo del Prado. Depósito en el SenadoFernando IV falleció el 7 de septiembre de 1312 en Jaén y la leyenda cuenta que recibió a su muerte el sobrenombre de El Emplazado a causa de las circunstancias misteriosas de su fallecimiento. Las crónicas de la época relatan que mientras el rey estaba en Palencia fue informado de la muerte del caballero Juan de Benavides, que era su privado y había sido asesinado por dos hombres. La autoría del crimen fue atribuida a los hermanos Pedro y Juan Carvajal, que eran caballeros de la Orden de Calatrava. En agosto de 1312, después de haber estado en Jaén, el rey se dirigió a la localidad jienense de Martos y allí condenó a muerte a ambos hermanos, quienes, según la leyenda, fueron condenados a ser introducidos en una jaula de hierro con púas afiladas en su interior y, posteriormente, a ser arrojados desde la cumbre de la Peña de Martos. La sentencia contra ambos se cumplió el 7 de agosto de 1312 según consta en la Gran Crónica de Alfonso XI.7 Según consta en la Crónica de Fernando IV, en la Crónica de Alfonso XI, los hermanos Carvajal, antes de ser ejecutados, emplazaron al rey Fernando IV a comparecer ante el juicio de Dios en el plazo de treinta días por la muerte injusta que el monarca ordenaba darles. El rey falleció un mes después, el 7 de septiembre de 1312, en que se cumplía el plazo impuesto por ambos hermanos. En esta pintura Casado del Alisal representa al rey de Castilla, Fernando IV el Emplazado, en su lecho de muerte, ante quien se aparecen los hermanos Juan y Pedro de Carvajal, ejecutados injustamente por orden del monarca un mes antes y que le habrían emplazado a comparecer ante Dios por su crimen. En 1860, Casado del Alisal presentó este lienzo sobre la Leyenda de los Carvajales, obteniendo con él un éxito clamoroso, al ser galardonado con el premio extraordinario de primera clase, lo que justifica el alto precio en que se adquirió, iniciándose así su reconocimiento como gran maestro de la pintura de historia de su tiempo, que ratificaría en 1864 con la Rendición de Bailén. El legendario episodio de la extraña muerte del rey Fernando IV de Castilla (1285-1312), se narra en la Crónica de don Fernando IV de Castilla, atribuida a Fernández Sánchez de Tovar. El episodio sirvió también de inspiración para el drama Los Carvajales, estrenado en 1837. Pintado por Casado del Alisal en Roma a los 29 años, el cuadro es uno de los más singulares ejemplos de la influencia de la estética nazarena en la obra de este artista, que abandonaría muy poco después en favor de una interpretación eminentemente realista de sus composiciones históricas. El nombre Nazareno fue adoptado por un grupo de pintores del Romanticismo alemán, nacidos en torno a 1785. A este estilo de principios del siglo XIX. Es el grupo pictórico más coherente del romanticismo alemán; pretendían revivir la honradez y espiritualidad del arte cristiano medieval. La crítica no ahorró elogios para una pintura que en aquel momento se presentaba como verdadera novedad y auguraba el gran futuro de su autor.
BIBLIOGRAFÍAA. Benavides, Memorias de D. Fernando IV de Castilla, Madrid, Imprenta de J. Rodríguez, 1860, 2 vols.; M. Colmeiro, Reyes cristianos desde Alfonso VI hasta Alfonso XI, Madrid, 1891; F. Sánchez de Valladolid, “Crónica del Rey don Fernando Cuarto” (atrib.), en C. Rossel (ed.), Crónicas de los Reyes de Castilla, Madrid, Ediciones Atlas, 1953 (Biblioteca de Autores Españoles,); A. Canellas López, “Datos para la Historia de los Reinos Peninsulares en el primer tercio del siglo XIV”, en Boletín de la Real Academia de la Historia, CXLV (1959), págs. 231- 286; M. Gaibrois, María de Molina. Tres veces reina, Madrid, Espasa Calpe, 1967; J. M. del Estal, Conquista y anexión de las tierras de Alicante, Elche, Orihuela y Guardamar al Reino de Valencia por Jaime II de Aragón (1296-1308), Alicante, Caja de Ahorros Provincial, 1982; C. González Mínguez, “Poder real, poder nobiliar y poder concejil en la Corona de Castilla en torno al año 1300”, en Publicaciones de la Institución Tello Téllez de Meneses, 71 (2000), págs. 5-36. Real Academia de la Historia y Museodelprado.es G. Navarro, C. en: El siglo XIX en el Prado, Museo Nacional del Prado, 2007, p. 468. |
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